Archive for 23 diciembre 2012

Quien siembra hostilidad, recoge indiferencia

23 diciembre, 2012

torybullDesde que llegara al poder en 2010, el primer ministro británico, David Cameron, ha ido enredándose progresivamente en la tela de araña europea. Habrá quien quiera buscar las culpas en el continente acudiendo a los manidos tópicos al uso (“los franceses nos odian”, “los alemanes nos envidian”) pero la realidad es que el mérito es exclusivamente del propio Cameron, que no ha perdido una oportunidad de perder una oportunidad de mejorar las relaciones entre el Reino Unido y la UE. A base de sucesivos manotazos, tanto dentro del Reino Unido como en sus relaciones con sus colegas europeos, ha terminado por comprometerse a convocar un referéndum sobre Europa que no tiene muchas posibilidades de ganar.

Con unas dobles elecciones a la vista en 2014, nacionales y europeas, la cuestión europea se ha convertido en una seria amenaza a su supervivencia política. Según las encuestas, tres de cada cuatro británicos sienten poca o ninguna vinculación con la Unión Europea, lo que no augura un buen resultado. Pero las complicaciones de Cameron no solo tienen que ver con una opinión pública gélida como un témpano respecto a la UE: dentro de su propio partido, un 63% de los militantes es partidario, sin más, de retirarse de la Unión y entre sus votantes Europa despierta una hostilidad tan manifiesta que, en un hipotético referéndum, sólo un 29% votaría a favor de permanecer en la UE. Eso explica que quiera a toda costa evitar que ese referéndum se articule en torno a una pregunta sencilla y directa sobre si quedarse o marcharse en la UE. La contradicción es tal que, aquello que Cameron ha exigido a los nacionalistas escoceses (una pregunta clara sobre la independencia, no tres opciones confusas y difíciles de gestionar) es algo que no puede exigirse a sí mismo en relación con Europa, pues muy probablemente saldría derrotado.

Cameron tendría más posibilidades de lograr una victoria si lograra someter a los votantes la aprobación de una “relación mejorada” entre el Reino Unido y la UE previamente negociada entre ambas partes. El problema es que esa relación mejorada es muy difícil de llenar de contenido práctico pues el Reino Unido ya disfruta de un gran número de privilegios en su relación con la UE, estando ya autoexcluido de numerosos ámbitos (desde la libertad de circulación de personas a la política social pasando por el euro). Añadir más excepciones es teóricamente posible, pero su importancia sería marginal y difícilmente configurarían algo que pudiera ser descrito como una nueva relación con Europa que pudiera entusiasmar a los votantes y superar la desconfianza innata que tienen sobre todo lo europeo. Máxime cuando además la prensa y los eurofóbicos del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) harían trizas dicho acuerdo ante la opinión pública buscando rédito electoral.Cameron olvida además la lección de su humillación en el Consejo Europeo de diciembre de 2011, cuando su amenaza de vetar el nuevo Tratado Fiscal si no se protegían los intereses de la City fue respondida por el resto de miembros con un Tratado intergubernamental que excluye al Reino Unido y que por tanto Londres no puede vetar.

Durante décadas, la diplomacia británica ha trabajado con la filosofía de que los intereses del Reino se defendían mejor desde dentro que desde fuera de la UE. Paradójicamente, aunque el Reino Unido no era parte del euro, la bonanza económica asociada a su primera década de vida convirtió a la capital de un país que no era miembro del euro en el centro financiero de Europa. Ahora, la crisis del euro y los avances hacia una unión más completa, con un pilar bancario, fiscal y económico, van a poner fin a esa anomalía histórica. A partir de 2013, Cameron dedicará grandes energías a buscar una nueva relación entre Londres y Bruselas que evite la salida del Reino Unido de la UE pero, como es evidente, encontrará en el resto de líderes europeos una disposición muy pequeña a regalarle una gran victoria personal. Unos serán hostiles, los más indiferentes, y casi ninguno simpatizará con sus pretensiones. Pero eso no es lo central: al final del día, lo que los ciudadanos británicos voten en un referéndum no importará mucho. Cameron no parece entender algo tan fundamental como que el tiempo del Reino Unido como actor central en la UE ha llegado a su fin y que cada día que pasa, el Reino Unido es menos miembro de la Unión Europea. No es por tanto el Reino Unido el que decidirá si marcharse de la UE o quedarse, sino que es la UE la que, por la vía de los hechos, está dejando al Reino Unido fuera de la UE. Cameron puede retrasar o acelerar ese progreso pero no detenerlo.

