Archive for 25 marzo 2015

El hechizo israelí

25 marzo, 2015

jerusalem-342813_640El miedo funciona electoralmente, sostienen los expertos en comunicación política, porque el cerebro procesa la información relacionada con nuestra seguridad de una forma distinta de la que lo hace con otras noticias. Ese mecanismo de alerta temprana llamado instinto de supervivencia explica que la gente se pegue al televisor cuando tienen lugar desastres naturales o que interese mucho más un atraco que la información política. Si quieren dirigir un informativo televisivo de éxito, el truco es fácil: pongan sólo inundaciones y muchos, muchos sucesos.

Ahora piensen en Israel, rodeado de amenazas existenciales, y entenderán por qué Benjamín Netanyahu va camino de convertirse en el primer ministro más longevo de la historia de Israel y por qué la izquierda de ese país, empeñada en hablar del precio de la vivienda o, en tiempos ya lejanos, de la paz con los palestinos, se asemeja a una especie en vías de extinción.

Nadie puede cuestionar el derecho de los israelíes a preocuparse por su seguridad ni a que esas preocupaciones se sitúen en el centro de la vida política: pocos países en el mundo enfrentan un problema de seguridad tan extremo como lo hace Israel. El problema es que las políticas de Netanyahu, aunque crean la ilusión de hacerlo, distan mucho de garantizar la seguridad de su país. Cierto que el proceso de paz con los palestinos basado en una solución que diera lugar a dos Estados, uno israelí y otro palestino, estaba prácticamente muerto. Pero al renunciar Netanyahu formalmente a ese horizonte, como lo ha hecho durante la campaña, sitúa a la comunidad internacional y a los palestinos ante una situación insostenible. EE UU, pero sobre todo Obama, tendrá que decidir si deja el problema a su sucesor o cierra su mandato con un enfrentamiento con Israel en campo abierto y año electoral. De igual forma, los europeos (España incluida) se verán impelidos a activar los reconocimientos al Estado palestino, paralizados hasta la fecha con el argumento de no perjudicar el proceso de paz, y a revisar sus relaciones con Israel, convertida en potencia ocupante de un territorio sin ningún título legal para hacerlo ni intención de disimular dicha carencia ni la temporalidad de la ocupación.

Muchos israelíes parecen vivir instalados en el convencimiento de que deben su seguridad a la maestría política de Netanyahu. Éste ha logrado convencerles de que la ocupación de Cisjordania y el bloqueo de Gaza no sólo no tienen coste alguno sino que explican y garantizan su seguridad. Pero nada hay más lejos de la realidad: si algo explica esa sensación de seguridad es la decisión consciente de EE UU y los europeos de mirar, día tras día, hacia otro lado. Cierto, la lógica de este argumento requeriría una política que elevara los costes de la ocupación y disipara esa sensación de seguridad. Pero, estén seguros, nadie a este lado se atreverá a romper el hechizo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de marzo de 2015

Bibi y la bomba

25 marzo, 2015

8030669230_fcd20f3dc4_oVibrante discurso, coinciden los observadores, el pronunciado el martes en el Congreso de EE UU por Benjamín Netanyahu clamando contra Obama por su intención de concluir un acuerdo nuclear con Irán. Por alguna extraña razón, todas las crónicas de prensa, radio y televisión cometieron el mismo error: rotular a Netanyahu como “primer ministro de Israel”. Extraño proceder cuando es evidente que lo último que hizo Bibi fue actuar como primer ministro de un país aliado. Seguramente el equívoco se debe a lo difícil que fue elegir entre las dos alternativas, ambas más realistas. No es difícil imaginar a los directores de informativos de las principales cadenas de televisión debatiendo entre si debían rotular a Netanyahu como congresista republicano por Jerusalén o como candidato del partido Likud a las elecciones generales que se celebrarán en Israel el día 17. Porque eso es todo lo que hizo Netanyahu: utilizar el miedo a Irán para promocionarse como candidato a primer ministro y, de paso, debilitar a Obama ante los republicanos.

