Archive for the ‘China’ Category

El nuevo gran juego digital

2 mayo, 2016

Captura de pantalla 2016-05-03 00.06.08Entre 1813 y 1907, la Rusia zarista y el Imperio Británico se disputaron el control por el inmenso territorio que se extendía entre Persia y la India. Para los británicos, el control de Asia Central y, especialmente, Afganistán, resultaba esencial para preservar su dominio sobre India, la joya de su imperio. Para los zares, Asia Central constituía el ámbito natural de su expansión colonial y una pieza esencial en su búsqueda de la salida al Índico. Esa competición geopolítica, popularizada por Rudyard Kipling en su magistral Kim (1913), es conocida como El Gran Juego, un término acuñado por Arthur Conolly, explorador, aventurero y oficial de inteligencia del 6º Regimiento de Caballería Ligera bengalí de la Compañía de las Indias Orientales.

Otro gran juego, de naturaleza similar, está hoy en marcha, el del control sobreInternet. En su origen, Internet iba a ser un espacio de libertad en el que no existieran los Estados, las ideologías ni el poder, sólo individuos libres comunicándose entre ellos. Pero ese sueño libertario imaginado por unos jóvenes en vaqueros amantes del surf y de las playas de California es cada vez más una utopía irrealizable. Internet se ha convertido hoy en un espacio de competición geopolítica que los Estados aspiran tanto a controlar como a evitar que otros controlen. Igual que los ejércitos entendieron en su momento que el espacio era, junto con la tierra, mar y aire, una dimensión en la que competir militarmente, las Fuerzas Armadas de hoy tienen ciberfuerzas con las que luchar por el ciberespacio y estrategias de ciberseguridad.

Vivimos bajo el síndrome del terrorismo yihadista, pero el último informe de seguridad del responsable de seguridad nacional estadounidense, James Clapper, considera las amenazas ciberespaciales potencialmente más dañinas que las provenientes del autoproclamado Estado islámico en Raqa. Nuestra forma de vida depende la conectividad y de Internet; cualquiera capaz de irrumpir y destruir ese espacio nos sitúa al borde del abismo, sea hackeando el sistema financiero, las redes eléctricas o las centrales nucleares. Fuera de nuestras miradas hay una carrera de armamentos digital en la que China, Rusia, Israel y Estados Unidos llevan la delantera: el poder de destrucción de las armas cibernéticas pronto se igualará a las biológicas, químicas y nucleares, lo que requerirá Tratados internacionales que limiten su uso. Un gran juego ciertamente peligroso.

Pero Internet no sólo es un espacio, sino un activo económico de primer orden, un vector de poder estatal comparable a la energía o la demografía. Quien no tenga capacidad industrial digital será irrelevante económicamente y no podrá hacer valer sus principios, intereses ni valores. Igual que la espuela, la pólvora o la máquina de vapor redistribuyeron el poder entre Estados, estamos ante una nueva revolución industrial, esta vez de carácter digital. Quien domine esa economía prevalecerá, quien no lo haga sucumbirá. Estados Unidos es ya el ganador de esa revolución industrial, seguido por China: no sólo tiene las Universidades y los centros de innovación sino el capital riesgo, la escala industrial y demográfica adecuada y la unidad política necesaria. De ahí que las diez primeras empresas tecnológicas del mundo sean estadounidenses frente a ninguna europea. Europa podría ganar ese gran juego si quisiera, pues tiene los recursos para hacerlo, pero antes debería tomar conciencia de que su futuro se juega ahí, completar su mercado interior digital y aprender a fomentar y retener la innovación para que sus jóvenes talentos no emigraran a Silicon Valley en busca de capital y oportunidades. Una tarea hercúlea, pero no imposible, para una Europa debilitada.

Además de un espacio y un recurso económico, Internet es un poderoso medio de comunicación. Como en el pasado la escritura, la imprenta, el telégrafo, la radio o la televisión, Internet permite la difusión del conocimiento y la cultura, y con ellos de los valores asociados a ellos, por todo el planeta. Ahí se plantea otro espacio de conflicto, esta vez entre los valores que los occidentales consideramos universales y que otros consideran una amenaza existencial para su poder. Internet permite conectarse entre sí a los activistas de la plaza de Tahrir en Egipto o a los que protestan contra el Gobierno en Hong Kong, también saber en tiempo en real que las Damas de Blanco cubanas han sido confinadas en su domicilio ante la visita de Obama. Pero también incita a gobiernos como el chino, ruso, norcoreano, iraní o saudí erigir barreras y bloquear el acceso de sus ciudadanos a fuentes de información que cuestionen su autoridad y permite a los terroristas reclutar nuevos adeptos y organizarse para acabar con nosotros. Hoy en día, los valores viajan en bits y se bloquean en bits, convirtiendo Internet en un gran espacio de lucha por la hegemonía cultural y los valores. Quien no sepa entender y jugar ese gran juego quedará fuera de juego.

