Archive for 29 junio 2012

Tótem y tabú: deuda y unión política

29 junio, 2012

Veinticuatro cumbres después de que se iniciara esta crisis, la maquinaria europea se vuelve a deleitar desplegando en 24 horas un grado tal de incertidumbre que los observadores dudan de si Europa está al borde del abismo o a punto de alcanzar la tierra prometida de la unión política.

Para unos, estamos ante la hora de la verdad, el momento definitivo en el que si no se toman decisiones inmediatas el euro entrará en una senda de autodestrucción. En apoyo de sus tesis citan la fragilidad de España y de Italia y el hecho de que, con el diseño actual de los fondos de rescate, no habría recursos suficientes para apoyarlas si tuvieran que entrar en programas de intervención como los que hasta ahora han sufrido Grecia, Irlanda y Portugal. A un lado, señalan que la credibilidad de Rajoy está agotada y no hará más que deteriorarse día a día según se compruebe que las medidas de austeridad no solo no logran crecimiento y empleo sino que ni siquiera logran mantener el déficit bajo control. Al otro lado, en Italia, la estrella de Monti se estaría apagando progresivamente según su programa de reformas entra en colisión con los partidos políticos que se preparan para una cita electoral de inciertas consecuencias que incluso podría adelantarse al otoño. Así las cosas, la pinza que forman esos dos riesgos sistémicos que siempre han sido la burbuja inmobiliaria española y el sistema político italiano estarían a punto de cerrarse sobre el euro.

Otros, más optimistas, señalan que nunca hemos estado tan cerca de superar la miopía y el cortoplacismo que viene dominando esta crisis. A favor de sus argumentos citan el conjunto de propuestas sobre unión fiscal y bancaria sobre las que Van Rompuy ha venido trabajando en los últimos meses y que los líderes examinarán en este Consejo con vistas a crear una hoja de ruta que, de aquí al mes de diciembre, permita abrir un nuevo horizonte de integración. Se trata de propuestas muy ambiciosas y de profundo impacto que, de llevarse a cabo, darían un importante vuelco a la integración europea. Nos llevarían, de hecho, a una federación económica ya que trasladarían la supervisión y la regulación de los bancos nacionales al ámbito europeo al tiempo que impondrían unas directrices de política fiscal y económica tan estrictas que prácticamente dejarían sin margen de maniobra a los Gobiernos nacionales. En ese esquema, el Banco Central Europeo garantizaría los depósitos de los ahorradores, pero a cambio podría intervenir directamente sobre cualquier banco nacional, recapitalizarlo y ponerlo a la venta, imponiendo pérdidas a los accionistas. De la misma manera, un superministro de Hacienda europeo podría rechazar los presupuestos elaborados por un Gobierno nacional o enmendar los aprobados por las Cortes dictando qué combinación de impuestos sería la idónea.

El problema es que, todas esas propuestas para salvar el euro, las del corto y las de largo plazo, están fundamentadas en la eficacia pero abren importantes interrogantes sobre su legitimidad democrática e incluso, en algunos Estados miembros, sobre su constitucionalidad. Sea pues el recurso a corto plazo a los fondos de rescate para comprar deuda de los Estados en dificultades, fondos que están financiados con los impuestos de los ciudadanos europeos (incluidos los españoles), o bien el refuerzo de los poderes de control y supervisión de instituciones como el BCE y la Comisión Europea, los líderes son conscientes de que es necesario reflexionar con cuidado antes de aceptar sin más una salida de la crisis que incluya dar más poder todavía a organismos cuya legitimación es técnica y no política.

Eso explica la proliferación de referencias a la unión política que vemos estos días como exigencia previa para aceptar un nuevo, masivo y definitivo traslado de poder y competencias a la Unión Europea. Pero tal y como está planteada, esa unión política es tan débil conceptualmente y vaga en el contenido que difícilmente podrá convertirse en la clave de bóveda sobre la que se asiente la unión bancaria, fiscal y económica que nos permita salir de esta crisis más unidos y con más integración. Detrás de esa vaguedad se esconde una realidad que los líderes europeos no quieren enfrentar: la de que sus ideas sobre qué es una unión política y cómo se llega hasta ella son tan sumamente divergentes que difícilmente podrán alcanzar un acuerdo sobre ella, menos aún en un contexto como el actual. Mientras tanto, se espera que la invocación a la unión política tenga algún efecto balsámico sobre los mercados y la deuda. En la religión europea, la deuda se ha convertido en el tabú, el pecado, y la unión política en el tótem del que esperamos la salvación. Eso sí, la ventaja del pensamiento mágico es que permite creer en los milagros.

Publicado en la edición impresa del Diario El PAIS del 29 de junio de 2012

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Bomberos, arquitectos y piromános

29 junio, 2012

Esta crisis es un juego a tres bandas entre bomberos, arquitectos y pirómanos. El objetivo de los bomberos es apagar las llamas, evitar el contagio y llevar el barco a puerto, todo ello sin preocuparse mucho de qué aspecto tendrá el edificio una vez concluida la crisis ni de qué pensaran los inquilinos que lo habitan. A la hora de adoptar una solución, los bomberos se guían por la efectividad: ¿taponará la brecha? ¿servirá de cortafuegos? ¿salvará vidas? Un bombero tiene que saber trabajar bajo presión y, en lugar de lamentarse por la falta de instrumentos o planes de contingencia, saber improvisar una solución recurriendo a lo primero que tenga mano. A los bomberos no les importa construir una explicación, rendir cuentas ni como se dice hoy, construir un relato. Su relato son los hechos: había un problema y se ha solucionado.

