Archive for 30 diciembre 2011

China se democratizará

30 diciembre, 2011

Es tiempo de dejar atrás un año lleno de malas noticias y buscar algo con lo que ilusionarse, aunque sea vanamente. Ríanse si quieren de la ingenuidad de la siguiente afirmación, pero he decidido apostar a que 2012 (el año del dragón) será el año que traiga la democracia en China. No es que disponga de ninguna información que los demás desconozcan, ni que sea un experto sinólogo. Al contrario: esta predicción está basada más en sospechas e intuiciones que en datos. Para colmo, confieso que saber poco de China no me parece un problema insuperable. Al fin y al cabo, los cientos de sovietólogos al servicio de la CIA fueron incapaces de predecir el colapso de la Unión Soviética y, de igual manera, los derrocamientos de Ben Ali, Mubarak y Gadafi estaban completamente fuera del radar de los expertos en el mundo árabe. ¿Por qué iba a ser diferente en este caso?

Para poder predecir la democratización de China, se necesitan varias cosas (además de algo de osadía). Primero se necesita un marco analítico en el que pueda encajar esa predicción. Sin duda, la teoría de los “cisnes negros” popularizada por Nicholas Taleb nos permite dar un primer paso: como comprobara EE UU el fatídico 11-S, demasiado a menudo confundimos lo altamente improbable con lo imposible. En otras palabras: no descontemos el poder de las cosas que desconocemos.

Lo segundo que se necesita es “conectar los puntos”. Es lo que también falló en EE UU el 11-S cuando nadie fue capaz de unir los puntos que conectaban informaciones fragmentarias. Retrospectivamente, se vio que toda la información estaba encima de la mesa, pero que nadie fue capaz de interpretarla correctamente. Esto significa que nuestros déficits no suelen ser de información, sino cognitivos, y que tenemos suficientes datos, incluso demasiados, pero pocas o inadecuadas herramientas para interpretarlos.

En el caso de China, el número de puntos es tan numeroso que merece la pena comenzar a pensar en cómo se podrían conectar. Hay un punto evidente llamado Ai Weiwei. Cuando un artista crítico de renombre internacional es detenido, incomunicado y humillado durante 49 días sin que se conozcan los cargos, sin derecho a un abogado y es finalmente acusado de un burdo delito fiscal, sabemos que el sistema tiene un problema. No uno, sino bastantes, como atestigua Liu Xiaobo, el premio Nobel de la Paz encarcelado por pedir la democracia en un manifiesto (la Carta 08).

Tendemos, sobre todo los historiadores y científicos sociales, a subestimar el papel de los individuos, porque nos gusta creer en los procesos históricos y las estructuras. Sin embargo, Václav Havel o Mohamed Buazizi, por mencionar dos ejemplos muy recientes, deberían ponernos sobre aviso acerca de lo que unos pocos individuos pueden desencadenar cuando pierden el miedo. Los billetes que han aterrizado en el patio de la casa de Ai Weiwei para ayudarle a pagar su multa son otro de esos puntos, como lo es que un régimen aparentemente tan poderoso se ponga tan nervioso que llegue a suprimir de Google la palabra “jazmín”. Los habitantes de la ciudad de Wukan, que se han levantado tras morir bajo custodia policial en extrañas circunstancias el líder de sus protestas contra las expropiaciones ilegales, son otro punto a conectar. Como lo son las miles de personas que viajan a Pekín acogiéndose a una tradición peticionaria para pedir justicia y son apaleadas y deportadas. Merece la pena recordar también a los padres y madres de los 5.000 niños fallecidos por culpa de los defectos de construcción de las escuelas arrasadas por el terremoto de Sichuan: cuando se han organizado para protestar por algo tan evidente, en lugar de disculpas y compensaciones, han sido coaccionados y amenazados y sus abogados detenidos. Las 180.000 protestas que se contabilizaron el año pasado en China ofrecen otro dato: cierto que no son protestas en contra del sistema y a favor de la democracia pero sí que tienen un carácter político. Muy probablemente, la mayoría de las personas que protestan en estos actos tienen demandas muy concretas, careciendo de aspiraciones democráticas en el sentido más formal del término. Pero qué duda cabe de que la respuesta de las autoridades a sus demandas les convertirá en demócratas toda vez que les convencerá de que el problema no está en los individuos que detentan el poder, sino en la raíz de un sistema basado en la impunidad que en lugar de servir a sus ciudadanos los humilla, y en lugar de servirlos, se sirve de ellos. Y como 2011 nos ha enseñado a lo que puede llevar la humillación, he hecho un pacto con mis amigos sinólogos: si acierto no reclamaré ningún mérito, y si me equivoco serán benévolos y no me lo tendrán en cuenta. Al fin y al cabo, es Navidad, tiempo de burbujas (democráticas).