Aquel Gran Juego acabó en tablas geopolíticas, con Rusia dominando Asia Central y el Reino Unido preservando India y el control sobre Persia, Afganistán y Tíbet, no sin algunas derrotas humillantes, como la sufrida en Kabul en 1842, en la que la guarnición británica, con 4.500 efectivos, fue totalmente aniquilada. El destino de Conolly fue menos afortunado: despachado a Bujara (Uzbekistán) a negociar la liberación del teniente coronel Charles Stoddart con el Emir Nasrullah Khan, acabó decapitado en la plaza pública de Bujara junto con Stoddart. Dicen los historiadores, seguramente sobrevalorando el peso de la anécdota, que el fatal desenlace pudo deberse a un malentendido: mientras que en el código militar británico el respeto imponía saludar al anfitrión antes de desmontar, en el código tribal de los kanatos de Asia Central, saludar desde el caballo constituía una muestra imperdonable de arrogancia que el Emir no podía dejar impune.

Conolly sabía estar jugando un gran juego, pero las reglas no estaban claras. Stoddart había sido enviado a negociar una alianza inviable y acabó ejecutado. Algo parecido nos pasa, salvando las distancias y los bits, con el nuevo gran juego digital: sabemos que estamos jugando un juego geopolítico y geoconómico con inmensas consecuencias sobre el poder, la prosperidad y la seguridad de los Estados y las sociedades. Pero ese juego carece todavía de reglas que lo ordenen. Hasta que las tengamos, habrá margen para malentendidos fatales. Europa no sólo tiene que jugar ese gran juego digital, sino luchar para que las reglas del juego mantengan Internet como un orden de libertad abierto en el que sociedades e individuos puedan prosperar con seguridad y ser libres. De lo contrario, Internet se parecerá más a un dominio feudal en manos de señores de la guerra que a un espacio público donde todos nos encontremos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 1 de mayo de 2016

Cisnes chinos

10 octubre, 2014

cisne_negro001“No necesitamos gases lacrimógenos, ya estamos llorando”, se lee en uno de los paraguas de las decenas de miles de manifestantes que han ocupado las calles de Hong Kong para pedir democracia. ¿Bastarán unas cuantas frases ingeniosas para hacer temblar a uno de los sistemas políticos que más férreamente controla la información que recibe la ciudadanía? Eso es lo que parece pensar gente como Joshua Wong, el joven estudiante de 17 años que se ha convertido en uno de los líderes del movimiento estudiantil de Hong Kong y que con sólo 15 años ya lideró la protesta contra el intento de Pekín de introducir en el currículum escolar una grosera educación patriótica. Como se esperaba, el Gobierno chino atribuye todo a una conspiración exterior, pero Wong nació el mismo año en el que el territorio dejó de ser colonia británica así que estamos ante una protesta hondamente arraigada que no va a amainar fácilmente.

Ingenuidad e ingeniosidad. Dos tecnologías low cost total. ¿Será eso todo lo que se necesita para doblegar a un régimen que cuenta con el apoyo de un Ejército de más de dos millones de soldados, cientos de miles de policías y una increíble capacidad de bloquear las redes sociales? Gente como Wong nos hacen volver a ilusionarnos con la idea de que hay valores que son universales, intrínsecos a la naturaleza humana y válidos independientemente de la etnia, cultura, religión o geografía en la que nos encontremos. Si, permitámonos soñar en alto, China se democratizara, esto significaría la liberación de 1.350 millones de personas, es decir, de una de cada cinco personas del planeta y, más dramáticamente aún, de más de la mitad de los 2.467 millones de personas que todavía hoy viven, por desgracia, en países no libres.