Que Netanyahu pueda bramar contra el acuerdo de nuclear con Irán y, a la vez, mantener fuera del debate público y de los tratados internacionales un arsenal nuclear propio que se estima en 60-80 cabezas nucleares y material fisible para construir hasta 200, es un milagro de orden bíblico solo posible en esa zona del mundo. Hay que recordar que EE UU no es un amigo de Israel, sino su principal valedor. Sin el apoyo diplomático de Washington en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel hace tiempo que habría tenido que elegir entre firmar una paz justa con los palestinos y retirarse de Cisjordania o exponerse a un régimen de sanciones internacionales similares al que sufrió la Sudáfrica del apartheid. Y sin los más de 3.000 millones de dólares anuales que los contribuyentes estadounidenses (votantes de Obama incluidos) transfieren a Israel como ayuda militar, los israelíes no podrían mantener su ventaja militar ante sus vecinos. Sin el apoyo de EE UU, Israel no sería una isla de desarrollo y democracia en Oriente Próximo, sino un cuartel aislado en un vecindario nada amable.

Los republicanos tendrían que tener algo más de cuidado y un poco más de sentido común. Haciendo creer a Netanyahu que es el dueño de la política exterior de EE UU no hacen ningún favor a Israel ni tampoco se lo hacen a sí mismos. Sea porque Teherán, sintiéndose amenazado, decida romper el acuerdo nuclear e ir a por la bomba o sea porque Israel decida unilateralmente bombardear las instalaciones nucleares iraníes y el nuevo presidente de EE UU no tenga la autoridad para impedírselo, es evidente que si Netanyahu es reelegido y los republicanos ganan las elecciones presidenciales de 2016, las probabilidades de una guerra con Irán aumentarán de forma exponencial. Quizá lo lógico sería que Netanyahu se presentara a las próximas primarias republicanas y optara a la Presidencia; eso lo aclararía todo. Cuando la cola mueve al perro, las cosas andan mal.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el domingo 5 de marzo de 2015

Bruselas ha caído

4 marzo, 2015

1391254933¿Se imaginan ese titular? Que sea improbable no quiere decir que sea imposible. Al fin y al cabo, todos los imperios han caído. Y la Unión Europea no deja de ser un imperio; posmoderno, pacífico y basado en el derecho, pero un imperio al fin y al cabo. Pero precisamente por eso quizá podamos aventurar que su caída sería diferente de la de otros imperios, es decir que no hace falta pensar en los hunos desfilando por la Rue de la Loi en Bruselas para imaginarse su fin. De hecho, si lo piensan bien, la mayoría de los imperios han caído desde dentro antes que desde fuera. Y lo han hecho, aquí es donde la cosa se pone interesante, generalmente víctima de las divisiones internas entre élites, territorios o grupos sociales y, a la vez, por su incapacidad de adaptar su modelo económico a los desafíos que el futuro les planteaba.

Europa tiene motivos para estar preocupada pues está enfrentando simultáneamente dos amenazas existenciales: una exterior y otra interior. En el exterior se ve sometida, por un lado, al desafío de los yihadistas, que están intentando por todos los medios atraerla a ese conflicto para así derrotarla a la vista de todo el mundo. Por otro, tiene ante sí a una potencia nuclear que ha decidido romper con todas las normas que regulan el orden europeo y construirse una esfera de influencia a su medida aunque para ello tenga que desgajar el territorio de otros Estados. Pese a las diferencias entre ambos escenarios, los dos interpelan a Europa de manera similar: abstenerse es imposible, pero intervenir con garantías de éxito es sumamente improbable.

Europa podría encontrar la manera de navegar todos esos conflictos, de Libia a Ucrania, de forma algo más exitosa que la actual si no tuviera las dos manos atadas a la espalda. Una mano está atada porque sus capacidades militares están más a la altura de su carácter posmoderno que a la de los desafíos que le plantean sus vecinos: ya estuvimos en las arenas de Libia y en los campos helados de Ucrania y no queremos volver. Y la otra mano está atada porque los europeos, líderes y opiniones públicas, todavía no parecen haber percibido la naturaleza de lo que está en juego.

De hecho, muchos prefieren seguir enzarzados en discutir sobre si la culpa de los problemas de Grecia es de las políticas de austeridad o de la incompetencia de los sucesivos políticos griegos. E incluso crecen los que, como los británicos de Nigel Farage, los seguidores de Marine Le Pen en Francia o los partidarios de Alternativa por Alemania, andan sopesando si no será mejor poner fin a todo esto.

