Archive for 27 enero 2012

El gran pacto que Europa necesita no está listo

27 enero, 2012

El euro es la clave de bóveda del proyecto europeo. Por esa razón, una crisis que afecte al euro es una crisis existencial. Y por eso también es fácil entender por qué, aunque la Unión Europea haya estado antes en crisis, nunca se había asomado al abismo y sentido tanto vértigo. La crisis de la silla vacía, la época de “euroesclerosis”, el bloqueo de Margaret Thatcher a causa del cheque británico, las divisiones ante la unificación alemana, las turbulencias en torno a la ratificación del Tratado de Maastricht o la rebeldía popular ante la Constitución europea, todos esos momentos agitaron las aguas europeas, pero nunca amenazaron con hacer zozobrar la nave europea. En contraste, la crisis del euro ha recorrido transversalmente y presionado intensamente sobre todas y cada una de las líneas de fuerza subyacentes al proyecto europeo.

La crisis ha agudizado las tensiones entre los viejos y los nuevos miembros, entre el Norte y el Sur, entre protestantes y católicos, entre los miembros de la eurozona y los que están fuera de ella. También ha sometido a tensión las políticas que constituyen el núcleo de la Unión: el mercado interior; la libertad de circulación y la política exterior y de seguridad. En todos esos ámbitos hemos asistido a presiones centrífugas que han debilitado el espíritu común y la capacidad de actuación conjunta.

Publicado el 26/01/2012 en el diario elpais  como parte del suplemento especial editado por cinco periódicos europeos.

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El auge de la geo-economía

27 enero, 2012

En el mundo del siglo XX, dominado por la guerra fría, las capacidades militares constituían la principal vara de medir del poder de los Estados, por encima del poder económico. De hecho, el componente militar tenía un papel tan central que con un gasto en defensa suficientemente elevado algunos Estados podían disfrutar de un gran poder internacional sin contar necesariamente con una base económica conmensurable. En ese mundo, descrito como una mesa de billar en la que los Estados chocaban frecuentemente unos con otros, los Estados competían por la supremacía o la supervivencia de acuerdo con una lógica de suma-cero en la que las ganancias de uno eran vistas como las pérdidas de otro y viceversa.

Con el fin del siglo y la desaparición de la lógica de enfrentamiento entre superpotencias nos permitimos pensar en un mundo mucho más pacífico y, a la vez más próspero, articulado en torno a los mercados y centrado en el comercio y en las inversiones. Así, la vieja mesa de billar en la que unas bolas chocaban con otras se transformaría en una red, una malla en la que los intereses económicos de los Estados se entrelazarían de forma inextricable de acuerdo con una lógica de suma-positiva en la que todos se beneficiaran a un tiempo.

Pero esa “feliz globalización” que los liberales nos prometían, en la que la apertura de mercados nos traería la interdependencia y esta desplazaría definitivamente la lógica de conflicto en las relaciones internacionales, no ha terminado de cuajar. El éxito económico de China e India, junto con el auge de otras economías (Brasil, Rusia, etcétera), viene señalando desde hace más de una década un intenso desplazamiento de poder desde Occidente hacia el resto del mundo. Mientras Europa y Estados Unidos crecían, aunque lo hicieran más lentamente que los emergentes, no hubo muchos motivos para la preocupación. Pero la crisis financiera iniciada en 2008 ha introducido un cambio importante en las percepciones occidentales, pues ha convertido una tendencia a largo plazo en un desafío a corto plazo. En 2003 se dijo que China alcanzaría a EE UU en 2041; en 2008, que sería en 2027, hoy jugamos con la fecha de 2018.