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de diciembre de 2012

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El año en el que Europa se salvó

23 diciembre, 2012

merkel1_0“Olvídense del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida”. Así concluía mi última columna del año pasado. Parecía un pronóstico, pero no lo era, pues permitía dos finales completamente opuestos. Y tampoco revelaba nada que no supiéramos, pues desde hacía tiempo éramos conscientes que todos los caminos conducían a Berlín (aunque con parada previa en Frankfurt, sede del Banco Central Europeo). Si recuperarla tiene algún valor es el de recordarnos lo cerca que estuvimos del abismo y así ayudarnos a entender dónde estamos ahora. A lo largo de 2011, una combinación letal de titubeos, prejuicios, miopía, ausencia de liderazgo, divisiones entre países y exasperante lentitud institucional lograron convertir una profunda crisis económica en una crisis existencial que puso la supervivencia del euro en cuestión. In extremis, el Banco Central Europeo inundó el mercado de liquidez, lo que alivió temporalmente los problemas pero no los solucionó. Cierto que la canciller alemana, Angela Merkel, consciente de la gravedad de la crisis, había reconocido públicamente en noviembre (de 2011) que “si el euro cae, Europa cae”. Sin embargo, sus actuaciones quedaron muy lejos de convencer a nadie de la determinación de llevar esa retórica hasta sus últimas consecuencias. Eso explica que, en el primer semestre de este año, algunos operadores financieros dejaran de especular con la supervivencia del euro para dar un paso más y comenzar a descontar su colapso.

La percepción de que los mercados financieros estaban comenzando a redenominar las deudas contraídas en euros en monedas nacionales, prefigurando con ello el día después de su colapso, fue la línea roja que el Banco Central Europeo necesitaba para actuar y, a la vez, el argumento que el Gobierno alemán necesitaba para poder vencer la resistencia de aquellos que en Alemania todavía pensaban que España e Italia tendrían que sobrevivir por sí mismas o salirse del euro. Con su rotunda declaración en el mes de julio en el sentido de “haré lo que haya hacer y, créanme, será suficiente”, a lo que sumó en septiembre un programa de compra de deuda que hacía creíble esa declaración, Mario Draghi se ha ganado el bien merecido título de hombre del año. Y con razón, pues a partir de ese momento cualquier operador financiero que decidiera especular sobre el colapso del euro supo que dicha apuesta estaba perdida de antemano.

Pero como se dice a veces, detrás de un hombre inteligente siempre hay una mujer (¿escondida o sorprendida?), el mérito reside en la canciller Merkel, que después de haber arrastrado los pies durante meses e incluso haber alimentado el escepticismo en su propio país con declaraciones desafortunadas sobre el sur de Europa, decidió enfrentarse al Bundesbank alemán, que votó en contra de esas medidas, ignorar al ala más dura de su partido, reticente a aceptar cualquier tipo de compromiso respecto a las deudas públicas o privadas (bancarias) y aceptar, en un primer lugar, el rescate bancario de España y la intervención del BCE para aliviar la presión sobre la prima de riesgo española e italiana y, en un segundo lugar, comenzar a hablar de una unión bancaria. Así pues, entre junio y septiembre de 2012 el euro se ha salvado. Esa es la buena noticia del año.