Los arquitectos, por el contrario, necesitan calcular hasta el último detalle, no dejando nada a la improvisación, que es su peor enemiga. Quieren diseñar sus edificios con tiempo, prever todas las alternativas, saber exactamente qué presupuesto tienen, qué peso soportará, qué función cumplirá y quién lo usará. También quieren planes de emergencia, rutas de evacuación y un programa de mantenimiento con revisiones periódicas. Si algo les aterra es un cliente indeciso, que no sabe lo que quiere ni para qué lo quiere.

Finalmente están los pirómanos. En esta crisis los hay de tres tipos: los desequilibrados que encuentran satisfacción en ver las cosas arder; los que actúan de mala fe esperando obtener un beneficio económico; y los que con su comportamiento negligente provocan los incendios, no hacen nada para detenerlos o impiden las tareas de extinción.

Ahora trasladen esta discusión al ámbito europeo y entenderán dónde estamos atascados desde hace cuatro años. La crisis ha demostrado que el euro tiene un problema de diseño. Se diseñó para el buen tiempo, dejando para más adelante los mecanismos para gobernarlo con mal tiempo. Ahora, aquello parece una imprudencia, pero entonces fue fácil de justificar. La unificación alemana generó las condiciones para crearlo, pero también presionó para botar el euro sin acompañarlo de una unión bancaria o fiscal que garantizara su flotabilidad en caso de tormenta. Sus promotores pensaron, pese a las advertencias de los arquitectos, que el euro crearía las condiciones para su propia sostenibilidad y que, en cualquier caso, los problemas se podrían arreglar posteriormente.

Así pues, el euro no sólo nació con importantes carencias en su diseño sino sin un sistema contra-incendios ni una brigada de bomberos que lo respaldara. Por eso, cuando ha tenido que hacer frente al primer incendio ha sido incapaz de encontrar los mecanismos para contenerlo y evitar su expansión. Tan grave como los errores de diseño ha sido la aparición de los pirómanos: unos porque han retomado ahora la batalla que entonces perdieron para impedir que naciera el euro; otros porque han hecho del hundimiento del euro un fantástico negocio y otros porque están tan ciegos de prejuicios morales que se niegan a prestar los extintores para que los bomberos lo apaguen hasta qué no se dilucide si los inquilinos fueron negligentes, tenían la póliza al corriente de pago o disponen de recursos para pagar los costes de la extinción.

Para salir de la crisis, los arquitectos propone completar el edificio de una vez por todas, y hacerlo bien, con tiempo, sin chapuzas ni improvisaciones. Para que el euro funcione, dice la jefa de arquitectos, Angela Merkel, se requiere una unión política que merezca tal nombre, es decir, un gobierno político y económico de ámbito europeo que goce de capacidad y legitimidad suficiente para gobernar de forma transparente y responsable ante los ciudadanos europeos. Para los bomberos como Mariano Rajoy, el plan es exactamente el inverso: improvisar una herramienta que apague el incendio bancario y fiscal que está a punto de consumir su mandato y desembocar en la intervención completa del país. Si la diseñaran los arquitectos, la unión bancaria que apagaría este fuego tendría mecanismos de supervisión, regulación e intervención europeos y, sobre todo, una garantía de depósitos de ámbito europeo nutrida por los propios bancos. Pero la unión bancaria que proponen los bomberos es, otra vez, incompleta, probablemente no muy eficiente y, sobre todo, estéticamente deplorable. Una inyección de capital a los bancos se parecería más al horrible sarcófago de cemento que cubre el reactor de Chernobyl: no tenía porque estar allí ni tener ese aspecto. Peor aún, esa unión bancaria, además de fea, será política y moralmente cuestionable puesto que significará que unos ciudadanos europeos se harán cargo de las deudas de otros sin que se les haya consultado. Pero servirá su propósito, dicen los bomberos: evitar que el núcleo del euro entre en fusión, afectando a todos. En esto estamos: mientras bomberos y arquitectos andan gritándose, los pirómanos les llevan la delantera.

Publicado en la edición impresa del Diario El PAIS el 21 de junio de 2012

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Castigos colectivos

29 junio, 2012

Hay algo profundamente inquietante en las discusiones sobre Grecia: la sospecha de que las decisiones sobre su futuro se van a tomar basándose en ese prejuicio sobre los pueblos, su historia y el carácter nacional que se resume en la frase: “Los pueblos tienen los Gobiernos que se merecen”, es decir, en el convencimiento de que los griegos, no sus instituciones ni sus políticas, sino ellos mismos, son irrecuperables y que, por tanto, deben abandonar el euro. Ese sentimiento es predominante en Alemania, lo que no deja de resultar una paradoja ya que si en algún lugar de Europa se está plenamente legitimado para hablar de lo absurdo de los prejuicios sobre el carácter nacional y demostrar sobradamente cómo un pueblo entero puede sobrevivir al pasado y apartarse de los determinismos históricos, ese lugar es precisamente Alemania.