Volviendo a la realidad; sólo por la derrota intelectual de la doctrina del excepcionalismo chino, que nos dice que ese país y la democracia son incompatibles, y del relativismo cultural, que sostiene que los asiáticos tienen valores distintos, ya habrían valido la pena estas manifestaciones. Pero hay más, pues la democratización de China tendría tales consecuencias geopolíticas que podemos describirla utilizando la analogía del cisne negro, popularizada por Nicholas Taleb para referirse a aquellos acontecimientos inesperados que cambian por completo nuestra manera de entender y, por tanto, de enfrentarnos a la realidad. Porque si China se democratizara, todos los supuestos que hemos construido sobre cómo será el siglo XXI se vendrían abajo, para bien. Naturalmente, muchos problemas seguirían, y también enfrentaríamos nuevos desafíos, pero qué duda cabe de que estaríamos ante un escenario internacional radicalmente distinto.

No sabemos qué pasará, pero sí que sabemos, o por lo menos deberíamos haber aprendido de la experiencia, que nuestra incapacidad de prever el futuro no lo hace menos probable. Al revés, como ocurrió con el fin de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín o los ataques del 11-S, da la impresión de que los cisnes negros son más probables cuanto menos se piense en ellos. Así que hagamos como que no nos estamos enterando de lo que está pasando en Hong Kong y crucemos los dedos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 3 de octubre de

Rojos de vergüenza

28 enero, 2014

vergüenzaEl escándalo de las fortunas ocultas de la élite china admite dos lecturas. Una primera y obvia, el reproche ético y la indignación por la hipocresía e impunidad del Partido Comunista Chino, que considera su país como una barra libre en la que enriquecerse sin límite. Es cierto que las reformas emprendidas por Deng Xiaoping y continuadas por sus sucesores han sacado a varios cientos de millones de personas de la pobreza, pero también es evidente que lo han hecho a costa de unas desigualdades sociales extremas y privando de derechos políticos y civiles a uno de cada cinco habitantes del planeta. Con todo lo que repugna la corrupción, hay algo peor aún en las revelaciones que hemos conocido gracias a los Chinaleaks: la evidencia de la formación de una oligarquía basada en vínculos familiares donde los padres tienen el poder político y los hijos y cuñados el poder económico. Como en el caso de Asia Central, parece que las repúblicas comunistas no necesariamente utilizan el capitalismo para evolucionar hacia democracias de mercado, sino que pueden darse la vuelta y, con la excusa de la liberalización económica, regresar a un sistema aparentemente de libre mercado pero en la práctica de corte feudal-hereditario. ¿Qué futuro tiene un país donde el crecimiento económico no trae la democracia, priva de derechos, aumenta la desigualdad y donde el mérito y capacidad son sustituidos por los lazos de sangre y la corrupción?

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Regreso a 1914

15 diciembre, 2013

19141914-2014. El año que termina nos dejará delante de una efeméride de importancia: el centenario de la I Guerra Mundial. No fue una guerra: fue un suicido colectivo. Político, pues los imperios (prusiano, ruso, austro-húngaro, turco, británico y francés) desaparecieron o entraron en decadencia. Económico, pues la Europa de 1914 representaba más de un tercio de la economía mundial, umbral que nunca ha vuelto ni, previsiblemente, volverá a alcanzar. Y también moral, porque los europeos arrojaron por la borda los valores de la Ilustración, primero en las trincheras y luego, en esa secuela de la Gran Guerra que fue la II Guerra Mundial, en Auschwitz. Por suerte, del centenario de la decadencia europea podemos salvar con mucha honra la segunda mitad. Dulce decadencia, pues la Europa de la posguerra que no cayó bajó el dominio soviético o quedó atrapada en el autoritarismo, inició un proceso de reconciliación e integración que garantiza que, en un par de semanas, 2014 sea solo un aniversario, no una advertencia.