La mala noticia es que aunque el euro se haya salvado, y sus integrantes también, pues incluso la posible salida de Grecia, después de meses de especulaciones, parece sumamente remota, lo queda por delante sigue siendo extremadamente complicado. Como demuestra lo ocurrido con los planes de unión bancaria, rebajados, demorados y troceados en sucesivas cumbres, una vez despejada la gran incertidumbre la política europea ha vuelto a su cauce normal. Regresa pues la exasperación por la lentitud, la miopía y la falta de coraje político, pues si a estas alturas todos sabemos lo que hay que hacer resulta difícil explicar por qué no se hace. Y mientras, la Angela Merkel que durante unos días fue líder vuelve a las estrecheces que le marca la agenda nacional, dominada por las elecciones, como recordándonos que las mariposas pasan la mayor parte del tiempo en una fea y anodina crisálida y solo una pequeñísima parte asombrándonos con su vuelo y colores. 2013 será un año de transición en el que dominarán dos sensaciones contradictorias: por un lado, la de haber dejado atrás el abismo, visible en la relajación de la prima de riesgo y en la decisión del Gobierno de no pedir el rescate, pero por otro, la de la imposibilidad de negar que las políticas de ajuste siguen sin funcionar y que no habrá estímulos externos que nos permitan crecer y generar empleo. Estamos vivos, pero en el desierto y con muy poca agua.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 21 de diciembre de 2012

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Una unión apolítica

17 diciembre, 2012

12215180-flag-of-the-european-union-brokenEs probable que no se hayan dado cuenta, pero vivimos en una federación. Y no se trata de esa federación que algunos reclaman como improbable solución al problema catalán. Pero la analogía vale. Igual que España es una federación en casi todo menos en el nombre, pues los niveles de competencias de los que gozan las Comunidades Autónomas son, en la práctica, muy similares a los que encontramos en países que sí que se denominan abiertamente federales, como Alemania o Canadá, Europa se ha convertido en una federación. El hecho de que ni los federalistas hayan salido a la calle a celebrarlo ni los euroescépticos hayan levantado barricadas para protestar se debe a que se trata de una federación, primero, encubierta, y segundo, económica. Así que como formalmente no le llamamos federación europea y, al mismo, tiempo, mantenemos la política, o su apariencia, en el ámbito nacional, aunque muchos ciudadanos anden con la mosca detrás de la oreja, se cumple el axioma de la comunicación política que dice que “de lo que no se habla, no existe”. Pero un análisis sosegado de los instrumentos y competencias de los que la Unión Europea se ha dotado en estos últimos años no deja lugar a dudas. El pacto por el que la Unión Europea se dedicaba a gestionar el euro, sostener el mercado interior, garantizar la libre competencia, celebrar acuerdos comerciales y sólo débilmente a coordinar las políticas económicas, dejando la política fiscal y la gestión del Estado del bienestar en manos de los Estados, ha muerto.

La unión monetaria se ha dotado tanto de un brazo preventivo como de un brazo corrector. Con esos dos brazos, la unión monetaria deja de andar a cuatro patas y se convierte en un bípedo capaz de moldear la realidad. Pero en escena están apareciendo otras tres uniones: una unión bancaria, que de forma lenta pero segura está viendo la luz estos días; una unión fiscal, que ya es una realidad con capacidad de conformar los presupuestos de los Estados miembros antes incluso de que los gobiernos y parlamentos nacionales comiencen a prepararlos; y, tercero, una unión económica, pues la Comisión Europea y el Eurogrupo tienen ya y tendrán cada vez más capacidad de diseñar los mercados laborales, los sistemas de pensiones y la política económica de los estados miembros. Todo eso acompañado de esa especie de Fondo Monetario Europeo que es el MEDE, con una impresionante capacidad de imponer condicionalidad a los estados. Y esto es sólo el comienzo, pues se está hablando de un Tesoro propio, eurobonos y de un presupuesto europeo que cuadriplique al actual.