EL PAÍS  –  Internacional – 23-12-2011

La vulnerabilidad de los BRIC

21 diciembre, 2011

Una de las consecuencias de la crisis que está sufriendo Europa es que ha vuelto a alimentar las tendencias introspectivas. La década pasada fue una década malgastada en debates institucionales: recoger las piezas de la fallida Constitución europea tras la debacle de los referendos francés y holandés y recomponer los consensos necesarios para lograr impulsar el proyecto europeo consumió una cantidad enorme de tiempo y energía. Por eso, con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, hace ahora dos años, se hizo el firme propósito de dejar atrás los debates institucionales, renunciando a emprender nuevas reformas de tratados. Lisboa, se dijo, sería el último Tratado en mucho tiempo: en adelante, los europeos harían política, no ingeniería institucional. Sin embargo, dos años después, esa Europa más capaz de actuar unida en el mundo en defensa de sus intereses y valores no termina de cuajar y los europeos se disponen a emplear sus escasas energías en elaborar un nuevo Tratado.

Mientras tanto, la crisis económica está contribuyendo a fragmentar la acción exterior de la UE, ya que sus miembros, presionados por la crisis, están compitiendo unos con otros. Esta carrera hacia los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) se centra en la búsqueda de inversiones y, a la vez, de mercados para sus bienes y servicios nacionales que eventualmente pudieran estimular sus deterioradas economías. Esta competición entre europeos no solo proyecta debilidad y deteriora su imagen, sino que afecta muy negativamente a su capacidad negociadora en asuntos clave, desde la seguridad a los derechos humanos, el cambio climático o la gobernanza económica mundial. Sin duda, la UE, que es el primer bloque comercial del mundo y que necesita para prosperar un sistema comercial y financiero internacional abierto y bien regulado, sacrifica sus intereses a largo plazo cuando, dejándose llevar por el corto plazo, alienta un nuevo mercantilismo en el que los Gobiernos intercambian comercio e inversiones por favores políticos.

De la misma manera, los europeos infravaloran el daño que sufre su imagen cuando, siendo todavía infinitamente más prósperos que los BRIC, se unen para solicitar que estos les ayuden a financiar sus deudas, bien mediante un refuerzo de las capacidades del FMI que consideran injusto y desproporcionado, o bien solicitándoles que inviertan en unos fondos, como el fondo europeo de rescate, en los que los propios europeos invierten de forma cicatera y a todas luces insuficientes, mientras tienen a mano un Banco Central al que se niegan a recurrir, prefiriendo salvaguardar su pureza e integridad como guardián de una inflación inexistente. El resultado es que, en el G-20, el FMI o la OMC, los europeos aparecen crecientemente como actores más preocupados por servirse de estas instituciones que por contribuir a reforzar sus reglas y capacidad de acción global.

