Archive for 30 marzo 2012

Dios en La Habana

30 marzo, 2012

Se dice que diplomacia papal es una de las más experimentadas del mundo. Sin embargo, a primera vista, resulta difícil entender que la visita del Papa a Cuba haya dejado tantos flancos abiertos para la crítica. Antes de pisar Cuba, el Arzobispo de La Habana autorizó el desalojo de los opositores que habían ocupado la Iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre, granjeándose con ello el reproche de muchos. Luego, la Iglesia quedó en evidencia por la negativa a aceptar una entrevista del Papa con las Damas de Blanco así como por el cerco y acoso policial a la oposición, todo ello mientras el Papa se reunía cordialmente con Fidel Castro. Para justificar esta decisión, el Arzobispado cubano se ha escudado en el estricto carácter pastoral de la visita. No obstante, el propio Papa ha alentado la confusión entre lo político y lo pastoral al calificar antes de su llegada al comunismo como un fracaso, unas declaraciones que en Cuba, nos han recordado los opositores, conllevan pena de cárcel.

Es comprensible, por tanto, que muchos observadores externos hayan quedado doblemente confundidos. Primero, por una definición de lo pastoral que no parece encajar nítidamente con los valores del humanismo cristiano. Esos valores, recordemos, están en la base del pensamiento democrático, lo que sin duda explica que sean los que con más facilidad hayan aglutinado e impelido a un sector significativo de la oposición cubana (y de otros países) durante todos estos años. Segundo, porque incluso dejando atrás las arenas movedizas de la óptica pastoral y adentrándose en el ámbito del análisis político, la confusión no se disipa sino que se acrecienta: comoquiera que el intento de despolitizar una visita de este calado carece de posibilidades de éxito, cabe preguntarse qué objetivos estrictamente políticos pueden haberse avanzado.

En este ámbito, el estrictamente político, muchos se han preguntado estos días si la visita debilita o fortalece al régimen cubano. Pero esta es la pregunta errónea, pues supone juzgar la visita desde las expectativas de la otra parte: indudablemente, el régimen cubano no aceptaría una visita que le debilitara, de ahí el acoso a la oposición y la negativa a permitir que se convierta en interlocutor. La pregunta correcta, a mi modo de ver, es si la visita refuerza o debilita a la Iglesia cubana, lo que indudablemente constituye el objetivo, declarado o no, de la visita papal, y en consecuencia, el estándar que debemos utilizar a la hora de evaluar el éxito o fracaso de la visita. Y aquí es donde volvemos a las arenas movedizas.

Hasta la fecha, la supervivencia de la Iglesia católica cubana ha dependido, precisamente, de su renuncia a disputar al régimen cubano el monopolio de la legitimidad ideológica y la identificación nacional, algo que la Iglesia polaca sí quiso, supo o simplemente pudo hacer. Por tanto, criticar a la Iglesia cubana por no disputar al régimen la legitimidad de gobernar ni querer convertirse en una iglesia nacional-patriótica no parece muy justo pues todo el mundo sabe cuál sería el resultado de un enfrentamiento con el régimen en campo abierto. Pero sobre todo, supone emplear una vara de medir algo desmemoriada. Al fin y al cabo, ¿no se encuentra España en una posición muy similar a la de Iglesia cubana, en el sentido de querer estar presente, ser influyente, acompañar los cambios pero sin enfrentarse nunca al régimen abiertamente?

