Miopías

gafasQue el euro se ha salvado del colapso parece ser algo que los mercados dan por descontado. Las tensiones especulativas contra el euro, que a punto estuvieron de llevárselo por delante el año pasado, han remitido casi por completo. Todo ello gracias a la intervención del Banco Central Europeo y de su Presidente, Mario Draghi, que anunció su determinación a utilizar todo el arsenal de recursos a su disposición para salvar la moneda única. Sin embargo, como estamos viendo estos días, superada la peor fase de la crisis del euro, nos estamos adentrando en una muy preocupante fase de crisis política. Porque si las tensiones en torno al euro han remitido, las tensiones políticas están aumentado, especialmente en lo que se refiere al papel de Alemania, que se está situando cada vez más en el centro de la crítica, tanto por sus acciones como, especialmente, por sus omisiones.

Hemos visto estos días las reacciones airadas que en Alemania ha provocado el doble dardo que la política económica de Merkel ha recibido, primero desde Washington, donde el Departamento del Tesoro ha calificado públicamente el superávit comercial alemán como una fuente de inestabilidad para el resto de los miembros de la eurozona, y posteriormente desde Bruselas, desde donde se ha puesto en marcha un procedimiento de vigilancia especial sobre los riesgos que para la eurozona se derivan del excesivo y persistente superávit comercial alemán.

El enfrentamiento es político, sí, pero tan vinculado a las identidades que adquiere un carácter casi existencial. Para muchos alemanes, ser criticados por ahorrar y exportar en exceso no sólo supone un ataque frontal a la identidad de la Alemania posterior a la segunda guerra mundial, sino una muestra más de la insensatez de algunos de sus vecinos, que no sólo no tienen a bien admirar sus reformas económicas, aplicándolas a regañadientes con suma laxitud y aún más débil voluntad sino, lo que es peor, parecen empeñados en destruir a base de consumo, deuda e inflación el que consideran el único modelo económico exitoso del continente.

Mientras, desde fuera, crece la inquietud con una Alemania que estaría beneficiándose extraordinariamente de la moneda única y, a la vez, bloqueando de forma sistemática todas aquellas medidas que permitirían despejar el camino hacia la salida de la crisis pero que, paradójicamente, se presenta a sí misma una y otra vez como una víctima de los derrochadores del Sur.

El superávit comercial alemán no es el único frente abierto, sino un episodio que se añade a las tensiones que venimos observando en torno a la unión bancaria, la rebaja de tipos interés o las perspectivas de deflación, todos ellos cruciales para la estabilidad y futuro de la eurozona, Alemania sigue oponiéndose a la creación de un mecanismo de resolución y garantía de depósitos de alcance europeo, prefiriendo en su lugar la coordinación de unos sistemas nacionales que se han mostrado frágiles e insuficientes. Arguye Berlín, en contra de los servicios jurídicos de todas las instituciones de la UE (Comisión, Consejo, Parlamento y BCE) que para ello habría que cambiar los tratados, e incluso llamar a referéndum, lo que dilataría y probablemente imposibilitaría que tal mecanismo viera la luz. Más grave aún resulta la filtración interesada por parte de los representantes alemán, holandés, austríaco y finés en el BCE de que votaron en contra de la reciente rebaja de tipos de interés, impulsada por Draghi para contener tanto los riesgos de deflación como de excesiva apreciación del euro. Al hacer público su voto no sólo debilitan la institución sino que trasladan a los mercados la imagen de que el bloque de la austeridad no confía en Draghi ni en sus medidas.

El caso es que seis años después de haber comenzado la crisis, pareciera que no hemos avanzado nada en la cuestión crucial de la confianza. Al contrario: las percepciones enfrentadas, los recelos acerca de las dobles agendas de los demás y los estereotipos culturales parecen más vivos que nunca, todo ello sobre el peligroso trasfondo del auge de la xenofobia y el euroescepticismo, que se nutre de estas divisiones.

Al final del día, pareciera que ni en Alemania ni fuera de ella se hubiera entendido que la lección principal de esta crisis es que no se puede tener una unión monetaria de mentira. Tener una moneda común está muy bien, pero no es la única opción. Nada ni nadie obliga a los europeos a tener esa moneda: si lo hacen es porque, suponemos, así lo desean. Pero lo que no pueden hacer es dañarse mutuamente de esta manera, política, económica y socialmente. Si queremos una moneda, tenemos que asumir las consecuencias hasta el final, lo que requiere aceptar ser gobernados por instituciones que representen el interés de todos y sean responsables ante todos, no que sirvan a unos pocos y no respondan ante nadie. Sí, se llama unión política y es justo la discusión que no estamos teniendo. ¿Por qué? Por miopía.

Sígueme en @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 15 de noviembre de 2013

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: