Archive for 4 marzo 2015

El chicle griego

4 marzo, 2015

bubble-gum-438404_640Grecia es el chicle pegado en la suela del zapato de la eurozona, el incómodo recordatorio de una verdad que, por mucho que nos neguemos a escuchar, sigue ahí. Esa verdad no es otra que el fracaso de las políticas con las que desde el año 2010 llevamos combatiendo la crisis. Ese fracaso no sólo es doble, sino doblemente trágico porque las recetas aplicadas ni funcionan desde el punto de vista económico ni son sostenibles políticamente. Y lo peor es que, como vemos en Grecia, en lo que constituye un importantísimo aviso para España, esos dos fracasos se retroalimentan.

El primer fracaso, el económico, se manifiesta en el hundimiento de la economía griega, el mantenimiento de unas elevadísimas tasas de paro y en la losa que supone una deuda de increíbles dimensiones. Tras más de cuatro años de intervención, la troika (FMI, BCE y Comisión Europea) sólo cuenta en su haber con un equilibrio presupuestario que no da para pagar la deuda y una leve perspectiva de crecimiento que no da para generar empleo. Todo ello logrado sobre la base de unos recortes que han dejado rota a la sociedad y dinamitado el sistema político.

Con el ojo puesto en las encuestas, que sitúan a Syriza no sólo por delante de socialistas y conservadores sino muy cerca de la mayoría absoluta, el primer ministro griego, Antonis Samarás, necesitaba encarar 2015 con alguna buena noticia. Pensaba, con razón, que la salida de la troika y la vuelta de Grecia a los mercados podría devolver a los griegos un mínimo de esperanza. Pero la troika no ha dado su brazo a torcer. Se dice que está frustrada porque no logra meter en cintura a los griegos y que paguen impuestos (especialmente los más ricos) o reformen de una vez por todas el Estado así que, en lugar de aflojar, ha planteado una serie de demandas (nuevas subidas de impuestos y despidos de funcionarios) inasumibles electoralmente para Samarás.

Cada uno tendrá su propia opinión sobre la troika, pero a estas alturas, que el problema de la troika sea su incompetencia o su omnipotencia da un poco igual: con una economía estancada, una sociedad maltrecha y un sistema político roto, unas elecciones anticipadas en Grecia pueden desencadenar una oleada de inestabilidad equivalente a la de 2010-2012. Entonces, el detonante fue el ocultamiento de las verdaderas cifras de déficit; ahora, los inversores andan preocupados por la llegada al poder de una Syriza que, en la presentación de su programa económico ante los inversores en Londres la semana pasada, generó muchísimo temor por sus planes (parecidos a los de Podemos en España) de reestructurar la deuda y relanzar el empleo público.

Visto desde España, lo que ocurre en Grecia no es un chicle en el zapato, sino el canario que alerta a los mineros de la existencia de gas grisú. Del primer choque entre la política y los mercados, el sur de Europa salió muy maltrecho; si vamos hacia un segundo choque, ¿será esta vez diferente?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 11 de diciembre de 2014

Volver al pasado

4 marzo, 2015

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El programa económico de Podemos, conocido ayer, supone el mayor tropiezo de esta formación desde que se diera a conocer. Hasta ahora, el éxito de Podemos se ha basado en su vocación de romper con las inercias, de introducir aire fresco en la vida política española, de reinventar las relaciones entre representantes y representados, de reconfigurar las relaciones entre la política y la economía y de prometer una nueva relación entre la economía y la sociedad que permitiera superar lo que sus líderes gustan en describir como la “era de la devastación neoliberal”.

De esa radicalidad salió la jubilación a los 60 y el reparto del trabajo, la renta básica universal, la auditoria ciudadana del deuda con vistas a su posterior impago o el reposicionamiento internacional de España como país no-alineado. Pero, al parecer, asustados por la imagen de extremismo izquierdista que algunas de esas propuestas les otorgaban, los líderes de Podemos han decidido abandonar el terreno más radical de la izquierda anticapitalista y calzarse los respetables hábitos de la socialdemocracia, incluso adornándose para la ocasión con ropajes escandinavos. Nada que reprochar a este largo camino desde Latinoamérica al Ártico (sin parada ni siquiera en las especificidades del Sur de Europa, desde Grecia a Portugal) si, uno, este viaje no reflejara un tacticismo impropio de alguien que denuncia la vieja política como el arte de las componendas con fines electorales y, dos, si esta transmutación de Pablo Iglesias en Olof Palme (en sólo seis meses) fuera creíble.