Recordemos que en sus múltiples gestiones relativas a Cuba, el anterior ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, adoptó una posición de realismo político idéntica a la adoptada ahora por el Papa como Jefe de Estado pues nunca quiso, supo o pudo reunirse con las Damas de Blanco ni con nadie más de la oposición, prefiriendo adoptar un papel de mediador humanitario o, si se quiere, por cerrar la comparación, pastoral. Los intereses diplomáticos de España siempre prevalecieron sobre los valores del Gobierno de Rodríguez Zapatero, que raramente supo armonizar su potente discurso interior sobre la extensión de derechos con una política exterior que promoviera esos derechos para otros, especialmente en el ámbito político. Por tanto, al igual que España ha supeditado sistemáticamente sus comportamientos de hoy al deseo de ser influyente mañana, la Iglesia cubana, que está sobre el terreno, tiene motivos sobrados para hacerlo. Claro que podemos imaginar qué ocurriría si, por un minuto, ambos actores (la Iglesia y España) invirtieran sus lógicas de actuación y decidieran dejar de pensar en el futuro y se arriesgaran a ser valientes en el presente. Dada la increíble habilidad del régimen para retrasar una y otra vez el futuro, es una opción tentadora. No obstante, todo sabemos que se trata de un contrafáctico de imposible materialización. Por desgracia, los cubanos saben desde hace tiempo que nadie desde fuera ni desde arriba les va a traer su libertad sino que tendrán que ser ellos mismos los que la logren.

Publicado en elpais.com el 29 de marzo de 2012

Anuncios

Prisioneros del partido

23 marzo, 2012

En diciembre pasado fueron numerosos los analistas que señalaron que, dada la coincidencia de las elecciones estadounidenses con el relevo de la cúpula del poder en China, 2012 sería un año clave para la política mundial. Como se señala a menudo con ironía en el mundo de los analistas, predecir los acontecimientos, especialmente si se trata del futuro, es particularmente complicado. Bien, pues esta vez parece que no andaban muy desencaminados.

A un lado de este G-2 informal constituido por Estados y China que parece, si no gobernar el mundo, por lo menos determinar en gran medida su destino, sabemos de las dificultades de Obama para lograr su reelección y, también, de los problemas de Mitt Romney para asegurarse la candidatura republicana. Gracias a los medios de comunicación y al carácter democrático y abierto de la política estadounidense, vamos siendo informados puntualmente de qué posiciones adoptan los candidatos sobre los temas más relevantes, desde la reforma fiscal a la interrupción voluntaria de embarazo o la política internacional, quiénes los apoyan y financian y en qué contradicciones incurren.

Al otro lado del G-2, es decir, en China, las cosas no pueden ser más diferentes, y no pueden marcar mejor el contraste entre esos dos mundos tan absolutamente diferentes como condenados a entenderse. Allí, en lugar de “elecciones”, se celebran “selecciones”. La renovación de la cúpula comunista, en sí un gran mérito, tiene lugar mediante el procedimiento de cooptación entre las elites del partido. Hasta ahora, al igual que el auge de China se ha venido vistiendo de “ascenso pacífico” y “desarrollo armonioso”, el proceso de renovación del liderazgo se ha vendido como un proceso de deliberación colectivo basado en el principio de mérito y orientado a la búsqueda de la sabiduría colectiva.

Esa farsa ya estaba bastante en entredicho, no sólo por razones de sentido común, sino por la doble paradoja que supone que conozcamos antes de iniciarse el proceso quién va a ser el sustituto del actual presidente Hu Jintao y, al tiempo, por el hecho de que desconozcamos absolutamente todo sobre cuál es la visión política y programa del hombre (Xi Jinping) destinado a gobernar los destinos del segundo país más influyente de la tierra. No deja de ser asombroso que las decenas de artículos publicados sobre Xi Jinping coincidan en señalar que, pese a que conozcamos perfectamente su biografía, lo desconocemos todo sobre sus planes. Por tanto, frente a EEUU, donde estamos perfectamente acostumbrados a saber quiénes son los candidatos, pero no quién será el presidente, en China ocurre exactamente al revés: sabemos quién será el Presidente pero desconocemos quiénes eran los candidatos y con qué ideas ganaron la candidatura.