Este adelanto en el calendario de la convergencia económica entre Occidente y el resto está despertando los instintos de poder y competición de los Estados, que pensábamos superados. Así, la llamada pax mercatoria está siendo sustituida progresivamente, o al menos comenzando a coexistir, con una lógica de rivalidad geoeconómica en la que los Estados consideran los flujos económicos desde una óptica de seguridad nacional, es decir, como un instrumento de poder. En esa lógica de competencia entran los recursos naturales, desde la energía hasta los alimentos, pasando por los minerales raros, pero también, lógicamente, el comercio, las inversiones directas, los movimientos de capital, los tipos de cambio, las reservas de divisas, los fondos soberanos o las propias instituciones internacionales, como el G-20 o el FMI, que también son objeto de pugna y contestación.

En todos esos ámbitos, la lógica de intercambio se va sustituyendo por una de control y acceso. Al contrario que en una dinámica de mercado, donde la capacidad de acceso a un bien está marcado por el precio, en esta dinámica de rivalidad geoeconómica el acceso a estos bienes está profundamente influido por consideraciones políticas, de tal manera que los Estados vuelcan su acción diplomática, y militar si fuera necesario, sobre la capacidad de mantener el acceso a estos bienes o de evitar que se les impida su acceso a ellos.

Esto no significa necesariamente que el conflicto bélico entre Estados sea más probable que antes, pero sí nos obliga a fijarnos en el hecho de que la interdependencia, aunque haga el conflicto más costoso, no significa la disolución de las rivalidades entre Estados, especialmente si no viene acompañada de normas comunes que obliguen a todos y garanticen el acceso a los mercados a todos por igual. En la década pasada, el hecho de que la globalización debilitara la capacidad de los Estados fue visto como un gran problema. Pero hoy, paradójicamente, lo que vemos es la proliferación de Estados (como China y Rusia) con un exceso de soberanía. Estados que utilizan los mercados de forma selectiva para reforzar su poder y su autonomía política, pero que no aceptan sus reglas: limitan la inversión extranjera, restringen las importaciones y se niegan a liberalizar sus tipos de cambio. Algunos de ellos, además, utilizan ese poder económico para reprimir a sus ciudadanos y privarles de libertad. Por eso, tanto para salir de la crisis actual como para evitar el auge de las rivalidades geoeconómicas, es necesario reintroducir una lógica de apertura de mercados y cooperación económica entre emergidos (ellos) y sumergidos (nosotros).

Publicado en el Diario El PAIS el 27/01/2012.

Ver también entrada con datos complementarios en Café Steiner”.

Nos vemos en Asia

20 enero, 2012

Al principio, Europa fue un problema. Pero Washington lo solucionó. Cierto que hicieron falta dos guerras mundiales y el Plan Marshall. Tan monumental esfuerzo bélico y económico tuvo un rendimiento sin igual ya que EE UU pudo contar con un portaaviones de tamaño continental desde el que contener a la Unión Soviética. Europa se convirtió así en un gran activo en manos de Washington. Los europeos quedaron doblemente agradecidos: primero porque el tejado que les proporcionó Estados Unidos les permitió preservar su libertad, prosperar y sentirse seguros; segundo, porque al convertirse su territorio en el escenario principal de la guerra fría, pudieron ignorar su declive y pensar que todavía eran relevantes.

En el apogeo de la presencia militar estadounidense en Europa (1957), Washington llegó a tener 438.859 soldados estacionados en Europa. En 1989, antes de caer el muro de Berlín, todavía había 315.434. Solo por Alemania habrían pasado diez millones de soldados estadounidenses entre 1950 y 2005. El fin de la guerra fría, con la consiguiente unificación del continente, engarzada sobre una unificación alemana que, dadas las reticencias franco-británicas, no hubiera tenido lugar sin el apoyo decidido de Bush padre, dio un nuevo subidón de ánimo a los europeos y les empujó todavía más en brazos de Washington. Estados Unidos se convirtió en una hiperpotencia, asomándose a la culminación de su destino manifiesto como “ciudad en la colina” a la que todos admirarían. Aunque el paso de la bipolaridad a la unipolaridad levantara ampollas en muchas partes del mundo, los europeos eran quienes más destinados estaban a beneficiarse de la hegemonía estadounidense. Un mundo basado en mercados abiertos y asentado en reglas de comercio multilaterales ofrecía al proyecto europeo el mejor nutriente en el que desarrollarse y triunfar.

