Archive for 28 septiembre 2012

¿Con qué sueñan los banqueros centrales?

28 septiembre, 2012

Un androide es quien bajo forma humana cumple funciones técnicas. Viendo el catálogo de poderes y los requerimientos del cargo de banquero central, un novelista de ciencia-ficción no dudaría en asimilarlo a un androide. Y tendría sentido que lo hiciera pues, al fin y al cabo, los banqueros centrales existen porque hace tiempo que se decidió situar la política monetaria más allá de la política, ponerla en manos de técnicos y conceder a estos unos poderes increíblemente extensos: controlar el precio del dinero, supervisar el sistema bancario, actuar sobre el tipo de cambio, determinar los niveles de inflación e influir decisivamente sobre el crecimiento económico y los niveles de empleo de un país. La existencia de un banquero central gira en torno al cumplimiento de un mandato. Para poder cumplir ese mandato debe despojarse de todas sus preferencias ideológicas, dejar a un lado cualquier tipo de afinidad política y utilizar solo sus conocimientos técnicos. ¿Pero qué ocurre cuando un androide desarrolla sentimientos propios, comienza a basar sus decisiones en las emociones antes que en la razón, persigue objetivos distintos a aquellos para los que fue programado y deja de servir a sus diseñadores? El tema de los androides rebeldes es un clásico de la ciencia-ficción desde que Philip K. Dick lo formulara en 1968 en una novela titulada ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que posteriormente inspiraría la película Blade runner. Es el camino que parece que ha tomado Jens Weidmann, presidente del Banco Central alemán (Bundesbank). Hace dos semanas, votó en contra y en solitario contra la propuesta del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, de aprobar el programa de compra de deuda en el mercado secundario. Ese programa, llamado OMT (Outright Monetary Transactions) es el que ha salvado al euro de su colapso ya que, al anunciar que el BCE está dispuesto a comprar deuda sin límite, ha dejado claro a los mercados, por fin, que no podrán especular contra el euro. Pero Weidmann, en lugar de aceptar la decisión del BCE, respaldada por todos los gobernadores de los bancos centrales de la zona euro menos él, se ha dedicado a sabotear esa decisión y a lanzar a la opinión pública alemana contra Mario Draghi.

Primero hizo público su voto discrepante, lo que ya constituye un acto de soberbia, pues niega la posibilidad de estar equivocado; una irresponsabilidad, pues conociendo cómo funcionan los mercados, sabe que su comportamiento socavará la efectividad de la decisión aprobada por sus colegas; y una violación de las reglas del juego, pues las actas de las reuniones del BCE están protegidas por el secreto para garantizar que los gobernadores de los bancos centrales nacionales se comporten como técnicos y no como políticos nacionales. Más grave aún es que Weidmann haya agitado las emociones nacionales comparando en varias conferencias y actos públicos la decisión de Draghi con el consejo que en Fausto da Mefistófeles (el diablo) al emperador de imprimir dinero como medio de poner fin a los males del imperio, lo que acaba desembocando en una inflación desbocada y el empobrecimiento general. Recurrir en Alemania a la autoridad que proporciona Goethe y comparar al presidente del BCE con el diablo va más allá de los límites de lo aceptable, especialmente cuando por lo bajo sus seguidores atizan aún más los prejuicios afirmando que el euro ha quedado en manos de un italiano. Aunque el androide Weidmann dice estar preocupado por la inflación, lo que está claro es que ha comenzado a soñar, no con ovejas mecánicas, sino con el marco alemán, al que parece desear una rápida vuelta. En su delirio, Weidmann olvida que la moneda de Alemania es el euro, no el marco, y que su papel es defender esa moneda del colapso, no sembrar dudas.

¿Qué hacer? En Blade runner, los replicantes eran “terminados” ya que, según Philip Dick, el problema no es que llegaran a soñar como los humanos, sino que tuvieran sus propios sueños, lo que les convertiría en una forma de vida distinta y, quizá, en una amenaza. Pero no es necesario ser tan drástico: Weidmann podría pasar por el taller y ser reprogramado con el mismo software que lleva incorporado Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, que acaba de lanzar una tercera ronda de medidas de estímulo y lo ha justificado con el argumento de que “el estancamiento del mercado de trabajo no solo resulta preocupante por el enorme sufrimiento y desperdicio de talento que significa sino porque supone una amenaza estructural a nuestra economía que la debilitará durante años”. Eso sí que es soñar con ovejas eléctricas.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el 28 de septiembre de 2012