En su ensimismamiento, los europeos están pasando por alto, además, que los BRIC también tienen sus problemas y que son mucho más vulnerables de lo que parece. De hecho, no están percibiendo que la misma crisis que les está llevando a solicitar ayuda a los BRIC es la que está debilitando sus perspectivas de crecimiento. Con un crecimiento ligeramente negativo en el tercer trimestre del año y una previsión de crecimiento del 3% para 2012 comparado con el 7,5% de 2010, Brasil ya está viviendo los primeros síntomas de enfriamiento, que podrían hacer estallar las burbujas financieras e inmobiliarias provocadas por el rápido crecimiento de los últimos años. En China, los efectos de la crisis europea también se están haciendo notar, con una caída del 18% en el tráfico comercial hacia Europa y una reducción, por tercer año consecutivo, de su superávit comercial. Mientras, en India también vemos signos de ralentización, con una caída de la producción industrial interanual del 5,1% en el mes de octubre. Al parecer, mientras Europa busca importar las soluciones a su crisis pidiendo ayuda a otros, no se da cuenta de que los demás son más vulnerables de lo que parecen y de que es un elemento más de esas vulnerabilidades. EE UU también está percibiendo el impacto de la crisis europea, con una rebaja en sus previsiones de crecimiento para 2012. Que la crisis europea esté convirtiéndose en un factor importante en la reelección de Obama no dejaría de ofrecer una cruel ironía si finalmente resultara que el presidente que quiso abrir un siglo pacífico para EE UU no pudiera hacerlo por culpa de unos europeos empeñados en seguir estando, a su manera, en el centro del mundo.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

EL PAÍS  –  Internacional – 16-12-201

Cambio austeridad por grandeur

9 diciembre, 2011

Por definición, todo acuerdo europeo es un acuerdo incompleto y representa un compromiso entre posiciones aparentemente irreconciliables. No es una crítica, sino una descripción. La experiencia nos enseña que los Gobiernos europeos solo aceptan una mayor integración en momentos de extrema necesidad y que en cada ocasión buscarán ceder el mínimo de soberanía posible para, precisamente, salvaguardar el máximo de autonomía. De ahí que el acuerdo alcanzado este lunes entre Merkel y Sarkozy sea un acuerdo incompleto y a la vez eficiente, al menos en el sentido de que sirve extremadamente bien a los intereses de las dos partes.

El acuerdo respeta las líneas rojas de los Gobiernos francés y alemán. Merkel perseguía dos objetivos fundamentales: primero, imponer de forma efectiva e irreversible la austeridad fiscal a toda la zona euro, lo que solo puede ser logrado mediante un tratado que incluya un mecanismo muy estricto de sanciones a los incumplidores; segundo, evitar a cualquier precio los eurobonos, un rechazo que se explica precisamente porque Alemania está convencida de que estos son contradictorios con el primer objetivo, ya que redistribuirían las culpas (esto es, las deudas, que en alemán es la misma palabra), debilitando las políticas de austeridad y reformas. Si hay eurobonos, ha insinuado Merkel, será después de la crisis, una vez que los Estados hayan reducido y anclado sus deudas hasta niveles que garanticen su irreversibilidad.

Así pues, Merkel se lleva a casa su “unión de austeridad”, plenamente compatible, además, con los límites que le impone su Tribunal Constitucional y la opinión pública alemana. Respecto a Sarkozy, el acuerdo es un delicado ejercicio de funambulismo pensando en su reelección el año que viene. Francia, recordemos, no comparte en absoluto el fundamentalismo alemán en torno a la austeridad, la inflación o el equilibrio presupuestario (de hecho, no ha conocido un superávit fiscal en décadas). En coherencia con su estatismo y dirigismo, los Gobiernos franceses, incluso los conservadores, desconfían de los mercados; de hecho, Sarkozy ha dedicado una gran parte de sus mandatos (sin mucho éxito) a pensar en cómo embridar y someter a los mercados. Ese dirigismo, combinado con la tradición gaullista, que busca preservar el máximo de autonomía para Francia, es el que ha llevado a Sarkozy a decantarse por una reforma de los tratados europeos en la que se acepta a rajatabla la austeridad, el mal menor, pero, a cambio, se mantiene a los Estados al frente del proceso, vía el Consejo Europeo, constituido como Gobierno económico de la zona euro. Una vez más, como viene siendo tradición desde hace décadas, Francia pierde la guerra, pero salva la honra y encima aparece como firmante de la victoria, que es en lo que en última instancia consiste ese arte llamado grandeur inventado por el general de Gaulle.

