Perplejidad

PutinNo sabemos jugar a este juego de hinchar el pecho y mirar desafiantes a los ojos. Y se nos nota. Ni siquiera lo entendemos. Nuestra mirada es de perplejidad: echamos un paso atrás y nos preguntamos, ¿por qué actúa así? Putin nos recuerda al matón de patio, al bully que se quiere imponer por la fuerza y con quien de nada vale dialogar. Al contrario, el diálogo refuerza su agresividad. Él tiene su lógica, impecable y cristalina, reflejo de unos intereses muy nítidos: “esto es mío y si lo tocas te aplasto”.

Dicen sus biógrafos que su etapa escolar estuvo muy marcada por la necesidad de emplearse a fondo con los puños para convencer a los matones de que su carácter estaba muy por encima de su físico (nada imponente en altura y envergadura). ¿Es ahí donde se forjó este carácter que vemos hoy en día? Puede que esto no sea más que caduca psicología barata. Pero igual que los economistas están volviendo a la psicología para entender mejor una serie de comportamientos (aparentemente irracionales) de los actores económicos que no encajan en los modelos teóricos más usados, quizá haya llegado la hora de que los politólogos también volvamos al análisis de la personalidad para entender por qué determinados conflictos no encajan del todo en nuestras teorías de relaciones internacionales. Algunos dirán que sí, que el neorrealismo estructural (una reformulación algo pedantona de la vieja teoría del equilibrio de poder) lo explica todo. Pero como mucho explica sólo una parte de este conflicto, la otra, la rusa.

Porque se pongan como se pongan los conspiranoicos, si la Unión Europea ha excitado los instintos geopolíticos de Putin, llevándole a dar un puñetazo en la esquina del tablero que ocupa Crimea, ha sido muy a pesar suyo. La UE hizo todo lo posible por llegar tarde al conflicto. Y lo consiguió: para cuando logró, con la presencia en Kiev de tres de sus ministros de exteriores, que Yanukóvich firmara un acuerdo con la oposición que restaurara la Constitución de 2004 y diera paso a unas nuevas elecciones, el régimen ya estaba herido de muerte y en descomposición por la locura criminal de su presidente que, desbordado por la situación, decidió huir. Y ahora, la UE está haciendo todo lo posible para no enfrentarse con Putin: dejar pasar tiempo hasta reunir el Consejo Europeo, no elevar el tono ni hablar en público de sanciones, apelar a la buena voluntad, pedir una mediación internacional, etc. La UE, se le nota a leguas, no quiere entrar en la lógica de las sanciones económicas ni del enfrentamiento. Sólo le falta suplicar a Putin que le de una salida honrosa.

Lo más irónico de la UE es que, según nuestro relato de nosotros mismos, hace décadas que dejamos de retorcer los brazos de la gente. Y es que, según nosotros, no tenemos poder. Pero para los demás, sí que lo tenemos, y mucho, de aquí que nos perciben como una amenaza. Y razón no les falta: si la UE representa el 25,9% del PIB mundial y Rusia el 2.4%, ¿cómo iba a ser posible que la UE, siendo la primera economía del mundo, con 501 millones de habitantes, fuera más débil que una Rusia cuyo PIB es once veces inferior al nuestro, cuya población (142 millones) es tres veces y media menor y cuyo gasto en defensa es una cuarta parte del nuestro? Muy tontos tendríamos que ser para ser más débiles que Rusia. O muy listos para ocultarlo. Elijan ustedes.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS e viernes 8 de marzo de 2014

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Una respuesta to “Perplejidad”

  1. Joaquín Ricarte Aventín Says:

    Un columnista de El País no puede argumentar lo de “muy tontos deberíamos ser” tratando las relaciones de poder en función del PIB. Cuando quiera y como quiera Rusia puede cerrar el grifo del gas a Alemania y dejarla seca. Y no digamos si cierra el grifo del petróleo. Obama ha de actuar de cara a la galería para justificar su impotencia ante la imposibilidad de hacer nada. Si Monroe dijo lo de América para los americanos, Putin está en su derecho de defender su área de influencias y sus áreas de interés geoestratégico. El Neoliberalismo, la ambición suprema del capitalismo occidental, aún sueña con hacerse dueña del pastel ruso que se quedaron cuatro oligarcas cuando las grandes multinacionales ya se frotaban las manos cuando cayó el muro y se quedaron con la miel en los labios. Ante el intento de derribo en Siria, el hundimiento de Libia, el golpe de estado egipcio, y ahora Ucrania, no es de extrañar que Putín haya dicho basta. Como Serbia no era “uno de los nuestros” la independencia de Kosovo recibió el aplauso de las potencias occidentales. Ahora que Crimea quiere independizarse, como Ucrania “ha de ser uno de los nuestros” ahora no vale. Cinismo político a medida de los intereses.

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