Tan bien comenzó a irles a los europeos en ese nuevo orden que, a finales de la década de los noventa, con el euro en la mano y la ampliación al Este a la vista, hubo quienes en Washington comenzaron a preguntarse si, por casualidad, no habría un momento en el que los europeos acabarían por fungir su inmenso poder económico en un poder global paralelo al estadounidense. El euro, la ampliación, los intentos de los europeos de constituir una identidad de defensa dentro de la OTAN; la rivalidad entre Airbus y Boeing o el arrojo de la Comisión Europea al atreverse a sancionar a las principales compañías estadounidenses (caso Microsoft), comenzaron a iluminar a Europa como un desafío digno de tener en cuenta, al menos en la dimensión económica. Pero, como sabemos, EE UU dilapidaría su hegemonía en una respuesta desproporcionada al 11-S, concebido equivocadamente como el Pearl Harbour del siglo XXI cuando en realidad era un coletazo del siglo XX. Así que mientras Washington se enredaba en lo que parecía un choque de civilizaciones con el mundo musulmán y Europa entraba en crisis, a ambos se les escapaba del radar el auge de China e India, que configuraban el siglo XXI como un siglo asiático. En ese siglo hay ya, en primer plano, una gran competencia económica, política y estratégica entre Estados Unidos y China y, en segundo plano, un espeso tráfico que gestionar entre Estados en auge (muchos y muy variados, sobre todo fuera de Europa) y Estados en declive (casi todos en Europa, incluyendo, como incógnita, Rusia).

De momento, Estados Unidos no está en declive, al menos irreversible, pero está viviendo un momento sputnik: no se esperaba un siglo asiático, y menos un mundo posamericano. Por más que algunos halcones, deseosos de comprar a la industria de defensa una bonita guerra fría con China, empujen a ello, no se trata de buscar un nuevo enfrentamiento, sino de enganchar a Estados Unidos a un nuevo vagón de crecimiento y liderazgo. Obama ha sido el primer presidente que ha visto claramente la necesidad de reorientar las capacidades económicas, tecnológicas y militares de Estados Unidos hacia Asia, consciente de que ese será el lugar donde se decida su supervivencia como líder. Por eso, hoy en día, cuando apenas quedan 81.000 soldados estadounidenses en Europa, la retirada de dos brigadas adicionales, anunciada en paralelo al compromiso de reforzar la presencia militar de EE UU en Australia, constituyen dos caras de la misma moneda. Son movimientos que obligan a Europa a asumir una verdad incómoda: que, hoy por hoy, no es una potencia global, sino apenas regional, con muy limitada capacidad de influencia incluso en sus fronteras orientales o mediterráneas. Nos vemos en Asia, parece querer decirnos Obama. Avisad cuando estéis listos.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

EL PAÍS  –  Internacional – 20-01-2012

Las tres guerras de Obama

13 enero, 2012

Barack Obama recibió de su predecesor, George W. Bush, una herencia bélica envenenada. Aunque distinguiera entre Irak como una guerra “elegida” y Afganistán como una guerra “necesaria”, en ambos casos prometió la retirada.

La primera retirada ya ha tenido lugar, y seguramente ha sido mucho más honrosa de lo que Obama jamás pudo imaginar. La retirada de Irak no salva el desastre que fue la invasión ni convalida la pérdida consiguiente de vidas, como tampoco deja detrás una democracia estable, pero permite pasar una difícil página, reducir costes presupuestarios en época de crisis y, sobre todo, permitir a la Administración de Obama centrarse en su verdadero objetivo estratégico: Asia-Pacífico.