Todas estas medidas son lógicas y necesarias si lo que se quiere es salvaguardar el euro. Inevitablemente, hemos concluido, tenemos que centralizar la toma de decisiones, transferir más competencias a Bruselas y renunciar a la autonomía que nos quedaba. El problema es qué hacemos con la política: ¿la dejamos en el ámbito nacional, aunque los gobiernos nacionales sean cada vez menos capaces y las elecciones nacionales menos decisivas? ¿O transferimos también nuestra soberanía política al ámbito europeo con la esperanza de que sea allí, en Bruselas, donde los ciudadanos puedan ser eficazmente representados? Aquí es donde surge el dilema. Lo primero no parece muy aconsejable pues, como los españoles han experimentado de primera mano, las elecciones todavía sirven para cambiar gobiernos, pero no para cambiar las políticas. Y en Europa las cosas no son mejor aún porque las elecciones europeas ni siquiera sirven para cambiar gobierno pues el Parlamento Europeo tiene un poder marginal y la Comisión Europea es muy débil y carece de autonomía política real.

De ahí la certeza de que aunque esta federación sea exitosa en lo económico, políticamente será un desastre si los ciudadanos no pueden recuperar en el ámbito europeo lo que pierden en el ámbito nacional. La soberanía, como el alma, ha abandonado el moribundo ámbito de la democracia nacional, pero no ha terminado de encontrar una democracia europea en la que instalarse. Y en ese vacío político en el que mora ha sido fragmentada y capturada por actores e instituciones de diverso pelaje: Berlín, el BCE, los mercados, los tecnócratas. El resultado es que vivimos en una unión apolítica, donde los gobiernos no gobiernan y los ciudadanos eligen entre alternativas que no lo son. Es, ante todo, una unión de reglas, supuestamente neutrales, que todos han de cumplir, pero con políticas que no se pueden cambiar. Al igual que la unión monetaria nació incompleta y casi perece una década después, esta federación económica carece de un soporte de legitimidad política suficiente para impulsarla hacia el futuro. Es hora pues de hablar de cómo recuperar en Europa lo que hemos perdido en casa.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 14 de diciembre de 2012

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Una Europa británica

7 diciembre, 2012

fishandchipsRegreso de Londres impresionado por la intensidad del debate político entre eurofóbos y eurófilos. En el fragor de la batalla, los argumentos adquieren un tono cada vez más grueso. La UE es un ente corrupto y antidemocrático que nos roba, dicen unos al calor del debate presupuestario. Si abandonamos la UE, seremos como Singapur, dicen otros al hilo del debate sobre la posición del Reino Unido en el mundo. Bien mirado, la pasión del debate no debería ser motivo de extrañeza. Los británicos se encaminan hacia dos referendos en los que se dilucidarán dos cuestiones de singular importancia: la continuidad de la pertenencia de Escocia al Reino Unido y la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si la identidad nacional de un país versa en torno a las preguntas de quiénes somos, qué queremos y con quiénes estamos dispuestos a lograrlo, es evidente que estamos ante la puesta en cuestión de dos de los principales anclajes de cualquier país: el interno (¿quién forma parte de la comunidad?) y el internacional (¿de quién forma parte la comunidad?).

Desde fuera, lo común es concluir que este debate muestra el escaso grado de europeización del Reino Unido, un país que llegó a la UE a su pesar, como consecuencia de una concatenación de fracasos internos y externos, pero sin el apoyo ni la comprensión ni del público ni de sus elites, y menos de sus medios de comunicación. Como dijo el General de Gaulle en su momento, su adhesión era “contra natura, contra estructura y contra coyuntura”. Desde ese punto de vista, una eventual salida no sólo enmendaría de una vez por todas el error que supuso aceptar al Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea, sino que permitiría corregirlo, para bien de los británicos, que podrían dedicarse a aquello que mejor se les da (¿flotar en el Atlántico, no tener ataduras políticas y comerciar con todo el mundo?) y del resto de los europeos, que por fin podrían dedicarse a aquello a lo que siempre habrían aspirado (¿conformar una unión política estructurada en torno a París y Berlín?). Pero el debate sobre la europeización sobre el Reino Unido es sólo la mitad de la historia, y quizá no la más relevante. Si examinamos con cierta atención la huella que el Reino Unido ha dejado en Europa, veremos que la lista es de todo menos pequeña.

