Archive for 10 octubre 2014

Europa desde la iconoclastia

10 octubre, 2014

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Reseña elaborada por Xavier Vidal-Folch en Babelia, edición impresa, sábado 4 de octubre de 2014

¿Quién gobierna en Europa?, de José Ignacio Torreblanca, es un ensayo lúcido: estupendo e inquietante. Estupendo por su iconoclastia. Porque agarra el asunto de la gobernanza/gobernación de la Unión Europea desde donde toca: la crisis de 2008. Y cómo, a su compás, se han trastocado la arquitectura de la unión monetaria, los equilibrios institucionales de los Veintiocho, las funciones de las democracias nacionales.

Y por su tesis central: la condición política ineludible para realizar ulteriores cesiones de soberanía nacional (si tal cosa existe) estriba en que “se recupere en la práctica a nivel europeo en forma de mayor, mejor y más efectivo margen de actuación”. Debe haber un estrecho paralelismo entre los nuevos traspasos (de poderes sobre el presupuesto, la banca, el Tesoro) hacia “Bruselas” (Comisión y Consejo) y el traspaso a “Estrasburgo” (Parlamento) de su control político. So pena de incurrir en déficit democrático y de incrementar la ya creciente desafección popular hacia Europa, convertida por los Gobiernos en chivo expiatorio de todo mal.

Otros aciertos: su explicación sobre la “tecnocracia”, o encargo de gestión a técnicos o cuerpos técnicos de materias muy especializadas, a cambio de resultados eficientes (pero no su aplicación indiscriminada a “Bruselas”, como sucedáneo de conceptos como “burocracia” o “monstruo burocrático”, tan caros a Margaret Thatcher); su crítica a la conversión de los Parlamentos nacionales en legitimadores de lo decidido después de decidido, y no antes; su carga contra abusos institucionales como las cartas-ultimatos del BCE a España e Italia en plena crisis, pero también su aplauso a esta institución como “poder federador” europeo; el convencional aguijón a la política económica alemana… seguido del respeto al debate democrático y al juego institucional de ese país; la acertada foto de los nuevos populismos, aunque en una evaluación que los sobredimensiona: no es exacto (aún) que “ya no son minoritarios”… Y así decenas de apuntes. Lean el libro.

Pero léanlo también críticamente, desde la irreverencia. Porque Torreblanca lleva su eurocriticismo a la frontera del euroescepticismo cuando no solo exige mayor control democrático a los poderes europeos, sino que muestra excesiva nostalgia del Estado-nación y de la soberanía nacional. Porque tiende a envolver esa deriva con un abuso de conceptos como la “soberanía democrática” de Jürgen Habermas aplicada a la soberanía nacional, o el “vaciamiento constitucional” preñado de connotaciones negativas en lugar de la más positiva “federalización”.

Y parece haberse dejado en el tintero lo que él mismo tantas veces ha escrito, que la crisis económica soliviantadora de la gobernanza europea ha sido y es brutal, recidivante. Y pues, los fallos sistémicos afectan no solo a las instituciones comunes, sino a todas, y a todas las corporaciones y profesiones, no solo a las maléficas élites políticas, que opone a la benéfica ciudadanía.

Además, deja en el limbo si el nuevo andamiaje de la unión económico-monetaria inventado en este lustro (fondos de rescate, paquetes fiscales, nuevo rol del BCE…) es un mero cóctel de medidas improvisadas o enhebra una refundación, aún imperfecta, de la Unión. Con todos esos defectos, y algunos más, el bisturí de Torreblanca corta muy fino. Con rotundidad envidiable.

¿Quién gobierna en Europa? José Ignacio Torreblanca. Libros de la Catarata. Madrid, 2014

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El error de los socialistas europeos

10 octubre, 2014

Miguel-Arias-CaneteAl contrario de lo que se viene escribiendo estos días, el principal error de los socialistas (españoles y europeos) no está en haberse dividido a la hora de confirmar o rechazar la designación de Miguel Arias-Cañete como comisario de Energía y Cambio Climático. Claro que esa división interna es un error: unidos hubieran muy fácilmente podido negociar con el presidente Juncker el desgajar la cartera de Cambio Climático o, incluso, haber pactado asignar otras responsabilidades al español, que no era idóneo para el cargo, y atribuir esa cartera a alguien con más credibilidad en ese tema y así haber logrado el apoyo de liberales, socialistas e incluso verdes. Pero la responsabilidad última por este espectáculo recae sobre Juncker, que ha forzado demasiado la mano a la hora de asignar las carteras a varios comisarios sin tener en cuenta su perfil, lo que ha puesto en riesgo a toda la Comisión.