Paradójicamente, donde sí nos preocupa, y mucho, el aniversario de la Gran Guerra es en Asia, no en Europa. ¿Se parece la Asia de 2014 a la Europa de 1914? Sí, en algunas dimensiones importantes. Primero, y ante todo, en la combinación de Estados fuertes, economías pujantes e identidades nacionales muy homogéneas. Segundo, en la existencia de disputas territoriales, rivalidades históricas no superadas y culturas políticas muy nacionalistas. Esa combinación se mostró letal en 1914. ¡Un momento!, dirán algunos, ¿qué pasa con el crecimiento económico y la democracia? ¿No son factores de paz? Lamentablemente, la historia demuestra que la interdependencia económica puede agudizar, no aliviar, los conflictos. Europa es un buen ejemplo: en 1914 los flujos de comercio e inversión entre los europeos eran superiores en términos relativos a los de 2000, es decir, la Europa de 1914 estaba más integrada económicamente que la de 2000 y, aun así, fue a la guerra. Y respecto a la democracia, la evidencia empírica nos ofrece una conclusión tranquilizadora y a la vez perturbadora: que las democracias raramente van a la guerra entre ellas, pero son igual de proclives a ir a la guerra contra dictaduras como las dictaduras entre ellas.

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7-25-50

26 julio, 2013

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Mapa: el mundo redibujado de acuerdo al PIB de cada país. Worldmapper

7-25-50*. Tres cifras que forman una secuencia elegante y fácil de memorizar. Esas tres cifras son lo que nos definen como europeos. Sin ellas no podemos entender nuestro presente ni pensar nuestro futuro.

La primera nos habla de cuántos somos. Y la verdad, no somos muchos. La Unión Europea representa hoy el 7% de la población mundial. Somos algo más de 500 millones en un mundo que ha pasado la barrera de los 7.000 millones. Y vamos a ser todavía menos pues, según las proyecciones demográficas, cuando el siglo cruce el ecuador estaremos en torno al 5%. Para entender las diferencia de pensarnos a nosotros mismos en 2040-2050 siendo una fracción tan pequeña de la población mundial, tenemos que mirar atrás y recordar que en 1960, cuando este curioso experimento llamado integración europea se puso en marcha, la vieja Europa, aún abatida y derrotada por la guerra, representaba el 20% de la población mundial. Pasar de un mundo en el que uno de cada cinco habitantes era europeo a otro en el que sólo uno de cada veinte lo será obliga a una reflexión muy profunda sobre quiénes somos, qué queremos y cómo y con quien lo queremos conseguir.

La segunda cifra, 25%, habla de nuestra riqueza. La Unión Europea es la economía más grande del mundo y, con el 16% de las exportaciones mundiales, la primera potencia comercial, por delante de China y EEUU. Pese a la crisis económica que atravesamos, los europeos seguimos constituyendo una enorme isla de riqueza. Que con el 7% de la población produzcamos el 25% de la riqueza mundial habla de nuestra extraordinaria capacidad productiva. Pero también aquí nuestro futuro está en entredicho. Y no sólo por nuestros problemas, pues Europa está estancada económicamente, endeudada y tiene un récord de parados (26 millones) sino porque los demás, fuera de Europa, lo vienen haciendo mucho mejor que nosotros desde hace mucho tiempo. Europa tiene, además, un problema de dependencia energética muy acusado, pues importa el 54% de la energía que consume, un porcentaje que llega al 85% cuando se trata del petróleo o del 62% cuando hablamos de gas.

La tercera cifra (50%) es el porcentaje que supone el gasto social en Europa sobre el total del gasto social mundial. Si Europa es una potencia mundial en algo es en gasto social: destinamos prácticamente uno de cada tres euros que producimos (el 29.4% del PIB) a políticas sociales. Esa creencia en la equidad y la inclusión que articulamos en torno al concepto de estado del bienestar es una parte esencial de nuestra identidad. Pero financiar estos ideales es muy caro: las políticas de salud, que han permitido a los europeos disfrutar de una esperanza de vida récord, se llevan el 11% de lo que producimos y la pensiones que dignifican a nuestros mayores un 12%. Pero aún con todo ese formidable esfuerzo, en la UE hay 40 millones de personas que viven en situación de extrema pobreza y exclusión social.

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Mao, el mal y el mercdo

2 diciembre, 2012

PCChTres “m” que reflejan el debate que está teniendo lugar en estos momentos entre los intelectuales chinos y que podría resumirse en una pregunta muy sencilla, pero de gran calado: ¿quién ha hecho más daño a China: Mao o el mercado?

A un lado está la nueva izquierda, que critica las inmensas desigualdades y la injusticia social en la que han derivado las reformas económicas emprendidas por Deng Xiaoping en 1978. Sí, dicen, China ha sacado a tantos millones de personas de la pobreza que si no fuera por ella, la pobreza en el mundo habría aumentado en lugar de disminuido. Pero lo ha logrado a costa de unos índices de desigualdad que no solo superan a EE UU, sino que hacen que en realidad China se parezca más a Arabia Saudí. ¿Por qué Arabia Saudí? Por la fractura social existente entre unas clases tan privilegiadas como corruptas y los millones de chinos que viven como inmigrantes extranjeros en su propio país.