En primer lugar, el número de miembros. Si somos 27 (próximamente 28) es debido en gran parte al apoyo sostenido del Reino Unido a las ampliaciones de la Unión. Fuera un plan para frenar la integración o el resultado de una lectura inteligente de la historia y el futuro, el caso es que somos una Europa grande y abierta en gran parte gracias a ellos. Lo mismo puede decirse del mercado interior, que junto con las ampliaciones, es otro de los grandes proyectos europeos. Nadie como el Reino Unido ha impulsado ese proyecto, que ha sido y es una de las principales fuentes de riqueza y bienestar de las que disponemos los europeos y, también, el principal activo y atractivo de la presencia europea en el mundo. Desde los años ochenta del siglo pasado, gracias a la visión del Reino Unido, que apoyó el uso de la mayoría cualificada para las cuestiones relacionadas con el mercado interior, hemos avanzado rápidamente por la senda de la creación de mercados, hacia dentro y hacia fuera, a la vez que mantenido bajo constante control presupuestario políticas como la agrícola, que llegaron a desmandarse y a absorber más de la mitad del presupuesto europeo. Desgraciadamente, la UE tiene un presupuesto demasiado pequeño, en gran parte por culpa del Reino Unido, pero también más racional, transparente y orientado a la innovación y el empleo gracias al empeño británico en cortar las alas a la alianza entre grupos de interés agrícolas o regionales y la burocracia europea. Y no es menos cierto que esta UE, con su geometría variable, en la que daneses, irlandeses, suecos y británicos pueden acomodar sus deseos de no ser parte del euro, la defensa, la libre circulación o la política social, es también responsabilidad de Londres. Por no hablar de la política exterior y de seguridad europea, inconcebible sin el concurso del Reino Unido, pues los alemanes, como han demostrado tantas veces, no están por la labor de ayudar a la UE a ser un actor global. El caso es que, para bien y para mal, nos guste o no, el legado del Reino Unido, es un legado impresionante y muy vivo. No deja por eso de resultar paradójico que el Reino Unido se disponga a abandonar la UE después de haberla moldeado tan profundamente. Y encima, después de que se vayan, seguiremos utilizando el inglés para entendernos en una Europa británica sin británicos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 7 de diciembre de 2012

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Las fronteras de la Pax Europea

2 diciembre, 2012

EPS fronteras

Fronteras que languidecen, fronteras oxidadas, fronteras olvidadas, fronteras abandonadas, fronteras de las que nadie se acuerda. Esta impresionante serie de fotografías explica por si sola por qué la Unión Europea ha sido galardonada con el Premio Nobel de la Paz. También por qué, a pesar de la crisis existencial en la que vive inmersa Europa, los europeos tenemos motivos más que sobrados para  la celebración.

Para convencerse comparen sólo por un momento esa fronteras, que hoy nos parecen ridículas, incluso patéticas, que nos recuerdan un tiempo que ya se marchó, con las fronteras que no sólo han desaparecido sino que siguen ahí. Piensen por un momento en el muro levantado por Estados Unidos en su frontera sur, una valla de miles de kilómetros que de forma absurda parte en dos un tan inmenso como vacío desierto. O en los vericuetos que traza el muro de separación que Israel ha construido para, tan contradictoriamente, aislarse de unos territorios que ella misma mantiene bajo ocupación. Por no hablar de la frontera entre las dos Coreas, con sus pavorosas alambradas, sistemas de disparo de automático y unos militares en alerta continua, un incomprensible vestigio de la Guerra Fría. Esas tres fronteras, como muchas otras que todavía se mantienen en pie, son sencilla y llanamente un monumento al fracaso, una celebración de la estupidez, una representación de la incapacidad de muchos seres humanos de convivir pacíficamente a pesar de sus diferentes orígenes, valores y creencias políticas o religiosas.