La segunda retirada también está en marcha: tiene una fecha militar (2014) y unos plazos políticos que, bien que mal, parecen estar cumpliéndose. Negociar con los talibanes que ampararon a Bin Laden no parece la mejor manera de cerrar el 11-S, pero visto desde Washington, todas las alternativas son peores. Por tanto, aunque plantee muchas dudas, el consentimiento otorgado por Washington a la apertura de una oficina de intereses talibán en Catar significa que Obama descuenta que su salida no será victoriosa sino, en el mejor de los casos, solo honrosa, sin victoria ni derrota (aunque, eso sí, con un legado muy incierto dada la debilidad de Karzai).

Lo quiera o no, el historial bélico de este presidente premio Nobel de la Paz no acaba aquí. Al tiempo que Obama se zafaba del legado de Bush hijo, se enredaba en tres conflictos bélicos de baja intensidad, como si para un presidente fuera imposible sustraerse del influjo magnético del inmenso poder militar que Estados Unidos pone a su disposición.

La primera guerra de Obama ha sido, sin duda, Pakistán, donde, desde el comienzo de su mandato, el presidente apostó por un incremento radical de las operaciones de bombardeo en el noroeste del país. Esta campaña contra los líderes de Al Qaeda y talibanes allí basados (que habría supuesto la muerte de unos 1.500 activistas) ha requerido, día tras día, torcer el brazo de políticos y militares paquistaníes, sumamente reacios a la presencia y actividades estadounidenses en su territorio. Después de que 26 militares paquistaníes murieran tras una reciente incursión estadounidense (y con el recuerdo fresco de la humillación sufrida como consecuencia de la operación para matar a Bin Laden), el Gobierno paquistaní ha suspendido el permiso a la CIA para utilizar la base de Shamsi para las operaciones de sus aviones no tripulados. Por eso, aunque esta guerra está vinculada a Afganistán y muy bien podría continuar una vez llevada a cabo la retirada de allí, su final es sumamente incierto.

La segunda guerra de Obama se desarrolló en los cielos de Libia. Obama dijo que se sentaba “en el asiento de atrás”, dejando a franceses y británicos la conducción de la guerra, pero lo cierto es que, una vez más, la participación de EE UU fue absolutamente determinante, hasta el punto de que los europeos no hubieran podido sostener la campaña más allá de los días iniciales. La guerra no fue secreta, aunque sí opaca, dado el deseo de Obama de no involucrar visiblemente a Estados Unidos en otra guerra contra otro país musulmán.

La tercera guerra de Obama está cuajando, al parecer, en torno a Irán. Los 8.000 pilotos y técnicos aéreos estadounidenses desplazados a Israel en los últimos días con el objeto de realizar maniobras conjuntas ofrecen una respuesta muy clara al anuncio de Irán de que va a enriquecer uranio por encima de los niveles requeridos para su uso civil. A su vez, la ristra de atentados contra científicos iraníes, aunque supuestamente se lleve a cabo mediante actores interpuestos, bien sean opositores iraníes, los servicios de inteligencia israelíes o, ¿por qué no?, Arabia Saudí u otros que también consideran el programa nuclear iraní como una amenaza de primer orden, no es algo que pueda ocurrir sin la aquiescencia, aunque sea implícita, de Estados Unidos. Sumados a la tensión generada por las sanciones al sector petrolero iraní y las amenazas de Teherán sobre el estrecho de Ormuz, todo indica que los actores involucrados han decidido elevar sus apuestas y, en consecuencia, las posibilidades de un conflicto abierto.