Al otro lado está la nueva derecha, que considera el Estado un ente confiscatorio de la propiedad privada que impide la libertad económica y el crecimiento. Desde su punto de vista, los males actuales de China se originan en la timidez de las reformas económicas, la tibieza con la que los líderes salientes han aplicado la liberalización económica y la resistencia a abrazar por completo la lógica de mercado. Según ellos, un poderoso lobby formado por funcionarios públicos, cuadros locales del Partido Comunista Chino (PCCh) y empresarios privados habría logrado capturar las estructuras estatales, enquistarse en el centro del sistema, enriquecerse a costa de la corrupción y bloquear satisfactoriamente las reformas económicas que les harían perder sus privilegios y sus fortunas.

Es sobre el trasfondo de esos debates sobre los que adquiere sentido la purga de Bo Xilai, el recientemente defenestrado líder del PCCh en Chongqing y aspirante (frustrado) al Comité Permanente del partido. Porque si el asunto que llevó a la expulsión de Bo Xilai del PCCh era personal (la implicación de su mujer en el asesinato de un súbdito británico por desavenencias), las referencias críticas que con motivo de esa expulsión se hicieron a Mao y la colectivización desbordan las motivaciones personales y apuntan al deseo de la nueva derecha y el lobby empresarial de poner en cuarentena las políticas sociales que Bo desarrolló en Chongqing. Estas políticas, articuladas en torno a la regulación de la propiedad de la tierra y los permisos de residencia para los inmigrantes, han frenado los abusos de los funcionarios locales, los cuadros del partido, los promotores urbanísticos y los empresarios, que en otras partes de China son omnipotentes a la hora de confiscar tierras, entregar suelo público a empresarios afines al partido y negar servicios sociales básicos a los trabajadores provenientes de las zonas rurales. Hasta qué punto la caída en desgracia de Bo significará la marginación del experimento llevado a cabo en Chongqing a favor de otros modelos, es difícil de decir. Para la nueva derecha, el modelo a seguir es el de Guangdong, basado en la liberalización de la economía y el aumento de las exportaciones. Aunque genere desigualdades sociales, los liberales piensan que estas pueden ser corregidas a posteriori con políticas redistributivas, siempre que estas no obstaculicen el crecimiento.

Lo relevante de este debate es la constatación de que al menos en un sector de la élite china existen preocupaciones que podemos compartir y debates en los que podemos participar desde nuestra experiencia. ¿Cuánto y cómo crecer? ¿Cómo corregir las desigualdades asociadas a la liberalización económica? ¿Qué grado de cohesión social es necesario para hacer funcionar correctamente una economía de mercado y, también, un sistema político (aunque sea autoritario)? Frente a los que sostienen que China es diferente y que no podemos entenderla con nuestras categorías, estos debates nos muestran que compartimos mucho más de lo que pensamos. Ni nosotros ni los chinos tenemos las respuestas, pero constatar que tenemos preguntas y preocupaciones parecidas es un primer y muy importante paso. En nuestra experiencia histórica, la democracia surge como resultado de la aceptación del mercado por parte de la izquierda como un mal menor y del Estado de bienestar por parte de la derecha como otro mal menor. Paradójicamente, es esta suma de dos males menores la que convierte a la democracia en un bien mayor. Ojalá China también descubra que la democracia puede ser el punto de equilibrio entre aquellos que recelan del Estado y los que sospechan del mercado.

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Publicado en la edición impresa del diario ELPAIS el 30 de noviembre de 2012

Bebesaurios

16 noviembre, 2012

Esa fue la afortunada expresión que algunos analistas mexicanos encontraron para describir hasta qué punto resultaron infundadas las esperanzas de que el relevo generacional dentro del PRI diera lugar a una nueva forma de hacer política, más abierta hacia la sociedad, menos opaca, menos burocrática y, sobre todo, menos corrupta. La juventud, concluyeron, era incluso contraproducente, porque un dinosaurio viejo está cansando y ya lo ha demostrado todo, mientras que uno joven tendrá más energías que dedicar a cometer los mismos errores, acentuados por su inexperiencia, inseguridad y, sobre todo, el deseo de consolidar rápidamente su posición de poder. De ahí la frustración con el relevo generacional, que en lugar de renovar la vida política daba lugar a gobiernos idénticos basados en la misma mezcla de compadreo, caciquismo, represión, anquilosamiento burocrático y captura por parte de intereses privados.