Dirán que es tremendista, pero mientras las fronteras este y sur de Europa se deshilachan, la mitad de Europa anda enredada en juegos semánticos sobre si lo que se va a firmar se llamará programa o puente y la otra mitad se pregunta sobre si este proyecto tiene sentido. Al paso que vamos, cuando los bárbaros lleguen a Bruselas no va a haber nadie para recibirlos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 19 de febrero de 2015

La troika y el gallina

4 marzo, 2015

312195800_70ffb91a48_zMuchos analistas están dibujando el conflicto entre Grecia y Alemania como un “juego del gallina”, ya saben, ese en el que dos coches se dirigen a toda velocidad uno contra otro para ver quién se aparta primero. El juego tiene varios resultados posibles: los dos demuestran que son muy machos, pero mueren; los dos se apartan en el último segundo y se van juntos a celebrar su sensatez; o, por último, uno se arruga y es humillado y el otro queda victorioso y celebra su valentía.

El juego revela algunas de las dinámicas que estamos viendo estos días entre Tsipras y su ministro de Finanzas, Varoufakis, a un lado, y Merkel y su ministro de Finanzas, Schäuble, por otro. Pero no captura bien la realidad. Más que un juego del gallina, estamos ante un juego en dos niveles, típico de las negociaciones internacionales, en el que los negociadores principales no sólo se tienen que poner de acuerdo entre ellos, sino a su vez lograr que el acuerdo que firmen sea aceptable cuando vuelven a casa. En muchos casos, y este es uno de ellos, se produce una situación de difícil solución: que los acuerdos posibles arriba (entre las partes), no coinciden con los acuerdos que pueden ser ratificados abajo (una vez en casa).

En su primera comparecencia en el Parlamento griego, Tsipras declaró el programa de rescate finalizado. Mi Gobierno, dijo, ha recibido un mandato del pueblo griego para acabar con ese programa, que ya ha sido cancelado por su propio fracaso. Al dar por finalizado unilateralmente el rescate y dar por hecho que cualquier negociación con el Eurogrupo partirá de ese hecho, Tsipras se ha colocado en una situación enormemente complicada y a la vez absurda. ¿Por qué? Pues porque con tal de cumplir con su mandato podría verse obligado a rechazar una prórroga del rescate muy favorable a Grecia y, a cambio, aceptar un programa-puente aunque fuera más costoso para Grecia por las incertidumbres asociadas a él (elevación de la prima de riesgo, caída de la Bolsa, retirada de depósitos, fuga de capitales). Algo parecido le pasa al Eurogrupo, pues aunque podría modificar el programa de rescate de mil formas para acomodar las demandas del nuevo Gobierno griego, lo que no puede consentir (por las repercusiones que tendría en Alemania y en los otros países deudores) es dejar a Tsipras salirse con la suya, atribuirse el tanto de haber matado a la troika y puesto fin al rescate y, para colmo, llevarse de premio un crédito-puente desde el que negociar con calma.

Lo peor de todo, y en esto el error de Tsipras es garrafal, es que la troika ya estaba técnicamente muerta: la había matado la Comisión, con Juncker a la cabeza; el Parlamento, que hizo un informe durísimo sobre ella; el Tribunal de Justicia, que ha dicho que el BCE no pinta nada allí, y el Eurogrupo, que quería sacar al FMI. Pero como a los zombis, a la troika le atrae el ruido, así que en vez de desaparecer silenciosamente, ahora, cortesía de Tsipras, la tenemos otra vez en primer plano.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 12 de febrero de 2015

El eje de la soberanía

4 marzo, 2015

Europe_flags¿Qué hace Marine Le Pen, la líder del derechista, xenófobo y eurófobo Frente Nacional francés, felicitando por su victoria a Alexis Tsipras, el líder del primer partido de izquierda radical que consigue llegar al Gobierno en la Europa comunitaria? La respuesta no está en París, sino en Atenas, donde la primera decisión de Tsipras tras ganar las elecciones ha sido buscar los votos de la derecha nacionalista griega. Tsipras podría haber buscado los votos de alguna de las otras fuerzas regeneradoras de la política griega, como los centristas liberales de To Potami, pero ha preferido pactar con los Griegos Independientes, un grupo escindido de Nueva Democracia, el partido de centroderecha desde el que Samarás ha gobernando Grecia en los últimos años, que también articula sus demandas a la UE bajo la etiqueta de la recuperación de la soberanía.

