Archive for 26 octubre 2012

Brexit

26 octubre, 2012

Primero fue Grexit, la combinación de Greece (Grecia) y exit (salida). Ahora es Brexit o Brixit para referirse a una posible salida del Reino Unido de la UE (British exit). El Reino Unido, donde el año que viene unos celebrarán y otros lamentarán el cuarenta aniversario de su adhesión a la UE, se encuentra con que el Canal de la Mancha, que le separa del continente física, mental y políticamente, se está ensanchando de forma irreversible. Y no tanto porque el Reino Unido haya cambiado de posición, que lo ha hecho desde la llegada de David Cameron al poder, sino sobre todo porque el continente se ha puesto en marcha, dejando al Reino Unido atrás. Para los diplomáticos británicos, que han dedicado décadas a entretejer una relación entre Londres y Bruselas que garantizara al Reino Unido un máximo de influencia con, a la vez, un mínimo de cesión de soberanía, se trata sin duda de una debacle de primera magnitud.

Tras una década de reformas institucionales, existía en Europa un amplio consenso acerca de que el Tratado de Lisboa (2009) marcaba el máximo de integración al que llegaría la UE. La UE a 27, se pensaba, era tan grande y tan diversa que había tocado techo, lo cual convenía sumamente a los intereses del Reino Unido, siempre receloso de ir hacia más integración. Pero, además, de forma mucho más beneficiosa para Londres, la desafección hacia el proyecto europeo mostrado en países como Francia o Países Bajos, ambos miembros fundacionales de la UE, permitía conjurar un segundo peligro: el de que se estableciera una Europa rígidamente dividida en un núcleo altamente integrado y una periferia fragmentada e inconexa en donde habitarían los estados miembros que no quisieran o pudieran seguir el ritmo de integración de los demás y optaran por salirse o no sumarse a determinadas políticas (la libre circulación de trabajadores, el euro, la política social o la política de defensa).

Ese statu quo permitía al Reino Unido estabilizar sus relaciones con la UE en un punto cómodo y previsible, beneficiarse económicamente de ser el centro financiero de un continente cuya moneda no compartía y hacerse valer como socio de primer orden en política exterior y de seguridad. Todo este diseño se ha ido al garete como consecuencia de la crisis financiera abierta en 2008. Por un lado, la Unión Europea ha iniciado un proceso de centralización económica precisamente en torno al elemento que más separa al Reino Unido de Europa, el euro, al que Londres nunca podrá sumarse dada la existencia de una sólida mayoría interna en contra de dar ese paso. Pero el problema de Londres no es permanecer al margen de la unión bancaria, fiscal y económica que, de facto, convertirá a la UE en una federación económica, sino lograr que las normas que regularán esa unión no le afecten negativamente, especialmente a su potente sector financiero. La respuesta no es fácil; aunque el Consejo puede reunirse en formación euro y tomar medidas sólo para sus miembros, la Comisión y el Parlamento Europeo no pueden dividirse en dos y gobernar o legislar sólo para los miembros de la eurozona. En una unión más integrada Londres tendrá que aceptar las decisiones que se tomen, aunque le perjudiquen, o marcharse, pero no podrá, como en el pasado, liderar selectivamente aquí y bloquear allí para maximizar su influencia.

Todo esto ocurre, para agravar las cosas, en paralelo a un cambio fundamental en el trasfondo geopolítico europeo. Europa siempre ha sido un equilibrio a tres entre Londres, París y Berlín, cada uno con sus diferentes visiones económicas y de política exterior, lo que abría múltiples posibilidades de colaboración y negociación. Pero ahora, el desplazamiento de poder hacia Alemania, tanto debido a su éxito económico como a la marginalización creciente de Francia y la imparable irrelevancia europea del Reino Unido (que ya ni siquiera consigue, como antaño, aglutinar a los socios de Europa Central y Oriental), significa que la Unión Europea se está articulando como un núcleo fuertemente integrado en la esfera económica bajo hegemonía política y normativa alemana. Hace una década, Schröder en Alemania y Blair en Reino Unido, compartían una agenda reformista. Hoy, por el contrario, sus sucesores conservadores, Merkel y Cameron, carecen de una agenda común y tampoco comparten una visión de política exterior y de seguridad que les pudiera mantener unidos por fuera del euro. El resultado está a la vista: el primo anglo y la prima sajona se dan la espalda y se marchan cada uno por su lado.

