Archive for 25 noviembre 2011

Se busca responsable de Exteriores

25 noviembre, 2011

El próximo Ministro o Ministra de Asuntos y Exteriores y de Cooperación recibirá uno de los encargos más difíciles que se hayan encomendado a cualquiera de sus predecesores. Por un lado, la crisis económica significa que habrá muchos menos recursos disponibles para la acción exterior. Por otro, la crisis ha erosionado de forma muy sustancial la imagen exterior de España: mientras que sus éxitos pasados han pasado a un segundo plano, sus recientes fracasos están a la vista y en boca de todo el mundo. Inevitablemente, quien dispone de menos activos (sean materiales, como la imagen, intangibles), parte de una posición más débil, y por tanto tendrá que emplearse mucho más a fondo.

Con la crisis, la economía manda y la política ha pasado a un segundo plano, lo que supone que el o la responsable de Exteriores tendrá poco margen de actuación. Si ya de por sí asistíamos a una creciente presidencialización de la vida política española, explicable por la debilidad de los partidos, convertidos en meras máquinas electorales, en el ámbito exterior este fenómeno se acentúa por la relevancia creciente que los jefes de gobierno han adquirido, sustituyendo y desplazando a sus ministros de Exteriores. Así, en los grandes foros económicos internacionales como el G-20 o el FMI, que es donde se juega una parte importante de nuestro futuro, Exteriores juega un papel secundario. Y en el Consejo Europeo, que se ha convertido en el verdadero órgano de gobierno de la Unión Europea, los Ministros de Exteriores ya no se sientan al lado de los jefes de gobierno y muchas veces ni siquiera les acompañan a Bruselas, quedándose en casa.

(more…)

Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

(more…)

La democracia puesta a prueba

14 noviembre, 2011

En lo que parece ser una nueva y peligrosa fase de la crisis, las tensiones generadas por la crisis del euro están comenzando a desestabilizar las democracias europeas. Casi dos años de dudas y divisiones, de falta de coraje y de visión política para adoptar una solución europea están cebando la desafección ciudadana, tanto hacia las democracias nacionales como hacia el propio proyecto europeo. Como hemos visto en Grecia y en Italia, la agudización de la crisis coloca a los líderes políticos entre la espada y la pared. Por un lado, temen que si adoptan nuevas y más severas medidas de austeridad sin una contrapartida en forma de planes de estímulo que garanticen un horizonte de crecimiento económico, los ciudadanos se acabarán volviendo contra ellos y, desde las urnas, las calles o los Parlamentos, llevándoselos por delante. Pero, al mismo tiempo, saben perfectamente que si se resisten a adoptar esas mismas medidas de austeridad, los mercados les penalizarán elevando su prima de riesgo y forzando una intervención exterior, lo que desencadenará su caída, o llevará a que sus socios europeos retiren el apoyo financiero que les venían prestando, lo que también provocará su caída.

En estas circunstancias, el agotamiento de la política tradicional de partidos y la sustitución de los líderes políticos por tecnócratas añaden un elemento sumamente preocupante desde el punto de vista democrático. Tanto el nuevo primer ministro griego, Lukas Papademos, como los nombres que se barajan para futuro primer ministro de Italia, Giuliano Amato o Mario Monti, economistas con destacadas carreras en bancos centrales o instituciones europeas, representan la quintaesencia del tecnócrata. El rechazo de los políticos a someter el control de sus decisiones, pasadas o futuras, a la ciudadanía, vía elecciones anticipadas o referendos, apunta a que estos están bajando los brazos frente a los mercados, que no confían en su capacidad de resolver la crisis y, sobre todo, que sospechan que su legitimidad está agotada. Así, en lugar de asumir su responsabilidad, se apartan a un lado y llaman a técnicos que (supuestamente) carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.

El paso encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país que se enfrenta a una grave crisis económica, con graves e inevitables repercusiones sociales, a alguien que no deriva su legitimidad de las urnas, sino de la confianza que en él depositan los mercados y las instituciones internacionales. El problema es que, tanto en el ámbito europeo como en el ámbito nacional, los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera: la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”), pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las sociedades tendrán la tentación de recurrir al populismo (de izquierdas o de derechas), expresado en hombres-fuertes que no se paren en procedimientos ni detalles democráticos.

(more…)

Dos velocidades, dos Europas

11 noviembre, 2011

Al calor de la implosión política de Grecia y la desestabilización de Italia se han hecho más probables dos fenómenos que hasta ahora solo existían como posibilidades teóricas: una, que un país abandone o sea forzado a abandonar el euro; dos, que un grupo de países decida avanzar en la integración dejando a los demás atrás. Así pues, lo que antes era posible pero sumamente improbable ahora comienza a ser probable, eso sí, con unas consecuencias casi imposibles de imaginar: estamos hablando de la combinación de un efecto centrífugo, que amenaza con desgajar la Unión Europea por fuera, con un efecto centrípeto, que amenaza con romper la Unión Europea por dentro.