Una de las primeras decisiones de Tsipras, tras reunirse con el embajador ruso en Grecia, que le ha trasladado una carta de felicitación de Putin, ha sido posicionarse en contra de la adopción de nuevas sanciones a Rusia por parte de la UE. Aquí tampoco estamos ante ninguna sorpresa: Syriza, al igual que Podemos y el resto de los partidos de la izquierda europea, vienen sistemáticamente votando a favor de Rusia y en contra de Ucrania desde que en mayo del año pasado llegaran al Parlamento Europeo. Sea por prejuicios ideológicos, ignorancia o por puro cinismo ideológico, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias y compañía parecen estar convencidos de que Vladímir Putin, un nacionalista que gobierna con una de las oligarquías más corruptas del planeta, preside un país con desigualdades sociales sangrantes, se apoya en la iglesia ortodoxa y persigue a periodistas, homosexuales y feministas, es de izquierdas.

¿Incomprensible? No. Europa se está reconfigurando políticamente, pero no a lo largo de un eje izquierda-derecha, tampoco separándose entre Norte y Sur; ni siquiera, como a veces hemos imaginado, en torno a círculos concéntricos, con un euronúcleo fuertemente integrado y una periferia con distintos grados de afinidad. Europa se está reconfigurando en torno a un eje soberanista-populista, o lo que es lo mismo, en torno a un resurgir de los nacionalismos (de nuevo cuño, y seguramente compatibles con la democracia, pero al fin y al cabo nacionalismos).

Grecia es sólo un aviso de un fenómeno que no tiene que ver estrictamente con el euro ni con la troika, y que es profundamente europeo. En Reino Unido, donde en mayo habrá unas elecciones que pondrán a prueba el techo de los eurófobos de Nigel Farage, pero también en Suecia, donde no circula ni el euro ni la troika, el auge de estos movimientos y partidos es igual de preocupante que en el corazón del euro. Dentro de la UE, sea en Francia, Alemania, Italia, y ahora también en España, surgen partidos cuyo relato es el mismo: la UE ha ido demasiado lejos, secuestrando la democracia, dicen tanto Marine Le Pen como Tsipras, Nigel Farage o Pablo Iglesias. Es hora de dar la voz al pueblo y recuperar la soberanía, concluyen. ¿Europa es el problema, la nación es la solución? Que no cuenten conmigo.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 30 de enero de 2015

Hablan las urnas

4 marzo, 2015

14088674187_802a138bdd_hCada papeleta depositada en una urna refleja una decisión estrictamente individual. Esa decisión puede reflejar consideraciones muy distintas sobre la situación política, la económica o las expectativas personales. Pero en democracia, que al fin y al cabo es el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, nos gusta pensar que la suma de todas esas decisiones individuales tiene que significar algo coherente. Así que, el lunes diremos “los griegos han dicho”, y completaremos los puntos suspensivos con un “quieren poner fin a la austeridad y al bipartidismo”, si gana Syriza, o con un “no quieren saltar al vacío justo ahora que comienza la recuperación”, si Syriza no logra imponerse. Pero ni las cosas son tan simples ni la democracia es un sistema donde el ganador se lo lleva todo. Gane quien gane, el día después de las elecciones la vida seguirá siendo un conjunto de decisiones imperfectas tomadas con información insuficiente, poco poder y muy poca capacidad de anticipar las consecuencias. Suena algo deprimente (hay quien lo llama realidad), pero es lo que hay.

Pero ahí no acaba la cosa. Como los significados de las cosas no son claros ni están establecidos de antemano, la política, máxime en época de campaña, consiste en la creación de significados con los que rellenar los hechos. Las palabras, gusta decir el jefe de campaña de Podemos, Íñigo Errejón, son colinas desde las que se domina el terreno y se ganan las batallas políticas, de ahí que Rajoy haya hecho campaña en Grecia a favor del reformismo mientras que Pablo Iglesias haya instado a los griegos a entender la elección como el primer paso en la liberación de los pueblos del Sur de Europa del yugo colonial impuesto por Berlín y por la troika.