Hasta ahora, igual que Bush hijo, Obama no ha dudado en emplear la fuerza para defender lo que percibe que son los intereses de Estados Unidos. Pero, en contraposición a Bush, ha preferido siempre utilizar la fuerza del modo menos visible posible, no comprometer fuerzas terrestres y permitir que otros asuman el protagonismo. Hasta la fecha, las guerras de Obama han sido de baja intensidad: pero según avanza 2012, las cosas pueden cambiar.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 13/01/2012

http://www.elpais.com/articulo/internacional/guerras/Obama/elpepiopi/20120113elpepiint_5/Tes

Despilfarros exteriores

12 enero, 2012

Jean Monnet decía que un problema no podía entenderse correctamente hasta que no se visualizaba en una tabla. Sus tablas, a cuya preparación dedicaba ingentes esfuerzos, ayudaban a los estados a visualizar las ineficiencias que se derivaban de las duplicidades en su gasto y las ventajas de la cooperación y la coordinación. Siguiendo su inspiración, en algún momento de la pasada década, alguien decidió contar cuántas embajadas y consulados tenían los (entonces) 25 estados miembros de la Unión Europea. El resultado fue revelador: frente a las 243 misiones que mantenía EEUU, los 25, a los que había que añadir la Comisión y el Consejo Europeo, sumaban nada menos que 3.230 delegaciones. Con 110.545 personas a su servicio, la UE era el actor diplomático más extenso dotado del mundo. Si nadie se había dado cuenta hasta la fecha, era por una buena razón: el retorno de ese inmenso despliegue era ínfimo. La UE era el primer bloque económico y comercial del mundo, también el segundo en gasto militar, muy por delante de China o Rusia, pero diplomáticamente apenas existía.

Con ese diagnóstico en la mano, la UE adoptó un plan increíblemente ambicioso: fusionar los servicios diplomáticos de la Comisión y el Consejo e integrar en el nuevo servicio hasta un tercio de diplomáticos provenientes de los Estados miembros. En la cúspide del sistema habría un “ministro” de Exteriores (llamado alto representante) asistido por un comité de embajadores permanentes con sede en Bruselas, además de otros servicios de planeamiento, gestión de crisis, etcétera. Para muchos Estados, este plan, plasmado en el Tratado de Lisboa, abriría la posibilidad de cerrar o compartir embajadas en todos aquellos lugares donde sus intereses fueran sobre todo europeos más que exclusivamente nacionales, permitiéndoles concentrarse en aquellos temas y regiones donde su valor añadido fuera mayor. Las diplomacias nacionales se veían obligadas a pensar en cómo reinventarse y desplegarse, toda vez que una gran parte de sus funciones tradicionales (especialmente en el ámbito comercial y consular) estaban ya en manos de la Unión Europea, no de los Estados.

Pero resulta que mientras los 27 Estados de la UE dedicaban casi una década a la ingente tarea de diseñar los instrumentos legales, políticos y financieros que les permitieran coordinar sus capacidades diplomáticas y racionalizar su despliegue exterior, dentro de España, las Comunidades Autónomas recorrían el camino exactamente inverso abriendo un ingente número de delegaciones exteriores (hasta 200) y estableciendo sus propias agencias de cooperación al desarrollo pese a sus elevados niveles de endeudamiento o incluso, al hecho de que, como en el caso de Andalucía, se tratara de regiones que recibían importantes subsidios por parte de los países más ricos de la UE.

Retrospectivamente, el problema no reside tanto en las competencias de acción exterior en sí, pues estas tienen cierto sentido en un Estado descentralizado, máxime en los ámbitos de promoción cultural, turística o comercial, sino en el volumen de gasto (150 millones de euros) y, sobre todo, en la falta de coordinación y búsqueda de sinergias. Se trata de un problema endémico de nuestro sistema autonómico, en el que la cooperación horizontal entre CCAA y la supervisión por parte de terceros actores brillan por su ausencia o son extremadamente débiles. Esto da lugar a situaciones paradójicas. Por ejemplo: de acuerdo con el procedimiento denominado “semestre europeo” Bruselas puede examinar los presupuestos del Estado con antelación a su aprobación por la Cortes Generales, pero las Comunidades Autónomas no estén sometidas a la misma exigencia por parte del Estado central, ello pese a que este tendrá luego que responsabilizarse de su déficit ante Bruselas, incluso haciendo frente a importantes multas y sanciones.

