Archive for 25 mayo 2012

El síndrome de Alabama

25 mayo, 2012

¿Han escuchado alguna vez a alguien en Estados Unidos pedir que los Estados pobres del sur abandonen la Unión porque suponen una carga intolerable? Pensémoslo por un momento. Ahí está Alabama: sus 4.800.000 habitantes representan apenas el 1,5% de la población de Estados Unidos (311 millones). Es uno de los Estados más pobres de la Unión: su renta per cápita es de 34.650 dólares, lo que le sitúa en el puesto 42º (Misuri cierra la lista en el puesto número 50). Más al norte está Massachusetts: con sus 53.621 dólares de renta per cápitaes el segundo Estado más rico de la Unión, solo por delante de Connecticut, que ocupa el puesto número uno.

Ahora pensemos en Grecia: 11.100.000 habitantes, que representan el 2,2% de la población de la Unión Europea (501,1 millones) o, alternativamente, el 3,3% de los habitantes de la eurozona (329,5 millones). Ambos, Grecia y Alemania, son más pobres que sus pares estadounidenses pues los griegos tienen una renta per cápita de 27.875 dólares, es decir, algo inferior a los habitantes de Alabama, y los alemanes una renta de 43.743 dólares, también inferior a la de los de Massachusetts. Así pues, tanto en lo que tiene que ver con el tamaño de población como con las diferencias de renta entre Estados, Estados Unidos y la eurozona tienen bastantes cosas en común: 311 versus 329 millones de habitantes, respectivamente, y una diferencia de riqueza entre alemanes y griegos exactamente igual a la que separa los habitantes de Massachusetts de los de Alabama (1,5 veces).

¿Y saben qué? Igual que hoy tenemos intervenida a Grecia, Alabama también fue intervenida en un momento de su historia. Pero no fue por razones económicas, sino por razones democráticas. Sí, Massachusetts siempre fue más exitoso económicamente que Alabama: el primero alberga la mejor universidad del mundo (Harvard), el segundo siempre fue un Estado pobre y dividido racialmente. Mientras que el primero representó la cuna de la aristocracia ilustrada estadounidense, el segundo fue un bastión del racismo institucionalizado. Hoy día, sin embargo, ambos Estados representan perfectamente los valores estadounidenses y el patrimonio común de una gran nación.

La diferencia de riqueza entre alemanes y griegos es igual a la que separa Massachusetts de Alabama

Fue en la capital de Alabama (Montgomery) donde en 1955 Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un blanco, lo que le valió un arresto que desencadenó un boicot a los transportes públicos del que emergió un líder llamado Martin Luther King llamado a erigirse en conciencia de toda una nación. Y sería precisamente un presidente de Estados Unidos licenciado en la aristocrática Harvard y estrechamente vinculado a Massachusetts (John F. Kennedy) el que en 1963 decidiera intervenir el Estado de Alabama poniendo bajo control federal a la guardia nacional para que escoltara a los estudiantes negros hasta el campus de la Universidad de Alabama donde un gobernador rebelde y racista de nombre George Wallace les impedía el acceso. Décadas más tarde, el acto de aquel católico blanco de Massachusetts (JFK) garantizando los derechos civiles permitiría al primer presidente negro (Obama) llegar a la Casa Blanca. Emocionante, ¿verdad? Así se construye una nación.

Ahora giremos la vista al patético espectáculo que vivimos en Europa, donde si todo sigue igual y nadie pone remedio, Grecia será expulsada del euro, generando no solo un shock económico de primer orden, sino un fracaso político cuyos daños serán irreparables. A largo plazo, la UE y los griegos se recuperarían económicamente de este fracaso. Lo que es dudoso es que el proyecto europeo, cuya divisa es “unida en la diversidad”, se recuperara políticamente de ese golpe. Antes de entrar en esta crisis, sabíamos que Europa no era una nación al uso ni aspiraba a serlo, también sabíamos que no queríamos (o no podíamos) construir un super-Estado. Pero por lo menos teníamos la esperanza de que las dificultades nos acercaran, no de que nos separaran, de que sirvieran para profundizar y completar nuestra unión, reforzar nuestros vínculos comunes y hacernos entender que en la fuerza está la unidad y que lo que nos une es más que lo que nos separa.

Pues no, contra todo pronóstico, esta crisis ha puesto en marcha tendencias centrífugas muy difíciles de detener que nos están separando progresivamente. El proyecto de integración europeo tiene muchos intangibles, elementos cuyo valor no podemos calcular, futuros llenos de posibilidades que ahora no podemos imaginar, y que por tanto no debemos sacrificar por meros cálculos contables. ¿Qué valen el blues, el jazz o el rock, las grandes aportaciones del sur de EE UU? ¿Qué vale la canción Sweet home Alabama? ¿Qué vale el Partenón y la cultura helena? ¿Cómo se cantaría en alemán “dulce hogar Grecia, donde el cielo es azul”? La Unión Europea no es EE UU, Alemania no es Massachusetts y Grecia no es Alabama. Nosotros nos lo perdemos.

