Archive for 22 julio 2011

Líderes: ¿qué cosa son?

22 julio, 2011

Todos los días hablamos del liderazgo, elogiándolo cuando lo encontramos o lamentando su ausencia cuando lo echamos de menos. Nos quejamos de que no hay líderes y añoramos tiempos en los que supuestamente sí que los había. En el sentir general, véase la crisis del euro, muchos dirigentes tienden a ser caracterizados como miopes sin escrúpulos dominados por la búsqueda del rédito político a corto plazo. Los políticos no es que ayuden mucho, pues se llenan la boca hablando todo el día del interés general, como si fuera tan fácil identificarlo. Lo que es peor, al insistir tanto en sus nobles y altruistas motivos terminan por convencernos de que defender los intereses de aquellos que les han votado es algo sucio e innoble que debe ser ocultado.

La realidad es que sabemos muy poco sobre el liderazgo, demasiado poco teniendo en cuenta su importancia. Una gran parte de nuestra ignorancia se debe a que nos adentramos en terrenos psicológicos, o incluso psicopatológicos. Desde luego que los líderes no están hechos de la misma madera que nosotros: cuenta Churchill en sus memorias que no dejó de dormir a pierna suelta ni una sola noche de toda la II Guerra Mundial. En la imaginación colectiva, Churchill representa la quintaesencia del líder, pero cuesta imaginar cómo podría nadie conciliar el sueño la víspera del Día D sabiendo que miles de los jóvenes embarcados rumbo a Normandía morirían al día siguiente.  (more…)

¿Quién sirve a quien en el Imperio Murdoch?

15 julio, 2011

En contraposición a las dictaduras, donde es el Gobierno el que censura a la prensa, las democracias se basan en la sencilla idea de que es la prensa la que tiene el derecho de censurar al Gobierno. Aunque la frase del presidente Jefferson -“prefiero periódicos sin democracia que democracia sin periódicos”- haya sido distorsionada, pues en realidad Jefferson nunca habló de “democracia” (un término que, paradójicamente, no está en la Constitución estadounidense) sino de “Gobierno”, la frase se ha consolidado en la imaginación colectiva porque captura con extraordinaria sencillez la relación entre poder y prensa que debe regir en un sistema democrático. Por esa razón, mientras que en una democracia los controles gubernamentales sobre la prensa son excepcionales y las sanciones tienen lugar a posteriori, la prensa puede censurar todos los días al Gobierno sin más límite que algunas sencillas reglas que garanticen la veracidad de la información.

Gracias a este práctico arreglo, las democracias pueden funcionar de forma efectiva y, además, hacerlo respetando las normas básicas que rigen nuestros Estados de derecho. Por eso, independientemente de si una democracia adopta el modelo parlamentario o el presidencial, opta por un sistema mayoritario o proporcional o configura el Estado de modo unitario o de acuerdo con parámetros federales, la relación entre poder y prensa no debería variar gran cosa. Por un lado, la prensa sirve a los ciudadanos para controlar retrospectivamente la acción del Gobierno y sancionar los incumplimientos de las promesas o las violaciones de las normas en los que estos hayan incurrido. Por otro lado, transmite información a los políticos sobre las preferencias de la ciudadanía, lo que les ayuda a diseñar políticas que satisfagan al mayor número de personas. De esta manera, al llegar las elecciones, los votantes, que dispondrán de una información completa sobre las acciones de los políticos, podrán elegir racionalmente a aquellos que mejor sirvan a sus intereses. Mientras, los políticos, que dispondrán ante sí de un rico y amplio mapa acerca de cuáles son las preferencias de la opinión pública, podrán hacer una oferta electoral y de políticas públicas ajustada a las demandas de los electores. Por si fuera poco, en un sistema de libre mercado que funcione correctamente es hasta posible que, gracias a la publicidad, este sistema de control prospectivo y retrospectivo que garantiza la democracia sea sumamente barato para el ciudadano.  (more…)

Retirarse de Afganistán

8 julio, 2011

Hace ahora un año, en una conversación con un diputado laborista británico que había tenido responsabilidades de gobierno en el Gabinete de Tony Blair me quedé sorprendido por la vehemencia con la que preconizaba la total y completa retirada de Afganistán. El diputado en cuestión no era nada sospechoso de antiamericanismo, más bien era un halcón que se había bregado a fondo en la defensa de la intervención en Irak. Sus razones eran múltiples y complejas, pero en el fondo se resumían en una sola: hemos fracasado a la hora de construir un Estado-nación viable en Afganistán; cuanto antes lo reconozcamos y asumamos las consecuencias, mejor. Suponiendo que tuvieras razón, le dije, todavía tendrías que responder a una importantísima pregunta. Pensaba, naturalmente, en las implicaciones de esa decisión para los propios afganos, que quedarían bien enfangados en una nueva guerra civil o bien a merced de la vuelta al poder de los talibanes y de su extremadamente punitiva visión del islam. La pregunta en cuestión era: “¿Cómo se retira uno de Afganistán?”. Su respuesta me dejó helado: “Muy sencillo”, dijo. “Se sube uno al tejado de la embajada, recoge la bandera y se marcha en el último helicóptero”. Con ello aludía a las dramáticas imágenes de la evacuación de Saigón en 1975 ante la inminente llegada de las tropas de Vietnam del Norte.