Pero lo que más sorprende es que Podemos haya decidido, además de limar sus aristas más extremas, adoptar un programa basado en ideas que hace tiempo agotaron su ciclo vital. Porque sus planteamientos representan un canto a las ideas y propuestas que en la década de los sesenta hicieron de la socialdemocracia europea una fuerza mayoritaria en las urnas y a la vez exitosa económicamente. Sin embargo, el tiempo de los estados grandes y pesados con muchos funcionarios y un gran sector público, industrial o financiero ya pasó. Que unos lo celebren y otros lo lamenten no cambia el hecho de que la edad dorada de la socialdemocracia es irrecuperable; si no que le pregunten a los últimos que intentaron volver al pasado, los socialistas franceses, que en 1981 intentaron nacionalizar la banca y los servicios públicos y tuvieron que darse la vuelta ante la depreciación del franco y la fuga de capitales (el propio programa de Podemos reconoce que su llegada al poder encarecería la deuda de España, haciendo necesaria su restructuración, pero esto no parece desanimarles, al contrario).

Nuestras sociedades ya no son clasistas sino de clases medias ni tampoco están basadas en la industria, sino en los servicios, especialmente en el conocimiento y la información, y su futuro está en el ámbito digital. Además, vivimos en economías abiertas tanto en cuanto a los flujos de capitales como de bienes, servicios y personas, lo que nos obliga a competir globalmente. Para bien o para mal, el keynesianismo en un solo país es hoy por hoy imposible y la globalización no tiene marcha atrás. España, además, ha decidido sumarse a un proyecto de integración que le da acceso al mercado más rico y más extenso del mundo y a la capacidad tanto de recibir inversiones que modernicen nuestro país como a posicionarse en el mundo de una forma ventajosa. A cambio, claro está, acepta limitaciones a su soberanía, como todos los demás miembros.

Dicen los líderes de Podemos que se inspiran en el modelo escandinavo pero lo cierto es que es precisamente en esos países donde la socialdemocracia más rápida y eficazmente ha entendido que para seguir redistribuyendo hay que ser más productivo, más flexible, más competitivo y abrirse todavía más a la globalización. Estos son los parámetros desde los que pensar sobre nuestro futuro, no otros, y por eso las soluciones no son fáciles. Tocado por las críticas sobre la inconcreción y radicalidad de sus propuestas, Podemos ha abandonado el terreno de la crítica a la corrupción y la desigualdad, donde más fuerte es, y ha entrado en el terreno programático, desvelando por primera vez y a la vista de todos sus debilidades.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 28 de noviembre de 2014

Guerras digitales y tiranos del oro negro

4 marzo, 2015

oil-310841_640Donald Rumsfeld, secretario de Defensa con George W. Bush y uno de los artífices de la segunda guerra de Irak, se hizo célebre por una afinada distinción analítica (parece un trabalenguas pero no lo es) entre lo “conocido conocido”, lo “conocido desconocido” y lo “desconocido desconocido”. Esta última categoría es la que debe mantener despiertos por la noche a los analistas. Piensen ahora en lo digital y en la cantidad de “desconocidos desconocidos” que orbitan en torno a ese mundo.

Se ha convertido en un lugar común decir que el siglo XXI será (en realidad ya es) asiático. Pero es un error: el siglo XXI será (ya es) digital y todos los éxitos y fracasos, victorias y derrotas tendrán lugar en formato digital y ocurrirán en la Red. Así pues, no hay nada que nos impida pensar que los historiadores del futuro podrían llegar a escribir que la tercera guerra mundial empezó con una serie de escaramuzas digitales donde los contendientes se tantearon mutuamente para probar y refinar sus armas cibernéticas, ensayar sus estrategias de combate en la Red y explorar las vulnerabilidades de sus adversarios.

