Archive for 21 junio 2013

Los tres divorcios de Putin

21 junio, 2013

putinTres divorcios simultáneos son muchos divorcios, hasta para un oficial del KGB a quien suponemos un corazón de hielo. Pero ahí está Vladímir Putin. El primer divorcio, que ha puesto fin a 30 años de matrimonio con Ludmila Putina, podría ser tildado de irrelevante en términos políticos pero a muchos observadores les resultó chocante la manera de anunciarlo: por sorpresa, en el entreacto de un ballet, ante una pregunta aparentemente inocente (pero seguramente preparada) de una periodista sobre por qué se les veía tan poco juntos en público. ¿Había algún mensaje político en la frialdad y autocontrol extremo que mostró al preparar ese anuncio? ¿O solo un dato más sobre el perfil psicológico de este hombre, al lado del cual dice Ludmila que siempre se sintió observada y puesta a prueba (¿deformación profesional?) y que jamás se disculpó por llegar tarde a cenar?

Porque una frialdad parecida hay en la manera en la que Putin ha acometido su segundo divorcio, el que le ha separado de las clases medias urbanas desde que en 2011 anunciara su decisión de volver a desempeñar la presidencia del país. En lugar de intentar entender las causas que han hecho caer su popularidad desde el apogeo del 78% en 2008, cuando abandonó la presidencia, a su 20% actual, Putin se considera traicionado por unas clases medias que, a su entender, le deben el mejor periodo de prosperidad de toda la historia de Rusia. En el Kremlin, dicen los que vuelven de Moscú, se refieren despectivamente a los “bebedores de capuchino” para describir a esa clase media que pulula por los Starbucks de Moscú y San Petersburgo, vive una vida 3G en pantalla táctil, consume marcas occidentales y tiene cuentas en euros en el extranjero. Pero resulta que esos desagradecidos no solo no aceptaron con alborozo la farsa del intercambio de papeles políticos con Dmitri Medvédev, sino que salieron a las calles a manifestarse contra él.

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¿Quién da la espalda a quién?

11 junio, 2013

Captura de pantalla 2013-06-11 a la(s) 14.17.15Vemos en la mayoría de las encuestas que se llevan a cabo en Europa que la ciudadanía está dando progresivamente la espalda al proyecto europeo. Pero con esta encuesta de Metroscopia en la mano podemos permitirnos darle la vuelta a la pregunta y formularla en términos inversos. ¿Quién ha dado la espalda a quién? ¿La ciudadanía al proyecto europeo o el proyecto europeo a la ciudadanía?

Porque lo que se refleja en estos datos es la amplitud y solidez del europeísmo de los españoles. Pese a la mala imagen de la UE y a su pobre desempeño político y económico durante esta crisis, un 69% de los españoles siguen sintiéndose europeos en alguna medida, un porcentaje todavía bastante elevado, que demuestra que en España la identidad nacional y la identidad europea siguen constituyendo dos caras de la misma moneda. Igual que en Alemania se decía que “un buen alemán tiene que ser un buen europeo”, en España el europeísmo se ha dado por hecho entre la ciudadanía. Y aunque esa fe esté siendo sometida a tensión, no parece que en lo esencial se haya visto debilitada.

No se trata solo de retórica o de sentimientos vacíos de contenido. Aunque Europa no está funcionando bien, eso no quiere decir que los españoles quieran ir hacia atrás y deshacer lo andado hasta ahora. Al contrario, tres de cada cuatro españoles son partidarios de que la UE tenga un presidente de verdad, elegido en unas elecciones europeas donde los partidos se presenten con listas trasnacionales. También hay una amplia mayoría de personas a favor de que la UE tenga un Gobierno que merezca tal nombre, aunque suponga ceder soberanía. Y aunque la “unión política” sea un concepto demasiado abstracto como para saber exactamente cuál sería su contenido, casi un 60% está a favor de ella. Por tanto, pese a la crisis, “más y mejor Europa” sigue siendo la opción favorita de los españoles.

