Archive for 26 mayo 2016

EL TTIP feroz

26 mayo, 2016

Captura de pantalla 2016-05-26 13.13.56“Soy enfermera quirúrgica y grabo este vídeo desde mi casa para denunciar un hecho muy grave. Todo el mundo tiene que saber que PP, PSOE, UPyD y CiU se han unido para cometer el mayor atentado contra la democracia desde el 23-F”. Se trata de Marta Sibina, una activista que el pasado diciembre saltó desde la revista Cafè amb Llet y las denuncias sobre la corrupción en la gestión de la sanidad en Girona al Congreso como diputada de En Comú Podem.

El vídeo, que ya han visto casi medio millón de personas (ni en sus mejores sueños se imagina la Comisión Europea que una cifra así de gente escuchara sus argumentos sobre el TTIP), rebosa de afirmaciones apocalípticas sobre el TTIP. Si dicho tratado se aprueba, afirma, se anularán todas las regulaciones, los derechos laborales, la privacidad y la protección del medio ambiente. El resultado será que el Parlamento quedará inutilizado (sic) y que las multinacionales gobernarán Europa. Exijamos por tanto un referéndum para parar el tratado, concluye, y así evitar el fin de la democracia.

La pieza resume a la perfección lo que ya se ha convertido en la visión convencional sobre el TTIP en un amplio sector de la opinión pública europea. Y ayuda a entender por qué dicho tratado se ha convertido en una de las peores pesadillas de la Comisión Europea, desbordada por el hecho de que el activismo político en la Red se haya cebado tan fuerte y exitosamente en unas negociaciones comerciales que la mayoría de los expertos consideran que tendrán, de lograr concluirse (lo cual no está ni mucho menos asegurado), impactos relativamente menores a ambos lados del Atlántico (tanto positivos como negativos).

Pero del vídeo, de escasos 13 minutos, no llama tanto la atención la calidad de los argumentos y de los datos que se ofrecen (inexistentes, tergiversados o sesgados), sino precisamente lo contrario: que a alguien con una formación en enfermería quirúrgica le resulte tan fácil hacer afirmaciones de tanto calado sobre un tema tan complejo y sobre el que los expertos están muy lejos de ponerse de acuerdo. Porque hablamos de los efectos de la liberalización comercial y de inversiones (que en su mayor parte, se olvida, ya están liberalizadas) entre dos bloques económicos que suman 800 millones de personas y representan el 60% de la economía mundial, algo que requiere complejas simulaciones econométricas basadas en escenarios y supuestos cambiantes y que por su propia naturaleza nunca será concluyente.

Por necesidad, como ocurre siempre con un tratado comercial, habrá ganadores y perdedores, sectores que se beneficiarán porque son más competitivos y otros que sufrirán la competencia y se tendrán que ajustar, pero en términos generales solo se firmará si ambas partes estiman que las ganancias netas de cada bloque serán superiores a los costes. Esa es sin duda la tarea de los negociadores de la Comisión, pero también del Consejo de la Unión y del Parlamento Europeo, cuya misión es fiscalizar y, en último extremo, ratificar ese acuerdo.

Pero ese es precisamente el valor añadido del activismo tal y como se está conformando en la Red: el de contraponer la sencillez y la honestidad de las personas normales (“aunque no sepa mucho del tema, ¿por qué nos iba a engañar?”) a la corrupción moral de las instituciones y los expertos que trabajan para ellas, que se presupone (“políticos y expertos se han puesto al servicio de las multinacionales o han sido comprados por ellos”), convirtiendo lo común (las negociaciones comerciales, por lógica, siempre son secretas, no así sus resultados, que deben ser ratificados y publicados) en prueba de anormalidad (“no nos quieren contar la verdad”).

No deja de ser una prueba más de la degradación de la democracia que el debate público se base en una sospecha perpetua sobre las razones últimas de toda iniciativa política. El TTIP es debatible y discutible. Los debates sobre privacidad, cláusulas sobre resolución de disputas entre inversores o estándares medioambientales son legítimos y necesarios. Pero resulta imposible hacerlo cuando la discusión ha sido zanjada de antemano en términos morales y sobre la base de prejuicios ideológicos sobre el comercio, Estados Unidos o las inversiones.

Como las primarias norteamericanas están demostrando, necesitamos una buena discusión sobre globalización, comercio, inversiones y estándares medioambientales y laborales. Pero esa discusión no debe incluir solo al Tío Sam, fetiche preferido de la izquierda altermundialista, siempre recelosa de todo lo que lleva la bandera estadounidense encima. En un país como España, donde raramente vemos activismo relacionado con los estándares medioambientales o laborales de los productos que compramos (¿quién hace la ropa que llevamos, cómo se produce la comida que comemos?), el TTIP se ha convertido en el lobo feroz de la globalización. Si de verdad el libre comercio con EE UU es una amenaza existencial a la democracia y, a la vez, los derechos de chinos, marroquíes, bangladesíes o los mismos subsaharianos que recogen dentro de España la fruta que comemos están fuera de la agenda política, entonces es que nos hemos perdido varias temporadas de la serie Globalización.

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El nuevo gran juego digital

2 mayo, 2016

Captura de pantalla 2016-05-03 00.06.08Entre 1813 y 1907, la Rusia zarista y el Imperio Británico se disputaron el control por el inmenso territorio que se extendía entre Persia y la India. Para los británicos, el control de Asia Central y, especialmente, Afganistán, resultaba esencial para preservar su dominio sobre India, la joya de su imperio. Para los zares, Asia Central constituía el ámbito natural de su expansión colonial y una pieza esencial en su búsqueda de la salida al Índico. Esa competición geopolítica, popularizada por Rudyard Kipling en su magistral Kim (1913), es conocida como El Gran Juego, un término acuñado por Arthur Conolly, explorador, aventurero y oficial de inteligencia del 6º Regimiento de Caballería Ligera bengalí de la Compañía de las Indias Orientales.

Otro gran juego, de naturaleza similar, está hoy en marcha, el del control sobreInternet. En su origen, Internet iba a ser un espacio de libertad en el que no existieran los Estados, las ideologías ni el poder, sólo individuos libres comunicándose entre ellos. Pero ese sueño libertario imaginado por unos jóvenes en vaqueros amantes del surf y de las playas de California es cada vez más una utopía irrealizable. Internet se ha convertido hoy en un espacio de competición geopolítica que los Estados aspiran tanto a controlar como a evitar que otros controlen. Igual que los ejércitos entendieron en su momento que el espacio era, junto con la tierra, mar y aire, una dimensión en la que competir militarmente, las Fuerzas Armadas de hoy tienen ciberfuerzas con las que luchar por el ciberespacio y estrategias de ciberseguridad.

Vivimos bajo el síndrome del terrorismo yihadista, pero el último informe de seguridad del responsable de seguridad nacional estadounidense, James Clapper, considera las amenazas ciberespaciales potencialmente más dañinas que las provenientes del autoproclamado Estado islámico en Raqa. Nuestra forma de vida depende la conectividad y de Internet; cualquiera capaz de irrumpir y destruir ese espacio nos sitúa al borde del abismo, sea hackeando el sistema financiero, las redes eléctricas o las centrales nucleares. Fuera de nuestras miradas hay una carrera de armamentos digital en la que China, Rusia, Israel y Estados Unidos llevan la delantera: el poder de destrucción de las armas cibernéticas pronto se igualará a las biológicas, químicas y nucleares, lo que requerirá Tratados internacionales que limiten su uso. Un gran juego ciertamente peligroso.