La Primera Guerra Mundial produjo unos 15 millones de muertos, entre militares y civiles. Alemania comenzó la guerra, y por ello fue sometida a un estricto régimen de reparaciones. Ese régimen era justo y legítimo, pues la responsabilidad por el comienzo de la guerra y la devastación que produjo fue claramente alemana. Sin embargo, la severidad de las exigencias que se impusieron a Alemania chocó con dos obstáculos: uno, práctico, pues como Keynes avisaría y la realidad demostraría, las indemnizaciones arruinaron la economía alemana y crearon el caldo de cultivo psicológico y material para el triunfo del nazismo. El otro obstáculo era de orden moral, pues aunque desde el punto de vista del derecho internacional la responsabilidad del Estado no se extingue con el cambio de régimen o de Gobierno, la abdicación del káiser y el paso a la República significaba que la joven democracia alemana tendría que pagar por el militarismo del imperio y su élite aristocrática e industrial.

El debate sobre las reparaciones y la culpabilidad colectiva se reanudó al acabar la Segunda Guerra Mundial, donde murieron entre 50 y 60 millones de personas, una vez más en un conflicto originado en el irredentismo alemán. Aunque fueron los menos, hubo quienes propusieron volver a exigir estrictas reparaciones a Alemania y también quienes abogaron por cercenar definitivamente sus posibilidades de recuperación económica para que nunca volviera a convertirse en una potencia. Detrás de esas propuestas había un argumento muy claro: la causa de las dos guerras mundiales no se encontraba en el militarismo del Káiser, ni tampoco en la hábil manipulación que Hitler y sus secuaces hicieron de los miedos de los alemanes corrientes en un contexto de aguda crisis económica y social, sino sencilla y llanamente en el militarismo de, precisamente, los alemanes corrientes.

Un argumento polémico y para una polémica que todavía pervive en la historiografía, donde algunos sostienen que es imposible explicar el Tercer Reich sin recurrir, por incómodo que parezca, a la necesaria, voluntaria y entusiasta colaboración con el nazismo de decenas de miles de alemanes. No es ese, sin embargo, el camino que tomaron los Aliados, que decidieron, sabiamente, acotar las responsabilidades del nazismo en sus dirigentes, imputando a 4.850 personas, de las cuales solo 611 fueron acusadas y juzgadas. Por un lado, se juzgó a los 24 líderes más relevantes, de los cuales 11 recibieron condenas a muerte. Y en una serie de juicios paralelos se juzgó a una serie de personas (médicos, abogados, industriales, militares, etcétera) cuyas actuaciones individuales fueron constitutivas de delito.

Una vez acotadas esas responsabilidades, no solo se permitió a Alemania recuperarse, sino que Estados Unidos cooperó activamente en su despegue económico y garantizó su seguridad durante decenas de años. Qué mejor prueba de que los alemanes no eran unos militaristas incurables que debían vivir permanentemente sometidos que la Alemania de hoy, incapaz de asumir compromisos militares en el extranjero ni siquiera, como se demostró en el caso de Libia, contando con el visto bueno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y qué mejor manera de demostrar que la pulsión de poder y hegemonía no corre por las venas de los alemanes que el rechazo de Angela Merkel a liderar una unión política en el ámbito europeo pese a las reiteradas peticiones que recibe. Aunque para algunos, detrás de toda esta crisis del euro se esconda la vieja Alemania con pretensiones hegemónicas, la impresión que transmite Merkel es totalmente la contraria: más que pagar por dominar Europa, estaría dispuesta a pagar porque la dejaran en paz. Si una frustración esconde esta Alemania no es la del poder, sino la de que le fuercen a un liderazgo que no quiere.

Si como está previsto, las elecciones griegas de este domingo abren una nueva etapa política, Alemania tendrá que hacerse la misma pregunta que los Aliados se hicieron en 1945: ¿es justo y legítimo, aunque sea legal, que todo un pueblo pague por los errores de sus dirigentes? ¿O son todos culpables y por tanto deben ser castigados?

 Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el  15 de junio de 2012

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Una Europa sin ideas

29 junio, 2012

Europa siempre ha presumido de intelectuales y, paralelamente, tendido a mirar por encima del hombro a los estadounidenses. En la imaginación de muchos europeos, nosotros somos los griegos, inteligentes, cultos y refinados pero sin poder, y ellos son los romanos, buena gente con mucho poder pero un poco brutos. La conclusión, tan simplista como su supuesto de partida, es que con nuestras ideas y su fuerza, Europa y Estados Unidos podrían hacer un montón de cosas. Con razón, este sentimiento de superioridad europeo es algo que siempre ha fastidiado mucho a nuestros amigos norteamericanos. Como espetó con bastante sorna un estadounidense a un europeo en una discusión a la que asistí: “¿si nosotros somos tan tontos y vosotros tan listos, cómo es posible que llevemos casi 70 años en la cúspide del poder mundial y vosotros sigáis siendo una mera sombra de lo que erais?”

