Europa en el laberinto sirio

Europa, kylix griego, 330-320 a.c.El drama de la impotencia europea ante las 80.000 víctimas mortales que acumula el conflicto sirio nos termina de desvelar con toda nitidez qué aspecto tiene ese mundo poseuropeo por el que, en nuestro ensimismamiento con la crisis del euro, tanto hemos trabajado en los últimos años. Esa perpetua celebración de las más mínimas diferencias en la que estamos suicidamente embarcados, entre los europeos pero también dentro de España, ha logrado por fin un objetivo que todo el mundo puede ver y tocar. Seguro que nadie imaginaba que el resultado de tanta introspección iba a ser tan gráfico.

No se trata tanto del baile de desacuerdos entre los Veintisiete al que hemos asistido en torno al levantamiento del embargo de armas a Siria. En unas circunstancias tan difíciles como las que se viven en Siria, donde todas las opciones son peligrosas e inciertas, que las posiciones de partida entre los Veintisiete difirieran era esperable. Lo destacable es que la noche del lunes los europeos solo tuvieran encima de la mesa opciones que reflejaran su impotencia. No se trataba, precisión importante, de decidir sobre si intervenir militarmente en Siria o de lanzar una ofensiva diplomática internacional para lograr doblegar a Asad, no. Se trataba de dirimir si la posibilidad de que los europeos armaran a los rebeldes podría mejorar sus bazas negociadoras en la ronda de negociaciones que se abrirá próximamente en Ginebra.

El problema es que, a estas alturas, amagar con armar a la oposición no parece capaz de cambiar el equilibrio estratégico del conflicto. Ese equilibro es muy desfavorable tanto para la oposición interna, dado que el régimen de Asad ha logrado aguantar, política y militarmente, mucho más de lo que jamás se imaginó, como internacionalmente, pues el apoyo incondicional al régimen sirio de rusos, iraníes y las milicias libanesas de Hezbolá es mucho más exitoso que la división entre las posiciones de saudíes y cataríes, que en la práctica están armando y financiando ya a los rebeldes, y las del resto de actores (turcos, israelíes, europeos y estadounidenses), que se conformarían con contener el conflicto y lograr una solución negociada, aunque duden mucho de que esto sea posible.

El equipo criminal que sostiene al régimen de El Asad funciona como un mecanismo de relojería: mientras Moscú juega a la geopolítica y parapeta al régimen detrás del veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los iraníes y las milicias de Hezbolá hacen el trabajo sucio sobre el terreno apuntalando a El Asad con armas, milicianos e inteligencia.

Al otro lado, cada uno en su lógica aplastante contra la intervención, tenemos una coalición con muy poca credibilidad: Obama en la conciencia de que la derivada iraní no le permite enzarzarse en una guerra con Siria; la UE en la seguridad de que el modelo de intervención militar de bajo coste puesta en marcha en Libia no podría funcionar en Siria; y Turquía y los demás vecinos muy conscientes de que la internacionalización del conflicto aumentaría y no necesariamente aliviaría la tragedia de los sirios. En esas circunstancias, es loable que británicos y franceses decidieran mover ficha, y que España, por responsabilidad, decidiera sumarse a ese grupo a pesar de las enormes dudas que subsisten acerca de la efectividad y riesgos de esta decisión. Saldrá bien o mal, pero por lo menos España ha decidido huir de las posiciones facilonas lideradas por los austríacos; “Europa es un proyecto de paz”, han dicho. Genial. ¿Y después qué?

Más allá de la crónica detallada de las divisiones europeas en la noche del lunes, recordemos que la UE es una formidable potencia, que supera a Rusia en una magnitud de diez a uno en lo económico y cuatro a uno en población y gasto militar. Y, sin embargo, ahí está, incapaz de imaginarse a sí misma planteándole a Moscú que su obstruccionismo en Siria tendrá un coste importante. Pero no echemos la culpa a los austríacos. Británicos y franceses, tan gustosos de considerarse a sí mismo como líderes globales, ven la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio. Empeñados en mantener una fuerza de disuasión nuclear independiente a la vez que reducir hasta la inoperancia real sus fuerzas armadas por culpa de la crisis, añaden lastre a la decadencia europea.

Hubo un tiempo en el que todopoderoso Zeus se podía permitir acercarse a las costas fenicias para, transformado en bello toro blanco, seducir a la princesa Europa y llevársela a Creta. Pero todos los dioses tienen su ocaso: hoy la vieja Europa y el viejo Zeus se acercan a las costas de Fenicia con una sensación de completa desesperación e impotencia. ¿Queríamos ser irrelevantes? Pues enhorabuena.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el viernes 31 de mayo de 2013

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