Pero Internet no sólo es un espacio, sino un activo económico de primer orden, un vector de poder estatal comparable a la energía o la demografía. Quien no tenga capacidad industrial digital será irrelevante económicamente y no podrá hacer valer sus principios, intereses ni valores. Igual que la espuela, la pólvora o la máquina de vapor redistribuyeron el poder entre Estados, estamos ante una nueva revolución industrial, esta vez de carácter digital. Quien domine esa economía prevalecerá, quien no lo haga sucumbirá. Estados Unidos es ya el ganador de esa revolución industrial, seguido por China: no sólo tiene las Universidades y los centros de innovación sino el capital riesgo, la escala industrial y demográfica adecuada y la unidad política necesaria. De ahí que las diez primeras empresas tecnológicas del mundo sean estadounidenses frente a ninguna europea. Europa podría ganar ese gran juego si quisiera, pues tiene los recursos para hacerlo, pero antes debería tomar conciencia de que su futuro se juega ahí, completar su mercado interior digital y aprender a fomentar y retener la innovación para que sus jóvenes talentos no emigraran a Silicon Valley en busca de capital y oportunidades. Una tarea hercúlea, pero no imposible, para una Europa debilitada.

Además de un espacio y un recurso económico, Internet es un poderoso medio de comunicación. Como en el pasado la escritura, la imprenta, el telégrafo, la radio o la televisión, Internet permite la difusión del conocimiento y la cultura, y con ellos de los valores asociados a ellos, por todo el planeta. Ahí se plantea otro espacio de conflicto, esta vez entre los valores que los occidentales consideramos universales y que otros consideran una amenaza existencial para su poder. Internet permite conectarse entre sí a los activistas de la plaza de Tahrir en Egipto o a los que protestan contra el Gobierno en Hong Kong, también saber en tiempo en real que las Damas de Blanco cubanas han sido confinadas en su domicilio ante la visita de Obama. Pero también incita a gobiernos como el chino, ruso, norcoreano, iraní o saudí erigir barreras y bloquear el acceso de sus ciudadanos a fuentes de información que cuestionen su autoridad y permite a los terroristas reclutar nuevos adeptos y organizarse para acabar con nosotros. Hoy en día, los valores viajan en bits y se bloquean en bits, convirtiendo Internet en un gran espacio de lucha por la hegemonía cultural y los valores. Quien no sepa entender y jugar ese gran juego quedará fuera de juego.

Aquel Gran Juego acabó en tablas geopolíticas, con Rusia dominando Asia Central y el Reino Unido preservando India y el control sobre Persia, Afganistán y Tíbet, no sin algunas derrotas humillantes, como la sufrida en Kabul en 1842, en la que la guarnición británica, con 4.500 efectivos, fue totalmente aniquilada. El destino de Conolly fue menos afortunado: despachado a Bujara (Uzbekistán) a negociar la liberación del teniente coronel Charles Stoddart con el Emir Nasrullah Khan, acabó decapitado en la plaza pública de Bujara junto con Stoddart. Dicen los historiadores, seguramente sobrevalorando el peso de la anécdota, que el fatal desenlace pudo deberse a un malentendido: mientras que en el código militar británico el respeto imponía saludar al anfitrión antes de desmontar, en el código tribal de los kanatos de Asia Central, saludar desde el caballo constituía una muestra imperdonable de arrogancia que el Emir no podía dejar impune.

Conolly sabía estar jugando un gran juego, pero las reglas no estaban claras. Stoddart había sido enviado a negociar una alianza inviable y acabó ejecutado. Algo parecido nos pasa, salvando las distancias y los bits, con el nuevo gran juego digital: sabemos que estamos jugando un juego geopolítico y geoconómico con inmensas consecuencias sobre el poder, la prosperidad y la seguridad de los Estados y las sociedades. Pero ese juego carece todavía de reglas que lo ordenen. Hasta que las tengamos, habrá margen para malentendidos fatales. Europa no sólo tiene que jugar ese gran juego digital, sino luchar para que las reglas del juego mantengan Internet como un orden de libertad abierto en el que sociedades e individuos puedan prosperar con seguridad y ser libres. De lo contrario, Internet se parecerá más a un dominio feudal en manos de señores de la guerra que a un espacio público donde todos nos encontremos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 1 de mayo de 2016