Dejando a un lado el primer problema, hay que decir que la posibilidad de ir a una integración a varios ritmos no es nueva: de hecho, con 17 miembros en el euro y diez fuera, ya tenemos una Europa a varias velocidades, máxime si consideramos que hay miembros (entre los que sobresalen los británicos, los suecos y los daneses) que no solo no participan en el euro sino que tampoco participan en algunas políticas, como la defensa, la inmigración o la política social. Por tanto, el problema no es que dentro del mismo edificio, con las mismas normas y bajo el mismo Tratado, coexistan varias velocidades, que los más rezagados puedan ir sumándose al grupo de cabeza o que algunos Estados soliciten, por razones internas, no participar en algunas políticas. Todo eso ya lo tenemos. Como también tenemos en los Tratados europeos unos procedimientos que regulan las llamadas cooperaciones reforzadas, que permiten a un grupo de Estados pioneros avanzar más rápidamente que otros garantizando que el proceso reforzará el proyecto europeo, no que lo debilitará. De hecho, en el pasado, la posibilidad de quedarse descolgado del pelotón de cabeza tuvo un efecto dinamizador, ya que sirvió para estimular a muchos países, entre ellos el nuestro, a hacer las reformas necesarias para sumarse al euro. E incluso cuando la integración procedió por fuera de los Tratados (como en el caso del acuerdo de Schengen, que daría lugar a la supresión de los controles fronterizos), los países pioneros lograron que sus éxitos fueran finalmente reabsorbidos en los Tratados, extendidos a todos los miembros y puestos bajo gestión y supervisión de las instituciones europeas (Comisión, Consejo, Parlamento y Tribunal).

  (more…)

Divididos e irrelevantes

4 noviembre, 2011

Once a favor, 11 abstenciones y cinco en contra. Este es el resumen del impresionante trabajo diplomático hecho por los 27 Gobiernos de la UE para coordinar su posición a la hora de votar este lunes sobre la admisión de Palestina en la Unesco. Los detalles sobre cómo votaron no hacen sino empeorar las cosas. Los dos miembros de la UE con asiento permanente en el Consejo de Seguridad votaron distinto (Reino Unido se abstuvo y Francia votó a favor). Alemania (el otro eterno aspirante al Consejo de Seguridad) votó en contra. Y como Italia se sumó a Reino Unido y España a Francia, ni siquiera los cinco grandes se pusieron de acuerdo, como tampoco lo hicieron los países de la ribera mediterránea. Este es el mapa de Europa que queda: los alemanes arrastraron en su negativa a checos, holandeses, lituanos y suecos; los franceses se llevaron a austriacos, belgas, chipriotas, fineses, griegos, irlandeses, luxemburgueses, malteses, eslovenos y españoles; y los británicos a búlgaros, daneses, estonios, húngaros, italianos, lituanos, polacos, portugueses, rumanos y eslovacos. Todo ese ridículo para nada, pues la votación se resolvió abrumadoramente a favor de Palestina (107 votos a favor, 14 en contra y 52 abstenciones). Los europeos se mostraron, además de desunidos, irrelevantes.

En esa votación van, comprimidos, los 10 años de negociaciones para redactar y ratificar el Tratado de Lisboa, cuyo principal objetivo era que la UE hablara y actuara con una sola voz en la escena internacional. Ahí van también los dos años empleados en crear el Servicio de Acción Exterior Europeo, que supuestamente iba a permitirnos actuar coordinadamente e integrar la acción exterior de los Estados miembros, la Comisión Europea y el Consejo de la Unión. Y ahí va también la política europea hacia el conflicto palestino-israelí, que no parece haber avanzado gran cosa desde que reunidos en Venecia en 1980 los miembros de la (entonces) Comunidad mostraran su apoyo a una solución basada en dos Estados (siempre está, parece ser, que la solución fuera meramente teórica y no tuviera viso alguno de materializarse en condiciones distintas a las bendecidas por Israel y Estados Unidos).

Se dirá, como viene siendo el caso, que la culpa no es de lady Ashton, la invisible alta representante de la UE para la política exterior. Se dirá que ella es solo un síntoma del rechazo de los Estados de la UE a poner en común su política exterior, y que su debilidad es solo una consecuencia, no una causa. Y seguro que hay gran parte de verdad en ello. Pero resulta difícil imaginarse con qué cara se mira uno al espejo y se marcha a trabajar al día siguiente en nombre de Europa después de una votación donde se ha hecho tal ridículo internacional. Que nadie haya pedido su dimisión no debiera ser un motivo de satisfacción para la Alta Representante: o bien se está asumiendo la responsabilidad por el resultado o bien se está lanzando el mensaje de que esta forma de ridículo e irrelevancia es algo que entra dentro del rango de lo esperable.

Hay que recordar que los 27 Estados europeos mantienen abiertas más de 3.200 embajadas y consulados, emplean a más de 110.000 personas en sus servicios diplomáticos, son los mayores contribuyentes financieros a Naciones Unidas y se reúnen al menos 1.000 veces año para coordinar su posición en los organismos internacionales. Europa es, además, el primer socio comercial de Israel (y también de Estados Unidos). Todo ello para nada, porque la política exterior europea se ha convertido en una barra libre donde cada uno se sirve lo que quiere y luego se marcha a casa sin pagar la factura. Cinco por aquí que bloquean el reconocimiento de Kosovo, cinco por allí que bloquean la apertura a Cuba y otros cinco que bloquean el reconocimiento de Palestina. Por eso, cuando el Gobierno israelí decide castigar a los palestinos reanudando los asentamientos y confiscando sus derechos de aduana, y lo hace solo como represalia por ejercer un derecho como es el de solicitar su admisión en una organización internacional, y ganársela legal, legítima y democráticamente, los europeos tienen que mirar hacia otro lado como si la cosa no fuera con ellos. Eso sí, de vuelta a casa, los Estados miembros estarán indudablemente satisfechos por haber ejercido su soberanía nacional sin cortapisas ni limitaciones de ningún tipo. Al parecer, ser irrelevante puede ser origen de grandes satisfacciones.