Nosotros, los europeos, fuimos así. No lo olvidemos. Esos mojones, carteles y divisorias, tan aparentemente inocentes que hasta podrían ser sólo la linde que separara el prado de un paisano de otro, son testigos de millones de muertos, están regados con la sangre de cientos de miles de jóvenes que dieron sus vidas por defender esas fronteras y han sido transitados por millones de refugiados y desplazados, que tuvieron que abandonar sus países según esas fronteras, ganadas o perdidas con cada guerra, cambiaban.

Puede que los carteles se hayan aherrumbrado, pero no nuestras memorias. La generación de nuestros mayores sabe de lo que habla, pues jugó en los escombros dejados por lo que los historiadores han llamado “la larga guerra civil europea”, un conflicto que, con Francia y Alemania en su núcleo, comenzó en 1870 y terminó en 1945 dejando tras de sí dos guerras mundiales. Pero la siguiente generación también recordamos perfectamente cómo era un Europa dividida en dos por un “telón de acero”, en la expresión acuñada por Churchill. No olvidaremos nunca la impresión tan vívida que dejaba el paso de la Alemania Occidental a la Oriental, con el río alambrado, las estaciones de metro cerradas, los checkpoints de los aliados y el vacío desolador en torno a la puerta de Brandenburgo. Pero no se trataba sólo de la Europa Occidental y de la Europa Oriental, de la difícil coexistencia entre las democracias de un lado y los llamados “pueblos cautivos” de Europa Central y Oriental, que a pesar de sus anhelos de libertad cayeron del lado equivocado. Casi más sorprendente resulta hoy, retrospectivamente, que todas aquellas democracias pertenecientes a la (entonces) Comunidad Europea, que no sólo compartían valores políticos y sistemas económicos, sino que se habían conjurado para luchar codo con codo, espalda con espalda, en el marco de la Alianza Atlántica, tardaron tanto en derribar sus fronteras, unificar sus monedas y suprimir los controles fronterizos. Los jóvenes de hoy, que nacieron en la Europa libre posterior a la caída del muro, han incorporado con toda naturalidad a sus vidas la libertad de movimientos y el euro. Pero el mundo no se rige por los mismos criterios.

Alsacia y Lorena, Danzig, los Sudetes o el Danubio, fueron en su día los pivotes geopolíticos que cortaron a Europa en dos y la lanzaron a la guerra fratricida. Hoy, afortunadamente, ya no tienen ningún significado, habiéndose convertido en meros hitos históricos. Los europeos, pese a sus problemas, viven algo parecido, incluso mejor, a la “Pax Romana” que disfrutó Europa (y el Norte de África) entre la llegada de Augusto en el 27 antes de Cristo y la muerte de Marco Aurelio en el 180. Pero con una diferencia, mientras que la “romanización” se impuso a sangre y fuego y en contra de la voluntad de los pueblos que entonces habitaban Europa, y que fueron asimilados o desfigurados, en esta ocasión, la “Pax Europea” se ha logrado pacíficamente por la vía del derecho, la democracia y el respeto a la identidad de los pueblos.