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Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el 26 de octubre de 2012

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Alemania, a la defensiva

19 octubre, 2012

Como Pulgarcito, Merkel dejó el texto del acuerdo del pasado junio sobre la recapitalización bancaria sembrado de miguitas que le permitieran volver a casa. Habría recapitalización, sí, pero solo cuando hubiera un mecanismo efectivo de supervisión de ámbito europeo, una decisión formal del fondo de rescate (el MEDE, un acuerdo del Eurogrupo y un memorándum de entendimiento fijando una condicionalidad estricta con el Estado en cuestión. Todo ello le ha permitido, a lo largo de los últimos meses, ir recogiendo todas esas miguitas e intentar desandar el camino. Primero intentó excluir a los bancos cuyos problemas fueran anteriores a la aprobación de esta decisión. Luego quiso excluir a los bancos y entidades de crédito medianos y pequeños, que son los que tienen mayores problemas. Más tarde, ha intentado postergar la entrada en vigor del acuerdo hasta 2014 y, por último, ha comenzado a filtrar la idea de que el mecanismo es ilegal dentro de los actuales Tratados. Esta actitud alemana es ciertamente irritante, sí, pero esconde una buena noticia: que tras la llegada de Hollande y la actuación combinada de Francia, España e Italia, Alemania está perdiendo la iniciativa. Sumado al varapalo que el FMI ha propinado esta semana a las políticas de austeridad a ultranza, Alemania no solo está a la defensiva, sino cada vez más aislada.

Cuando en el Consejo Europeo del pasado 29 de junio, la presión combinada de Hollande, Monti y Rajoy se hizo irresistible, Merkel aceptó la recapitalización directa de los bancos (españoles u otros) con cargo a los mecanismos europeos de rescate (FEEF o MEDE). Fue una victoria crucial, no solo porque conviniera a España, que de lo contrario tendría que hacer pasar los 40.000 millones de ayudas a los bancos por sus presupuestos, deteriorando aún más la calificación y sostenibilidad de su deuda, sino porque ponía la primera piedra para la constitución de una unión bancaria, es decir, un mecanismo integrado de supervisión, gestión y resolución de crisis bancarias a escala europea. Ese anuncio, junto con la decisión del BCE de aprobar un programa de compras de deuda en el mercado secundario, dieron un vuelco completo a la crisis del euro. Si hasta entonces los líderes europeos habían insistido una y otra vez en que no escatimarían esfuerzos ni recursos para impedir que el euro quebrara, pero no habían hecho lo suficiente para resultar creíbles ante los mercados, a partir de ahora quedaba claro que el euro no solo tenía la voluntad política sino los recursos financieros para hacer creíble dicha promesa.

¡Traición! Protestaron algunos en Alemania y en otras capitales, señalando que Merkel habría sido víctima de unos lobos hambrientos de dinero fresco con el que financiar sus deudas y, a la par, el BCE habría sucumbido a las presiones de los bancos centrales nacionales, que también comportándose como una manada de lobos, habrían logrado aislar al Bundesbank. Así pues, donde unos vimos un acto de liderazgo que salvaría al euro, otros vieron un acto de debilidad que llevaría a Alemania al peor y más temido escenario: una “unión de transferencias” en la que, vía una doble tenaza, los países viciosos transfirieran las deudas de sus bancos y sus Estados a los países virtuosos y, a cambio, los virtuosos transfirieran sus ahorros a los viciosos.

Pero la realidad es distinta. Si Merkel accedió a este doble acuerdo no fue porque tres abusones de patio de colegio la acorralaran. Si el acuerdo se impuso es porque España, Francia e Italia lograron establecer un principio general que inspiraría todas las decisiones posteriores: “la necesidad [imperativa, enfatiza el texto del acuerdo] de romper el círculo vicioso entre bancos y Estados”, algo imprescindible para que el euro pueda sobrevivir. Se trata de un principio esencial, pues prefigura una federación económica: al igual que en Estados Unidos, el Estado de California está quebrado, pero no traslada sus problemas al sector financiero o una quiebra bancaria no provoca una bancarrota de un Estado, la Unión Europea necesita cortafuegos que impidan el contagio entre bancos y Estados, lo que solo se puede lograr europeizando los mecanismos de supervisión y gestión de deudas, públicas y privadas. Que se haya tardado tanto tiempo en lograr que se adopte una decisión tan aparentemente de sentido común no es casualidad. En la Unión Europea, un principio es el instrumento de negociación más poderoso, la palanca más eficaz para desencadenar cambios que abran el paso a nuevas políticas. Por fin tenemos uno que es favorable a la vez a nuestros intereses como españoles y como europeos. Solo falta que se aplique.

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Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 19 de octubre de 2012

Europa año V d.C.

