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Por un gobierno débil

25 febrero, 2016

Captura de pantalla 2016-02-25 09.38.25Parece difícil en la España de hoy negar a nadie el derecho a la pesadumbre. Unir la línea de puntos que va desde la crisis económica hasta el aumento de las desigualdades, pasando por el desafío soberanista y el aumento de la corrupción, no parece requerir mucha destreza. Si a eso añadimos los problemas de liderazgo político, democracia interna y renovación que aquejan a los partidos políticos, el panorama puede ser bastante desolador. Y si como colofón nos detenemos en el patético espectáculo de las consultas y negociaciones para formar Gobierno, un mundo al revés dominado por espantadas, órdagos, bloqueos y tacticismos, cualquier atisbo de optimismo se disiparía más que por completo.

Peor aún pinta el futuro, dicen los agoreros. Si Pedro Sánchez consigue formar Gobierno, que seguramente no lo hará, nos avisan, alumbrará un Gobierno débil, encabezado por un líder sin margen y una coalición sin recorrido. Como no tendrá una mayoría amplia ni estable, nos advierten, solo tendrá dos opciones. No enviar leyes al Parlamento y así evitarse la humillación de ver sus propuestas continuamente derrotadas en la Cámara, quedando su Gobierno convertido en un zombi cuya supervivencia solo se explicará por la imposibilidad de que de un Parlamento tan fragmentado surja una coalición de 176 escaños que pueda armar una moción de censura y reemplazarle en La Moncloa. O bien intentar legislar pero fracasar una y otra vez en el empeño hasta que, acosado por la izquierda, la derecha y los nacionalistas, se viera abocado a convocar elecciones anticipadas a los pocos meses de haber sido investido.

 En cualquiera de los casos, concluyen los augures, estaremos ante un fracaso del sistema político, con el consiguiente aplazamiento de las reformas que necesitamos para cerrar la triple brecha de desempleo, desigualdad y desafección dejada por la crisis. Incluso, señalan, podríamos deslizarnos hacia la quiebra en caso de que los mercados financieros se volvieran contra España. Por no hablar de lo que ocurriría si los independentistas dejaran atrás el juego de escaramuzas que han seguido hasta la fecha y, aprovechando la debilidad del Gobierno, pasaran a una confrontación abierta con el Estado.

La buena noticia es que el pesimismo que domina hoy los análisis políticos, reproducido con mejor o peor fortuna en las líneas anteriores, no es obligatorio. Para reconstruir el ánimo reconsideremos por un momento la idea de que un Gobierno débil es algo negativo. Es seguro que un gran número de ciudadanos coinciden en que los Gobiernos que tenían mayoría absoluta y un horizonte de cuatro años de tranquilidad asegurada no han sido tan fantásticos como parecemos afirmar al añorarlos tan sentidamente.

No parece que lo ocurrido en España en los últimos años refrende esa preferencia por Gobiernos fuertes: al revés, la mayoría absoluta de la que ha disfrutado el PP en esta última legislatura ha sido tan mala para la democracia como para el propio partido. Por un lado, ha llevado al Gobierno a eximirse de la obligación de negociar y pactar, convirtiendo sus principales reformas en inaceptables para cualquier alternativa de gobierno. Por otro, le ha llevado no solo a calibrar mal la importancia de aquellos problemas (léase la corrupción, pero también la cuestión catalana) que ahora le pasan factura en forma de soledad política y pérdida de confianza por parte de la ciudadanía, sino a ignorar el doble problema que significa la falta de liderazgo de Rajoy y la ausencia de alternativa al mismo.

En un país con partidos políticos incapaces de renovarse desde dentro e instituciones demasiado débiles para resistirse a los abusos del poder ejecutivo, las mayorías absolutas son tan autodestructivas que parecen haberse convertido en el único elemento capaz de desencadenar el desalojo total del poder. Tiempo tendremos de saber si la superación de los Gobiernos fuertes basados en mayorías absolutas abrirá el paso a la regeneración democrática. De momento, la correlación de fuerzas que ha surgido de las urnas en las pasadas elecciones del 20-D solo hace posible Gobiernos basados en amplios apoyos externos, bien se materialicen como un apoyo puntual para la investidura, en otro estable y duradero para asegurar la tarea legislativa, en uno que busque compartir la tarea de gobierno o simplemente en el que permita la sucesión de pactos de no agresión entre algunas fuerzas con el fin de evitar una serie de males mayores (la repetición de elecciones, el desafío soberanista, etcétera).