Es por esa razón que la defenestración la semana pasada de Bo Xilai, el populista secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) en Chongqing, uno de los candidatos al Comité Permanente del Politburó, el órgano que realmente gobierna China, hace tanto daño al régimen. Frente al ideal de desarrollo armónico y de gobierno basado en la deliberación, la caída en desgracia de Bo Xilai pone de manifiesto un viejo axioma de la política en los regímenes autoritarios: cuando suprimes la competición política entre partidos, la trasladas al partido único, y cuando la suprimes dentro del partido, la trasladas a la cúpula del partido, donde degenera en una lucha de facciones. En una declaración bastante explícita para lo que suele ser común allí, el primer ministro Wen Jiabao ha advertido de que sin reforma política las reformas económicas peligran, e incluso ha blandido la amenaza de una nueva revolución cultural.

Zhao Ziyang, secretario general del partido en tiempos de Tiananmen, cuenta en su libro, “Prisionero del Estado”, cómo en 1989 las elites del Partido dieron un golpe de estado, le expulsaron del poder y acabaron mandando a los tanques contra unos estudiantes desarmados que se manifestaban, paradoja, en memora de Hu Yaobang, otro secretario general del Partido defenestrado por su corte reformista. Por eso, aunque la advertencia y deseos de Wen Jiabao puedan ser sinceros y estén cargados de razón, su recomendación sobre la reforma política es sin duda inviable: él mismo, y su sucesor, Xi Jinping, son la prueba de que sólo aquellos que se disfrazan de tecnócratas, ocultan sus preferencias, flotan como los corchos y construyen el poder en la sombra llegan a la cúpula. Todos los demás, desde el ingenuo de Zhao Ziyang hasta el demagogo Bo Xilai, son la prueba de que el Partido sólo teme a una cosa: a sus divisiones internas, y que está dispuesto a todo con tal de sofocar cualquier atisbo de competición por el poder que no sea gestionada ordenadamente por los que ya detentan el poder. Las élites, y no sólo los chinos, son también prisioneros del partido. Por eso la reforma desde dentro es imposible.

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog de elpais.com Café Steiner.

Publicada en el Diario EL PAIS el 23/03/2012

 

Un presidente en apuros

16 marzo, 2012

Sabido es que la presidencia de la V República francesa es una institución peculiar: la elección directa, la extensión de los mandatos (antes 7 años, ahora 5) y las amplias prerrogativas del presidente (especialmente en materia de política exterior y de defensa) conceden a quien accede al cargo un extensísimo poder. Ese poder, convenientemente aliñado con las adecuadas dosis de pompa y gravedad republicana, convierte al presidente en una figura solemne cuya sombra se proyecta sobre Francia con tal intensidad que su legado queda indisolublemente unido a la identidad de Francia y de la República. Que se haya llegado a hablar de un “monarca electo” o de una “monarquía republicana” no es casualidad.

Desde fuera, esa simbiosis entre el presidente y la presidencia provoca cierta envidia, pero también, en ocasiones, un cierto sonrojo, como cuando De Gaulle abre sus memorias con una identificación tan completa entre él y Francia que casi roza el ridículo (“ha sido una constante en mi vida que cuando Francia ha estado mal, yo también me he sentido mal”), algo así como la versión francesa del “me duele España”. Pero sobrevolando los sentimentalismos y la cursilería con la que suele adornarse todo chovinismo, hay que reconocer la habilidad de los franceses para envolver el poder en un halo de autoridad y legitimidad tan sólido como duradero.

Y eso que, retrospectivamente, sabemos que los presidentes franceses no han sido ángeles (es más, algunos no se han acercado ni de lejos). La doble vida personal, las mentiras de Estado, el realismo sucio en política exterior, los ponzoñosos vínculos poscoloniales, las lagunas biográficas en torno al pasado y la corrupción al servicio del partido o la reelección han estado ahí, pero no han conseguido hacer mella en el molde presidencial. Por tanto, aunque puertas adentro las cosas fueran algo más turbias, puertas afuera, todos los presidentes de la República desde De Gaulle han encajado perfectamente en ese molde y han logrado investirse de la gravedad presidencial y encajar como un guante en la institución.