La discusión sobre el poder de Estados Unidos es muy interesante y tiene muchísimos ángulos desde el que abordarlo. Pero más interesante aún resulta discutir sobre la supuesta superioridad intelectual europea y constatar que también en el ámbito de las ideas hay una muy visible supremacía estadounidense.

Como ha señalado el también columnista de este diario, Moisés Naím en una reunión de think tanks o centros de pensamiento de países del G-20 que se ha celebrado esta semana en Filadelfia, pese a la aparición de nuevas potencias y el supuesto declive de Estados Unidos, las ideas de las potencias emergentes no aparecen por ninguna parte o no tiene carácter y relevancia global. China se ha lanzado al mundo bajo la etiqueta de “ascenso pacífico”, pero es un concepto local, no un concepto que ayude a los demás a entender el mundo en el que vivimos, y tampoco uno que desafíe la hegemonía estadounidense. Lo mismo con Rusia y su discurso sobre la soberanía y la no injerencia, que describe las líneas rojas que Moscú quiere situar en el mundo más que un mundo en el que los demás nos podamos reconocer. Y tampoco, desgraciadamente, los emergentes democráticos (Brasil, India, Turquía, Indonesia, Suráfrica) tienen mucho que ofrecernos en este sentido. El mundo cambia vertiginosamente, pero estamos huérfanos de ideas que lo expliquen.

La retahíla de libros influyentes ofrecida por Naím es reveladora: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington; El fin de la historia, de Francis Fukuyama; El poder blando, de Joseph Nye; La vuelta a un mundo plano de Tom Friedman; El auge del resto, de Fareed Zakaria; El retorno de la historia y el fin de los sueños, de Robert Kagan; La anarquía que viene, de Robert Kaplan; el caso es que los europeos, y por extensión el resto del mundo, discuten sobre ideas que han surgido en Estados Unidos, no sobre las que ellos han producido.

Algo parecido pasa en Europa, que se enfrenta a una crisis existencial pero no tiene nadie que la cuente. Con razón, el libro del Premio Nobel y columnista del New York Times, Paul Krugman (¡Acabad ya con esta crisis!), se ha convertido en un superventas: está muy bien escrito y contiene la combinación idónea de datos, análisis y argumentos. Pero su capítulo sobre la crisis del euro no dice nada que un europeo no hubiera podido decir y que en el fondo no sepamos ya. Ese éxito se debe a la combinación del rigor académico de un premio Nobel; el estilo directo y sencillo del periodista aprendido de la presencia constante en los medios de comunicación y redes sociales y la fuerza de su compromiso político.

Enfrente de Krugman, poco o nada, pues Alemania, junto con otros, ha impuesto una visión de la crisis basada en la indisciplina fiscal como causa, la austeridad como salida y una Europa de pequeños pasos como método pero no se ha molestado en contársela a los europeos de una forma atractiva y convincente. Y como muestra el batiburrillo de ideas sobre crecimiento, eurobonos y unión política, tampoco es que las cosas estén muy claras en el campo contrario. Quienes sí parecen tenerlo claro son aquellos situados en los extremos porque en el fondo, tanto las apelaciones xenófobas de Thilo Sarrazin (¿Por qué Alemania no necesita el euro?) como la utopía globofóbica francesa (Votad la desglobalización, de Arnaud Montebourg) no son sin dos caras de la misma moneda particularista y nacionalista, de derechas o de izquierdas. Extrañamente, Europa puede estar tanto al borde de la desintegración como ante el comienzo de un verdadera unión política. Pero sin embargo, las ideas que van a estructurar uno u otro acontecimiento no están encima de la mesa. ¿Por qué?

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 8 de junio de 2012 

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Un duro golpe psicológico

29 junio, 2012

Finalmente ha llegado el rescate. Aunque los acontecimientos de las últimas semanas lo hacían esperable, su confirmación se recibe con algo de incredulidad. La intervención es un golpe psicológico que marca un hito en la historia de nuestras relaciones con Europa. En un país donde la identidad nacional y los sentimientos de autoestima colectiva han estado siempre muy estrechamente vinculados con los logros alcanzados en el ámbito europeo, cuesta creer que hayamos llegado hasta aquí. Entender cómo y por qué y qué ocurrirá a partir de ahora resulta imprescindible.

En primer lugar, hay razones de fondo que hacían la intervención inevitable. Primero, la situación del sistema financiero, que ha demostrado requerir una inyección de fondos muy superior a lo que España podría afrontar por sí misma. Segundo, la inestabilidad en los mercados de deuda, visible en el alza sostenida de la prima de riesgo, que elevaba hasta lo inasumible los costes de financiación de nuestra economía. Y tercero, las débiles perspectivas de empleo y crecimiento, que hacen muy difícil que España pueda cumplir con los plazos de reducción de déficit pactados, lo que obligaría a una nueva ronda de recortes y reformas estructurales.

Además de las razones objetivas, es innegable que la pésima gestión de la reforma financiera por parte del Gobierno ha contribuido a desencadenar el rescate. Por un lado, ha habido y sigue habiendo errores de comunicación y coordinación evidentes. Como se ha demostrado en estos meses, ignorar que la arena política nacional y la europea son inseparables y que lo que se dice y hace en el ámbito nacional aplicando una lógica partidista tiene una repercusión inmediata fuera de nuestras fronteras puede tener un coste muy elevado. Dado que estamos ante una crisis de confianza, europea y nacional, saber reconciliar los mensajes que se trasmiten a los ciudadanos con los que se lanzan a los Gobiernos e instituciones europeas, a los mercados y a los medios de comunicación internacionales, es tan importante como cualquier medida política práctica que se pueda adoptar.

Por otro lado, es indudable que el presidente del Gobierno ha tardado demasiado en comenzar a hacer política europea. El desdén con el que Rajoy despachó en un primer momento los eurobonos y otras propuestas al calificarlos de “debates teóricos” demuestran lo que ha tardado en entender que esta crisis tiene una vertiente indudablemente española, pero que su dimensión europea es mucho más importante. La liquidez y la estabilidad financiera son esenciales para que las reformas estructurales puedan tener efecto, pero las reformas estructurales que Europa necesita son más profundas, más decisivas, más difíciles de conseguir y, por eso, requieren tanto o más tiempo de dedicación que las internas.

Tampoco es que hayan ayudado mucho los que, en esta tesitura, en lugar de apoyar la corrección de errores y el cambio hacia una política más activa en Europa, hayan venido recomendando al Gobierno que se plantara ante Bruselas, Berlín o el Banco Central Europeo y, apoyándose en los efectos negativos que para toda la eurozona tendría una intervención de España, se negara a aceptar la necesidad de ser rescatados. Desafiar o directamente chantajear a los socios cuya ayuda se requiere no era una táctica muy inteligente, máxime cuando las consecuencias de una intervención o de un choque entre Bruselas y Madrid se repartirían tan asimétricamente. Mejor y menos costoso sería reconocer que los bailes de cifras de déficit público y de la nacionalización de Bankia han erosionado la credibilidad del país y que lo que toca ahora es enmendar los errores, invertir más en coordinación y dedicar mucho más tiempo a construir la Europa que necesitamos para que todos salgamos reforzados de esta crisis.

Dicho esto, la intervención puede ser positiva en la medida que ayude a España a superar sus problemas financieros. Sin embargo, también entraña notables riesgos. El primero y más evidente es que venga acompañado de un paquete de profundas reformas estructurales. Son muchos los que fuera de España (e incluso dentro) vienen reclamando al Gobierno que aproveche la crisis para reducir el tamaño del sector público (despidiendo funcionarios) o que revierta la descentralización política y pase a asumir competencias de las Comunidades Autónomas. Tomar estas medidas, de muy profundo calado político y social, bajo la excusa de una imposición externa puede parecer un atajo tentador, pero podría abrir la espita de un descontento que en último extremo amenazaría la sostenibilidad de las reformas que el Gobierno tiene que emprender.

Aunque en diferentes grados, hemos visto en Grecia, Italia, Portugal e Irlanda que si un peligro encierra la intervención es que socave tanto la legitimidad como la eficacia del sistema político. La destrucción de los dos grandes partidos griegos del centro-derecha y el centro-izquierda como consecuencia de unos planes de ajuste económico que ignoran el entorno político y social en el que tienen que operar ofrecen un referente muy claro en este sentido. Precisamente porque la intervención representa un fracaso colectivo, es muy importante preservar las condiciones en las que pueda tener éxito y no agravar aún más nuestros problemas.

 Publicado en la edición impresa del Diario El PAIS el 10 de junio de 2012

Rescatar la democracia

4 junio, 2012

Desde que comenzara la crisis, nos hemos acostumbrado al lenguaje de reformas, recortes y ajustes. Sorprendentemente, sin embargo, hay una reforma ineludible que hemos pasado por alto pero que ni siquiera está en la agenda: la reforma de nuestro sistema democrático. Es cierto que una gran parte de la crisis actual se origina en la existencia de una Europa incompleta. Pero la crisis también ha puesto de manifiesto la existencia de una democracia defectuosa. Esto se refiere tanto a la falta de control y transparencia, evidente en el reguero de casos de corrupción que nos han salpicado en estos últimos años, como a la debilidad del Estado y sus instituciones, incapaces de resistirse a su captura y manipulación por parte de intereses sectoriales, sean estos de carácter privado, empresarial o partidista. Desconcertados por la rapidez con la que se suceden los acontecimientos en el día a día, estamos pasando por alto que la viabilidad de todas estas reformas requiere no sólo una mejora sustancial de las instituciones de gobernanza europea sino, como pone de manifiesto la larga lista de instituciones que han quedado en evidencia durante esta crisis, desde la monarquía a las comunidades autónomas, pasando por el poder judicial, un examen a fondo del funcionamiento de nuestro sistema político. Pensábamos que España se había europeizado profunda e irreversiblemente, pero ahora descubrimos cuánto había de ficción en ese proceso.

Al igual que los países del norte de Europa siguen estando a años luz de España en cuanto a su capacidad de combinar competitividad y justicia social, nuestro sistema político es incapaz tanto de emular los estándares de transparencia que allí se dan por hecho como de asegurar un reparto equitativo de las cargas y las responsabilidades derivadas de esta crisis. Pese a la profundidad y extensión de la crisis de nuestra democracia, su reforma no está en la agenda. ¿A qué se debe esta ausencia? Muchos de los problemas que padecemos hoy en día, desde los malos resultados de la descentralización territorial, la defectuosa regulación de sectores enteros de nuestra economía y, en definitiva, la falta de transparencia y control generalizada de todo lo público tienen una vertiente común: se originan en la conversión del Estado de derecho en un Estado de partidos, es decir, en el paso de un sistema en el que las leyes y los ciudadanos son los protagonistas de la política democrática en un marco de separación de poderes a un sistema en el que los actores principales son los partidos, la alternancia entre ellos el único objetivo de la contienda política y la fusión y confusión bajo sus directrices de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial la norma de funcionamiento en el día a día.

Se mire donde se mire a nuestras instituciones, los partidos han impuesto, primero, el reparto de puestos sobre la base de cuotas de poder y, a continuación, la ideologización de los procedimientos de toma de decisión. De esa manera, más que servir a los ciudadanos, dichas instituciones se han puesto al servicio de los partidos. El desenlace de Bankia es sumamente revelador de este problema. A pesar de las apariencias, su nacionalización no significa que el Estado se haga cargo de las pérdidas en las que incurrido un banco privado mal gestionado, sino la traslación a la sociedad de los costes de haber puesto en manos de partidos políticos y comunidades autónomas un poder financiero autónomo y opaco con el que sostener su poder político. Por tanto, más que ante un problema de regulación, bancaria estamos pues ante un fallo de autorregulación política.

Ahí reside la clave. Hasta la fecha, el sistema político ha depositado en sus gestores la responsabilidad de autorregularse. Como era previsible, estos han utilizado esta capacidad reguladora no para atarse, sino para emanciparse del control ciudadano. Esto explica por qué la reforma del sistema político es tan difícil de emprender y encuentra tantas resistencias: como los que deberían emprender esa reforma serían sus principales víctimas, los incentivos para llevarla a cabo son inexistentes. Postergar estas reformas es suicida pues al igual que los errores de diseño en la unión monetaria están complicando enormemente la salida de esta crisis por el lado europeo, las debilidades estructurales de nuestra democracia también están afectando muy negativamente la capacidad de sostenimiento de las reformas en el ámbito interno. Como muestra el caso griego, en la medida en la que la ciudadanía perciba que la clase política se exime a sí misma de reformas de calado equivalente a las que aplica a la ciudadanía, nos situaremos en un escenario de deslegitimación de la democracia muy preocupante. ¿Qué hacer? Redefinir los límites de la política partidista. Al igual que estamos redibujando los límites del Estado del Bienestar, es imperativo volver a decidir quién hace qué y cómo en nuestro sistema político. No se trata de erigir una tecnocracia sino de garantizar que cada institución recuperara su razón de ser democrática en un marco de transparencia y responsabilidad adecuado. Desde esta perspectiva, la refundación de la democracia española ni siquiera requeriría una reforma constitucional, sino la identificación y el rescate, una por una, de todas aquellas instituciones que en la actualidad viven asfixiadas bajo el peso sofocante de la política partidista.

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 1 de junio de 2012.

La hora más difícil de España

1 junio, 2012

España vive una de las horas más difíciles de su reciente historia. Atenazada por la pinza de desconfianza que se cierne tanto sobre su sector financiero como sobre sus finanzas públicas, intenta por todos los medios conjurar la perspectiva de una intervención exterior. Esa intervención sería doblemente negativa: además del importante golpe psicológico que supondría, es indudable que iría asociada a nuevos y más profundos sacrificios así como a la pérdida prácticamente completa del escaso margen de autonomía que en este momento le resta.

Seguramente habría que remontarse a algunos momentos clave de la transición española o de los primeros años de la democracia para encontrar una sensación similar de incertidumbre acerca del futuro. No se trata sólo la mala coyuntura económica, que en absoluto constituye una novedad: en los años ochenta, coincidiendo con las reformas estructurales que precedieron y siguieron a la adhesión a la Unión Europea, y posteriormente, en los años noventa, en paralelo a la crisis que siguió a la unificación alemana y la devaluación de la peseta, los españoles aprendieron a convivir con crisis de empleo y crecimiento. La diferencia no reside pues en la crisis, sino en su contexto, nacional y europeo pues, al contrario que ahora, aquellas reformas y ajustes estaban claramente enmarcadas en un contexto europeo propicio, sostenidas en una secuencia de acontecimientos comprensible para la ciudadanía y orientadas hacia un futuro claro e ilusionante.

Si la adhesión a la Unión Europea selló la transición democrática y la normalización internacional de nuestro país, la noticia de que España accedería a la unión monetaria junto con el grupo de países más avanzados de nuestro entorno elevó la siempre frágil autoestima nacional hasta tales extremos que algunos incluso se permitieron jugar con las fechas 1898-1998 para hablar del cierre de un siglo de decadencia y fracaso y la apertura de un horizonte radicalmente distinto. Debido a ello, incluso en los peores momentos de dichas crisis nuestro país mantuvo un sentido de dirección comprensible y un horizonte de salida claro e incluso ambicioso. Todo ello contribuyó a consolidar entre la ciudadanía una cultura de reformas, es decir, el convencimiento de que las reformas permitían ganar un futuro mejor para todos.

Nada de eso ocurre ahora, cuando la pérdida de confianza interior y exterior y la falta de un horizonte nacional y europeo son las principales características de la crisis. Quizá por esa razón esta sea la primera crisis en la que muchos españoles no piensan en un futuro mejor sino simplemente en recuperar su pasado inmediato y los niveles de vida que ya han conocido, lo que marca una importante distancia psicológica con respecto a otros momentos de la vida política española. Esto es evidente tanto interna como externamente.

Internamente, la crisis ha expuesto un país recorrido por múltiples grietas. Al desbocamiento del paro y al estancamiento económico hay que añadir las sombras que, una tras otra, han ido alcanzando a las principales instituciones del país. La monarquía, los partidos políticos, el poder judicial, el banco de España, las comunidades autónomas, los entes locales o el sistema financiero; da la impresión de que ninguna de estas instituciones clave, algunas de las cuales han sido y son la clave de bóveda del régimen democrático alumbrado por la Constitución de 1978, ha escapado del desgaste y pérdida de confianza ciudadana.

Ese desgaste en eficacia y legitimidad añade un elemento de incertidumbre adicional ya que hace inevitable cuestionarse hasta qué punto la superación de esta crisis exige un revisión en profundidad, incluso una refundación, de algunas de estas instituciones y, lo que es más importante, las relaciones entre ellas, caracterizadas más por la colusión de intereses, la falta de transparencia y la muy reducida capacidad de control ciudadano que por la eficacia política y democrática. Despreciar el 15-M o fijarse en sus aspectos más atrabiliarios es un error pues ese movimiento no es revolucionario sino profundamente democrático y, si se quiere, incluso conservador ya que su mensaje central es tan sencillo y verdadero como que esta democracia no funciona como dice que funciona ni tampoco como debería funcionar.

Una decepción parecida ha podido experimentarse en el ámbito europeo. La España democrática y la integración europea han sido y son dos caras de la misma moneda. Al igual que no podemos entender nuestra reciente experiencia democrática sin pasar por Europa, sus instituciones y sus políticas, tampoco podemos tomar decisiones clave ni pensar sobre nuestro futuro como españoles sin hacerlo en clave europea. Pero ahora, en un país donde el interés europeo y el interés nacional han sido indistinguibles, al fallo de un país se suma el fallo de Europa. Como ha señalado François Hollande, se trata de una Europa “dañada”, de una Europa polarizada, debilitada y falta de liderazgo, una Europa de la cual todo el mundo se ha querido servir, pero a la cual nadie ha querido, podido o sabido servir adecuadamente.

Llegada la hora de la verdad, Europa se ha traicionado a sí misma y a sus principios: donde debiera haber prevalecido una lógica europea y de proyecto en común se ha impuesto una lógica basada en los intereses nacionales, en las identidades y en los particularismos. Grecia ha sido y es la prueba evidente de todo esto: la irresponsabilidad de las élites griegas y la falta de liderazgo de las élites europeas ha generado un círculo vicioso que conduce directamente hacia la desintegración y la ruptura. No es de extrañar por tanto que en toda Europa recojamos una cada vez mayor desafección ciudadana hacia un proyecto que se encuentra paralizado por la acumulación de una serie desequilibrios políticos, económicos e institucionales que amenazan su continuidad.

Es la confluencia de estas debilidades nacionales y europeas la que explica por qué está costando tanto salir de la crisis y por qué la incertidumbre es tan elevada. Como el propio gobierno y las instituciones europeas están experimentando día tras día, salir de esta crisis no sólo requiere identificar las políticas adecuadas, sino decidir hasta qué punto los actuales diseños institucionales actuales son parte del problema o parte de la solución. Así, de la misma manera que existe una duda razonable sobre si la actual configuración del sistema autonómico es un obstáculo o un activo para la superación de la crisis, en el ámbito europeo también está muy extendido el convencimiento de que la crisis se debe a un diseño institucional erróneo de la unión monetaria, que ha cebado los desequilibrios económicos que nos han traído hasta aquí. No es por casualidad que en ambos niveles, el europeo y el nacional, estemos hablando del alcance de la descentralización, las competencias, la fiscalidad, la autoridad y la legitimidad política: tanto la democracia nacional como el sistema político europeo están sometidos a fuertes tensiones, tensiones que deben ser adecuadamente resueltas si lo que se quiere es generar confianza.

Es hoy evidente que no saldremos de esta crisis solo con más y mejores políticas, ni en el ámbito nacional ni el europeo, sino con nuevas, renovadas o reforzadas instituciones a todos los niveles. Antes de usar Europa, la debemos reparar, lo que nos obliga a pensar y en actuar en dos niveles al mismo tiempo. Lo mismo ocurre en el contexto estrictamente nacional. En España y en Europa debemos reconstruir las instituciones y la confianza pues es evidente que con los diseños institucionales actuales y las actuales relaciones de poder no saldremos de ella. Paradójicamente, esto permite tener confianza en el futuro: en España y en Europa esta crisis es política, luego su solución está en la política y, por tanto, al alcance de la mano. ¿Voluntarismo? Sí, eso es exactamente lo que necesitamos, en España y en Europa.