De todo esto se deduce que si por un Gobierno débil nos referimos a uno que sea, por fin, humilde ante el Parlamento y el resto de fuerzas políticas, transparente ante los medios de comunicación, incapaz de eludir la rendición de cuentas ante la ciudadanía y obligado a pactar sobre los asuntos fundamentales que determinan el futuro del país, quizá sean muchos los que se apunten a un Gobierno débil. Una hipótesis esta convergente con la satisfacción que, a decir de las encuestas, los ciudadanos muestran con la pluralidad partidista emanada de las urnas.

Es cierto que España está en una coyuntura crítica. Pero también que, pese a la tendencia flageladora que insiste en retrotraer todos nuestros problemas a un ser español que nos predispondría genéticamente al fracaso histórico, lo cierto es que los problemas que tenemos los españoles son propios de las democracias maduras, con economías abiertas y sociedades envejecidas que nos rodean. La desafección política, la fragmentación partidista, la emergencia de nuevos partidos políticos, las tensiones populistas, los problemas relacionados con el cambio de modelo productivo y las dificultades para gobernarnos en un marco de fuerte integración económica supranacional son la norma antes que la excepción en nuestro entorno. El último Gobierno fuerte que disfrutó de una mayoría absoluta logró un récord de desafección ciudadana. Ahora nos disponemos a ensayar con un sistema de cuatro partidos, Gobiernos débiles, políticas de coalición y Parlamentos fuertes. Todo muy europeo, por fin. En cualquier caso, siempre nos quedará la posibilidad de, tras un tiempo de experimento, volver a sufrir Gobiernos fuertes con mayoría absoluta. El desánimo es, claro está, un derecho, pero no un deber.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de febrero de 2016

El gen populista

25 febrero, 2016

Captura de pantalla 2016-02-25 09.34.33Hablar de populismo requiere deslindar dos ámbitos y lenguajes. En el lenguaje de la contienda política que se transmite y escenifica a través de los medios de comunicación, el adjetivo populista es utilizado para descalificar a quien apela a los bajos instintos del votante con mentiras, groseras manipulaciones y promesas de imposible cumplimiento. En el fragor de la batalla se distingue al populista porque busca la complicidad con el pueblo en lugar de interpelar a la ciudadanía, el más importante sujeto colectivo de una democracia. También cuando niega la existencia de ideologías, declara superada la división izquierda y derecha o se postula como puente trascendente entre ellas. Al populista se le detecta, además, en la aspiración a dividir y polarizar a la ciudadanía en dos grupos antagónicos (ricos frente a pobres, gente sencilla frente a casta) o en el señalamiento de una serie de enemigos, exteriores o interiores, como responsables de los males de la nación o pueblo y la consiguiente demanda de liberación de su yugo opresor; una larga lista que incluye, según los momentos, la oligarquía, Angela Merkel, el neoliberalismo, la Unión Europea o los mercados financieros.

Pero más allá del día a día de la política, la ciencia política estudia el populismo como un fenómeno complejo, variado y mutante, que afecta a sociedades distintas en momentos separados en el tiempo. Un primer populismo, el de los años treinta, supuso la quiebra de las democracias y su bifurcación en dos sendas totalitarias (comunista y fascista) mortalmente enfrentadas entre sí. Posteriormente, después de la II Guerra Mundial, proliferó un populismo de corte conservador-autoritario. En ese segundo tipo de populismo encontramos a los generales o próceres autollamados a salvar a la patria de un enemigo exterior, librarlas del caos interior o asegurar el desarrollo económico, siempre, por supuesto, a costa de la democracia y de las libertades y derechos individuales. Ahí están los generales Perón, Franco o Trujillo, Sukarno en Indonesia y Park Chung-hee en Corea del Sur, pero también el padre de Singapur, Lee Kuan Yew, que gobernó el país de 1959 a 1990 bajo una máxima muy sencilla de entender y aplicable en todo tiempo y lugar: “Nosotros decidimos lo que es correcto, no importa lo que la gente piense”.

