Archive for 27 julio 2012

Sin noticias de la Calle Árabe

27 julio, 2012

Uno de los aspectos más descorazonadores de la tragedia que está teniendo lugar en Siria, que ya se ha cobrado 18.000 vidas, es el nulo papel que está jugando la opinión pública y la sociedad civil de los países árabes y musulmanes de la región. En el pasado, la inexistencia de esa opinión pública tuvo una justificación en la naturaleza autoritaria y represiva de los regímenes de la región. Eso significó que prácticamente las únicas manifestaciones populares que nos acostumbramos a ver en las calles de estos países tuvieran que ver con la manipulación de sentimientos antioccidentales a raíz de los episodios de intervención militar estadounidense (fundamentalmente, las dos guerras de Irak) pero, sobre todo, en defensa de la causa palestina y, especialmente, como respuesta a las operaciones bélicas de Israel en Líbano, Cisjordania y Gaza.

Fruto de esa hábil manipulación de los sentimientos panarabistas, fomentados según dictaran la ocasión y las necesidades de política interior y exterior de cada momento, desde los gobiernos o desde las mezquitas, la llamada “Calle Árabe” se convirtió en un factor político global de primer orden. Aunque algunos denunciaron, no sin razón, el mismo concepto de “Calle Árabe” como orientalista por considerar que ofrecía una imagen disminuida de los musulmanes como una turbamulta ignorante, fanatizada por el Islam y presta a la violencia irracional, lo cierto es que desde el punto de vista de los regímenes, y seguramente también para los líderes religiosos, la operación fue un éxito pues logró que las cancillerías occidentales incorporaran en sus cálculos y estrategias de acción el impacto negativo que sus políticas podrían tener sobre la opinión pública árabe y musulmana. Por eso, aunque sospecharan de la espontaneidad de esas manifestaciones, muchos Gobiernos occidentales acabaron temiendo que deslegitimaran a los regímenes moderados de la región que apoyaban o radicalizando a aquellos con los que ya antagonizaban.

Sorprendentemente, sin embargo, una vez iniciada la ola de cambios que mal que bien hemos denominado “Primavera Árabe”, no hemos asistido a un despertar equivalente de la opinión pública de estos países. Ello, pese a las evidentes similitudes, paralelismos e influencias cruzadas entre procesos en unos y otros países. Eso no quiere decir que no haya habido solidaridad, pues la ha habido, y mucha, como se pudo ver en la acogida que los tunecinos dispensaron a decenas de miles de refugiados libios. Pero como vemos en el caso de Siria, y vimos en parte en Libia, esa solidaridad no se ha convertido en una presión sobre los Gobiernos que les haya forzado a actuar más decisivamente.

Curiosamente, mientras los elementos más radicales de cada país, agrupados bajo las diversas franquicias con las que Al Qaeda viene operando, están pensando y actuando regionalmente, los Gobiernos de la región siguen anclados en las viejas prácticas de la no injerencia. Lo que es peor, en la medida que algunos Gobiernos se han mostrado más rotundos, como es el caso de Catar y Arabia Saudí, sus actuaciones (envío de armas y dinero a los rebeldes en Siria y Libia) han respondido más a una lógica geopolítica y de división religiosa entre árabes suníes y chiíes, que a una lógica cosmopolita basada en la responsabilidad de proteger o en el derecho de injerencia humanitaria. Al patetismo de Naciones Unidas se ha sumado así la miseria de la Liga Árabe, incapaz siquiera de presentarse en Moscú o Pekín y explicar con firmeza las consecuencias que sus vetos tienen sobre la vida de los ciudadanos sirios.

Hablamos a menudo de dobles raseros en la política exterior europea, pero fueron millones las personas que se manifestaron en las calles de Europa contra la pretensión de sus Gobiernos de invadir un país musulmán (Irak). Una década antes, fueron también muchos los millones de europeos que presionaron a sus Gobiernos para que pararan, primero en Bosnia, y luego en Kosovo, unos planes genocidas, nótese, dirigidos contra una población mayoritariamente musulmana. En el mismo sentido, son muchos los que han criticado la intervención europea en Libia, pero esa intervención estuvo mucho más marcada por el síndrome de Srebrenica (donde la poderosa Europa se lavó las manos y dejo morir, otra vez, a miles de musulmanes) que por razones geopolíticas y energéticas.