Es importante recordar que las fronteras que retratan estas fotografías no se extinguieron, ni desaparecieron por muerte natural, sino que cayeron, fueron derribadas por las mismas personas a las que habían pretendido encerrar. El muro de Berlín, cuya desaparición hemos celebrado hace ahora un días, cayó por la voluntad de los ciudadanos de la Alemania Oriental, que ante la imposibilidad de votar con sus manos en urnas, optó por votar con sus pies y marcharse a pedir asilo en las embajadas alemanas u occidentales en Budapest y Praga. Y también por la visión de algunos líderes, como el entonces ministro de asuntos exteriores húngaro Gyla Horn, que personalmente, con una cizalla, cortó la alambrada que separaba Hungría de Austria, lo que significó la caída del régimen germano-oriental, incapaz ya de contener la riada de ciudadanos que quería marcharse. Si esas fronteras languidecen hoy es pues porque alguien, armado con una cizalla, un Tratado o una pancarta las hizo caer.

Eso explica que a los europeos a veces se les acusa de arrogancia, y de andar por el mundo dando lecciones a los demás sobre cómo deben hacerse las cosas. Y es probable que la critica sea justificada. Pero también, como muestran esas fotos, es legítimo que exista un orgullo europeo. Porque, con todas las dificultades, el proyecto ilustrado sigue vivo en Europa. Cuando Immanuel Kant habló de la “paz perpetua” entre los pueblos estaba apuntando a algo que se parece mucho a lo que la Unión Europea ha logrado.

Los británicos con su Armada, los franceses con los ejércitos napoleónicos, los alemanes con sus Panzerdivisionen; los europeos han consumido siglos intentándose dominar los unos a los otros. Ahora han encontrado un método mucho más sutil de invadir países: se llama “acervo comunitario” (aquis communautaire), como se denomina al catálogo de legislación comunitaria. Así pues, en lugar de invadir un país, la Unión Europea, que se ha hecho mayor y posmoderna, envía unas doscientas mil páginas de legislación que el país en cuestión tendrá que incorporar a su ordenamiento interno. Y pese a todo hay cola para entrar: Croacia, que se incorporará el año que viene; Turquía, que pese a las humillaciones y desdenes que recibe sigue intentando cerrar sus negociaciones de adhesión; a las que siguen Macedonia, Albania, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Kosovo.

Esas son las próximas fronteras de Europa que, si el proyecto europeo sigue en pie, vamos a ver desaparecer. Son todavía fronteras “duras”, marcadas por los conflictos, pero en algún momento dejarán de serlo y podremos añadir las fotos al álbum.  Más allá quedará el espacio post-soviético, desde Bielorrusia en el Norte, la última dictadura de Europa, hasta el Cáucaso, plagado de conflictos congelados, pero también la orilla sur del Mediterráneo. Se trata de un mundo sólo a medias europeizado, con fronteras que son sólo porosas a medias y ciudadanos con frágiles o inexistentes libertades. Allí el álbum de fotos se torna más hostil: Marruecos y Argelia mantienen su frontera cerrada desde hace décadas; Israel y los palestinos persisten en el empeño del odio y exclusión; mientras que armenios, azeríes, rusos, georgianos, osetios, abjasios, ingusetios, chechenos no terminan de encontrar la manera de saltar por encima de sus fronteras y convertirlas en irrelevantes. Es una crítica común decir que Europa se ha convertido en un actor irrelevante a escala mundial. Siendo cierta en gran medida la crítica, estas fotografías muestran que la irrelevancia, si lo que significa es ver desaparecer las fronteras entre Estados y las divisiones entre personas, es una noble tarea a la que los demás también podrían dedicarse.

 Publicado en EL PAIS SEMANAL el 2 de diciembre de 2012

Mao, el mal y el mercdo

2 diciembre, 2012

PCChTres “m” que reflejan el debate que está teniendo lugar en estos momentos entre los intelectuales chinos y que podría resumirse en una pregunta muy sencilla, pero de gran calado: ¿quién ha hecho más daño a China: Mao o el mercado?