El verdadero error de los socialistas europeos, especialmente de los que han votado por Juncker y por su Comisión, es no haber entendido que, para estar en un Gobierno de coalición, que es lo que la Comisión Juncker es, hay que pactar políticas de coalición y asegurarse de que se dispone de los recursos para ejecutar esas políticas. Europa está atascada desde hace demasiado tiempo en una recesión que conlleva unos niveles intolerables de desempleo y frustración ciudadana con las políticas de austeridad. Esa combinación se está mostrando doblemente letal: por un lado, genera desconfianza en la Unión Europea, lo que hace imposible que los Gobiernos pidan “más Europa” como salida a la crisis; por otro, está hundiendo la credibilidad de los partidos socialistas, especialmente los que gobiernan, obligados a aplicar unas políticas de austeridad extremadamente impopulares sin obtener a cambio ningún impulso para el crecimiento.

Esta semana, el Fondo Monetario Internacional, famoso por décadas de hostilidad a los déficits fiscales, ha pedido a los europeos que estimulen su economía con políticas de inversión pública y, lo que es más sangrante aún, les ha recordado que con los bajísimos tipos de interés actuales esas inversiones no incrementarán la deuda a largo plazo, pues se financiarán de sobra con los réditos del crecimiento y empleo que generarán. Pero la UE sigue, erre que erre, empeñada en aplicar la misma y fallida receta económica.

¿Y qué hacen los socialistas franceses e italianos? En lugar de condicionar su apoyo a la Comisión Juncker a un cambio en la política económica, es decir, a un gran pacto por el que cada recorte y cada reforma estructural fuera acompañada de un paquete de inversión pública que estimulara el crecimiento, se conforman, uno con un comisario (Pierre Moscovici) que consiga un poquito de flexibilidad, y otros con el puesto de Alta Representante y comisaria para las Relaciones Exteriores (Mogherini). Se critica a los socialistas españoles por votar contra Juncker, pero antes de hacerlo, los socialistas franceses e italianos deberían mirar al PSOE y preguntarse si su voto a esta Comisión, que es el que realmente ha dado la mayoría a Juncker, es el primer acto de su suicidio político en casa.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 10 de octubre de 2014

Cisnes chinos

10 octubre, 2014

cisne_negro001“No necesitamos gases lacrimógenos, ya estamos llorando”, se lee en uno de los paraguas de las decenas de miles de manifestantes que han ocupado las calles de Hong Kong para pedir democracia. ¿Bastarán unas cuantas frases ingeniosas para hacer temblar a uno de los sistemas políticos que más férreamente controla la información que recibe la ciudadanía? Eso es lo que parece pensar gente como Joshua Wong, el joven estudiante de 17 años que se ha convertido en uno de los líderes del movimiento estudiantil de Hong Kong y que con sólo 15 años ya lideró la protesta contra el intento de Pekín de introducir en el currículum escolar una grosera educación patriótica. Como se esperaba, el Gobierno chino atribuye todo a una conspiración exterior, pero Wong nació el mismo año en el que el territorio dejó de ser colonia británica así que estamos ante una protesta hondamente arraigada que no va a amainar fácilmente.

Ingenuidad e ingeniosidad. Dos tecnologías low cost total. ¿Será eso todo lo que se necesita para doblegar a un régimen que cuenta con el apoyo de un Ejército de más de dos millones de soldados, cientos de miles de policías y una increíble capacidad de bloquear las redes sociales? Gente como Wong nos hacen volver a ilusionarnos con la idea de que hay valores que son universales, intrínsecos a la naturaleza humana y válidos independientemente de la etnia, cultura, religión o geografía en la que nos encontremos. Si, permitámonos soñar en alto, China se democratizara, esto significaría la liberación de 1.350 millones de personas, es decir, de una de cada cinco personas del planeta y, más dramáticamente aún, de más de la mitad de los 2.467 millones de personas que todavía hoy viven, por desgracia, en países no libres.