Esto nos distingue de otros países vecinos, donde las fuerzas políticas euroescépticas o directamente xenófobas campan a sus anchas. Por el momento, en España no parece haber eurofobia, ni entre la ciudadanía ni entre las fuerzas políticas. Los dos grandes partidos (PP y PSOE) siempre han sido parte del consenso europeo. Y lo mismo se puede decir de los nacionalistas catalanes y vascos; tanto CiU, ERC, PNV o UPyD, por diferentes razones y desde intereses y trayectorias distintas, son partidos federalistas que creen que la solución al euro pasa por una mayor integración. Incluso la propia Izquierda Unida, que en otros países de nuestro entorno, desde Grecia a Francia o Portugal, representaría una izquierda algo más radical en temas europeos, nunca ha jugado ese papel euroescéptico ni parece decidida a articular su mensaje electoral en clave antieuropea. Como tampoco tenemos en España partidos de extrema derecha, que combinando nacionalismo y xenofobia suelen nutrir el euroescepticismo en un gran número de países de nuestro entorno (Reino Unido, Países Bajos, Dinamarca o Austria), nos encontramos con un panorama atípico en nuestro entorno. El resultado es que carecemos de movilización, ni a favor ni en contra de la UE.

Paradójicamente, esta falta de conflictividad supone, en las circunstancias actuales, una debilidad política adicional. En otros países de nuestro entorno (sea el Reino Unido, Francia, Italia, Grecia o incluso Alemania), los Gobiernos pueden utilizar una opinión pública crítica con Europa como baza negociadora a la hora de exigir cambios. “Yo estoy a favor, pero mi opinión pública no lo aceptaría”, se oye decir en Alemania. En España, sin embargo, tal afirmación no sería creíble. Esa atonía permite dudar de que el europeísmo de los españoles pueda o vaya a ser movilizado. Un porcentaje abrumador de los españoles, lo hemos visto en esta y en otras encuestas de Metroscopia, considera que las políticas europeas están equivocadas. Por la izquierda se rechaza la austeridad y por la derecha, aunque se comparte el objetivo de austeridad, se resiente la falta de políticas orientadas al crecimiento. Pero un porcentaje muy significativo de españoles considera que las elecciones europeas no son el medio de obtener de esos cambios y que, como siempre, se decidirán sobre cuestiones fundamentalmente nacionales. La nota dominante, pues, parece ser el descreimiento y la ausencia de expectativas sobre la capacidad de la UE de reaccionar. La cifra es rotunda y el mensaje claro: un 86% de los españoles quiere que la UE emprenda políticas orientadas al crecimiento. Dicen que los ciudadanos han abandonado el proyecto de integración, pero lo que aquí vemos es que es más bien la UE quien les ha abandonado.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el Domingo 9 de junio de 2013

¿Dónde estaba Alfonso Guerra?

10 junio, 2013

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Sí, están ustedes en la sección de Internacional. Y, no, no es nada personal contra este diputado, representante electo desde hace 34 años, sino una llamada de atención sobre hasta qué punto las decisiones que estamos adoptando con motivo de la crisis del euro transforman nuestra democracia.

¿Y qué tiene que ver Alfonso Guerra con ello? Aunque pocos lo sepan, el diputado Guerra ostenta una de las responsabilidades más importantes que a un ciudadano puede conferirse en una democracia: la de presidente de la Comisión de Presupuestos. Los impuestos y los parlamentos están tan íntimamente unidos que nos podemos remontar todo lo que queramos en el tiempo para comprobar la fortaleza de esa conexión. Ya las Cortes de León, reunidas en Benavente en 1202, aprobaron un impuesto y autorizaron la emisión de moneda. Y unos años después, en 1215, la Magna Carta, recuperada luego como inspiración de la revolución americana contra la corona británica, estableció un principio (“no taxation without representation”) muy similar a aquel que formulara Justiniano: “Lo que es de todos debe ser aprobado por todos”.

De ahí que resulte legítimo preguntarse si al presidente de la Comisión de Presupuestos se le habrá pasado por alto la entrada en vigor el 30 de mayo de la última y más novedosa pieza del engranaje supervisor y corrector sobre los miembros de la eurozona, un paquete formado por dos nuevas regulaciones europeas que dictan el calendario, el procedimiento y los límites bajo los cuales las Cortes Generales elaborarán a partir de ahora esos Presupuestos Generales del Estado donde se fijan los impuestos que pagaremos y los servicios que recibiremos a cambio.

Las nuevas normas, llamadas “Two Pack” (paquete de dos), se añaden a las ya aprobadas en estos dos últimos años para completar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en el que se basó el euro. Junto con el Semestre Europeo, el Six Pack y el Tratado Fiscal firmado en diciembre de 2011, proporcionan a la Comisión Europea un impresionante arsenal de medidas de vigilancia e intervención sobre los presupuestos y las finanzas de los Estados miembros.

