Cuento de Navidad

Tal era la preocupación porque los inmigrantes prefirieran otros Estados para establecerse que las autoridades del Estado X abrieron una investigación para determinar las causas de este fenómeno y tomar las medidas necesarias para atajarlo. No es difícil imaginar a la comisión correspondiente discutiendo algunas hipótesis al respecto. “¿Será que los salarios que ofrecemos no son lo suficientemente altos?”, preguntaría el representante de los empresarios. “¿O es que nuestro sistema educativo no es lo suficientemente bueno como para que los inmigrantes quieran que sus hijos se eduquen aquí?”, se interrogaría el representante de la comisión de educación. “A lo mejor resulta que nuestros servicios sociales tienen una cobertura de menor calidad”, sugeriría otro miembro de la comisión. “No descartemos que haya inmigrantes que piensen que no van a poder practicar su religión o seguir sus costumbres libremente”, apuntaría el representante de la comisión de integración. La preocupación era evidente: con una natalidad baja, un número menor de inmigrantes implica menor crecimiento económico y mayores gastos sociales mientras que un número más elevado de inmigrantes significa una economía dinámica y más productiva, además de una sociedad más rica y abierta culturalmente. Partiendo de la creencia de que sin inmigrantes no hay futuro, el Estado X ha logrado invertir la tendencia. Diez años después, el Estado X es un éxito a la hora de atraer inmigrantes, en su capital se imprimen cuatro periódicos filipinos y se celebra con toda normalidad el Diwali, año nuevo hindú. Es el paraíso de la inmigración inteligentemente gestionada.

En el país Y también hay preocupación por la inmigración. Es tierra de asilo tradicional: si viajas allí, es muy probable que el taxista que te lleve al hotel sea iraquí y el que te devuelva al aeropuerto, somalí (todo ello sin que el país haya participado en la guerra de Irak ni tenga un pasado colonial del que avergonzarse). Pero en las últimas elecciones generales, un partido abiertamente xenófobo ha conseguido una importante representación parlamentaria con una campaña basada en el sencillo mensaje “Y para los Y griegos” (no es una pista sobre el país). Menos mal que en el país Y hay una Iglesia que en lugar de estar obsesionada con las preferencias sexuales de sus feligreses está mucho más preocupada por los valores que de verdad cuentan. Prueba de ello no es solo que su jerarquía esté encabezada por una mujer, sino que además esta haya mostrado su lesbianismo. Pero además de predicar con el ejemplo, la obispa, de nombre Eva (¡fantástica coincidencia!), predica también con la palabra: es memorable cómo el 5 de noviembre, con ocasión de la homilía oficial con la que se inauguró el curso político, en presencia de toda la clase política, incluida la familia real, desacreditó y avergonzó públicamente a los diputados representantes de los xenófobos, recordándoles que los valores constitucionales del país Y eran incompatibles con sus postulados políticos. Indignados, los xenófobos abandonaron la ceremonia.

 Las dos son historias reales. No son un cuento de Navidad. Hacen buena la frase “para que el mal triunfe solo basta con que los hombres buenos no hagan nada”, que falsamente se suele atribuir a Edward Burke. “En el país Z”, debería proseguir la columna. Pero cada vez va a ser más difícil encontrar el país Z. De hecho, aunque el país Y está cerca (es Suecia), el Estado X ni siquiera está en Europa (sino en Canadá, Estado de Manitoba, capital Winnipeg), así que no parece haber tantos ejemplos que destacar de comportamientos ejemplares que detengan esa mancha de aceite xenófoba que se extiende a nuestro alrededor. Desde que Le Pen abriera en Francia la espita para representar electoralmente el odio al diferente, la marea xenófoba ha ido pasando de un país a otro: de Francia a Dinamarca, de allí al ridículo proyecto de la Italia padana de Bossi, luego a la peor Austria de Haider, más tarde a los Países Bajos y Bélgica, posteriormente a Suecia y ahora también a Hungría, nuevo colmo de la presidencia rotatoria europea, donde la extrema derecha representada por Jobbik deshonra la historia de una sociedad ejemplar en su lucha por la libertad. En toda Europa, los xenófobos hacen aflorar el miedo, conceptualizan la inmigración como un problema, legalizan políticamente la xenofobia y luego la representan electoralmente bajo marcas tan hirientes como “Partido Demócrata” o “Partido de la Libertad”. En último extremo, Europa es solo sus valores. Traicionando a esos valores, ya se suicidó una vez. ¿Es que quiere repetir?

EL PAÍS  –  Internacional – 07-01-2011

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