Volviendo a la realidad; sólo por la derrota intelectual de la doctrina del excepcionalismo chino, que nos dice que ese país y la democracia son incompatibles, y del relativismo cultural, que sostiene que los asiáticos tienen valores distintos, ya habrían valido la pena estas manifestaciones. Pero hay más, pues la democratización de China tendría tales consecuencias geopolíticas que podemos describirla utilizando la analogía del cisne negro, popularizada por Nicholas Taleb para referirse a aquellos acontecimientos inesperados que cambian por completo nuestra manera de entender y, por tanto, de enfrentarnos a la realidad. Porque si China se democratizara, todos los supuestos que hemos construido sobre cómo será el siglo XXI se vendrían abajo, para bien. Naturalmente, muchos problemas seguirían, y también enfrentaríamos nuevos desafíos, pero qué duda cabe de que estaríamos ante un escenario internacional radicalmente distinto.

No sabemos qué pasará, pero sí que sabemos, o por lo menos deberíamos haber aprendido de la experiencia, que nuestra incapacidad de prever el futuro no lo hace menos probable. Al revés, como ocurrió con el fin de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín o los ataques del 11-S, da la impresión de que los cisnes negros son más probables cuanto menos se piense en ellos. Así que hagamos como que no nos estamos enterando de lo que está pasando en Hong Kong y crucemos los dedos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 3 de octubre de

Pesadilla en el Levante

3 octubre, 2014

imagesPese a la guerra, el curso escolar también ha comenzado en el territorio controlado por los hombres del Estado Islámico (EI), el grupo armado que se ha hecho con el control de partes importantes del territorio de Irak y Siria. Según los residentes locales, una circular de la recién creada Oficina de Educación del nuevo Califato Islámico ha anunciado a los creyentes “la buena nueva del príncipe de los creyentes” (su líder, Abu Bakr al Bagdadí, encumbrado como Califa Ibrahim). ¿En qué consiste la buena nueva? En la prohibición de las asignaturas de arte, música, historia, geografía y literatura. Todo ello con el fin de “poner fin a la ignorancia, promover las ciencias de la religión y rechazar los programas de educación corruptos”. Para la población local, la elección entre llevar a sus hijos a la escuela, y ser adoctrinados, y dejarlos en casa y ser represaliados, no es fácil. Si el futuro de la región es este Califato, su aspecto no puede ser más terrible.

La existencia de esta Oficina de Educación revela claramente que el salto del Estado Islámico a la estatalidad no es retórico. Los grupos terroristas atacan a los estados y se protegen en santuarios establecidos en otros estados, pero no pretenden suplantarlos. Pero el EI aspira a ejercer el monopolio de la violencia sobre un territorio delimitado y una población. Son 56.000 kilómetros cuadrados, una población de ocho millones de habitantes y unos ingresos regulares provenientes de los 80.000 barriles de petróleo diarios que extraen de los seis pozos del petróleo que controlan en Siria y los cuatro con los que se han hecho en Irak. Al contrario que los diamantes o las drogas, nos dicen los expertos, las bandas criminales que extraen petróleo necesitan estructuras paraestatales. Lo que coincide con las crónicas que dicen que en Raqa, la capital de este Califato distópico (una distopía es una utopía convertida en pesadilla), los milicianos del Estado Islámico regulan el tráfico, recaudan impuestos a los comerciantes y se disponen a cobrar el agua y la luz a los residentes.