Todo ello pone de manifiesto una situación difícil de entender y para la que en absoluto parecíamos estábamos preparados. Mientras, como consecuencia del proceso de integración europeo, el Estado central se ha “europeizado” y cedido competencias de supervisión a Bruselas hasta niveles insospechados (y más que lo está haciendo y lo hará con la crisis actual), las Comunidades Autónomas han logrado en gran medida zafarse del control y supervisión, de sus ciudadanos, por abajo, y de otros entes, sean el Estado o la UE, por arriba. La crisis podría, al menos, servir para corregir esta contradicción entre la europeización de la Administración central y la “deseuropeización” de las Comunidades Autónomas.

 

Publicado en ELPAIS.com el 10 de enero de 2011 como complemento al Reportaje: ¿Diplomacia o despilfarro?

Despertares

7 enero, 2012

El escándalo provocado por la complacencia con el régimen sirio mostrada por la misión de observación de la Liga Árabe debe ser valorado positivamente: apunta a la emergencia de una cultura de protección de los derechos humanos precisamente en una de las organizaciones internacionales que tradicionalmente mejor ha representado el desprecio por la democracia y los derechos humanos y, en paralelo, el rechazo a cualquier tipo de injerencia exterior.

El perfil del jefe de la misión no podía ser más infortunado pues la encabeza el general Mustafá Dabi, exjefe de la inteligencia militar del presidente sudanés, Omar Bashir, que, recuérdese, tiene una orden de detención por parte del Tribunal Penal Internacional por su colaboración en el genocidio de Darfur. Si existe alguien, nos dicen las organizaciones de derechos humanos, que haya mostrado que emplear al Ejército para reprimir a la población civil es legítimo, el general Dabi es sin duda uno de ellos.

Afortunadamente, la ceguera de Bachar el Asad es tal que ni siquiera ha sabido aprovechar la oportunidad que le brindaba un jefe de observadores tan sesgado a su favor: su Gobierno no solo no ha respetado los compromisos previamente adquiridos con la Liga, sino que ha seguido reprimiendo intensamente a los sirios. Y lo ha hecho, no solo en presencia de los observadores, que han podido experimentar personalmente el terror y la brutalidad a la que el régimen somete a los ciudadanos que salen a la calle a manifestarse, sino también, por primera vez, en presencia de medios de comunicación internacionales que, por fin, han podido transmitir a todo el mundo, y en especial al mundo árabe, una realidad que el régimen sirio se empeñaba en negar o maquillar con apelaciones a complós extranjeros o actividades terroristas de corte yihadista.

La misión de la Liga Árabe ha vuelto a poner sobre el tapete la acusación sobre la incapacidad genética de sus Gobiernos de enfrentarse con un Gobierno miembro y respaldar decisivamente la democracia y los derechos humanos. Pero se trata de una acusación que hay que matizar. Cierto que, en el pasado, la Liga Árabe era poco más que un instrumento para condenar a Israel. Si había un bloque regional en el mundo donde la democracia fuera la excepción en lugar de la norma, ese era el que agrupaba a los 22 países de la Liga Árabe. Al cierre de 2010, justo antes de que comenzaran las revueltas que tan radicalmente han cambiado el panorama, solo tres (Kuwait, Marruecos y Líbano) de los 17 países de la Liga tradicionalmente considerados árabes podían ser calificados como “parcialmente libres”, mientras que el resto, 14, eran directamente clasificados como “no libres” de acuerdo con los criterios y terminología empleados por Freedom House. Eso suponía que nada menos que el 88% de los habitantes de la región carecían de libertad.

