Velos buenos, velos malos

Hiyabs, niqabs, burkas. Los velos han adquirido una connotación negativa. Pero hay velos buenos y velos malos. Están los que nos aíslan del mundo, pero también están los que nos permiten entenderlo mejor. Entre estos últimos está el que el teórico de la política John Rawls denominó “velo de ignorancia”. La idea es que hay veces en las que, para asegurarse de que nuestras decisiones son sabias, es mejor tomarlas desde la ignorancia. Por ejemplo: a la hora de diseñar un sistema electoral, la tentación es diseñarlo de tal manera que beneficia a quien hace las reglas. Es lo que hicieron los ricos durante mucho tiempo: excluir del sufragio a todos los que no lo fueran. Pero si uno se pusiera un velo que le impidiera ver qué posición iba a ocupar en la sociedad, se lo pensaría dos veces antes de optar por el sufragio censitario: la probabilidad de ser rico es lo suficientemente pequeña y la de ser mujer lo suficientemente elevada como para decantarse por el sufragio universal.

Pensar desde una posición originaria es un artefacto muy útil que nos permite ajustar la equidad de nuestras opiniones y juicios sobre la realidad. También es relevante a la hora de intentar dilucidar algunos principios organizativos de las relaciones internacionales. En el mundo hay aproximadamente unos 5.000 grupos étnicos, pero sólo 193 Estados. Algunos grupos étnicos tienen la suerte de tener un Estado para sí solos, pero lo cierto es que en la mayoría de dichos Estados no existe una mayoría étnica. Y para complicar más las cosas, hay grupos étnicos repartidos entre varios Estados. Por tanto, salvo algunas excepciones, la mayoría de las etnias del mundo son minoritarias. De la dificultad de organizar la ecuación grupo étnico-Estado soberano habla la cifra de 15 millones de muertos en conflictos étnicos desde 1945, amén de la privación de derechos y marginación de millones de individuos exclusivamente en razón de su pertenencia a una u otra etnia. Pensar en un mundo con 5.000 Estados étnicamente homogéneos no tiene mucho sentido, así que no parece que la solución pase por conceder un Estado a cada grupo étnico. Pero tampoco se puede ignorar que aquellos grupos étnicos que son mayoritarios y que sí que disponen de un Estado tienen una responsabilidad especial, y que la estatalidad de la que gozan es un privilegio, no un derecho.

Por tanto, a la hora de pensar en si existe o no un derecho a la secesión, si las declaraciones de independencia son legales o ilegales, si los Estados que emergen son legítimos o si deben o no ser reconocidos, convendría adoptar una posición originaria y razonar desde detrás de un velo de ignorancia en el que no supiéramos si íbamos a ser miembros de una minoría o de una mayoría. Es lo que Michael Walzer hace en su libro Pensar políticamente, que contiene anotaciones interesantísimas sobre cuándo está justificada la intervención extranjera y la secesión. Y es también lo que el Tribunal Constitucional de Canadá intentó hacer en 1998 en su opinión sobre la posible secesión de Quebec, al argumentar que solo es posible pensar en un derecho de secesión en tres circunstancias: una, en el contexto de la emancipación de una colonia; dos, en el supuesto de ocupación o dominación extranjera, y tres, de forma relevante aquí, cuando a un pueblo se le niegue de forma sistemática su autogobierno dentro del Estado del que forma parte. Por tanto, excepto en esas circunstanciass, dice el Tribunal canadiense, se espera que los pueblos ejerciten su libre determinación dentro del Estado del que forman parte.

De ahí se desprende que cualquier grupo que proclame la independencia deberá tener una razón (jurídica y política) fundada para hacerlo, y que la comunidad internacional deberá refrendar esa independencia jurídicamente, como ha sido el caso de Kosovo, y políticamente, con un número de reconocimientos -69 hasta la fecha- más que suficiente. Por tanto, desde una posición originaria, en la que desconociera de antemano si voy a ser quebecois, kosovar, vasco o catalán, pero también francés, ruso, chino o español, me gustaría que las independencias fueran muy difíciles, pero no imposibles. De esa manera, tanto los grupos mayoritarios como los minoritarios tendrían incentivos suficientes para convivir. Y en último extremo, la comunidad internacional arbitraría.

Esta es la posición defendida en el caso kosovar por Noruega, entre otros Estados avanzados democráticos. Sin embargo, en España, el Gobierno se ha venido conformando con un razonamiento tan contradictorio en sus propios términos lógicos como el expresado hasta la fecha en la posición oficial: Kosovo no es un precedente, luego no lo reconocemos. ¿Puede ser una cosa a la vez una y su contraria? Eso sí que es razonar desde detrás de un velo.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

 

EL PAÍS  –  Internacional – 26-07-2010

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