Primavera marroquí

Libertad, democracia y dignidad. Es el eslogan del Movimiento 20 de Febrero marroquí, formado por jóvenes universitarios (e, importante, universitarias) que hablan idiomas y son fanáticos de las redes sociales. Muchos de ellos se movilizaron por primera vez en 2008 para pedir la libertad de Fuad Murtada, un compañero que tuvo la ocurrencia de crear un perfil falso en Facebook del primo del rey y se encontró con la desagradable sorpresa de que el fiscal solicitó una sentencia de cinco años de cárcel (que afortunadamente no vio la luz gracias a la presión internacional). A los jóvenes se les han sumado los islamistas, la izquierda y los sindicatos, también los intelectuales, y sobre todo, la prensa más crítica, que ha roto todos los tabúes y se ha lanzado al debate público, que es increíblemente vivo y abierto.

Tras dos días de entrevistas en Rabat, la sensación es que se trata de una coalición de puro heterogénea, imposible. Sin embargo, sus integrantes coinciden, más bien convergen, en torno a una serie de objetivos muy claros: la reforma política, que deberá limitar el poder del rey, y la justicia económica y social, una demanda inaplazable en un país enormemente desigual y donde la gente se queja de que la corrupción es una gangrena que se extiende a todos los sectores de la vida; de la cuna a la tumba, para estudiar, para curarse o para trabajar es imposible librarse de ella.

 El Movimiento 20 de Febrero nació de la estela que dejaron las revoluciones en Túnez y Egipto. Su primer éxito ha sido rotundo, pues ha impulsado al rey a rescatar del baúl el programa de reformas con el que inauguró su mandato, pero que luego abandonó para instalarse en un cómodo inmovilismo. En su discurso del 9 de marzo, el rey anunció la puesta en marcha de una comisión de reforma constitucional, que tras escuchar a partidos, sindicatos y otros actores de la sociedad civil, elevará una propuesta de reforma que será sometida a referéndum. Con ello, el rey ha mostrado tener mucha más cintura política que Ben Ali o Mubarak, que despreciaron a los manifestantes y sus demandas, con los resultados conocidos.  

El discurso ha generado grandes esperanzas: hasta los más críticos están convencidos de que el despotismo que se oculta tras la fachada democrática del país se ha acabado para siempre y de que no habrá marcha atrás. Pero el futuro no está tan claro. En la comisión de reforma constitucional no hay representantes de los partidos políticos, ni negociaciones entre ellos, sino juristas supuestos independientes que dictaminarán qué reformas de la Constitución son necesarias y cuáles pueden dejarse para más adelante. Los jóvenes del 20 de Febrero se han negado a comparecer ante la Comisión y los islamistas extraparlamentarios tampoco lo harán, pues consideran que el proceso es una farsa y no quieren legitimarla con su presencia. En una democracia, dicen, son los ciudadanos, a través de sus representantes parlamentarios, quienes deben hacer la Constitución, no unos técnicos elegidos por el rey. Sin el Parlamento ni los partidos, será una Constitución otorgada, otra más, por el rey a sus súbditos, no una elaborada, por una vez, de abajo arriba por ciudadanos libres.

 Y ahí está todo el problema, y a la vez toda la solución. El rey sigue siendo el centro de todo el sistema, político, económico y religioso. Gracias al artículo 19 de la Constitución, nombra y cesa Gobierno, e incluso puede dictar leyes. Hay elecciones, sí, pero no división de poderes, así que algunos se inspiran en el modelo español: un rey que reina pero no gobierna y que ha renunciado voluntariamente a sus poderes para dar paso a una monarquía auténticamente constitucional. De ahí que la gente desconfíe: ¿es el discurso del rey meramente táctico? ¿Busca desactivar las protestas con reformas cosméticas? ¿O está dispuesto a abrir un camino que le aleje del poder, aunque sea progresivamente? Una cosa es segura: al contrario que en Túnez o Egipto, donde Ben Ali y Mubarak estaban en el centro de la diana de los manifestantes, en Marruecos, la monarquía en sí misma no está en cuestión. Eso es positivo, porque le permite respirar con tranquilidad. Pero también tiene un efecto negativo, porque la tentación del inmovilismo siempre está presente. En cualquier caso, los tabúes se han roto, y el debate político está en plena ebullición. Los jóvenes no derribarán la monarquía, porque ni pueden ni probablemente quieren, pero sí que quieren transformarla radicalmente. Así que hay varios futuros posibles abiertos, y algunos pasados definitivamente cerrados.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

 

EL PAÍS  –  Internacional – 08-04-2011

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