Y en esto llegó Nicolas Sarkozy. Un presidente de la República francesa capaz de llevar unas gafas Ray-Ban modelo años 60 y tomarse una hamburguesa con Obama en un restaurante con hule a cuadros rojos y blancos y un convoy de botes de kétchup y mostaza encima de la mesa. Un tipo duro sin ninguna pretensión de parecer un hombre cultivado ni elitista. Hay una anécdota sobre el primer verano del presidente Sarkozy que refleja perfectamente la difícil relación entre la presidencia y el presidente. La tradición exigía que el gabinete de prensa del presidente elaborara una nota especificando los planes de lectura del presidente, con un aditamento: Giscard, Mitterrand y Chirac no leían sino, como es natural en un presidente culto, “releían”; a Montesquieu a Malraux, lo que fuera, pero “releían”. En el caso de Sarkozy, aquello era directamente imposible, nadie se iba a creer que el nuevo presidente se iba a dedicar a la relectura de los clásicos durante el verano, menos a legar una biblioteca a los franceses, como hiciera Mitterrand. En fin, un presidente anómalo para una presidencia atípica.

Ese presidente altivo y marrullero se enfrenta ahora a una reelección plagada de dificultades. Como hizo Bush junior en 2004 para lograr su reelección, se ha puesto en manos de los brujos demoscópicos que le aseguran que la victoria vendrá de la mano de la polarización ideológica, de arrebatar la agenda xenófoba y derechista al nacional-lepenismo. Karl Rove allí, Henri Guaino y otros aquí, todos ofrecen despertar y cabalgar al tigre de los miedos, la soberanía y las identidades. El problema es, como están experimentando los republicanos en EE UU, que ese tigre no vuelve tan fácilmente a la jaula, se queda vigilando para garantizar que los que lo cabalgan no vuelven al centro político después de haberlo usado. Como dicen los estadounidenses, sacar la pasta de dientes del tubo es fácil, volverla a meter es directamente imposible. Por eso, tanto si gana como si pierde, el legado xenófobo de Sarkozy subsistirá, lo cual es motivo legítimo de preocupación, en Francia y en el resto de Europa.

Ese monarca republicano va ahora por detrás de las encuestas frente a François Hollande, un socialista nada estridente que espera capitalizar la falta de simpatía de Sarkozy. Desde luego que, si de lo que se trataba era de que los franceses amaran a su presidente, Sarkozy no lo pone fácil. Pero Hollande haría mal en confiarse: Sarko es de los que te pueden echar tierra en los ojos a un segundo de que suene la campana.

Publicado en elpais el 16 de marzo de 2012

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

El canario en la mina

9 marzo, 2012

Algo tiene que significar que, en poco más de dos meses, el Gobierno español, alumno modélico de la austeridad, las reformas y los recortes haya entrado en conflicto con la Comisión Europea e incomodado notablemente a Alemania, con quien está obligada a entenderse. Todo ello a cuenta del anuncio hecho por el Gobierno de que España no cumplirá el objetivo de déficit asignado para 2012.

La situación admite dos lecturas. Para la Comisión y otros, entre los que se encuentra Alemania, el anuncio debilita la credibilidad del Pacto Fiscal recientemente aprobado y pone en peligro los esfuerzos realizados para estabilizar la eurozona. Para España, sin embargo, el nuevo objetivo de déficit se fija desde la perspectiva exactamente contraria, pues percibe que, al menos en su caso particular, los mercados están más preocupados por las débiles perspectivas de crecimiento y empleo que por la sostenibilidad de las finanzas públicas a corto plazo. Traducido a términos más coloquiales, mientras que Alemania, la Comisión y otros piensan que el anuncio de España introduce más gas grisú en una mina ya peligrosamente saturada y a punto de explotar, otros piensan que España es, por el contrario, el canario en la mina que anuncia el peligro que se deriva de la falta de flexibilidad de unas reglas demasiados rígidas y que pretenden resolver de una única manera problemas que son distintos.