Pero los cambios de 2011 y las revueltas en Túnez, Egipto, Libia, Bahréin y Yemen han obligado a la Liga Árabe a comenzar un proceso de aprendizaje y reinvención. Primero, ha roto con el sacrosanto principio de no intervención en los asuntos internos. Tras legitimar la zona de exclusión aérea y la intervención militar extranjera en Libia, la suspensión temporal de la pertenencia de Siria, acordada en noviembre del año pasado, es ya un hito en esta organización. Como lo ha sido el envío de una misión de observación, pues por primera vez la Liga ha accedido a posicionarse como mediador entre Gobiernos y ciudadanos, rompiendo con otro principio básico, el de representar y servir solo a los Gobiernos. Cierto que la misión ha naufragado, pero la retransmisión en directo de su fracaso ha hecho mella en la propia organización, como se ha puesto de manifiesto en la convocatoria de una reunión urgente de la Liga para mañana y en la petición de la asamblea parlamentaria de la Liga, indignada ante los incumplimientos de El Asad y las polémicas declaraciones de Dabi, de que se retire la misión y se reevalúe su mandato y proceder.

Todo ello nos demuestra, en línea con los acontecimientos vividos en 2011, que cuando de la democracia se trata, la línea recta no es la distancia más corta entre dos puntos. La democracia es un producto normativo cerrado y acabado, en el sentido de que no necesita de grandes innovaciones ni remiendos. Sin embargo, su aplicación no es instantánea ni automática sino más bien regida por el ensayo y error, en contextos regidos por la incertidumbre y con actores sumamente impredecibles. La Liga Árabe, como los árabes a los que representa, ha comenzado, a trompicones, a experimentar con la democracia. Y como en todo experimento, es necesario que las cosas salgan a veces mal para que puedan luego salir bien.

EL PAÍS  –  Internacional – 06-01-2012

El año de Casandra

2 enero, 2012

2011 será recordado como el año en el que, por primera vez, la Unión Europea se asomó al abismo y nombró lo innombrable. Para sorpresa de propios y extraños, dentro y fuera de Europa, justo cuando tras una década de introspección y divisiones Europa se lanzaba a recuperar el tiempo perdido con el afán de lograr ser, por fin, un actor global, una crisis económica y financiera global impactaba de lleno contra ella y desestabilizaba su principal y más exitoso logro: la unión monetaria. “Si cae el euro, cae Europa”, advirtió la canciller Angela Merkel a los compromisarios de su partido, reunidos en Leipzig en noviembre, a la vez que describía la situación como la “más difícil desde la Segunda Guerra Mundial”. Y tenía razón, pues las consecuencias de una ruptura del euro serían tan profundas que difícilmente se detendrían en la moneda: impactarían de lleno en el mercado interior y en las principales políticas comunes, incluida la política exterior, llevándose por delante décadas de laboriosa construcción europea.

La “crisis de la silla vacía” en los años sesenta, la “euroesclerosis” de los setenta, la sombra del declive económico y tecnológico ante Estados Unidos y Japón en los ochenta, el retorno de los campos de concentración y la limpieza étnica en los años noventa, los fallidos referendos constitucionales en Francia y los Países Bajos en la década pasada. La Unión Europea había estado antes en crisis, pero ninguna de ellas tuvo un carácter existencial en el sentido literal de la palabra.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la crisis del euro? Lo más visible e inmediato ha sido la devastación en términos de empleo y prosperidad, que ha generalizado la desconfianza en el futuro del Estado del bienestar. La crisis también ha puesto en entredicho la autoestima democrática de nuestras sociedades, sometidas a unas fuerzas de mercado sobre las cuales sienten carecer de control alguno. Y aunque es pronto todavía para perfilar el impacto psicológico, la historia nos dice que las sociedades que tienen miedo y se sienten inseguras tienden a volcarse sobre sí mismas, recelar de su entorno, abrir las puertas al populismo y sacrificar la libertad en aras de mayor seguridad.