Es curioso que algo tan idiosincrático como el régimen político mexicano pudiera viajar tan bien tantos miles de kilómetros para ofrecernos una explicación que se ajusta como un guante a lo ocurrido en Pekín estos días con motivo de la rotación en la cúpula de poder del Partido Comunista Chino. Porque China no deja de ser una revolución institucionalizada por un partido único con el exclusivo fin de preservar el poder de sus integrantes. Un partido que aprendió a costa de un grandísimo sacrificio humano una lección esencial en política: que en cualquier partido, las personas deben ir antes que las ideologías y que, en caso de duda, lo mejor es sacrificar las ideologías antes de que las ideologías te sacrifiquen a ti (una experiencia que el propio Deng Xiaoping, arquitecto de las reformas económicas chinas, vivió personalmente al verse obligado a renunciar a sus cargos, hacer “autocrítica” y aceptar ser enviado a trabajar como obrero a una fábrica).

Cierto que el Partido Comunista Chino no ha abrazado la democracia, pero eso es quizá pedir demasiado: aquel maoísmo, que además de acabar con más de treinta millones de chinos durante los años del Gran Salto Adelante, también estuvo a punto de acabar con los propios maoístas, decidió en un momento convertirse del comunismo al cinismo y permitir todo aquello que se supone que no debía tolerar; especialmente, fomentar la acumulación de riqueza en manos de unos pocos y, en paralelo, crear una aristocracia gobernante basada no el mérito ni el fervor ideológico sino en los lazos familiares y personales. ¿Podría Marx siquiera imaginar que el lento tránsito de miles de años hacia al socialismo desde las sociedades tribales-esclavistas, pasando por las agrarias-feudales hasta el capitalismo avanzado iba a volver al punto de inicio con el redescubrimiento de las lealtades familiares y personales como forma de gestionar una sociedad poscomunista?

Porque eso es lo que percibimos en la renovación de la cúpula de poder en China, que se ha completado estos días dando paso a líderes provenientes de dos ámbitos. Por un lado, los llamados principitos, como Xi Jinping, que tienen en común el ser los hijos de las grandes figuras que hicieron la revolución, unos niños que se criaron juntos en las escuelas de élite del partido y que han ascendido sobre la base de sus contactos familiares. El nuevo líder, Xi Jinping, es sin duda el mejor ejemplo de esta institucionalización familiar de la revolución pues su padre fue comisionado militar, gobernador y vicepresidente. Por otro lado, tendríamos aquellos que han ascendido gracias a la vía de acceso proporcionada por la Liga de la Juventud Comunista, como los salientes Hu Jintao y Wen Jiabao o el ascendiente Li Keqiang.

Ambas facciones han tenido sumamente entretenidos a todos los observadores externos. Unos han apostado porque los principitos, al haber vivido en su propia carne los excesos dogmáticos del maoísmo (muchos de sus padres fueron arrestados o cayeron en desgracia durante la Revolución Cultural), serían más pragmáticos y reformistas. Otros, por el contrario, han apostado porque aquellos de origen más humilde y menos aristocrático, al estar más conectados con el pueblo y valorar más el esfuerzo personal, tendrían una sensibilidad distinta hacia los temas sociales. Pero la realidad siempre ha defraudado a ambos pues ni unos ni otros han antepuesto nunca ninguna preferencia ideológica a su principal objetivo, que ha sido personal (lograr culminar una carrera política exitosa dentro del partido más opaco, poderoso y rico del mundo) y solo secundariamente político.

En 1989 el Partido se dividió entre demócratas e inmovilistas, lo que llevó a los trágicos sucesos de Tiananmen. Pero hoy el éxito del sistema chino y el secreto de su perpetuación se basa en que filtra con bastante éxito a todos aquellos que primarían las reformas sobre la unidad del Partido. Como no podía ser de otra forma, un dinosaurio solo elegiría un bebesaurio para sucederle, no a un Gorbachov.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 16 de noviembre de 2012

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