Recordemos que España, al contrario que Italia o Grecia, no ha tenido un problema de deuda pública, sino privada, ya que antes de la crisis sus finanzas públicas estaban en orden, incluso más saneadas que las de la propia Alemania. Y recordemos también que, al contrario de Italia o Grecia, donde el sistema político ha colapsado, dejando el poder en manos de tecnócratas, el sistema político español ha sido capaz de ofrecer una alternativa de gobierno y refrendarla con un amplio mandato ganado en las urnas. Así que, mientras que en el caso de Italia o Grecia, los inversores se asustaron por los altos niveles de deuda, la ausencia de reformas y la fragilidad de los sistemas políticos, en el caso de España, las preocupaciones son más bien distintas, ya que no se centran en la capacidad del gobierno de adoptar reformas (que dan por hecho), sino más bien en la capacidad de generar crecimiento, empleo, ganar competitividad y restaurar el normal funcionamiento del sistema financiero.

Como ironizan los diplomáticos, tener razón tiene dos partes: una, tener razón; y dos, más infrecuente, que te la den. No deja de ser revelador que en apoyo de España, un país cuya imagen internacional está sumamente baqueteada por la crisis económica, hayan salido dos de los comentaristas económicos internacionales más influyentes: Paul Krugman, de The New York Times, y Martin Wolf, de Financial Times. La diplomacia española, acostumbrada al desgaste en batallas numantinas que generalmente sólo ella entiende, se encuentra aquí, por fin, con una oportunidad que no suele darse sino cada pocos años.

Cierto que, cuando uno está con el agua al cuello no es el mejor momento para ponerse a pensar qué hará cuando la crisis pase. Pero en las actuales circunstancias esa visión de cómo queremos que sea Europa, y dentro de ella, qué España queremos construir y qué papel debe jugar no es un lujo o capricho sino la condición sin la cual no se saldrá de la crisis. No se trata de establecer alianzas contra Alemania o la Comisión, cosa que carecería de sentido, pero sí de poner mucha atención en cómo Mario Monti está mostrando que las reformas y los recortes, bien gestionados, generan legitimidad y, por tanto, una capacidad negociadora que se había perdido y que puede ser aprovechada para lograr cambiar los términos del debate actual sobre austeridad y estímulos hacia un plano más favorable a los intereses de España

Desde ese punto de vista, las referencias a la “soberanía” hechas por Rajoy para justificar su decisión marcan la línea argumental contraria a la que se debería adoptar. Sea lo que sea la soberanía, si de lo que se trata es de la capacidad de fijar los objetivos de déficit público para el año fiscal, es evidente que España no es un país soberano. Lo contrario es hacerse trampas a uno mismo y hacérselas a la opinión pública española que, con razón, percibe que, hoy en día, en una unión monetaria sometida a una enorme presión por parte de los mercados financieros y en donde nos hartamos de repetir que las decisiones de Atenas o Roma tienen un impacto decisivo sobre el futuro de España, esa soberanía es una ficción. Por tanto, seamos valientes y no nos pongamos a la (soberana) defensiva. Al contrario: forcemos un debate verdaderamente europeo y liderémoslo. Si somos canarios, cantemos.

Publicado en EL PAIS el 9 de marzo de 2012

Sígueme en Twitter @jitorreblanca y en el blog Café Steiner en elpais.com

 

Un Tratado y un billón

5 marzo, 2012

Estos son los dos elementos sobre los que en estos momentos descansa el futuro de Europa. Los ritmos de su despliegue son muy reveladores de las asimetrías que dominan hoy la construcción europea pues, como se ha visto, resulta más fácil hoy en día que el Banco Central Europeo movilice un billón de euros en créditos que los Gobiernos puedan acordar y hacer entrar en vigor 16 artículos de un tratado. Sea como sea, el billón ya está en circulación; en cuanto al tratado, las cosas no están tan claras.

