¿Se salvará Europa?

Una noche de abril de 1967, cuando el actual primer ministro griego, George Papandreu, tenía 13 años, los militares entraron en su casa y, apuntándole a la cabeza, le conminaron a que revelara el paradero de su padre, Andreas, que luego sería tres veces presidente del Gobierno entre 1981 y 1996. La sensación de presión sobre la sien experimentada entonces no debe haber sido muy distinta de lo que Papandreu ha debido experimentar esta semana a manos de los mercados financieros.

Tras sólo seis semanas en el Gobierno, los mercados han estado a punto de llevarse por delante el país que los electores le confiaron en una brillante victoria electoral. Sólo una intervención decisiva (pero a regañadientes) de los líderes de la eurozona ha frenado el desastre. Cierto que, por el momento, no hay plan de rescate con cifras multimillonarias. Pero el mensaje de los líderes europeos a los mercados ha sido claro: los miembros de la eurozona no permitirán que caiga ningún país.

Europa ha acudido al rescate, sí, pero a cambio Atenas tendrá que entregar la última porción de soberanía que le quedaba: la soberanía fiscal. Que las cuentas públicas griegas eran completamente artificiales era algo que se sospechaba desde hacía tiempo: pero cuando tu déficit pasa del 3,7% al 12,7% en sólo un día, es lógico que los mercados a los que tienes que acudir para financiar esa deuda se ensañen contigo. Grecia ha perdido la guerra: la bandera blanca ondea ya en Atenas. Lo que seguirá son unos duros ajustes que se traducirán en una importante caída de los salarios reales y en un pesado servicio de la deuda. Hemos visto a unos funcionarios griegos quemar la bandera europea: probablemente es el único desahogo que les queda. ¿Qué otra cosa podrían quemar? ¿Listados de fondos de inversión?

Nadie en Atenas ha interpretado el rescate europeo como una muestra de desinteresada solidaridad por parte de esos ciudadanos alemanes que tanto gustan de disfrutar de las increíbles puestas de sol de las islas griegas. El tono desabrido de la prensa alemana no deja lugar a dudas: si por el contribuyente alemán fuera, Grecia podría irse al cuerno mañana mismo. Otra cosa es que el Gobierno de Merkel haya llegado a la conclusión de que dejar caer a Grecia provocaría una reacción en cadena que muy probablemente arrastraría a otros países (entre los que sospechan que estaría España).

Visto desde Berlín, el precedente estadounidense es bien evidente. Washington decidió que Lehman Brothers debía purgar sus errores y lo dejó quebrar, para luego tener que intervenir para salvar a la aseguradora AIG, considerada demasiado grande para caer. Para muchos, AIG sería como España: aunque su economía esté mucho más saneada que la griega, el tamaño de su deuda es sustancialmente distinto así que Grecia podría terminar saliendo de la zona euro, pero los 600.000 millones de euros al año que nuestro país necesita de los mercados financieros hacen imposible que España saliera de la eurozona sin arrastrarla en su caída.

La asimetría de percepciones no deja de resultar sintomática: mientras que en España confiamos en que la recuperación económica de Francia y Alemania tirará de nuestra economía, generando exportaciones, turismo, inversiones y empleos que nos permitirán reducir el déficit y financiar nuestra deuda, en muchos países europeos piensan que España lastra, cuando no pone en peligro, sus perspectivas de recuperación. El guión de un equipo de televisión holandesa, de paso por Madrid estos días, apenas contenía matices: 20% de paro y 12% de déficit, todo ello aderezado con imágenes de las viviendas vacías que Paco el Pocero ha dejado en Seseña y una pregunta en el titular, ¿Hundirá España la eurozona? Desgraciadamente, así es como nos ven fuera de España estos días. No esperemos compasión alguna: muchos europeos odian hoy tanto al sur de Europa como los americanos a Wall Street.

Por el momento, Europa ha salvado los muebles, pero está obligada a hacer una profunda reflexión sobre lo ocurrido. La crisis ha mostrado las limitaciones de la unión monetaria. Pero corregir estas limitaciones supondría una mayor integración política y económica, cosa que Alemania no quiere de ninguna manera. Con todo, lo escalofriante de la crisis no es la dinámica de los mercados financieros, cuyo negocio es la volatilidad, sino la reproducción de estereotipos y juicios sobre el carácter nacional que domina el debate estos días. Después de todos estos años de integración europea, ¿hay algo que de verdad nos una? ¿Cuál es el sentido último de Europa más allá del mero utilitarismo económico? Se ha dicho que una misión del FMI a Atenas certificaría el fin de Europa. No me impresiona el argumento: como vemos estos días, el fin de Europa está muy lejos, es el comienzo de una Europa capaz de gobernarse a sí misma lo que todavía no hemos visto. 