Desde el asalto a las instalaciones subterráneas del programa nuclear iraní por medio de Stuxnet, un gusano informático introducido en un lápiz de memoria que logró desbaratar el funcionamiento de las centrifugadoras de uranio iraníes, hasta el ataque aparentemente orquestado por Corea del Norte contra Sony, pasando por las múltiples agresiones contra servidores de seguridad de empresas e instituciones occidentales originados en China y Rusia o las capturas masivas de datos de los cables de fibra óptica y servidores de las grandes empresas del sector por parte de las agencias de seguridad estatales o grupos de hackers privados, parece evidente que la Red será el próximo campo de batalla y que las guerras del futuro serán antes digitales que físicas.

Así pues, la tercera guerra mundial podría haber empezado, pero igual no nos hemos dado cuenta. Señalarlo podría parecer alarmista, pero en realidad sería solo una forma de prudencia originada en la obviedad, frecuentemente olvidada, de que como tendemos a pensar el futuro con las lentes del pasado nos solemos equivocar, y mucho, en nuestras predicciones.

Mientras el futuro se dibuja en el horizonte, el presente que nos trae 2015 nos obliga a realizar predicciones más ajustadas y cercanas en torno a lo conocido desconocido. Porque sin duda alguna, la mayor incertidumbre de 2015 gira en torno al efecto geopolítico de los bajos precios del petróleo. Las leyes de la petropolítica postulan que unos altos precios del petróleo suelen traer aparejada una mayor asertividad de los tiranos petroleros, tanto hacia adentro, pues disponen de recursos adicionales y legitimidad para consolidar su apoyo social y reprimir a la oposición, como hacia fuera, pues esos mismos recursos permiten ampliar su presencia exterior, comprar influencia y prestigio internacional e incluso rearmarse militarmente.

El petróleo sigue siendo, hoy por hoy, un importantísimo activo geopolítico, tanto desde el punto de vista del poder duro, esto es, de la capacidad de coacción, como del poder blando, esto es, de la capacidad de persuasión. Así que, por exactamente las mismas razones, deberíamos suponer que unos bajos precios del petróleo van a disminuir la capacidad de acción de los tiranos petroleros que en el mundo hay, especialmente aquellos con políticas exteriores más conflictivas o bases de poder más débiles. Con la excepción de Arabia Saudí, artífice de los precios bajos y que no enfrenta riesgos internos o externos significativos, es lógico suponer que Rusia, Irán o Venezuela van a experimentar turbulencias importantes. Turbulencias que también van a afectar a las democracias petroleras, como México o Brasil, que financian su gasto social o cuadran sus cuentas con cargo a los ingresos del petróleo. Por tanto, paradoja total para abrir el año: mientras el prístino y silencioso mundo de lo digital se abre paso, seguimos atrapados por algo tan físico, ruidoso y sucio como el petróleo y las tiranías.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 4 de enero de 2014

Una mala idea

3 marzo, 2015

javelin-weapon-system-missile-fireTener razón no confiere automáticamente la capacidad de diseñar una buena estrategia. Es lo que le pasa a los que estos días intentan convencernos, desde Estados Unidos o dentro de la propia Europa, de que armar a Ucrania es una buena idea.

Dejando a un lado a los nostálgicos de aquel mundo en el que bastaba ponerse del lado contrario de Estados Unidos para tener razón, es obvio que Ucrania está siendo víctima de una agresión por parte de un Estado vecino, Rusia. Y lo está haciendo con dos agravantes intolerables: uno, simular mediante la infiltración de fuerzas armadas de carácter irregular una inexistente guerra civil entre rusos étnicos y ucranios donde nunca ha habido un problema de violencia sectaria; dos, violando las garantías de integridad territorial que en 1994 Moscú concedió a Kiev a cambio de que esta renunciara a sus armas nucleares. Si el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fuera como la estatua de la justicia, ciego y con una balanza en una mano y una espada en la otra, es seguro que no tardaría más de diez minutos en condenar a Rusia como agresor y enviar cascos azules a sellar la frontera ruso-ucrania para impedir el paso (incesante), tanto de material como de efectivos militares rusos.