Publicado en el Diario impreso (25/05/2012)

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La hora de la responsabilidad

18 mayo, 2012

Los líderes del G-8 se reúnen este fin de semana en Camp David. Allí estarán Angela Merkel, François Hollande, Mario Monti, Durão Barroso y Van Rompuy, responsables de gestionar este desaguisado político y financiero en el que se ha convertido la eurozona. Uno de los asuntos centrales será la crisis europea, que preocupa mucho. Y no tanto porque el presidente Obama o el primer ministro David Cameron sean entusiastas de la construcción europea, sino porque la eurozona es el principal socio comercial tanto de EE UU como de Reino Unido.

Obama quiso desde el principio de su mandato volcar a EE UU hacia el Pacífico y no ocultó su falta de paciencia con el bizantinismo y las complicaciones institucionales típicamente europeas. Ahora, hay gran preocupación allí porque la crisis de la eurozona pueda convertirse en el factor que descarrile la frágil recuperación económica estadounidense y, de paso, mandar a Obama a su casa en las elecciones de noviembre de este año. Es por ello previsible que exija explicaciones sobre las medidas que van a tomar para evitar que una eventual salida de Grecia provoque una nueva crisis financiera global.

Agazapado detrás de Obama estará el primer ministro británico, David Cameron, que, secundado por el gobernador del Banco de Inglaterra, sir Mervin King, también ha expresado públicamente su preocupación porque la inestabilidad europea acabe dañando gravemente la muy debilitada economía británica. Cameron ha hecho trizas la tradicional política británica hacia la Unión Europea, antiguamente llena de sutilezas y consideraciones pragmáticas, dando alas a las visiones más nacionalistas e ideológicas que pueblan en las filas de los conservadores británicos. Ahora, sus políticas de recortes han provocado una segunda recesión, que puede ser ahora agravada por la decisión que tomen los líderes que se sientan en una mesa, la de la eurozona, de la que Reino Unido ha decidido voluntariamente no ser parte en aras de preservar su supuesta soberanía.

Así pues, doble ración de paradojas del destino. Pese a su popularidad en Europa, incluso mayor que en EE UU, Obama puede ver su presidencia en riesgo por lo que ocurra en las elecciones griegas del 17 de junio, que de seguir las cosas así van a ser seguidas en la Casa Blanca con el mismo o mayor interés que las primarias republicanas. Visto desde Washington o Londres, lo inquietante debe ser cómo, mientras se ve el suelo europeo moverse bajo los pies de los líderes de la eurozona, estos se dedican a jugar un póquer bastante caótico con Grecia, formulando amenazas que no se sabe si están dispuestos a cumplir, retirándolas a continuación, especulando con escenarios cuyos costes se desconocen y, sobre todo, careciendo de plan alguno para gestionar nada de lo que verbalizan o insinúan.

Por su parte, el líder de la coalición Syriza, Alexis Tsipras, parece estar encantado con el planteamiento táctico que le ofrecen desde fuera: si su objetivo es dinamitar el sistema de partidos tradicional y establecer una nueva correlación de fuerzas, un Gobierno de salvación nacional sería un Gobierno de salvación de los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha (el Pasok y Nueva Democracia) mientras que unas nuevas elecciones le permiten vislumbrar la posibilidad de hacerse con el poder sin necesidad de pactar con los viejos y agotados partidos.

Solo el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, ha percibido con claridad que la estrategia de amedrentamiento público seguida estos días, a la cabeza de la cual se ha situado muy imprudentemente el presidente de la Comisión, Barroso, no solo es impropia, sino contraproducente, ya que incentiva a los griegos a votar basándose en emociones (el miedo o, alternativamente, el orgullo) en lugar de en consideración de sus intereses. En estas circunstancias, el futuro de Grecia en el euro, y la onda expansiva que generaría su salida quedan sometidos, a un lado, a unas elecciones en Grecia que tendrán bastante de emocionales, a otro, a las incertidumbres generadas por el hecho evidente de que los líderes europeos carecen de plan alguno para gestionar el proceso de salida y, menos aún, sus consecuencias legales, políticas y económicas. Esperemos que, una vez expuestos por Obama en Camp David a su propia insensatez y cortoplacismo, estos líderes puedan tomar un poco de perspectiva y entender la enorme responsabilidad histórica a la que se enfrentan. Ni el miedo ni las amenazas son la vía para salvar esta maltrecha Europa.

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Publicado en el Diario El PAIS el 18 de mayo de 2012

Europa sin Grecia

11 mayo, 2012

Esta Europa no da un respiro, como si odiara la previsibilidad que durante tantas décadas hizo que la gente no le prestara la más mínima atención. Apenas unos días después de que la victoria de Hollande en Francia abriera una rendija de esperanza, nos encontramos de bruces con los dos problemas que definen esta crisis. Por un lado, la fragilidad de los sistemas políticos, que como vemos en Grecia se autodestruyen en el empeño de convencer a sus ciudadanos de que se sometan a una austeridad sin límite ni perspectiva y que sean ellos los que soporten en solitario el peso principal de la crisis. Por otro, como estamos viendo en España, la fragilidad de partes importantes del sistema financiero, fruto de una década de exceso de liquidez, mala gestión y peor supervisión. Esas dos fragilidades se suman y se retroalimentan llevándonos a una situación insostenible: en Grecia, porque la perspectiva de una renegociación de los términos del paquete de rescate supone situarse en el umbral de la salida del euro; en España, porque la condición absolutamente necesaria para que funcione esa combinación de reformas y recortes que constituye, hoy por hoy, la única agenda del gobierno es que tenga lugar en un marco de estabilidad financiera y confianza exterior.

Tanto para mantener a Grecia dentro del euro como para evitar que una eventual salida produjera una reacción en cadena que afectara a España, los gobiernos de la eurozona tendrían que tomar medidas de gran calado. Esas medidas deberían asegurar a los mercados bien que Grecia tiene un futuro dentro del euro o bien que su salida sería un hecho aislado. Pero como no ven a los líderes europeos levantando los cortafuegos necesarios, los mercados no se creen ninguna de esas afirmaciones. En ese pesimismo preocupante han empezado a coincidir muchos dentro de las instituciones europeas al percibir hasta qué punto Grecia y Alemania han llegado al límite de sus esfuerzos: a un lado, tenemos la fatiga de austeridad griega; a otro, la fatiga de solidaridad alemana.

Es imprescindible recuperar el aliento y tomar perspectiva: una salida de Grecia del euro sería un desastre de primera magnitud, para los griegos y para el resto de los miembros de la eurozona. Además del deterioro aún mayor en las condiciones de vida de los griegos, los partidos extremistas se harían todavía más fuertes. Aunque formalmente Grecia no saliera de la Unión Europea, su salida afectaría a todas las políticas en las que se basa su pertenencia a la UE, especialmente en lo referido al mercado interior por lo que, en la práctica, sería como una salida de la UE.

Las consecuencias serían también geopolíticas: precisamente cuando, después de una turbulenta historia, la UE intenta atraer a su seno a los Balcanes Occidentales y se dispone a admitir a Croacia, la salida de Grecia del euro abriría un nuevo frente de desgobierno y fracaso estatal en una región bastante complicada. Psicológicamente, los griegos identificarían el proyecto europeo con un fracaso por lo que, lógicamente, querrían alejarse de él. Para colmo, la deseuropeización de Grecia podría dar alas a las voces y fuerzas antioccidentales que históricamente han sido más fuertes en ese país que en otros vecinos del sur de Europa como España, Italia o Portugal, lo que podría tener repercusiones importantes en materia de seguridad, bien mediante un cuestionamiento de la pertenencia a la OTAN o vía un auge del nacionalismo y de las tensiones con Turquía y Macedonia.

Para el resto de Europa, las consecuencias no podrían ser peores. El eufemismo de moda (una salida controlada), esconde una esperanza bastante cínica de que los griegos fueran los únicos afectados. En la práctica, sin embargo, esa salida se produciría en el peor momento ya que Portugal, Italia y España están en el punto de máxima vulnerabilidad, pues los recortes han hecho el máximo daño, las reformas todavía no han tenido resultados y el paquete de crecimiento todavía no ha llegado a la mesa. En otras palabras, la salida de Grecia se produciría en el peor momento, que es precisamente aquél en el que su factor de contagio sería más alto y su probabilidad de aislamiento más bajo.

La Comisión Europea tiene en el cajón y está desempolvando a toda prisa la batería de medidas para estimular el crecimiento que podrían tener un importante impacto para introducir algo de esperanza en el horizonte. Se trataría de un cóctel donde se mezclarían fondos estructurales, préstamos del BEI y algo de flexibilidad en la aplicación de los objetivos de reducción del déficit. Pero con el ojo puesto en Grecia, el optimismo que ha sucedido a la victoria de Hollande y que ha hecho que en Bruselas se respire un aire completamente distinto tiene que convivir con una duda muy incómoda: ¿y si Hollande hubiera llegado demasiado tarde?