 Todos esos espadones u hombres-fuertes sostuvieron la excepcionalidad de sus personas, países, pueblos y destinos, y elaboraron doctrinas políticas que justificaran la inevitable necesidad de su autoridad y la virtud de sus regímenes políticos como alternativas superiores a la (siempre corrupta) democracia representativa. Sin embargo, pese a la pretensión excepcionalista, nada hay más universal y menos autóctono que los valores del populismo conservador-autoritario: detrás de doctrinas tan geográficamente distantes entre sí como el nacional-catolicismo (todavía vigente hoy, parece, en Polonia) como en la apelación a los “valores asiáticos” para justificar la limitación de la democracia, encontramos los mismos elementos constitutivos (autoridad, familia, patriarcado, ley, orden, dios, patria o justicia) y un mismo rechazo a aceptar la idea de que los pueblos se pueden gobernar a sí mismos de forma libre y pacífica.

A ese largo reinado de los populismos autoritarios y desarrollistas de derechas le sucedió (especialmente en la América Latina que transita en los años noventa del siglo pasado por su propia crisis política y económica) un tercer populismo, esta vez de izquierdas. Si los populismos conservadores que les precedieron se basaban en la exclusión, en el rechazo a la participación del pueblo, los nuevos populismos arrancaron desde el paradigma contrario: la inclusión de los hasta ahora excluidos de la política, fueran indígenas, mestizos o, directamente, clases populares. La revolución bolivariana que impulsó Hugo Chávez en Venezuela y que tan hondamente inspirara a Evo Morales en Bolivia, a Rafael Correa en Ecuador y a los líderes de Podemos en sus épocas formativas supone no sólo el reencuentro de la izquierda radical con el pueblo, sino con los instrumentos típicos de la democracia (las elecciones y la representación política), hasta entonces despreciadas como artefactos de una democracia liberal que se pretendía superar. El populismo de izquierdas prescinde de la clase obrera, designada por Marx como sujeto histórico, supera la incomodidad tradicional de la izquierda con la idea de nación, considerada más propia de la derecha y del fascismo, sitúa al pueblo y la soberanía en el centro de su actuación y se planta ante las urnas con la esperanza de ganar el poder democráticamente para (aunque no lo confiese públicamente) reemplazar la vieja democracia liberal por un nuevo tipo de socialismo democrático.

Pero ahí no acaba la historia del populismo. Los populistas de izquierdas han encontrado un duro competidor en los nuevos populistas de la derecha xenófoba que triunfa en la Europa occidental más rica y, creíamos, blindada democráticamente.Marine Le Pen en Francia, Nigel Farage en el Reino Unido y la pléyade de populista suecos, daneses, holandeses, suizos, etcétera (también, por cierto, Donald Trump en EE UU), están enarbolando la bandera de la inclusión, los derechos sociales y la soberanía frente al enemigo exterior. Este enemigo puede ser la Unión Europea y su proyecto cosmopolita y supranacional, denostado como una nueva “cárcel de pueblos”, en referencia a la acusación que se vertía sobre el falso internacionalismo de la Unión Soviética. Pero también figuran en la lista de enemigos el islam, reconceptualizado en islamofascismo, o los extranjeros, acusados de mancillar la pureza y valores de la nación con sus vidas parasitarias y su rechazo a la asimilación. Muchos de estos nuevos partidos populistas utilizan el término libertad o democracia en sus siglas, se parapetan tras la laicidad e incluso dicen defender los derechos de la mujer y de los homosexuales frente al islam. Todo ello con el fin de fingir un barniz democrático y blanquear la toxicidad de sus pretensiones autoritarias, nacionalistas y de limpieza étnica.

De esta inmensa variedad y evolución populista se desprende una verdad algo incómoda: que dentro de nuestras sociedades parece haber un gen populista, una predisposición a la identificación tribal, étnica o nacionalista que pugna por situarse por encima de la consideración de todos nosotros como ciudadanos libres e iguales, sujetos de derechos inalienables. Es como si las democracias tuvieran una inclinación atávica al suicidio que sólo necesitara de los estímulos adecuados y del solapamiento de quiebras políticas, económica y sociales. ¿Si no, cómo explicamos su insoportable recurrencia?

Publicado en el Diario ELPAIS el 21 de febrero de 2016

José Ignacio Torreblanca es profesor de la UNED y autor de Asaltar los Cielos: Podemos o la política después de la crisis (Debate, 2015). @jitorreblanca