Publicado el 31 de mayo en la edición impresa de El PAIS. Suplemento especial sobre Europa.

El efecto coyote

1 junio, 2012

Como todo el mundo sabe, en el popular Correcaminos los problemas del coyote no empiezan cuando la carretera acaba y se queda suspendido en el vacío. El coyote sabe que hay un precipicio, pero también sabe que solo caerá cuando mire hacia abajo. Por tanto, si consigue evitar la tentación de mirar, no caerá; incluso podrá retroceder y volver a zona segura. La paradoja de la situación que define el efecto coyote es que, a veces, para sobrevivir hay que negar la realidad cuantas veces sean necesario.

Esta es la situación en la que se encuentra Europa y, por extensión, España. Tras tres años de medias y tardías respuestas, siempre desmentidas al minuto siguiente por los acontecimientos, todos los actores en este juego, Gobiernos, mercados y ciudadanos, han llegado al convencimiento de que la eurozona está suspendida sobre el vacío. Si no quieren mirar hacia abajo es porque saben perfectamente tanto lo que encontrarán como lo poco que les gustará.

Allá abajo verán, en primer lugar, una moneda común que ha demostrado serlo solo en apariencia. Si fuera una moneda común, tendría los atributos que normalmente tienen las monedas: un Banco Central que actuara como prestamista de última instancia y que estuviera dispuesto a intervenir ilimitadamente en el mercado para respaldar esa moneda, fuera vía los tipos de interés, mediante compras de deuda o sencillamente dándole a la máquina de imprimir billetes. Si esa moneda común fuera tal, también tendría una política fiscal y un presupuesto común dotado de los suficientes recursos como para prevenir y atajar las crisis, incluyendo un mecanismo común para resolver las crisis bancarias y, en definitiva, el respaldo de un verdadero Gobierno económico europeo.

Nada de eso encontraremos si miramos hacia abajo: si lo hiciéramos, lo que en realidad nos encontraríamos es un sistema de tipo de cambios fijos extremadamente rígido que, no solo carece de mecanismos colectivos para corregir desequilibrios y atajar las crisis, sino que tiene como principal objetivo contener los problemas de deuda, privada o pública, en el ámbito nacional, aunque, como muestra el caso de España, generen un círculo vicioso y una dinámica insostenible que lleve a que sus miembros caigan uno detrás de otro.

El Gobierno es consciente de la situación y sabe que España está suspendida en el vacío. Cómo hemos llegado hasta aquí da un poco igual: probablemente haya partes iguales de ingenuidad, inexperiencia, exceso de fe europeísta, dogmatismo ideológico, soberbia y puro y simple desbordamiento por acontecimientos imprevistos, nada en definitiva que no sea recurrente en la política y común entre los seres humanos. El plan original del Gobierno, hacer un ajuste rápido y duro y ganar la confianza de los mercados, se parecía demasiado al puesto en marcha por el Partido Popular al llegar al Gobierno en 1996. El problema es que ahora las circunstancias son radicalmente distintas ya que en lugar de un contexto europeo favorable, tenemos uno completamente adverso. Eso explica que el Gobierno haya tardado meses en salir al ruedo europeo: en el planteamiento inicial, la secuencia era ajustar primero y hacer política europea después sobre la base de la credibilidad ganada. Ahora, la secuencia es más compleja, pues se es consciente de que sin política europea el ajuste no servirá de nada pero, a la vez, se descubre día a día que hacer esa política sin credibilidad ni plan alguno es tan imposible como frustrante.

La situación es desquiciada, pero no irreversible. Aunque parezca mentira, el coyote puede desandar el camino y volver a tierra segura. Y si puede hacerlo es porque en política, como en los dibujos animados, las leyes de la física se pueden manipular. En otras palabras, mientras que el saber técnico nos dice que de no cambiar las actuales circunstancias la zona euro muy probablemente se colapsará, el saber político nos dice que la zona euro no está inevitablemente condenada al colapso y que es posible salvarla. Claro que decirlo es más fácil que hacerlo, pues todo lo que necesitamos para salvar la eurozona es precisamente aquello que no podemos conseguir ya que Berlín se opone frontalmente.

Pero dejemos a un lado los reproches a Alemania. Ha llegado la hora de sincerarnos con Berlín y decirle que aunque reconocemos la solidaridad alemana, no es lo que necesitamos. Lo que necesitamos es el egoísmo ilustrado de Alemania, una visión de si esta unión les merece la pena a ellos, no a nosotros. Berlín tiene que hacer sus cuentas y decirnos bajo qué condiciones les compensa esta unión y hasta dónde está dispuesta a llegar. Luego ya decidiremos qué hacer. Así que mientras los alemanes deciden hasta dónde llega su sano egoísmo, intentaremos no mirar hacia abajo.

Publicado en la edición impresa de elpaís 1 de junio de 2012

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