Llegados al caso sirio, todo desaconsejaba una intervención: el Ejército sirio, la posibilidad de una desestabilización de Líbano, la posible reacción de Irán y, para colmo, el veto de Rusia o China, decididos a garantizar que la intervención fuera prohibitiva, militar y políticamente. Pero ninguno de esos obstáculos hubiera sido insuperable si millones de árabes y musulmanes hubieran tomado las calles para exigir una intervención que parara esa carnicería.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 27 de julio de 2012

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

Anuncios

Bien hecho, tío

20 julio, 2012

Eso y un “estoy muy, muy orgulloso de ti” es la muy poco formal felicitación que el consejero delegado de Barclays, Bob Diamond, dirigió por correo electrónico a Paul Tucker con motivo del ascenso de este desde el puesto de jefe de mercados del Banco de Inglaterra a subgobernador de esa misma institución en diciembre de 2008. La respuesta del subgobernador no solo no desmerece la felicitación sino que enciende todas las señales de alarma: “Muchas gracias Bob, sin ti no lo habría conseguido”.

Presionen ahora el botón de avance rápido y sitúense en julio de 2012, cuando Bob Diamond se ve obligado a dimitir al reconocerse responsable de la manipulación del índice más importante del mercado interbancario, el líbor, que es utilizado como referencia para la fijación de contratos cuyo valor alcanza anualmente los 100 billones de euros, algo así como 100 veces el PIB de España. El asunto, en el que están implicados otros grandes bancos europeos, le ha valido a Barclays una multa de 360 millones de euros.

Seguramente que una tesis doctoral elaborada tras meses de dura y solitaria investigación no habría encontrado mejor evidencia empírica que la ofrecida en ese sencillo correo electrónico para demostrar fehacientemente hasta qué punto la industria financiera es capaz de capturar a las instituciones y personas que están a cargo de regularlos. Da escalofríos pensar que Paul Tucker fuera, hasta estos días, el candidato con más posibilidades de ser el próximo presidente del Banco de Inglaterra una vez dejara el puesto el actual, sir Mervin King. ¿Se imaginan la situación: el regulador en manos del regulado?

Llevamos tantos meses hablando de finanzas públicas, de sus excesos y desastres, que tendemos a olvidarnos de que esta crisis se origina por la concatenación de varios factores, siendo uno de los principales el descontrol reinante en la industria financiera, un sector enormemente poderoso, muy influyente políticamente y sumamente eficaz a la hora de prevenir y desactivar los intentos de regulación.

En Estados Unidos, el banco, también británico, HSBC se enfrenta a una multa de 1.000 millones de dólares tras haber reconocido su colaboración en el blanqueo de miles de millones de dólares provenientes del narcotráfico mexicano. Tampoco se ha quedado corto ING, que ha aceptado pagar una multa de 619 millones de dólares por colaborar a la hora de mover los activos de los Gobiernos de Irán y Cuba por el sistema financiero estadounidense. Y qué decir de Capital One, que pagará 210 millones de dólares por haber incluido en los contratos de tarjetas de crédito de sus clientes productos financieros, como seguros de impago, que estos no habían solicitado o que no entendían.

Para llegar, claro está, al caso español, donde el gobernador del Banco de España ha reconocido, por fin, que la institución actuó con “poca decisión, de modo insuficiente o inadecuado”, aunque eso sí, fiel a la reticencia tecnocrática a utilizar un lenguaje que pueda ser comprensible para el público, se refugia en una doble negación. “Sería absurdo negar que no hemos tenido éxito en la supervisión”, ha dicho, lo que traducido del lenguaje tecnocrático al democrático vendría a ser “sería lógico afirmar que hemos fracasado”.

La buena noticia de todo esto es que a partir de ahora va a resultar muy difícil tomarse en serio a los que defienden la autorregulación de los mercados financieros. Como ha quedado de manifiesto a lo largo de esta crisis, dejadas a sí mismas, muchas instituciones financieras prefieren cualquier cosa antes de competir por sus clientes en un mercado abierto y transparente: capturar al regulador o aliarse con los rivales para saltarse las normas y ganar dinero puede ser más barato y sencillo que distinguir una buena inversión de una mala y asumir las consecuencias de los errores.

Pero, como esta crisis también ha demostrado, que la autorregulación tenga que ser descartada no significa que una regulación eficaz sea fácil de alcanzar. Si alguna lección tenemos que aprender de esta crisis es que, por paradójico que parezca, los supervisores también tienen que ser supervisados, y muy estrechamente. La pretensión de muchas instituciones supervisoras de, bajo la excusa del aparente contenido técnico y especializado de su tarea y conocimientos, quedar al margen del control democrático, ha quedado sin justificación alguna. Tanto en Estados Unidos como en Reino Unido estamos viendo unos Parlamentos muy activos a la hora de depurar responsabilidades, en los mercados y en los supervisores. La receta es sencilla: una industria financiera que tema a los supervisores, unos supervisores que teman a los Parlamentos, y unos Parlamentos que teman a los ciudadanos.

Publicado en la edición impresa del Diario ElPAIS el 20 de julio de 2012

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog de elpais.com ‘Café Steiner’.