A un lado está la nueva izquierda, que critica las inmensas desigualdades y la injusticia social en la que han derivado las reformas económicas emprendidas por Deng Xiaoping en 1978. Sí, dicen, China ha sacado a tantos millones de personas de la pobreza que si no fuera por ella, la pobreza en el mundo habría aumentado en lugar de disminuido. Pero lo ha logrado a costa de unos índices de desigualdad que no solo superan a EE UU, sino que hacen que en realidad China se parezca más a Arabia Saudí. ¿Por qué Arabia Saudí? Por la fractura social existente entre unas clases tan privilegiadas como corruptas y los millones de chinos que viven como inmigrantes extranjeros en su propio país.

Al otro lado está la nueva derecha, que considera el Estado un ente confiscatorio de la propiedad privada que impide la libertad económica y el crecimiento. Desde su punto de vista, los males actuales de China se originan en la timidez de las reformas económicas, la tibieza con la que los líderes salientes han aplicado la liberalización económica y la resistencia a abrazar por completo la lógica de mercado. Según ellos, un poderoso lobby formado por funcionarios públicos, cuadros locales del Partido Comunista Chino (PCCh) y empresarios privados habría logrado capturar las estructuras estatales, enquistarse en el centro del sistema, enriquecerse a costa de la corrupción y bloquear satisfactoriamente las reformas económicas que les harían perder sus privilegios y sus fortunas.

Es sobre el trasfondo de esos debates sobre los que adquiere sentido la purga de Bo Xilai, el recientemente defenestrado líder del PCCh en Chongqing y aspirante (frustrado) al Comité Permanente del partido. Porque si el asunto que llevó a la expulsión de Bo Xilai del PCCh era personal (la implicación de su mujer en el asesinato de un súbdito británico por desavenencias), las referencias críticas que con motivo de esa expulsión se hicieron a Mao y la colectivización desbordan las motivaciones personales y apuntan al deseo de la nueva derecha y el lobby empresarial de poner en cuarentena las políticas sociales que Bo desarrolló en Chongqing. Estas políticas, articuladas en torno a la regulación de la propiedad de la tierra y los permisos de residencia para los inmigrantes, han frenado los abusos de los funcionarios locales, los cuadros del partido, los promotores urbanísticos y los empresarios, que en otras partes de China son omnipotentes a la hora de confiscar tierras, entregar suelo público a empresarios afines al partido y negar servicios sociales básicos a los trabajadores provenientes de las zonas rurales. Hasta qué punto la caída en desgracia de Bo significará la marginación del experimento llevado a cabo en Chongqing a favor de otros modelos, es difícil de decir. Para la nueva derecha, el modelo a seguir es el de Guangdong, basado en la liberalización de la economía y el aumento de las exportaciones. Aunque genere desigualdades sociales, los liberales piensan que estas pueden ser corregidas a posteriori con políticas redistributivas, siempre que estas no obstaculicen el crecimiento.

Lo relevante de este debate es la constatación de que al menos en un sector de la élite china existen preocupaciones que podemos compartir y debates en los que podemos participar desde nuestra experiencia. ¿Cuánto y cómo crecer? ¿Cómo corregir las desigualdades asociadas a la liberalización económica? ¿Qué grado de cohesión social es necesario para hacer funcionar correctamente una economía de mercado y, también, un sistema político (aunque sea autoritario)? Frente a los que sostienen que China es diferente y que no podemos entenderla con nuestras categorías, estos debates nos muestran que compartimos mucho más de lo que pensamos. Ni nosotros ni los chinos tenemos las respuestas, pero constatar que tenemos preguntas y preocupaciones parecidas es un primer y muy importante paso. En nuestra experiencia histórica, la democracia surge como resultado de la aceptación del mercado por parte de la izquierda como un mal menor y del Estado de bienestar por parte de la derecha como otro mal menor. Paradójicamente, es esta suma de dos males menores la que convierte a la democracia en un bien mayor. Ojalá China también descubra que la democracia puede ser el punto de equilibrio entre aquellos que recelan del Estado y los que sospechan del mercado.

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Publicado en la edición impresa del diario ELPAIS el 30 de noviembre de 2012