Por tanto, no sólo no hay equidistancia posible entre las partes, como pretenden algunos, sino que es evidente dónde está la razón legal, política y moral en este conflicto. El problema es que, como Angela Merkel descubrió en la cumbre del G20 de Brisbane tras más de dos horas de reunión a solas con Putin, no tenemos un problema de malentendidos. Si fuera un malentendido, Merkel, que se crió en la RDA, habla ruso perfectamente y proviene del país que más interés y experiencia tiene en convivir con Rusia, lo habría deshecho. Pero lo que emergió de esa entrevista, y el tiempo transcurrido ha confirmado, es que Putin tiene una visión del mundo y de los intereses de Rusia completamente antagónica a la de la UE.

Hasta la fecha, la política europea, acertada, ha consistido en utilizar las sanciones para, primero, convencer a Rusia de que, aunque no le caigamos mal, para convivir con nosotros debe respetar unas mínimas pero esenciales reglas sobre la integridad territorial de los Estados y, dos, de que debe aceptar el derecho de los ucranios a decidir sobre el futuro de su país, incluyendo su vinculación a la UE con un acuerdo de asociación. Mientras Rusia no acepte esos dos principios viviremos en una tensa coexistencia, pero coexistencia. Armar a Ucrania no sólo supone reconocer el fracaso de esa política sino, peor aún, estar dispuestos a asumir las consecuencias de ese fracaso. Porque si Ucrania, a pesar de esas armas, fracasara en defenderse, nos tocaría defenderla a nosotros. Y hasta ahora, cada vez que Ucrania ha progresado militarmente, Rusia ha elevado la presión y la ha doblegado. Europa no puede ganar jugando al juego ruso, sólo jugando al propio.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 6 de febrero de 2015

El yudoca acorralado

3 marzo, 2015

PUTIN_RUSOLos politólogos solemos ser escépticos respecto a las explicaciones basadas en la personalidad. Para nosotros, la política se entiende desde los intereses de los actores, sus acciones se comprenden desde la racionalidad y las políticas se explican como la confluencia de actores e intereses en las instituciones. Es por ello que más allá de algunas observaciones sobre el carisma, la personalidad de los líderes no suele importar mucho: como se supone que los políticos son sólo actores que interpretan intereses, da igual que pongamos a uno o a otro al frente.

Este desdén es aún mayor en el ámbito de las relaciones internacionales pues, para la mayoría de los especialistas, son sobre todo las estructuras las que explican los comportamientos de los Gobiernos. Aplicado al análisis de la conducta de Putin, ese punto de vista nos llevaría a intentar objetivar sus actuaciones refiriéndolas a una lógica de competición por el territorio y los recursos económicos, es decir, a una lógica geopolítica en la que los actores buscan maximizar el interés del Estado. Las personas no serían demasiado relevantes: si quitáramos a Putin del poder, su sucesor se comportaría de forma muy similar. Punto final.

Si esta explicación les parece correcta, dejen de leer aquí. Pero si les parece demasiado perfecta, sigan leyendo. Dicen los expertos en psicología política que los líderes, más que a una ideología o a una serie de intereses objetivos, obedecen a una serie de orientaciones cognitivas básicas adquiridas en algún momento, y que estos hechos definitorios son los que acompañan su actuación política a lo largo de todas sus vidas. Siguiendo este camino, para entender a un político bastaría con saber dos cosas: lo que a toda costa quiere lograr y lo que a toda costa quiere evitar.