Se puede bombardear al Estado Islámico, sí. Y mejor con una coalición amplia de Estados que incluya a países árabes y musulmanes. Turcos, kurdos, jordanos, cataríes o saudíes han de implicarse en la lucha contra el EI, también iraníes. Pero nada de eso oculta dos verdades muy incómodas. La primera, que la derrota del EI requiere la presencia de tropas de tierra (los bombardeos los debilitarán pero difícilmente los derrotarán) y que sólo entonces se verá quién está dispuesto a hacer los sacrificios correspondientes. La segunda incomodidad se origina en el escepticismo respecto al día después del Estado Islámico (si es que llega). Aunque muchos querrían ver en una eventual derrota del EI la oportunidad de recomponer la región y sentar las bases de una convivencia duradera y negociada entre todas las partes, la realidad es que la coalición anti EI sólo parece tener en común la designación de ese grupo como el mal mayor, pero que el día después, kurdos y turcos, chiíes y suníes, e iraníes y saudíes retomarán sus rivalidades con aún mayor intensidad.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 26 de septiembre de 2014

Referéndum en Escocia: el día después

3 octubre, 2014

La-tristeza-ha-aflorado-en-los_54415194252_54028874188_960_639El día después del referéndum escocés podían pasar dos cosas. Si ganaba el sí, los escoceses hubieran tenido que gestionar una economía que pierde competitividad, sostener el Estado del bienestar, regular la banca, pagar las deudas adquiridas durante la crisis, imaginar un futuro sin petróleo y hacer frente al envejecimiento de la sociedad.

¿Y una vez que ha ganado el “no”? Pues entonces, los escoceses tienen que gestionar una economía que pierde competitividad, sostener el Estado del Bienestar, regular la banca, pagar las deudas adquiridas durante la crisis, imaginar un futuro sin petróleo y hacer frente al envejecimiento de la sociedad.

Exacto, han leído bien: los retos son los mismos. Lo único que cambiaba era que en el primer caso, los escoceses tendrían que haber hecho todas esas cosas y, a la vez, construir un Estado propio, mientras que en el segundo caso tienen que hacerlo de forma conjunta con Londres, aunque con un grado de autonomía sustancial.

El punto de vista de los independentistas es que el margen de autonomía que hubieran ganado con la secesión les hubiese gestionar mejor esos retos y, además, hacerlo de forma autónoma, sin someterse a los dictados del Gobierno británico, lo que hubiese tenido consecuencias positivas. Sin embargo, para los contrarios a la secesión, la independencia no sólo significa una menor capacidad a la hora de gestionar esos desafíos, pues dichos problemas se gestionan peor entre 5 millones de escoces que entre 63 millones de británicos, sino también la dedicación de ingentes cantidades de tiempo y recursos a construir la capacidad estatal con la que resolverlos.

La estatalidad, aunque al calor del debate identitario tienda a convertirse en un fin, no deja de ser un medio. Si ganaba el sí, sin duda hubiera sido un día histórico que hubiese dejado las calles desbordadas por la alegría popular y las banderas blanquiazules. Pero este viernes, hubiera habido que hacer cosas tan mundanas como negociar un prefijo telefónico para las llamadas internacionales, gestionar la red eléctrica del país o, al otro extremo de la complejidad, poner en marcha un servicio de inteligencia que prevenga atentados terroristas yihadistas, diseñar y armar unas fuerzas armadas propias, repartirse miles de millones de deuda pública y abrir unas complicadísimas negociaciones con la Unión Europea para lograr que el nuevo país pase el mínimo tiempo posible fuera de la UE.

Paradójicamente, todo ese largo y costoso proceso tendría que haber sido negociado y pactado con el gobierno del país del que se hubieran acabado de independizar. Eso hubiese supuesto que si ganaba el sí, durante los próximos cinco años, los escoceses iban a ver más Londres en sus vidas de lo que han visto en los últimos 300 años. Así pues, incluso desde el consenso y la mano tendida (recuerden que el primer ministro británico, David Cameron, dijo que aunque la independencia le rompería el corazón, no pondría obstáculos a su consecución si ganará el sí), la independencia hubiera supuesto invertir mucho tiempo y recursos en volver a la casilla de salida donde hubieran esperado los mismos problemas de siempre.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 19 de septiembre de 2014

Referéndum en Escocia: ¿cabeza o corazón?