14 octubre, 2012

Estamos en el año V d. C. (después de la crisis). El desempleo en la eurozona se sitúa en los 18,1 millones de personas. Las economías del sur de Europa siguen en caída, y sin perspectivas de mejora. Es el caso de Grecia (-6,0%), de Portugal (-3,0%), de Italia (-2,5%) o de España (-1,5%). Tan sombrías perspectivas en los países deudores del Sur no se complementan con buenas noticias provenientes de los acreedores del Norte. La locomotora alemana está al ralentí, con un crecimiento muy débil (0,9%). Tampoco le van mejor las cosas a aquellos que escoltan a Alemania en la austeridad y el rigor: Austria crece un modesto 0,9%, Finlandia el 0,2% y Holanda cae un 0,5%. Los países que están fuera de la eurozona, escandinavos incluidos, tampoco se libran del contagio.

La magnitud de la crisis económica está, inevitablemente, haciendo mella en la imagen de la Unión Europea. En paralelo al deterioro de los indicadores de crecimiento y empleo, crece la desafección hacia las instituciones europeas. Y, de nuevo, no lo hace sólo en los países en régimen de intervención (Grecia, Portugal o Irlanda) o subyugados por los mercados de deuda (España e Italia), sino que también lo hace en los países acreedores. Si desde que se lanzara el euro, la satisfacción con la UE se había movido en unos márgenes relativamente seguros del 45-50%, quedando los eurocríticos muy por detrás, en torno al 15-20%, la crisis ha recortado esas distancias hasta dejar a estos últimos a sólo tres puntos de los primeros (31-28%). La Comisión Europea, e incluso el propio Parlamento, que habían venido gozando de la confianza mayoritaria de los ciudadanos, también se encuentran hoy en el punto de mira pues son más los ciudadanos que desconfían de estas instituciones que los que confían en ellas (46% que desconfían frente a 36% que confían en el caso de la Comisión y 46% frente a 40% en el caso del Parlamento). El tradicional europeísmo del Sur de Europa, que siempre pareció inmutable, se ha visto particularmente sacudido: según el último Eurobarómetro tres de cada cuatro griegos, dos de cada tres españoles o uno de cada dos italianos desconfían de la Comisión o el Parlamento Europeo.

Que la legitimidad de la Unión Europea, que tradicionalmente se ha sostenido sobre los resultados, y menos sobre los procedimientos o la identidad, se encuentra hoy bajo mínimos parece evidente. Una Europa que no funciona, difícilmente puede ser atractiva. Ello explicaría por qué, pese a la evidencia de que de esta crisis sólo saldremos avanzando en la integración económica y política de la eurozona, la perspectiva de una mayor traslación de competencias a Bruselas se contemple por muchos con más preocupación que ilusión. Desde el punto de vista técnico, nadie discute que la supervivencia del euro pase por completar la unión monetaria, esto es, el euro, con una unión bancaria, fiscal y económica. Es precisamente la ausencia de una supervisión bancaria europea, de un sistema común de garantía de depósitos y un mecanismo de resolución de crisis bancarias lo que nos ha llevado a la situación actual. De ahí la unión bancaria. En el mismo sentido, sin mecanismos de coordinación y supervisión más estrecha de los presupuestos de los estados y de sus políticas fiscales tampoco podremos ir a un sistema, llámese de eurobonos o como se quiera, donde emitamos deuda de forma conjunta y la garanticemos mancomunadamente. De ahí la unión fiscal. E, igualmente, sin mecanismos de gobierno económico eficaces que puedan unificar las políticas económicas de los estados miembros, no podremos prevenir la acumulación de desequilibrios estructurales que nos han traído hasta aquí, sean en los mercados de trabajo, los sistemas de pensiones o cualquier otro ámbito. De ahí la unión económica.

De lograrse completar la unión monetaria con estos tres pilares (bancario, fiscal y económico), los europeos habríamos logrado, sin llamarlo como tal, una verdadera federación económica. A la vista de la experiencia de la década pasada con la fallida constitución europea, el problema será, una vez más, que tan formidable avance en la integración no podrá llevarse a cabo sin el consentimiento de los ciudadanos. El empeño en legitimar políticamente esa construcción que se dibuja en el horizonte no es caprichoso ni estético, sino inevitable por cuanto, de completarse, supondrá una transformación de gran calado en el papel, soberanía y competencias de unos Estados maltrechos y también deslegitimados, pero en los que, hoy por hoy, los ciudadanos siguen depositando sus lealtades y sus expectativas. Ese ejercicio será, además de complicado, sumamente arriesgado, y tendrá que hacerse en un contexto de pésimos resultados económicos y máximas tensiones entre los estados miembro así que los baches están garantizados. Abróchense pues los cinturones.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 12 de octubre de 2012