Fracasos colectivos

13 julio, 2012

Formalmente, España no está intervenida pues el Gobierno sigue tomando las decisiones y encargándose de su aplicación. Pero es evidente que, tras la batería de medidas hechas públicas el miércoles por Mariano Rajoy, el gobierno ha perdido todo su margen de autonomía para diseñar y ejecutar su propia política anticrisis. En su comparecencia, el Presidente no sólo evitó ocultar que este paquete de medidas viene impuesto desde el exterior sino que se distanció deliberadamente de ellas dejando bien claro que un buen número son contrarias a sus principios y creencias. Sólo le faltó al Presidente completar su arranque de sinceridad diciéndonos lo que todo el mundo anticipa: que estas medidas no generarán crecimiento ni crearán empleo por lo que en lugar de acercarnos al cumplimiento del objetivo del déficit nos alejarán de él y nos obligarán a llevar a cabo una nueva ronda de recortes. Y así sucesivamente.

Se imprime así un giro importante en el discurso gubernamental sobre la crisis pues hasta ahora el Presidente del Gobierno había venido sosteniendo que la aplicación de políticas de austeridad no venía impuesta desde el exterior sino que formaba parte del ideario propio. “No es Merkel quien nos impone la austeridad, somos nosotros quienes la aplicamos porque creemos en ella”, llegó a decir el Presidente. Pero ahora, Rajoy mimetiza la actitud adoptada por Zapatero, que también quiso dejar claro en numerosas ocasiones su disgusto y distanciamiento con las medidas adoptadas. Se trata de un curioso y contradictorio proceder por parte de los dos Presidentes que han estado a cargo de conducir el país durante esta crisis: a costa de pretender salvar la legitimidad del que gobierna se socava la legitimidad de las medidas con las que se quiere gobernar y, por tanto, la credibilidad del que gobierna. Otro círculo vicioso.

En política, a la hora de elegir entre varias alternativas, se suele utilizar un criterio de eficacia. En la situación presente, por el contrario, las políticas se adoptan a sabiendas de que no serán eficaces y contando con una única justificación: la de que no hay alternativa si lo que se quiere evitar es la quiebra e intervención completa del país. Cuando no hay elección, no hay política, ni tampoco, en el fondo, democracia. En consecuencia, aunque no estamos intervenidos, sí que estamos en una situación de excepción democrática.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué errores se han cometido? En el informe encargado por el Parlamento japonés sobre el desastre de la central nuclear de Fukuyima, que hemos conocido esta semana, se hacía un planteamiento que, salvando las distancias, tiene muchísima relevancia para el caso español. El terremoto y el posterior tsunami, dice el informe, fueron los accidentes que generaron las condiciones para el desastre. Pero, advierte con toda crudeza, no busquen en un fenómeno natural externo las causas de la crisis y, sobre todo, no busquen en los aspectos accidentales la exoneración de sus responsabilidades, colectivas e individuales. El accidente, concluye el informe, lo causaron acciones concretas y decisiones concretas, de individuos e instituciones, y como tales podían haberse evitado. En concreto, el informe se refiere a la colusión de intereses, a costa de la seguridad y de los intereses de la ciudadanía, entre los reguladores y los regulados, más preocupados de protegerse mutuamente que de cumplir su papel. Pero sobre todo, el informe incide con particular dureza en los que denomina “aspectos culturales”. Con ello se refiere a aquellos elementos de la cultura japonesa (especialmente el sentido de la jerarquía, la deferencia hacia la autoridad o la incapacidad para la crítica y el desafío a las normas establecidas) que hicieron que la respuesta al terremoto fuera tan tardía e inadecuada que, en la práctica, fuera la responsable última del accidente.

En un sentido parecido, el informe independiente sobre el 11-S identificó muy claramente y con suma dureza los fallos institucionales que llevaron a Estados Unidos a uno de los momentos más críticos de su historia.  Algo parecido podemos decir de la situación española. Es cierto que el euro ha demostrado no estar bien preparado para resistir crisis como la generada por la caída de Lehman Brothers y que ha generado desequilibrios importantísimos entre sus miembros. Pero como en el caso del tsunami que asoló Japón, esos choques no son los causantes de nuestra situación actual ni podemos por tanto escudarnos fácilmente tras ellos: en España tenemos prácticas culturales y diseños institucionales que debemos revisar en profundidad si queremos entender cómo hemos llegado hasta aquí. Por eso, ahora que toda la política económica española se hace en Bruselas, las Cortes Generales disponen de abundante tiempo para encargar un informe similar donde se explique a la ciudadanía, sin partidismos ni pasiones, las razones de esto que indudablemente es un fracaso colectivo. Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog de elpaís.com Café Steiner.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 13 de julio de 2012

Hablemos de Francia

6 julio, 2012

La virulencia de la crisis de deuda y la inestabilidad que se ha apoderado de la eurozona en los últimos meses ha hecho que el foco de atención haya estado puesto sobre España e Italia. Con Grecia, Portugal e Irlanda intervenidas, la pregunta que todo el mundo se ha venido haciendo es hasta dónde o hasta cuándo aguantarían la presión los Gobiernos de Mariano Rajoy y Mario Monti y qué ocurriría en caso de que finalmente se fuera hacia una intervención completa de España y/o Italia.