A la competición por el Gobierno en Grecia, que en teoría sólo atañe a los griegos, se añaden pues toda una serie de disputas, que son las que nos atañen a nosotros, como españoles y como europeos. Una victoria de Syriza enviaría una muy poderosa señal pues hasta ahora ninguno de los partidos antisistema surgidos en Europa al calor de la crisis ha logrado una victoria que les permita llegar al Gobierno. Que lo lograran en el eslabón más débil de la cadena, Grecia, podría ser una excepción, pero también una señal de que estos partidos, como ellos mismos gustan decir, habrían logrado ocupar la centralidad del tablero político. Esa centralidad implica que si gana Syriza, Tsipras tendrá que negociar y pactar con los acreedores de Grecia, muchos de los cuales, recordemos, también son Gobiernos democráticos que se deben a sus electores y que también tomarán sus decisiones pensando en su futuro político. La otra opción de Tsipras y Syriza es recuperar la soberanía pero aquí es donde el juego retórico se agota: lo peor de reclamar la soberanía es que, si te pones muy pesado, te la pueden acabar dando, así que mejor no insistir mucho.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 22 de enero de 2015

Guerra

4 marzo, 2015

François_Hollande_-_meeting_PS_de_Besançon_(10-04-2012)_-_1Llámenme tibio, pejiguero o, peor aún, una combinación de las dos cosas, pero no me termino de encontrar cómodo con la decisión del Gobierno francés de, como reacción más inmediata al atentado contra Charlie Hebdo, seguido de un atentado antisemita que parece haber quedado desdibujado, formular la lucha contra el terrorismo yihadista como una guerra. Tampoco es que sea pacifista: apoyé (confieso) la intervención militar en Libia contra Gadafi, en la que Francia tuvo un papel primordial, y me quedé bastante solo defendiendo que el empleo de armas químicas por parte de El Asad merecía, como mínimo, un par de días de bombardeos y una zona de exclusión área. Diré que las intervenciones, también lideradas por Francia, en Malí y la República Centroafricana me han parecido, en lo esencial, correctas y proporcionales. Como también me lo ha parecido la participación de sus fuerzas aéreas en el bombardeo de las posiciones de las tropas del Daesh en Irak, a las que hubiera deseado que se sumaran más fuerzas armadas europeas, entre ellas las españolas.

Quizá todo eso significa que en el fondo ya estábamos en guerra y que el Gobierno francés solamente ha verbalizado una realidad preexistente. Pero aún con todo ese bagaje intervencionista, que alguien denostaría como propio de un peligroso y errado “intervencionista liberal”, me chirría lo que subyace a la imagen de Hollande despidiendo las tropas a bordo del portaaviones Charles de Gaulle o la decisión de revisar su presupuesto de defensa. Puede que el empleo del término guerra tenga un origen emocional y refleje una decisión tomada demasiado rápidamente ante un más que comprensible estado de shock colectivo. Pero puede que sea una decisión demasiado calculada, donde predominen más elementos de cálculo políticos y electorales que un frío análisis estratégico sobre cómo mejor luchar contra el terrorismo. Quizá esté demasiado condicionado por la experiencia de Estados Unidos, que tras el 11-S enmarcó su respuesta a los atentados bajo ese mismo prisma, con consecuencias que en lo esencial fueron negativas, tanto desde el punto de vista de la eficacia de esa lucha como por el impacto negativo que tuvo sobre los derechos y libertades que entonces se quisieron preservar.

No se trata, entiéndase, de un resquemor de origen moral; la guerra es un mal menor pero aceptable en casos de legítima defensa. Si lo quisiera, Francia obtendría el amparo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la activación del artículo 5 del Tratado de Alianza Atlántica o la cláusula de solidaridad prevista en el Tratado de Lisboa. Pero no, en mi caso se trata más de un cinismo más bien primario: si la guerra, según la definición clásica de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios, antes de empezar una guerra sería bueno saber cuál es la política. Porque de lo contrario, como estamos viendo estos días, en ausencia de un análisis a fondo sobre objetivos, instrumentos y estrategias, lo que termina abriéndose es un espacio donde de forma bastante arbitraria se mezclan discusiones sobre recortes de derechos y libertades, argumentos identitarios sobre la integración o la inmigración y controversias sobre quiénes son o deberían ser nuestros aliados en esta lucha. Dado que si vamos a la guerra no va a ser una guerra fría, convendría saber antes de empezarla cómo vamos a luchar, con quién lo vamos a hacer y con qué objetivos últimos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 15 de enero de 2015

Es política, no religión

4 marzo, 2015

Cologne_rally_in_support_of_the_victims_of_the_2015_Charlie_Hebdo_shooting_2015-01-07-(2322)Con cada atentado terrorista de inspiración yihadista reaparece el coro de voces que pretende responsabilizar a la religión musulmana y a sus practicantes por los asesinatos cometidos en su nombre. A la primera, la religión, se le atribuye una naturaleza intrínsecamente violenta y excluyente que la haría incompatible con cualquier forma de vida democrática o régimen de derechos y libertades individuales. A los segundos, los practicantes, se les señala por la complicidad que algunos dicen adivinar tras los silencios, su incapacidad para la crítica a sus líderes religiosos, su resistencia a modernizar sus hábitos culturales y el continuo victimismo del que hacen gala, que con demasiada frecuencia acompañan de demandas orientadas a restringir derechos o construir dentro de nuestras sociedades espacios donde estos no rijan.