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El poder de la identidad

28 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A un lado, el mundo árabe y musulmán en pie de guerra contra Estados Unidos y Francia por los videos y viñetas sobre Mahoma. A otro, China y Japón sacando pecho patriótico y ejercitando el músculo naval a costa de unos minúsculos islotes. Vuelven las identidades y llaman a rebato, haciendo saltar por los aires los delicados equilibrios construidos a costa de mucho tiempo y esfuerzo. Dentro de EE UU, se acusa a Obama y a su política de mano tendida al mundo árabe y musulmán de ser una reedición en versión islamista del apaciguamiento practicado por Chamberlain y Daladier contra el totalitarismo nazi. Al tiempo, en muchos países musulmanes se pide también firmeza contra lo que describen como una agresión sistemática a su religión desde Occidente. Dentro de China los hay que piensan que ha llegado la hora de poner fin al “ascenso pacífico” y ejercer como la gran potencia que es. Mientras, en Japón también se critica al Gobierno por mirar hacia otro lado y dejar que los chinos se crezcan. No son mayoría, pero gritan más, y su mensaje es siempre el mismo: principios sacrosantos, identidades amenazadas, agravios históricos, humillaciones intolerables, líneas rojas…

El resurgir de la identidad pone en entredicho dos supuestos centrales sobre los que construimos nuestras expectativas sobre el orden internacional. Por un lado, tendemos a dar por hecho que vivimos en un mundo interdependiente económicamente donde los actores se comportan racionalmente con el fin de maximizar los beneficios materiales que se derivan de esa interdependencia. Siendo esto cierto, no se puede ser tan ingenuo como para pensar que los beneficios económicos que trae la globalización son suficientes por sí solos para garantizar la paz entre los Estados. Como vimos en 1914, la interdependencia económica no logró frenar la escalada hacia la Primera Guerra Mundial, sino que incluso la aceleró. En Europa, en Asia, vemos con preocupación cómo los nacionalismos y las fricciones económicas entre países se retroalimentan mutuamente.

El otro supuesto que queda en entredicho por este resurgir de la identidad tiene que ver con la democracia. Se suponía que una vez desaparecida la URSS, no había ninguna forma alternativa de organización política a la democracia. Y es en gran parte cierto. El Islam no es una alternativa a la democracia: la única teocracia que merece tal nombre, Irán, es un fracaso que nadie ha querido replicar y que sobrevive sólo a cuenta de su capacidad de manipular la hostilidad exterior. ¿Y qué decir de China, donde los manifestantes antijaponeses portan un retrato de Mao, mantenido como icono por el régimen a pesar de que su gran salto adelante y su revolución cultural costaran la vida a millones de chinos?

También de modo ingenuo, solemos pensar que la interdependencia llevará al bienestar económico y que este traerá el progreso político. Y puede que históricamente sea cierto, pero los baches y altibajos de esa relación son demasiado profundos y están demasiado llenos de victimas como para pensar que se trata de un proceso automático. Como Rusia o China muestran, el nacionalismo puede lograr que la emergencia de una clase media y una economía desarrollada sean condiciones necesarias, pero no suficientes, para la aparición de la democracia.

Que la democracia no tenga alternativa no quiere decir que no tenga enemigos. El nacionalismo y la religión, en sus formas extremas, son los principales. Y ahí es donde comienza la paradoja. Porque a pesar de que el liberalismo no asignara ninguna importancia a las identidades, hoy sabemos que un sentimiento de identificación colectivo (sea religioso o nacional) puede ser fundamental para asegurar la cohesión social y el buen funcionamiento de un sistema político. Las sociedades homogéneas, étnica o religiosamente, tienen menos problemas para alcanzar acuerdos inter o intrageneracionales, es decir, para sostener a sus mayores, garantizar la igualdad de oportunidades a sus jóvenes y ejercer la solidaridad entre clases sociales o territorios. Pero a su vez, se prestan más a la manipulación de esos sentimientos de identificación. En una sociedad plural, religiosa o étnicamente, el poder suele estar repartido y los acuerdos suelen requerir procesos largos y amplios consensos. Los Países Bajos son quizá la mejor prueba de cómo un país que, en razón del solapamiento de las diferencias religiosas con las geográficas, no debería existir, ha logrado una convivencia ejemplar entre católicos y protestantes. Al otro lado del globo, Malaisia nos demuestra de qué forma es posible alcanzar una convivencia de musulmanes, chinos e indios con umbrales de tolerancia recíproca muy elevados. De Estados Unidos a China, pasando por Japón o Egipto, la identidad puede ser, a la vez, un pegamento social y un disolvente de la convivencia. Por eso es un factor de poder imposible de obviar.