Dos hechos son los que parecen marcar el carácter de Putin. Como él mismo ha contado en alguna de las raras entrevistas en las que ha accedido a hablar de sí mismo, el primero es que su físico siempre supuso un contenedor demasiado pequeño para un carácter muy grande. Su estrategia para resolver esta contradicción en su infancia, proclamar continuamente su deseo de ser luchador y enzarzarse con cualquiera que quisiera poner a prueba su determinación, lo dice todo: como la Rusia de hoy que él dirige, que no es ni mucho menos una superpotencia pero quiere parecerlo, Putin siempre quiso boxear por encima de su peso. El otro hecho relevante es el colapso de la República Democrática Alemana y la consiguiente caída del muro de Berlín, que sorprendió a Putin como oficial del KGB en la ciudad germano-oriental de Dresde, obligándolo a quemar documentación comprometedora en el patio de su sede, incluso enfrentándose pistola en mano a los manifestantes que intentaban asaltar la sede del KGB. Si esto es cierto, y lo que Putin siempre ha querido a toda costa es lograr la aceptación de los demás y, paralelamente, lo que más odia es ser presionado o verse desbordado por la presión, es evidente que Occidente ha activado los dos resortes psicológicos que más le motivan.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 4 de diciembre de 2014

Impaciencia estratégica

3 marzo, 2015

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No suele asombrar que los europeos estén divididos en política exterior: cada capital tiene su historia, intereses y sensibilidades, lo que tiende a convertir cualquier intento de lograr una posición común en el seno de la UE en una pesadilla, máxime cuando se trata de imponer sanciones o adoptar una posición de dureza. Pero difícil no significa imposible: aunque los fracasos suelen ser siempre más ruidosos que los aciertos, la Unión Europea no siempre lo hace todo mal. Vean, por ejemplo, el caso de Irán. Cierto, el acuerdo respecto al programa nuclear iraní no está ni mucho menos cerrado, pero la combinación a partes iguales de perseverancia, unidad y sanciones económicas ha evitado un escenario catastrófico: ¿se imaginan que a la inestabilidad que tenemos en Libia, Siria, Irak y Palestina, añadiéramos ahora una campaña de bombardeos israelíes sobre las instalaciones nucleares iraníes? Por tanto, si el pasado enseña alguna lección es que, en política exterior como en otras materias, la paciencia siempre tiene una recompensa mientras que la impaciencia desbarata cualquier posibilidad de éxito.

Curiosamente, sin embargo, hay quienes en la Unión Europea parecen dispuestos a tirar por la borda la unidad tan costosamente lograda en los últimos meses en torno a Rusia. Y lo están haciendo precisamente desde Alemania, que es el corazón y motor que permitió lograr dicho acuerdo, donde se están manifestando fisuras dentro del Gobierno de coalición entre la canciller Merkel y su ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, socialdemócrata, partidario de rebajar las sanciones a Rusia aunque Moscú siga manteniendo bajo su control el este de Ucrania y, por supuesto, ni se haya planteado devolver Crimea. Pocos apostaban al principio de esta crisis a que Italia, España o Francia entrarían en el camino de las sanciones, pero la evidencia de que Rusia estaba muy lejos de querer un acuerdo de paz que permitiera la reintegración de Ucrania llevó a Roma, Madrid y París a adoptar una posición de firmeza (recordemos que para Hollande eso ha supuesto la muy costosa renuncia a entregar a la Marina rusa los dos portahelicópteros contratados, uno con militares rusos operándolo en prácticas).

Nada hay nada erróneo en querer negociar con Rusia: desde el principio de esta crisis los europeos han dejado claro que no creen en el camino de la fuerza y sí en el del diálogo y que las sanciones son sólo un instrumento para que Rusia acepte una solución pactada. Pero ese acercamiento no puede cobrarse como primera víctima y condición previa la unidad territorial de Ucrania. Rusia ya amputó Osetia del Sur y Abjasia a Georgia, también ha amputado a Moldavia el territorio transnistrio y ahora hace lo mismo con Crimea y el este de Ucrania. Los ucranios han manifestado en demasiadas ocasiones, en la calle y en elecciones libres y democráticas, presidenciales y parlamentarias, que sus principios y valores son democráticos y europeos y que no quieren ser parte de una esfera de influencia rusa. Es por esa osadía por lo que Moscú les ha castigado, imponiéndoles la guerra, la penuria económica y la pérdida de territorio. Mientras nada de eso cambie, habrá poco de lo que hablar con Moscú.

Publicado en el Diario ELPAIS el jueves 27 de noviembre de 2014