3 octubre, 2014

head-vs-heart1“Esta votación no es acerca de si Escocia es o no una nación. Escocia es una nación fuerte y orgullosa con una historia extraordinaria y unas gentes con un talento increíble”. Esto no lo ha dicho el líder independentista escocés, Alex Salmond, sino el primer ministro británico, David Cameron, en una vibrante intervención realizada el miércoles pasado en Edimburgo en la que también prometió no obstaculizar la independencia si esta fuera la opción ganadora. “Me rompería el corazón”, dijo Cameron, “pero respetaría esa decisión”.

¿Deben votar los escoceses con la cabeza o con el corazón? El debate en Reino Unido, que hasta ahora había versado sobre los costes de la separación, ha girado 180 grados hacia el terreno de las emociones, las identidades, la historia común; en definitiva, hacia el sentido y lógica de vivir juntos. Ahora, en lugar de preguntarse cuánto cuesta la ruptura, los británicos han comenzado a debatir sobre qué sentido tiene vivir juntos. Con ello parece aceptarse que ni la secesión ni la permanencia son decisiones exclusivamente racionales.

Si las personas solo estuvieran hechas de intereses, si solo se movieran por el deseo de maximizar el retorno económico de sus decisiones, entonces la decisión entre la secesión o la permanencia debería ser relativamente sencilla. O dicho de otra manera, aunque fuera una decisión complicada lo sería exclusivamente debido a que algunos costes son inciertos y / o muy difíciles de calcular. Sin embargo, la experiencia nos dice que las cosas son algo más complicadas.

¿Aceptaría México anexionarse a EE UU solo porque es más rico? ¿O España sumarse a Alemania solo porque los alemanes son más eficientes, tienen menos desempleados y exportan más? Algo parecido ocurre con la secesión: el hecho de que, incluso aunque fuera costosa económicamente, exista un número tan amplio de personas dispuestas a asumir esos costes nos señala muy claramente lo importante que son las identidades y cuánto impacto tienen sobre las preferencias de los actores.

Esa complejidad de las cuestiones identitarias explica el giro adoptado por el Gobierno británico, al que se han sumado laboristas y liberales. Así, mientras Salmond hacía el ridículo comparando la secesión de Escocia con el fin del apartheid en Sudáfrica, Cameron, inteligentemente, intentaba cambiar el debate a otro terreno. “Esta votación no es para elegir entre Reino Unido y Escocia, sino para decidir entre dos visiones distintas del futuro de Escocia”. ¿Es sincera la humedad que recorría los ojos de Cameron? ¿O, como dicen los independentistas, es una impostura que se debe a que, después de llevar meses amenazando a los escoceses con todo tipo de calamidades si deciden marcharse, Londres se ha dado cuenta de que los costes también serían inmensos para Reino Unido, y para el propio Cameron, cuya carrera política seguramente terminaría? Seguro que hay opiniones para todos los gustos, pero quizá dé un poco igual: al fin y al cabo, sabemos desde hace mucho tiempo que la fuerza civilizadora de la hipocresía es un elemento importante de paz y progreso. La cuestión es si no es ya es demasiado tarde incluso para la hipocresía.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 12 de septiembre de 2014

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El nuevo desorden mundial

3 octubre, 2014

Congress_of_ViennaAl final, el verano de 2014 se ha resistido al fatídico emparejamiento con 1914 que algunos proponían. Pero nadie le podrá negar a este largo y caluroso verano sus méritos: como hace 100 años, agosto ha sido temporada alta para los cañones. Los conflictos son conocidos (Ucrania, Gaza, Irak, Siria y Libia): lo que cuesta es imponerles una jerarquía que haga justicia a su magnitud y a consecuencias. Cada uno de esos conflictos nos ha dejado encima de la mesa un doble desafío: el de la pérdida de vidas humanas, ya grave de por sí; y, en paralelo, la demolición de algunos de los soportes sobre los que se asienta el orden internacional.

Cada vez más, los conflictos que enfrentamos, y los que lamentablemente parece que enfrentaremos en el futuro, se caracterizan por una asimetría muy descarnada entre sus repercusiones, que nos alcanzarán de lleno aunque nos abstengamos de involucrarnos en ellos, y nuestras posibilidades de actuación, que quedan mucho más allá de nuestras capacidades políticas o militares. Eso explica, sirva de ejemplo, que no sólo lamentemos el trágico destino de las minorías del norte de Irak sometidas a una brutal campaña de limpieza étnica por parte de los yihadistas del Estado Islámico, sino que en nuestro fuero interno lamentemos aún más saber que la eventual ayuda que les proporcionemos no restaurará el orden en la región. Armar a los kurdos o lanzar ataques aéreos contra los yihadistas son decisiones inevitables, pero no recompondrán el dividido y maltrecho Estado iraquí ni cimentarán un eventual proceso de paz en Siria.