Publicada en la edición impresa del Diario ELPAIS el 21 de septiembre de 2012

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El relato

16 septiembre, 2012

Relato. Es la palabra de moda entre los políticos. “No somos capaces de transmitir un relato”, dicen unos. “Necesitamos un relato”, se lamentan otros. A primera vista, no se trataría más que de una manera redicha de volvernos a colocar ese clásico de los gobernantes en horas bajas que constituye el tan manido “es que no sabemos explicar lo que hacemos”. El cambio de uno a otro suele ocurrir cuando el político, en lugar de indagar entre sus votantes las razones del descontento y someter sus políticas y errores a debate, prefiere acudir a un gabinete de comunicación política y disfrazar su falta de ideas bajo una nueva y prometedora, pero en realidad vacía, estrategia de comunicación.

Una cosa hay que reconocer. La afirmación “no nos explicamos bien”, tan indulgente y, en tiempos, tan recurrente, tenía por lo menos la virtud de la franqueza. Recuerda al “el fútbol es así” al que solían recurrir encogiéndose de hombros los entrenadores cuando el fútbol, antes de convertirse en un costosísimo espectáculo de masas, solo era un deporte y perder un partido entraba dentro de lo razonable.

Pero la política de hoy en día también se ha convertido en un espectáculo de masas. En el pasado, los políticos presentaban un programa a los ciudadanos y estos votaban a unos o a otros. Dado que los intereses y las preferencias de los votantes estaban bastante claras, no hacía falta una oferta política muy grande. Tanto en EE UU como en la mayoría de las democracias europeas posteriores a la segunda guerra mundial, conservadores o liberales, socialdemócratas o demócrata-cristianos, se alternaban en el poder con bastante naturalidad en función de sus aciertos y errores. Las reglas del juego estaban más o menos claras: si después de cuatro años habías beneficiado a más gente que perjudicado, ganabas. De lo contrario, perdías.

Pero con el transcurrir del tiempo, los conflictos de clase se han difuminado, las ideologías se han erosionado y han aparecido esos partidos de amplio espectro que los politólogos denominan atrapalotodo. Son partidos que, en su aspiración a gobernar, están dispuestos a hacer gala de toda la flexibilidad ideológica que haga falta y, lo que es más, no solo no hacen ascos a los votos que provienen del campo contrario sino que diseñan estrategias específicas para captarlos. Ahí es donde entra el relato como elemento que aspira a sustituir a las viejas ideologías y aglutinar a una amplia mayoría de la población.

Dos relatos dominan estos días el lenguaje de la política. Del lado estadounidense, las convenciones demócrata y republicana se han articulado en torno a un único elemento: “el sueño americano”, que dibuja EE UU como un país donde cualquiera que trabaje duro y sea honesto puede llegar a la cima sin que importe su origen y extracción social. El sueño americano es el relato político por antonomasia y las elecciones de noviembre se decidirán en función de quién interpreten los electores que representa mejor ese relato: el empresario millonario y mormón (Romney) o el hijo de un matrimonio mixto que llegó a Harvard (Obama). Tanto Michelle Obama describiendo a su padre fontanero como el alcalde de San Antonio, Julián Castro, recordando a su abuela limpiadora de casas, han tocado esa fibra con mucho éxito.

Del lado europeo, el relato dominante se llama “Estado del Bienestar”. Dado que, en su inmensa mayoría, los europeos creen que el estado tiene que asegurar a sus ciudadanos contra la enfermedad, el desempleo o la vejez, así como garantizar la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo gratuito y universal, el debate político europeo no versa sobre si abolir el Estado del Bienestar o no, sino, al menos formalmente, sobre cómo preservarlo. Por eso, al igual que en EE UU no podría ser elegido presidente nadie que se confesara ateo, en Europa pasaría lo mismo con cualquier político que propusiera eliminar los impuestos progresivos y dejar totalmente en manos privadas la provisión de las pensiones, la salud o la educación. Como prueba esta crisis, sea cierto o no, todos aspiran a hacer funcionar el Estado de Bienestar de forma más eficiente y a más bajo coste.