Publicado en la sección impresa del Diario ELPAIS el 11 de mayo de 2012

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Que hable la gente

4 mayo, 2012

Dicen los cronistas de la época que la brevedad y rotundidad del discurso de Abraham Lincoln en el cementerio de Gettysburg sorprendió a todo el mundo. Su predecesor en el uso de la palabra, que era considerado el mejor orador de su tiempo, empleó dos horas en pronunciar un discurso de 13.000 palabras, del cual no ha quedado nada. Pero para sorpresa del propio Lincoln, que aseveraría que “el mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí decimos”, su discurso de apenas 300 palabras, pronunciado en menos de tres minutos, pasaría a la historia por ser capaz de establecer de forma irreversible y en solo once palabras lo que es un gobierno democrático legítimo.

Esa definición de democracia que Lincoln acuñara en 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” no es retórica. Esta ahí, todavía hoy, en el artículo 2 de la Constitución de la V República Francesa que celebra elecciones presidenciales este domingo. Sí, detrás del francés, la bandera tricolor, la marsellesa y el lema de la República (“Libertad, igualdad y fraternidad”), la Constitución de 1958 establece como principio rector de la República la triple distinción formulada por Lincoln, en sus mismos términos. Gracias a Lincoln, cualquier persona tiene a su alcance una sencilla vara con la cual distinguir un gobierno democrático de otro que no lo es. Gobierno del pueblo porque este actúa en su nombre y representa su identidad y sus aspiraciones colectivas; gobierno por el pueblo porque son sus representantes elegidos en elecciones libres los que ejercen esa tarea; y gobierno para el pueblo, porque la tarea de esos representantes es servir y beneficiar a los ciudadanos, no servirse de ellos ni beneficiar solo a unos pocos.

Puede llamar la atención que Lincoln omitiera hablar de la transparencia y de la calidad del debate público como elementos centrales en una democracia. Al fin y al cabo, sin transparencia ni debate público la democracia es imposible pues la ciudadanía no puede saber si el gobierno opera en su nombre y beneficio. Sin embargo, es más que probable que Lincoln diera por obvia esa dimensión de la democracia ya que cuando él pronunciaba su discurso solo habían transcurrido 2.294 años desde que Pericles, también en otra famosa oración fúnebre (431 a.c.), estableciera una divisoria radical entre Atenas y sus enemigos en el hecho de “somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer”.

Honremos así a Grecia en sus horas más bajas por haber sido los griegos los primeros en entender que sin debate público no hay democracia y démonos cuenta de hasta qué punto la democracia se reivindica en las elecciones que tienen lugar este fin de semana en Francia, Grecia, también en Alemania (aunque regionales) y, no olvidemos, en Serbia. Entre las muchas malas noticias que vivimos estos días no se nos puede escapar una buena. De forma muy incipiente y muy fragmentada, también seguramente con un contenido muy frágil y seguramente reversible, estamos asistiendo estas últimas semanas a la emergencia de un espacio de debate público en el ámbito europeo.

Paradójicamente, el debate está surgiendo donde menos lo esperaríamos. Los europeos nos hemos dotado de un Parlamento (Europeo) enormemente generoso consigo mismo. Sin embargo, hasta ahora se ha mostrado incapaz de generar el debate necesario para sostener esa esfera pública europea que tanto necesitamos, máxime durante esta crisis. Si no lo ha hecho, no ha sido por falta de voluntad, como atestiguan décadas de debates y experimentos institucionales, sino por falta de un poder real y efectivo. A fecha de hoy, ni la Comisión ni el Parlamento Europeo tienen poder ni legitimidad para imprimir un cambio de rumbo a la crisis.

Quien sí lo tiene es el Banco Central Europeo, una institución que necesita, para celebrar una sencilla reunión en Barcelona, la protección de 8.000 policías, el blindaje completo de una ciudad de más de un millón y medio de personas y la suspensión de los acuerdos de Schengen sobre la libre circulación de personas. No está mal para una institución pretendidamente técnica, no política, cuyo mandato formal se limita a controlar la inflación mediante la fijación de los tipos de interés. El vibrante debate entre Nicolas Sarkozy y François Hollande que vimos el miércoles por la noche deja claro que la democracia, pese a las dificultades que experimenta, es el único medio de generar la legitimidad que se necesita para salir de la crisis. Menos mal que, para consuelo de Pericles y Lincoln, el domingo, después de la reunión del BCE, le toca hablar a la gente.

Publicado en el Diario ELPAIS, edición impresa, el 4 de mayo de 2012

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