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Prepublicación del libro: “La fragmentación del poder europeo”.

3 julio, 2011

Mientras el sueño americano languidece, un nuevo sueño europeo ve la luz”. Hace solo unos pocos años, exactamente en 2004, un estadounidense como Jeremy Rifkin podía hablar sin arrobo de un “sueño europeo”, un sueño basado en altos estándares de vida, unas democracias profundamente arraigadas y respetuosas con los derechos humanos, un Estado protector y solidario, una sociedad incluyente, una cultura tan rica como variada y un orden basado en el derecho, la negociación y el diálogo entre los Gobiernos. Pero además de rendirse admirado ante el modelo europeo, Rifkin podía contraponer ese modelo al suyo propio, el americano, que valoraba de forma sumamente negativa, casi como el reverso exacto del europeo en razón de sus desigualdades sociales, su insensibilidad medioambiental o el militarismo y agresividad de su política exterior.

“Los europeos”, afirmaba Rifkin, “han puesto ante nosotros la visión y el camino hacia una nueva tierra prometida para la humanidad”. “Europa”, concluía, “se ha convertido en la nueva ciudad en la colina”. Con ello apuntaba directamente a la línea de flotación de uno de los mitos fundacionales de la república americana, aquel basado en el sermón del pastor puritano John Winthrop a los colonos que en 1630 se disponían a arribar a las costas de Massachusetts en el barco Arbella,animándoles a construir la ciudad moralmente ejemplar de la que Jesús había hablado en el sermón de la montaña. La cita en cuestión, “Sois la luz del mundo. Una ciudad en la colina no puede ser escondida” (Mateo 5:14), plagó la retórica política americana durante toda la guerra fría, siendo utilizada desde Kennedy hasta Reagan, por lo que la provocación de Rifkin era más que evidente. Y para rematar esta ejecución sumaria del sueño americano, Rifkin proponía una solución que sin duda provocaría que millones de estadounidenses saltaran de sus sofás: “Si EE UU quiere tener futuro”, concluía Rifkin, “debería imitar a la UE”.  (more…)

Partes médicos

1 julio, 2011

Saber diferenciar una democracia de una dictadura no es tan fácil como parece. Aunque a primera vista la celebración de elecciones periódicas pudiera ser un buen indicador, el mundo está lleno de dictadores electos en elecciones fraudulentas o sin posibilidad alguna de que la oposición las pudiera ganar. Algunas dictaduras incluso han llegado a un pacto implícito con la oposición por el cual esta se puede presentar a las elecciones, siempre que no tenga intención de ganarlas. No cabe olvidar tampoco que las dictaduras se presentan en formatos muy diferentes, pues no es lo mismo un régimen totalitario que pretende controlar todos los resortes de poder (Estado, mercado, partidos, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación) que los llamados regímenes autoritarios, donde existe un pluralismo limitado y una sociedad civil parcialmente independiente. Finalmente, siguiendo la observación clásica de Maquiavelo, hay dictadores que se conforman con ser temidos, lo que requiere reprimir a los opositores y beneficiar con prebendas a los seguidores, y otros, más megalómanos, que quieren ser amados, lo que exige una intensa labor de propaganda y lavado de cerebro colectivo al socaire de alguna ideología. Que esa ideología tenga cierto mérito doctrinal (como el marxismo-leninismo) o que sea simplemente una bufonada (véase el pensamiento juche norcoreano) no cambia las cosas.

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Europa viaja a tierra de nadie

1 julio, 2011

La divisa de la Unión Europea es “unidos en la diversidad”, muy parecida al “e pluribus unum” (“de muchos, uno”) que inspira a los estadounidenses. Sin embargo, más que unidos en la diversidad, los europeos parecen divididos en la unidad. Los intereses que comparten son tan intensos y se encuentran tan íntimamente entrelazados que los Veintisiete forman una unión indisoluble. Pero, a la vez, los Estados que forman la Unión tienen visiones tan contrapuestas sobre materias esenciales (la economía, la defensa, la inmigración) que en muchas ocasiones, en lugar de actuar solidariamente unos en apoyo de otros, sus desavenencias les llevan a la parálisis.

Lo paradójico es que, en los ámbitos en los que se dilucida su futuro, los europeos están atrapados en sus propias redes. Por voluntad propia, debido a las decisiones tomadas en los últimos 60 años, los Gobiernos carecen de la autonomía necesaria para tomar sus propias decisiones. No pueden volverse atrás, porque saben perfectamente que aunque hubieran retenido la soberanía formal en el ámbito monetario o en lo relativo a la gestión de sus fronteras (por citar algunos ejemplos relevantes), su margen de maniobra real sería extraordinariamente limitado. Sin embargo, al mismo tiempo, su renuncia todavía no se ha visto recompensada con la consolidación de una UE suficientemente capaz de tomar decisiones que sean a la vez eficaces, en tanto en cuanto tengan el impacto deseado y resuelvan los problemas que preocupan a los ciudadanos, y legítimas, en tanto en cuanto los ciudadanos consideren que son las instituciones europeas, y no las nacionales, las que deben decidir en esa u otras materias.

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