Como ocurriera a comienzos de los años noventa, cuando tras la caída del muro de Berlín se comenzó a negociar el Tratado de Maastricht, Francia se resiste a dar el salto hacia una verdadera unión política de carácter federal. Entonces, con una Alemania entregada en agradecimiento por su reunificación, Francia hubiera podido, con un poco de visión, lanzar un órdago y obtener de Alemania enormes concesiones. Pero no solo no lo hizo, sino que a punto estuvo, con la ajustadísima victoria del sí en el referéndum sobre Maastricht de 1992, de sacrificar incluso la unión monetaria. Y posteriormente, en 2005, el ya rotundo no de los franceses a la Constitución Europea dejó bien claro, y de forma muy sonora, que en Francia la integración europea había tocado techo para siempre. Así pues, aunque criticamos con frecuencia las resistencias de Merkel y de la opinión pública alemana a la hora de ir hacia una mayor integración, olvidamos que en este círculo vicioso en el que estamos atrapados hay un segundo actor, Francia, cuya élite y opinión pública en absoluto está por la labor de construir una Europa más integrada si eso supone desviarse del único modelo que están dispuestos a aceptar: el intergubernamental.

El árbitro último de ese acuerdo es alguien que no estaba invitado a la cumbre del lunes pero que se ha convertido en el tercer elemento de este triunvirato que efectivamente gobierna Europa estos días: Mario Draghi (presidente del Banco Central Europeo), que el próximo lunes tendrá que decidir si con este acuerdo en la mano puede, uno, comprar deuda soberana en el mercado, y dos, seguir inyectando recursos a un sector bancario que está completamente seco, desactivando así la amenaza de las agencias de calificación de degradar toda la deuda de la zona euro y provocar una fusión en el núcleo de la unión monetaria. No nos olvidemos de que en Europa mandan Merkel y Sarkozy, pero las decisiones las toman Draghi y los mercados.

Publicado en ELPAIS el 9 de diciembre de 2011

La segunda europeización de España

2 diciembre, 2011

España se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su reciente historia. Internamente, la tasa de paro, con ocho regiones españolas entre las 12 que más paro tienen en Europa (las otras cuatro, Reunión, Guyana, Martinica o Guadalupe ni siquiera están en Europa), nos habla de un gran fracaso colectivo. Se trata de un fracaso moral, por lo que supone para los horizontes vitales de millones de españoles y, especialmente, de toda una generación de jóvenes. Pero también se trata de un fracaso político, en cuanto esa tasa de paro amenaza el pacto social en el que se asienta nuestra democracia y podría acabar desembocando, como lo ha hecho en otros países, en desafección, populismo y, como novedad en España, en antieuropeísmo. Y es también, lógicamente, un fracaso económico de primer orden, en tanto en cuanto la inmovilización de recursos productivos que implica nos condena a ser más pobres y, por tanto, menos autónomos para decidir como sociedad qué es lo que queremos hacer en el mundo. Se trata, en definitiva, de un fracaso colectivo que condiciona y limita todo lo que el país es y podrá ser en el futuro.

Externamente, la situación de España no es mucho mejor. Durante años ha trabajado muy duramente para ganarse su sitio en el corazón de Europa, restaurando el prestigio perdido por años de aislamiento. Primero, en 1986, la adhesión. Luego, en 1993, el mercado interior. Posteriormente, en 1998, el desafío que supuso la entrada en el euro o la amenaza de desplazamiento que supuso la ampliación al Este de 2004. Con mucha voluntad y sacrificios España superó todas las pruebas que se le fueron presentando. El resultado es que los 25 años transcurridos desde la adhesión de España a la (entonces) CE han sido, sin duda, los mejores de su historia: por primera vez, la modernización económica vino de la mano de la política y de la social, además de venir acompañada de la apertura al mundo y del logro de una gran influencia y prestigio internacional.

Hoy, sin embargo, España se encuentra en la hora más difícil: debido a su mala situación económica se encuentra en una posición de extrema debilidad a la hora de influir en el diseño de la Europa del futuro. Se trata de una situación sumamente desafortunada porque esa Europa política en la que España siempre ha creído y en la que tanto ha invertido se está conformando delante de sus ojos sin que pueda participar en ella más que de forma marginal o, peor aún, con riesgo de quedar marginalizada o apartada del núcleo duro de la construcción europea.

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