De acuerdo con esas normas, los Estados están obligados a presentar todos los meses de abril sus planes de ajuste del déficit público. Si se prevé que se van a desviar de los objetivos del 0,5%, Bruselas mandará un primer aviso y obligará a depositar una fianza del 0,1% del PIB. Si el Gobierno persevera en la desviación, se le abrirá un procedimiento de déficit excesivo y se le obligará a firmar un eufemístico “acuerdo de partenariado económico” donde se detallarán las reformas estructurales que el país tiene que acometer. Si persiste en la desviación, la multa será del 0,2% del PIB, pero si hay falsedades en las estadísticas la sanción puede llegar al 0,5% e implicar la retirada de los fondos de cohesión. Y si finalmente el país tiene que ser rescatado, total o parcialmente, entonces pasa a formar parte de un programa de vigilancia intensiva que incluye unas visitas regulares de los hombres de negro de las que no se librará hasta que haya devuelto el 75% de la ayuda financiera recibida. Y si tus socios europeos deciden que eres un problema sistémico que amenaza a los demás, entonces te espera un “programa de ajuste macroeconómico completo”, que es como el súmmum de esta reeducación maoísta en la austeridad en la que se ha convertido la eurozona.

Para evitar llegar estos extremos, en lo sucesivo, los parlamentos nacionales elaborarán y aprobarán los presupuestos sobre la base de unas perspectivas de crecimiento elaboradas por la Comisión, no por el Gobierno, y sobre unos planes de estabilidad y programas nacionales de reformas que también deberán haber sido pactados de antemano con Bruselas para evitar que caigan en el voluntarismo contable o en el electoralismo presupuestario. A partir de ahora, el borrador de presupuestos anual deberá ser presentado a la Comisión antes del 15 de octubre, que tendrá hasta el 30 de noviembre para examinarlo y, si no le satisface, pedirle al Gobierno que lo modifique antes de someterlo a votación en el Congreso. Resumiendo, las Cortes Generales no podrán aprobar gastos ni emitir deuda sin el respaldo de unos ingresos verificables por Bruselas de forma independiente.

Todo esto es una traducción al castellano democrático de la jerigonza bruseliana sobre “gobernanza económica”, que ha llevado el uso del acrónimo a unos niveles obscenos desde el punto de vista de la comunicación con la ciudadanía. Señores diputados, entérense bien de lo que es un AGS, AMR, CSR, EDP, EIP, GSP, MIP, MBO, MSCAP, NRP, TSCG, RQMV o WEF, porque sin saberlo no podrán ejercer su tarea representativa. Y luego cuéntennos a qué se van a dedicar. En la unión penitenciaria, no tienen un papel muy claro.

 Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el 7 de junio de 2013

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Europa en el laberinto sirio

2 junio, 2013

Europa, kylix griego, 330-320 a.c.El drama de la impotencia europea ante las 80.000 víctimas mortales que acumula el conflicto sirio nos termina de desvelar con toda nitidez qué aspecto tiene ese mundo poseuropeo por el que, en nuestro ensimismamiento con la crisis del euro, tanto hemos trabajado en los últimos años. Esa perpetua celebración de las más mínimas diferencias en la que estamos suicidamente embarcados, entre los europeos pero también dentro de España, ha logrado por fin un objetivo que todo el mundo puede ver y tocar. Seguro que nadie imaginaba que el resultado de tanta introspección iba a ser tan gráfico.

No se trata tanto del baile de desacuerdos entre los Veintisiete al que hemos asistido en torno al levantamiento del embargo de armas a Siria. En unas circunstancias tan difíciles como las que se viven en Siria, donde todas las opciones son peligrosas e inciertas, que las posiciones de partida entre los Veintisiete difirieran era esperable. Lo destacable es que la noche del lunes los europeos solo tuvieran encima de la mesa opciones que reflejaran su impotencia. No se trataba, precisión importante, de decidir sobre si intervenir militarmente en Siria o de lanzar una ofensiva diplomática internacional para lograr doblegar a Asad, no. Se trataba de dirimir si la posibilidad de que los europeos armaran a los rebeldes podría mejorar sus bazas negociadoras en la ronda de negociaciones que se abrirá próximamente en Ginebra.

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