Igualmente importante han sido las debilidades que la crisis ha puesto de manifiesto. La unión monetaria, que pretendía ser tan robusta como todos esos imponentes edificios que figuran en los billetes de euro pero que (¿premonitoriamente?) no existen en la realidad, se ha mostrado incapaz de sortear condiciones meteorológicas adversas, como si solo estuviera diseñada para navegar con buen tiempo. Y a la vez, el fino pero imprescindible tejido identitario sobre el que se sostiene la construcción europea también se ha resentido: la solidaridad y el proyecto común, anclados tanto en una visión del pasado como de un futuro común, han sido puestos en tela de juicio, e incluso sustituidos por los peores prejuicios y estereotipos culturales que pensábamos superados entre Norte y Sur, Este y Oeste, católicos y protestantes. De todo ello se ha derivado una gestión de la crisis dominada por el “demasiado poco, demasiado tarde”, que ha tenido al euro al borde del precipicio y a los ciudadanos al borde del infarto durante casi todo el año.

Desde el punto de vista institucional, el edificio europeo también ha sufrido singularmente ya que Alemania y Francia han optado por un intergubernamentalismo sin contemplaciones ni complejos y dado de lado a las instituciones europeas (especialmente a la Comisión y el Parlamento) y al llamado “método comunitario”, que tradicionalmente ha sido la única garantía de equilibrio entre grandes y pequeños, ricos y pobres, Norte y Sur.
In extremis, a punto de concluir el año, el Banco Central Europeo ha salvado a la economía europea del colapso inundando el mercado bancario de liquidez. Con ello ha dado la razón a todos los que venían diciendo que las presiones sobre la deuda soberana no eran la causa, sino la consecuencia de una crisis financiera que, debido a los errores de diseño y funcionamiento de la eurozona, a punto ha estado de llevarse por delante a la propia UE. La campana del BCE ha salvado a la UE, al menos por el momento, pero no ha solucionado los problemas de fondo, que siguen estando ahí y que 2012 tendrá que enfrentar.
Entre ellos cabe destacar la imposibilidad de tender un cortafuegos entre el euro y la UE que aísle el fracaso de uno del colapso de la otra. Por eso, cuando en 2012 griegos y británicos vuelvan a la mesa de la negociación, la UE se encontrará exactamente en el mismo lugar donde estaba en 2011: entre la espada de una salida de Grecia del euro, cuyas consecuencias serían devastadoras, y la pared de una ruptura irreversible con el Reino Unido, que amenazaría la unidad del mercado interior y debilitaría la posición de la UE en el mundo.

Sin embargo, el futuro de Europa no se decidirá en la periferia greco-británica, sino, como es lógico, en su núcleo. El Gobierno alemán sigue obstinado en una lectura de la crisis que hace imposible su solución ya que, como se ha demostrado, la crisis exige un cambio en las normas que gobiernan la eurozona y, muy particularmente, un nuevo papel del BCE y la emisión de eurobonos. En Berlín, la canciller Merkel se ha atado conscientemente no a uno, sino a dos mástiles: el de una opinión pública muy reticente a la unión monetaria y el de un Tribunal Constitucional hostil al proyecto de integración europeo. Pero esa opinión pública y legal detrás de la que Merkel se escuda no es la causa de sus acciones sino algo que ella misma y su partido han alentado, infundiendo en los alemanes el convencimiento, contra toda evidencia empírica, de que el euro no solo ha sido un mal negocio para Alemania sino, como parece creer su Tribunal Constitucional, una amenaza para la propia democracia alemana.

Así las cosas, una vez que el BCE ha cambiado de rumbo y decidido salvar el sistema financiero, todas las miradas se dirigirán hacia Alemania, intentando dilucidar hasta qué punto Berlín seguirá liderando Europa sobre la base de sus dudas, reticencias y miedos o sobre una visión constructiva y a largo plazo del futuro del continente. Olvídense pues del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 02/01/2012

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