Irlanda ya ha anunciado que difícilmente podrá evitar someter ese texto a referéndum. Teniendo en cuenta el expediente ratificador dublinés (dos referendos, dos rechazos, dos crisis), la preocupación está más que justificada. Cierto que en las dos ocasiones anteriores (2001 y 2008), los Gobiernos irlandeses lograron finalmente ratificar los tratados por medio de un segundo referéndum. Y cierto que esta vez se ha puesto la venda antes que la herida para que el tratado pueda entrar en vigor con solo que 12 de los 17 miembros de la eurozona lo ratifiquen. Pero esto no agota ni mucho menos las consideraciones sobre la legitimidad y la eficacia de este proceso ni sobre las consecuencias que se derivarían de un eventual no irlandés.

El objeto de un referéndum es dejar en manos de la ciudadanía la posibilidad de elegir entre varias opciones. Pero para que los ciudadanos de una democracia puedan (auto)determinar su futuro se requiere que todas las opciones sometidas a consulta sean técnicamente posibles, políticamente viables y moralmente aceptables. Y lo que es más importante: que los ciudadanos entiendan y tengan claro de antemano cuales son las consecuencias que para ellos se derivarán de cada una de las opciones que se les someten. Si no se cumplen estas condiciones, un referéndum carece de sentido, que es exactamente lo que viene ocurriendo en la UE, donde los referendos se plantean como medios para la legitimación popular a posteriori de decisiones ya tomadas.

Eso explica por qué es tan difícil escapar a la impresión de que, en el ámbito europeo, los referendos no han venido poniendo en manos de la ciudadanía la capacidad de decisión sobre su futuro, sino que se han convertido en algo parecido a un test de inteligencia diseñado por los Gobiernos donde de lo que se trata es de averiguar la respuesta correcta. Por eso, cuando los electores han votado no, los Gobiernos han reaccionado pulsando el botón rojo (“respuesta incorrecta”) y han vuelto a someter la cuestión a consulta para que los ciudadanos presionen el voto verde (“respuesta correcta”).

Algo parecido podría volver a ocurrir en Irlanda, cuyos ciudadanos ya están siendo advertidos de que un no a este Tratado podría significar su salida del euro. ¿Por qué? ¿Con qué argumentos? Irlanda firmó y ratificó el Tratado de Maastricht que estableció la Unión Económica y Monetaria y posteriormente el Tratado de Lisboa, que no incluyen ninguna cláusula sobre una expulsión del euro. Si de lo que se trata es de que Irlanda no tendría acceso a los fondos del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad, u otro tipo de consecuencias, explíquese claramente a los ciudadanos, junto con sus posibles alternativas, pero no se amenace a los ciudadanos con que el ejercicio de su libre albedrío democrático podría llevar al colapso económico de Irlanda o, incluso, al estallido final y ruptura definitiva de la eurozona porque eso significa que no existe una elección entre alternativas y, en consecuencia, es absurdo celebrar un referéndum.

La Unión Europea no es una democracia, sino una demoi-cracia, es decir, está formada por varios demos o pueblos, lo que significa que carece de un sujeto político único que se pueda pronunciar clara e unívocamente sobre su futuro. Por eso, como los acuerdos se adoptan en la esfera supranacional pero los referendos se celebran en el ámbito nacional y de forma desconectada entre sí, los ciudadanos de cada país no solo no se autodeterminan a sí mismos, sino que exportan las consecuencias de sus decisiones a terceros, impidiendo que los demás puedan autodeterminarse.

Planteados así, los referendos son un callejón sin salida: no permiten hacer avanzar a la UE (luego no son eficaces), ni tampoco legitiman democráticamente la construcción europea. Por tanto, cuando son favorables, el resultado se descuenta y se atribuye a la falta de alternativas, mientras que cuando son desfavorables, se convierten en un mecanismo de deslegitimación ya que por la vía de protocolos o negociaciones adicionales se termina logrando que lo que salió por la puerta, vuelva a entrar por la ventana. Por tanto, si de preguntar a la ciudadanía se trata, que se haga como medio de lograr una Europa más eficaz y más democrática, no desde la soberbia ni desde la resignación.

Publicado en elpais internacional, 1 de marzo de 2012

Sígueme en @jitorreblanca y el blog de elpais.com Café Steiner