Europa viaja a tierra de nadie

La divisa de la Unión Europea es “unidos en la diversidad”, muy parecida al “e pluribus unum” (“de muchos, uno”) que inspira a los estadounidenses. Sin embargo, más que unidos en la diversidad, los europeos parecen divididos en la unidad. Los intereses que comparten son tan intensos y se encuentran tan íntimamente entrelazados que los Veintisiete forman una unión indisoluble. Pero, a la vez, los Estados que forman la Unión tienen visiones tan contrapuestas sobre materias esenciales (la economía, la defensa, la inmigración) que en muchas ocasiones, en lugar de actuar solidariamente unos en apoyo de otros, sus desavenencias les llevan a la parálisis.

Lo paradójico es que, en los ámbitos en los que se dilucida su futuro, los europeos están atrapados en sus propias redes. Por voluntad propia, debido a las decisiones tomadas en los últimos 60 años, los Gobiernos carecen de la autonomía necesaria para tomar sus propias decisiones. No pueden volverse atrás, porque saben perfectamente que aunque hubieran retenido la soberanía formal en el ámbito monetario o en lo relativo a la gestión de sus fronteras (por citar algunos ejemplos relevantes), su margen de maniobra real sería extraordinariamente limitado. Sin embargo, al mismo tiempo, su renuncia todavía no se ha visto recompensada con la consolidación de una UE suficientemente capaz de tomar decisiones que sean a la vez eficaces, en tanto en cuanto tengan el impacto deseado y resuelvan los problemas que preocupan a los ciudadanos, y legítimas, en tanto en cuanto los ciudadanos consideren que son las instituciones europeas, y no las nacionales, las que deben decidir en esa u otras materias.

Es en esa doble trampa que conforma la necesidad de ser a la vez eficaz y legítima en la que se encuentra atrapada la UE. Para muchas de las políticas que solo pueden gestionarse de forma efectiva en el ámbito europeo son también muchos los ciudadanos europeos que no quieren renunciar a la soberanía nacional o al derecho de veto a favor de las instituciones europeas. De ahí que, aunque los Estados miembros no sean lo suficientemente fuertes militarmente como para que tenga sentido mantener políticas de seguridad diferenciadas, tampoco hayan sido capaces todavía, pese a las instituciones del Tratado de Lisboa, de organizar un sistema colectivo de política exterior y seguridad lo suficientemente integrado. Por eso, la OTAN está deshilachándose progresivamente en un contexto de desinterés y frustración estadounidense con la falta de compromiso europeo sin que los europeos estén siendo capaces de crear la política europea de defensa independiente de la que siempre alardearon.

En un sentido parecido, aunque los europeos han instaurado la libertad de circulación y establecimiento dentro de sus fronteras y una política común de visados hacia el exterior, mantienen actitudes hacia la inmigración que hacen imposible o muy difícil la integración de los residentes extracomunitarios. La consecuencia es que Europa tiene inmigrantes, pero no una política europea de inmigración, lo que genera una espiral de tensiones entre Estados y reacciones xenófobas en los electorados que se retroalimentan mutuamente.

Pero donde mejor ha quedado en evidencia que el proyecto europeo se encuentra en una peligrosa tierra de nadie es en lo referido a la unión económica y monetaria (UEM). La crisis de deuda soberana vista a lo largo de 2010-2011 ha venido a dar la razón a quienes sostenían que la UEM era mucho más inestable y potencialmente desestabilizadora de lo que aparentaba. La unión monetaria es irreversible, siquiera porque los costes de deshacerla serían enormes y, en consecuencia, inasumibles. Incluso para Alemania, que crece sostenidamente y exporta a pleno ritmo cuando las demás economías, especialmente en la periferia, se encuentran en pleno estancamiento, una ruptura tendría consecuencias económicas negativas de primera magnitud. Aun así, los miembros de la eurozona se encuentran paralizados a la hora de dar el salto definitivo hacia una unión económica plena. En el momento de la creación de la unión monetaria, sus padres fundadores fueron perfectamente conscientes de que esta, al carecer de un Gobierno económico, nacía coja. Los hechos posteriores no han hecho sino confirmar la necesidad de completarla con una coordinación muy estrecha de las políticas económicas de los Estados, incluyendo la política fiscal y los mercados de trabajo. Sin un Gobierno económico y los instrumentos típicos de los que disponen los Estados (especialmente un Tesoro o Hacienda Pública común), la zona euro difícilmente puede sobrevivir a la crisis actual o sortear las dificultades futuras.

Lo paradójico de la situación actual es que en el momento de la negociación del Tratado de Maastricht, en 1991, Alemania sí estaba dispuesta a profundizar en la unión económica, incluso llegar hasta la unión política. Y no solo Alemania, pues la hoy xenófoba y euroescéptica Holanda y la Bélgica paralizada por las tensiones entre comunidades también estaban dispuestas a dar el salto al vacío y arrojarse en brazos del federalismo. Pero en aquel momento posterior a la unificación, el federalismo de Alemania fue visto por muchos como resultado de su debilidad política, es decir, como una prueba del deseo de los alemanes de no generar recelos después de su unificación, así que fue desdeñado, especialmente por Francia, que pensó de forma bastante ilusoria que podría seguir manteniéndose al timón de la UE sin necesidad de profundizar aún más en la integración política. Así pues, Alemania dio un paso histórico y de profundísimas consecuencias al aceptar conceder al euro toda la credibilidad de su moneda nacional, el marco, que solo con tras enormes reticencias su opinión pública aceptó dejar desaparecer, pero Francia y otros no estuvieron a la altura y pensaron que una Alemania despojada del marco era fácilmente controlable sin necesidad de ir a una unión política.

El problema es que, hoy, Alemania ha cambiado profundamente: ha dejado a un lado su excepcional pasado y se ha normalizado , lo que significa que es menos tímida, o igual de afirmativa, a la hora de defender sus intereses nacionales. Pese a la evidencia de que el sistema de supervisión de la estabilidad monetaria puesto en marcha por el Tratado de Maastricht en 1991 y reformado en 2003 no funciona, Alemania se resiste a dar el paso hacia una mayor integración económica que todos le piden. Como se hizo con ella en su momento, interpreta el europeísmo de los demás como un signo de debilidad. Y no le falta razón.

35 Aniversario de EL PAIS, 30 de  Junio de 2011

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