Paradójicamente, aunque allí le llamen “sueño americano” y aquí “Estado del Bienestar”, las consecuencias son muy parecidas pues la política queda reducida a una competencia en torno a quién interpreta y mejor defiende las emociones colectivas y las campañas electorales, en lugar de favorecer una discusión racional sobre qué políticas se deben adoptar, se convierten en un concurso de interpretación de relatos que conceden al ganador un amplísimo margen para gobernar libre de compromisos concretos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el sábado 15 de septiembre de 2012

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El efecto abismo

7 septiembre, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La expectación e interés generados por la visita de Angela Merkel a Madrid constituyen la mejor prueba de los momentos tan excepcionales que viven España y Europa. Cierto que a lo largo y ancho de esta crisis Alemania ha adquirido una posición preponderante, a veces casi hegemónica, pero si lo ha hecho ha sido también en parte por la debilidad relativa de los demás países e instituciones, sumidos en sus propias crisis económicas y de liderazgo. Con todo, esa preeminencia de Alemania no significa que ni Berlín, ni mucho menos la propia Merkel, sean omnipotentes. Cierto que el liderazgo de Merkel ha dejado en ocasiones que desear, pero, para ser justos, tampoco se puede olvidar que el sistema político alemán tiene grabado en su código genético la aversión a un canciller fuerte y la consiguiente concentración del poder en el Ejecutivo. Eso significa que, en casa, Merkel no puede imponer las cosas, sino convencer; ni siquiera dentro de su Gobierno o partido. Y lo mismo ocurre a escala europea, donde, una vez más, las decisiones se tienen que tomar por consenso entre todos los actores, no pudiendo ningún país imponer sin más sus condiciones a todos los demás.

 

Partiendo de estas limitaciones, el liderazgo de Merkel tiene que ser evaluado, antes que nada, en razón de su capacidad de resistir las presiones de los defensores de la ortodoxia, que continuamente le piden que bloquee cualquier tipo de medida que suponga una salida europea de la crisis. Pero, paso a paso, aunque siempre tarde, a regañadientes y de forma torpe y parcial, la Unión Europea se ha ido dotando de los mecanismos e instituciones que le permitirán sobrevivir a esta crisis y, eventualmente, salir reforzada de ella. Eso ocurrió ayer, una vez más, con la puesta en marcha de un programa de compra de deuda soberana para los países en dificultades (fundamentalmente España e Italia) por parte del Banco Central Europeo, una medida muy contestada dentro de Alemania porque, dicen los críticos, no solo es ilegal y está expresamente prohibida por los Tratados de la Unión, sino porque pone la simiente de la conversión de Europa en una federación al estilo estadounidense. Lo esencial no es por tanto que ese programa del BCE implique condicionalidad para España u otros (¿de qué otra manera podría ser?), sino que con ello el BCE haya demostrado que está irreversiblemente comprometido con la supervivencia del euro y que hará cualquier cosa para asegurar esa supervivencia.

 

Hace casi un año, Angela Merkel dejó clara su posición: “Si el euro cae, Europa cae”. Aunque nadie cuestionó entonces la sinceridad de sus palabras, los pasados meses han ofrecido múltiples ocasiones para que los españoles se inquietaran acerca de hasta cuándo habría que esperar o bajo qué circunstancias se haría efectivo ese compromiso. Cierto que el Gobierno español no ha sido de mucha ayuda durante 2012: sus constantes improvisaciones, el oscurantismo con el que se ha manejado, y los problemas de coordinación interna y de comunicación de los que ha hecho gala han socavado el principal activo del Gobierno de Rajoy, que no era otro que el compartir su agenda reformista y liberalizadora, típicamente conservadora, con el Gobierno de Merkel. Más allá de esos problemas, y de los enfrentamientos entre España e Italia, por un lado, y Alemania y el BCE, por otro, era evidente a la vuelta del verano que el euro se encontraba en una pendiente muy peligrosa y que los mercados estaban empezando a descontar su colapso.

 

En consecuencia, aunque sea difícil decir si los halagos de Merkel a la agenda reformista de Rajoy refrendan a los que abogaban por introducir algo de tensión en las relaciones con Alemania o, por el contrario, a los que lo consideraban una estrategia suicida, lo importante es que, esta vez para bien, se ha dado un paso atrás. Eso no quiere decir que las tensiones entre España y Alemania hayan desaparecido. Si, como parece, España tiene muy difícil cumplir con el objetivo de déficit fijado para este año, es previsible que las relaciones bilaterales se vuelvan a deteriorar, que dentro de Alemania se critique a Merkel por haber aflojado la presión sobre España e Italia, que se exijan nuevos sacrificios y compensaciones y que, una vez más, ambos países se sitúen en rumbo de colisión. Pero eso será en otro momento, y delante de otro abismo. El de hoy está salvado.

Publicado en la edición impresa del Diario el País el 6 de septiembre de 2012

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