Quiero mi dinero

¿Cómo es posible que en plena crisis, cuando todos los Estados están recortando sus gastos y sometiéndose a durísimas medidas de austeridad, la Comisión Europea aparezca con una propuesta de presupuesto para el periodo 2014-2020 que aumenta el gasto de la Unión Europea en nada menos que el 5%? ¿No sería más lógico que, en un contexto de recesión, la UE también se apretara el cinturón, especialmente teniendo en cuenta que los recursos que financian la UE vienen de los propios presupuestos de los Estados miembros, vía contribuciones directas, y de los bolsillos de los ciudadanos, por medio de las contribuciones del IVA? ¿No tendría más sentido congelar o incluso reducir el presupuesto de la UE, que en la actualidad asciende a 943.000 millones de, euros en lugar de subirlo hasta 1,09 billones, como proponía la Comisión?

 

Un razonamiento con el que sería tentador alinearse si no fuera porque coincide exactamente con la línea argumental que está defendiendo el Gobierno de David Cameron, que ha puesto sobre la mesa la exigencia de una congelación del presupuesto en términos reales, lo que según el Tesoro británico significaría bajar el techo de gasto hasta 886.000 millones de euros. Una vez más, Londres saca a relucir su genio diplomático, mostrando ser uno de los países que mejor ha entendido que en la Unión Europea negociar es argumentar y argumentar negociar.

 

Reforzando la posición negociadora de Cameron están los ultra-escépticos como el alcalde de Londres, Boris Johnson, y el líder del partido por la independencia del Reino Unido, Nigel Farage, dos políticos populistas, de trazo grueso y vuelo rasante cuyas carreras políticas parecen estar dedicadas exclusivamente a desmentir ante el mundo que los británicos son unos caballeros educados y pragmáticos amantes del fair-play. Escuchando a Cameron decir que una de sus cifras favoritas sobre la UE es que el 16% de sus funcionarios ganan más de 100.000 euros al año, parece que Johnson y Farage serán aplacados con algún sacrificio ritual que afecte a los 55.000 funcionarios de las instituciones europeas, que verán sus salarios y beneficios laborales reducidos en consonancia con los recortes que los Estados están imponiendo en casa.

 

Pero no son los histrionismos de Johnson y Farage los que deben preocupar a los países de la cohesión como Polonia, uno de los grandes beneficiarios del presupuesto, o España, que se arriesga a perder 20.000 millones de euros de un presupuesto que ya era sumamente negativo para España en razón de la disminución de los pagos agrícolas, que caen un 13.4%, y en concepto de fondos estructurales y de cohesión territorial, que disminuyen en un 12.7%. El problema es que España y otros se enfrentan a una doble penalización: sufrirán por culpa de unas políticas de austeridad exageradas y contraproducentes y, además, por la ausencia de las únicas medidas de estímulo que la economía europea podía esperar, que eran las provenientes de un presupuesto europeo ya de por sí raquítico (pues apenas representa el 1% del tamaño total de la economía europea).

 

Agazapados detrás de los británicos están los alemanes, los holandeses, los austriacos y los suecos, que no ven con malos ojos recortar las políticas de solidaridad. Berlín es víctima desde hace tiempo de esa mal llamada “fatiga del donante”. Pagó la factura de la ampliación mediterránea en los años ochenta, luego la de su propia unificación en los noventa y más tarde asumió gran parte del coste de la ampliación al Este. Pero cuando pensó que el ciclo había terminado se ha encontrado con que vuelve a financiar la rehabilitación del Sur vía las garantías y avales que hacen viables los paquetes de rescate a Grecia, Portugal y España (también a Irlanda).

 

Disfrazados de “amigos de un mejor gasto”, estos países ya han logrado que la presidencia chipriota rebaje la propuesta de la Comisión en 53.000 millones, a lo que Van Rompuy ha añadido otro recorte de 27.000 millones para desesperación de España, que ve las ayudas para Andalucía, Castilla La Mancha y Galicia reducirse sustancialmente. No es de extrañar que las tensiones se hayan disparado: de seguir así, el presupuesto para 2013 estará por debajo del de 2012, lo que resulta inaceptable para un grupo de países, España entre ellos, que consideraban que lo último que necesita la economía europea es otro recorte, esta vez por arriba, en las cuentas europeas. Así es la Unión Europea en la que vivimos: todo el mundo mira por lo suyo y nadie por lo de todos.

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 23 de noviembre de 2012

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