Las dificultades que experimentamos con el orden tienen su foco principal en el factor estatal. Por un lado tenemos Estados que se desordenan y por otro Estados que niegan el orden internacional y sus normas, es decir, que desordenan a los demás. Las amenazas que plantean así como sus motivaciones son muy distintas, pero confluyen en un único punto: el estrechamiento progresivo del orden liberal internacional vigente, un proceso que puede acabar en un estrangulamiento completo y la apertura de un periodo prolongado de anarquía y conflicto internacional.

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La estrategia del caos

3 octubre, 2014

Armed pro-Russian separatists look on at a town center in Snizhnye in eastern UkraineMuchas discusiones sobre Ucrania versan estos días sobre si Vladímir Putin tiene una estrategia y, en caso afirmativo, en qué consiste. Las opiniones están divididas: unos piensan que la confusión y el caos al que asistimos es producto del desconcierto de un Putin que, viéndose continuamente desbordado por los acontecimientos, ha ido improvisando una respuesta tras otra; otros sostienen, por el contrario, que las acciones de Putin obedecen a una estrategia trazada y diseñada desde hace tiempo.

Pero lo cierto es que las dos versiones son compatibles. Putin tenía una estrategia; consistía en construir una esfera de influencia en torno a Rusia. La Unión Euroasiática, que se extendería desde Bielorrusia hasta Kazajistán, era a la vez un proyecto económico y político. Su objetivo era lograr tanto la independencia económica como geopolítica de Rusia respecto a Occidente. Ese proyecto naufragó en el Maidán de Kiev, pues una parte sustantiva de la población de Ucrania se negó a secundarlo. Ese fue y es el mayor error de Putin: no entender primero y no aceptar todavía hoy que las aspiraciones de la ciudadanía no son ser dominados por una élite autoritaria y corrupta que se envuelve en la bandera para perpetuarse en el poder y enriquecerse.

Como demostró el Maidán, a poco que exista una mínima libertad de información y algo de pluralismo político, la gente preferirá una sociedad abierta y democrática a una cerrada y chovinista.

De ese error de cálculo de Putin nace su estrategia actual. Sin Ucrania es imposible seguir adelante con la Unión Euroasiática, lo que supone algo más que un revés para su política exterior: por un lado impide a Rusia lograr su autonomía económica y geopolítica, es decir, independizarse de Occidente; por otro, es evidente que una Ucrania democrática, próspera e integrada en Occidente ofrecería a la población rusa un modelo al que aspirar, poniendo en peligro el sistema político vertical que Putin con tanto esmero ha construido. De ahí que para Putin esta crisis tenga un carácter existencial.

Entendida correctamente la naturaleza de esta crisis y la percepción dominante en Moscú, las consecuencias son tan claras como preocupantes. Porque si el destino de Putin y el de Ucrania están tan íntimamente vinculados como parece, entonces la crisis no ha hecho más que empezar. Fracasado el objetivo primigenio de Putin de incorporar a Ucrania a su esfera de influencia, su estrategia sólo tiene un desarrollo posible: prevenir que Ucrania prospere, se democratice y se abra a Occidente. Ese objetivo requiere sumergirla en el caos, mantener vivo el conflicto armado y cercenar sus posibilidades de recuperación económica. Por eso, las sanciones económicas a Rusia, aunque muy severas e inevitables, no van a lograr fácilmente su objetivo. Al revés: según se aproxime el invierno y la cuestión energética cobre importancia, la Unión Europea y Estados Unidos se verán obligados a sostener económicamente a Ucrania. Rusia no sólo está dispuesta a pagar un alto precio por Ucrania sino a imponer uno aún más elevado a los demás.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 5 de septiembre de 2014