Pero este razonamiento, que en último extremo nos lleva a un enfrentamiento de civilizaciones entre Occidente y el islam, naufraga contra la evidencia de que por cada occidental asesinado a manos de estos terroristas yihadistas vienen muriendo miles de musulmanes. Desde la guerra civil argelina, donde en los años noventa murieron entre 150.000 y 200.000 personas, hasta Irak, donde las cifras de víctimas posteriores a la invasión de 2003 también se encuentra en el rango de 150.000 a 200.000 personas, o como se viene poniendo de manifiesto hoy en Siria, Libia, Túnez, Egipto u otros escenarios, el conflicto dominante no es entre el islam y Occidente, sino dentro del mundo islámico, víctima de fracturas entrecruzadas de carácter étnico, geopolítico o económico, entre suníes y chiíes, kurdos y turcos, autoritarios y demócratas, laicos y religiosos, ricos y desposeídos.

Ignorar la profundidad y severidad de esas fracturas, en las que se dilucida el modo y carácter de la modernización de estas sociedades, y obviar nuestro papel en su creación y mantenimiento, desde los tiempos del colonialismo hasta ahora, nos lleva a abandonarnos a la otra tentación recurrente en estas ocasiones: la de afirmar que el terrorismo es simplemente barbarie nihilista sin sentido. No, el terrorismo, este como cualquier otro, es político y busca objetivos de dominación política, así que precisamente para poder contrarrestar estos objetivos eficazmente, debemos entenderlos en toda su complejidad.

Todo esto no es una llamada a renunciar a nada ni a relativizar nada. Como no puede ser de otra manera, la brutal masacre de París nos obliga a reafirmarnos en nuestros valores y principios y a no aceptar ni una sola renuncia en la esfera de los derechos (tampoco, que quede claro, cuando las sátiras o irreverencias se practiquen contra nuestros símbolos o instituciones, sean la Monarquía, la bandera, la religión cristiana, judía o cualquier otra). Que un humorista armado de un lápiz pueda ser considerado una amenaza existencial para un fanático, incluso más que un soldado, es la prueba de lo lejos que hemos llegado y los años luz que nos separan de ellos. Precisamente por ello no caigamos en el error de construir trincheras y odios cuando lo que necesitamos son puentes y políticas eficaces.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 8 de enero de 2015

Una cuestión de fe

4 marzo, 2015

Greece-1173_-_Temple_of_AthenaEs un guión por todos conocido y mil veces representado. A un lado, los tecnócratas que encabezan las instituciones europeas, que por boca del portavoz del Banco Central Europeo no se cansan de celebrar los “impresionantes progresos realizados por los griegos a la hora de estabilizar sus presupuestos y reformar la economía”, saludan la llegada, por fin, de una décimas de crecimiento económico con el que validar sus recetas económicas y animan a los griegos a no tirar la toalla justo cuando comienza a vislumbrarse la tierra prometida. Al otro lado una ciudadanía, la griega, cansada de la devastación política, económica, social y moral provocada por la crisis, lógicamente impertérrita ante las celebraciones a las que la troika insiste en invitarla y en absoluto dispuesta a olvidar la insensibilidad de los que en plena crisis recomiendan subir los impuestos a los medicamentos o bajar las pensiones.

El drama se representa en Grecia pero la obra podría pasarse en cualquier teatro del sur de Europa. Porque a estas alturas es probable que sólo queden dos tipos de ciudadanos en la Europa azotada por la crisis. A un lado tendríamos aquellos que piensan que las políticas de austeridad, aunque injustas e ineficaces, son inevitables dado el grado de postración de sus gobiernos, la ausencia de alternativas y los costes que tendría una rebelión contra dichas políticas. Al otro lado, tendríamos aquellos que, pensando igualmente que las políticas de austeridad son injustas e ineficaces, consideran que han sobrepasado lo admisible y están dispuestos a rebelarse contra ellas. Que las alternativas no estén claramente dibujadas y su coste sea sumamente incierto no parece disuadir a este grupo de su convicción de que el cambio de políticas requiere un cambio radical en los gobiernos, de ahí fenómenos como Syriza o Podemos.