La urgencia y la dificultad de salvar a España e Italia han contribuido a poner de relieve la importancia de Alemania y ha singularizado una y otra vez a Angela Merkel como la persona en cuyas manos estaría la capacidad de deshacer la madeja europea. Al igual que la crisis ha forzado a la ciudadanía a dotarse de las nociones básicas de economía que necesita para entender y valorar lo que está ocurriendo y las soluciones que se van adoptando, la posición predominante de Alemania en esta crisis ha hecho imprescindible adentrarse en las profundidades del sistema político, economía y opinión pública alemanas. Por eso, en la Europa de la crisis hemos aprendido a prestar atención a las elecciones regionales alemanes, los dictámenes de su Tribunal Constitucional, los procesos de ratificación parlamentaria de los acuerdos europeos, la debilidad o fortaleza de los socios liberales o bávaros del Gobierno de la CDU, las posiciones del presidente del Banco Central alemán y las matizaciones que respecto a los eurobonos pueda introducir la oposición socialdemócrata una vez en el gobierno. Alemania, hemos aprendido, es un sistema político muy complejo donde el poder está muy repartido entre una serie de instituciones fuertes e independientes que limitan sumamente la capacidad de actuación de Angela Merkel.

Mientras tanto, en Francia, ocurría lo contrario. La formidable concentración de poder que la Constitución de la V República otorga al Presidente, unido al compulsivo hiperactivismo de Sarkozy, permitía concentrar toda la atención en el papel del presidente y simplificar sumamente los análisis. Sin embargo, como comenzó a entreverse durante la campaña presidencial, detrás del seguidismo de Sarkozy bullía una Francia sumamente compleja, atravesada por una serie de dudas existenciales: dudas sobre la identidad nacional, dudas sobre su modelo económico, dudas sobre la integración europea y dudas sobre la globalización. Esas dudas han limitado enormemente el margen de maniobra del centro-derecha francés, forzándole a mimetizar los postulados de la derecha nacionalista y xenófoba que representa el Frente Nacional de Marine Le Pen. También constriñen, y de qué manera, al centro-izquierda, forzado a convivir con una izquierda globofóbica que se siente cada vez más alienada por un proceso de integración europeo que percibe como una globalización con piel de cordero que busca destruir el Estado intervencionista y benefactor que constituye una de las señas de identidad de Francia.

De forma inesperada, pues se pensaba que el referéndum constitucional de 2005 la había enterrado definitivamente, la unión política ha vuelto a aterrizar ahora en la mesa de la izquierda francesa. Hollande se enfrenta a ese reto desde una posición nada envidiable. Por un lado, casi dos de cada tres de los votantes que le han llevado al Elíseo votó en contra de la Constitución Europea en 2005. Por otro, la difícil situación de las finanzas públicas en Francia, puesta de relieve esta semana por el Tribunal de Cuentas, hace inevitable que las discusiones sobre la siguiente fase de la unión económica y política coincidan temporalmente con una batería de importantes recortes presupuestarios que generarán rechazo político y social.

En la medida que la opinión pública francesa asocie los avances en la integración europea con una nueva reducción del margen de autonomía del Estado para hacer políticas de izquierda e interprete la unión política como una nueva vuelta de tuerca sobre su modelo social, entonces reaccionará vivamente contra lo que interpretará no como una unión política, sino como una constitucionalización encubierta del modelo económico alemán y de las políticas de austeridad en el ámbito europeo. Al igual que ocurriera en los años noventa, cuando se preparaba la unión económica y monetaria, y también en la década pasada, cuando se discutió la Constitución Europea, la izquierda francesa tendrá que decidir hasta qué punto la unión política y económica con Alemania contribuye a preservar y, eventualmente, a revigorizar su modelo económico y social o, por el contrario, a afianzar y hacer irreversible su declive. El desafío de Hollande consiste pues en lograr una Europa más eficaz, lo que requiere mayor integración y, por tanto, la cesión de soberanía, pero en la que, a la vez, se respete, y no se sofoque, la diversidad de modelos económicos y sociales. No lo tendrá fácil, pues la Francia de hoy ha quedado muy por debajo de Alemania.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 6 de julio de 2012

Sígueme en @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com