Las próximas elecciones griegas serán en realidad un referéndum al que sólo concurrirán dos opciones: las de los que temen hundirse aún más y las de los que piensan que ya han tocado fondo y quieren arriesgar lo que les queda. Tal y como están las cosas, ninguna de las dos opciones es racional: ni los resultados de las reformas son lo suficientemente buenos, rápidos ni equitativos para validarlas en las urnas ni las promesas de los rupturistas son lo suficientemente plausibles como para concederles la confianza que piden. Por eso, los griegos acudirán a las urnas el 25 de enero armados meramente de su fe en el futuro. No deja de resultar una increíble paradoja que la política económica de la eurozona, que presume de haber diseñado los instrumentos de gobernanza más complejos de los que nunca los Estados se han dotado, sólo pueda validarse por la fe. Eso sí, una fe ejercida democráticamente: Abraham no pudo convocar elecciones anticipadas cuando el Señor le pidió que sacrificara a su hijo. Algo hemos progresado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el lunes 29 de diciembre de 2014

Dinosaurios en el Caribe

4 marzo, 2015

LaCaballeriaCorralesJusto cuando andábamos debatiendo sobre si la Guerra Fría, teóricamente finiquitada el 9 de noviembre de 1989 en Berlín, se nos estaba colando por la puerta ucrania, las agencias de prensa nos informan de una nueva fecha a ponderar. Pero no se engañen, aunque en los medios guste hacer historia con mayúscula a la mínima ocasión, la Guerra Fría no terminó el miércoles 17 de diciembre de 2014. Esto no quiere decir que la decisión de Obama no sea histórica; lo es, sin duda. Pero como ocurre tantas veces en la vida, desde que uno cursa la solicitud hasta que llega el certificado suele pasar algo de tiempo. Que el “algo de tiempo” necesario para que Estados Unidos y Cuba se enteraran de que el muro de Berlín se había caído haya sido de nada menos que un cuarto de siglo sí que es algo histórico. Convengamos entonces en que, uno, lo que ha acabado esta semana son 25 años de prejuicios ideológicos, inercias políticas y perezas mentales y, dos, que tanta estulticia, y tan simétrica y bien repartida entre Washington y La Habana, merece un estudio en profundidad. Eso sí, siempre nos quedará Corea del Norte, convertida para la posteridad en parque temático del estalinismo dinástico.

Que se abra un tiempo nuevo no significa, sin embargo, que ese tiempo sea igual para todos. Porque aunque Estados Unidos lleve décadas equivocándose con Cuba, son los hermanos Castro los que han perdido 25 años y los que han hecho perder a los cubanos 25 años que nadie les va a devolver. En ese tiempo, sus iguales ideológicos y herederos han sabido, desde China a Venezuela pasando por Vietnam y Rusia, adaptarse tanto económica como políticamente a un mundo abierto y cambiante. Si los Castro no fueran semejantes dinosaurios habrían tomado nota de que hoy en día no sólo es perfectamente posible para los comunistas mantenerse en el poder practicando el capitalismo de Estado, sino que, como demostró Hugo Chávez, el socialismo del siglo XXI consiste en legitimarse electoralmente mediante elecciones periódicas y aparentemente libres, pero fraudulentas de raíz, por el hostigamiento a la oposición democrática y la prensa libre. Tan torpes son los hermanos Castro que ni se dieron cuenta de que podían convocar cuantas elecciones quisieran y ganarlas.

Con su audaz decisión, Obama va a eliminar el último parapeto ideológico que permite sobrevivir a un régimen corrupto moralmente y quebrado económicamente. Lo ideal sería que la desaparición de las coartadas permitiera una transición pacífica desde el periodo jurásico de la Guerra Fría hasta una verdadera liberalización política y económica donde los cubanos puedan ser libres y prosperar. Teniendo en cuenta los vínculos históricos, económicos y culturales, España y la Unión Europea podrían, en realidad, deberían, jugar un papel de acompañamiento de ese proceso. Pero para ello necesitaríamos que los dinosaurios se echaran a un lado y se enteraran de que no han ganado a Estados Unidos, sino perdido.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el jueves 18 de octubre de 2014