Una noche de abril de 1967, cuando el actual primer ministro griego, George Papandreu, tenía 13 años, los militares entraron en su casa y, apuntándole a la cabeza, le conminaron a que revelara el paradero de su padre, Andreas, que luego sería tres veces presidente del Gobierno entre 1981 y 1996. La sensación de presión sobre la sien experimentada entonces no debe haber sido muy distinta de lo que Papandreu ha debido experimentar esta semana a manos de los mercados financieros.

Tras sólo seis semanas en el Gobierno, los mercados han estado a punto de llevarse por delante el país que los electores le confiaron en una brillante victoria electoral. Sólo una intervención decisiva (pero a regañadientes) de los líderes de la eurozona ha frenado el desastre. Cierto que, por el momento, no hay plan de rescate con cifras multimillonarias. Pero el mensaje de los líderes europeos a los mercados ha sido claro: los miembros de la eurozona no permitirán que caiga ningún país.

Europa ha acudido al rescate, sí, pero a cambio Atenas tendrá que entregar la última porción de soberanía que le quedaba: la soberanía fiscal. Que las cuentas públicas griegas eran completamente artificiales era algo que se sospechaba desde hacía tiempo: pero cuando tu déficit pasa del 3,7% al 12,7% en sólo un día, es lógico que los mercados a los que tienes que acudir para financiar esa deuda se ensañen contigo. Grecia ha perdido la guerra: la bandera blanca ondea ya en Atenas. Lo que seguirá son unos duros ajustes que se traducirán en una importante caída de los salarios reales y en un pesado servicio de la deuda. Hemos visto a unos funcionarios griegos quemar la bandera europea: probablemente es el único desahogo que les queda. ¿Qué otra cosa podrían quemar? ¿Listados de fondos de inversión?

Nadie en Atenas ha interpretado el rescate europeo como una muestra de desinteresada solidaridad por parte de esos ciudadanos alemanes que tanto gustan de disfrutar de las increíbles puestas de sol de las islas griegas. El tono desabrido de la prensa alemana no deja lugar a dudas: si por el contribuyente alemán fuera, Grecia podría irse al cuerno mañana mismo. Otra cosa es que el Gobierno de Merkel haya llegado a la conclusión de que dejar caer a Grecia provocaría una reacción en cadena que muy probablemente arrastraría a otros países (entre los que sospechan que estaría España).

Visto desde Berlín, el precedente estadounidense es bien evidente. Washington decidió que Lehman Brothers debía purgar sus errores y lo dejó quebrar, para luego tener que intervenir para salvar a la aseguradora AIG, considerada demasiado grande para caer. Para muchos, AIG sería como España: aunque su economía esté mucho más saneada que la griega, el tamaño de su deuda es sustancialmente distinto así que Grecia podría terminar saliendo de la zona euro, pero los 600.000 millones de euros al año que nuestro país necesita de los mercados financieros hacen imposible que España saliera de la eurozona sin arrastrarla en su caída.

La asimetría de percepciones no deja de resultar sintomática: mientras que en España confiamos en que la recuperación económica de Francia y Alemania tirará de nuestra economía, generando exportaciones, turismo, inversiones y empleos que nos permitirán reducir el déficit y financiar nuestra deuda, en muchos países europeos piensan que España lastra, cuando no pone en peligro, sus perspectivas de recuperación. El guión de un equipo de televisión holandesa, de paso por Madrid estos días, apenas contenía matices: 20% de paro y 12% de déficit, todo ello aderezado con imágenes de las viviendas vacías que Paco el Pocero ha dejado en Seseña y una pregunta en el titular, ¿Hundirá España la eurozona? Desgraciadamente, así es como nos ven fuera de España estos días. No esperemos compasión alguna: muchos europeos odian hoy tanto al sur de Europa como los americanos a Wall Street.

Por el momento, Europa ha salvado los muebles, pero está obligada a hacer una profunda reflexión sobre lo ocurrido. La crisis ha mostrado las limitaciones de la unión monetaria. Pero corregir estas limitaciones supondría una mayor integración política y económica, cosa que Alemania no quiere de ninguna manera. Con todo, lo escalofriante de la crisis no es la dinámica de los mercados financieros, cuyo negocio es la volatilidad, sino la reproducción de estereotipos y juicios sobre el carácter nacional que domina el debate estos días. Después de todos estos años de integración europea, ¿hay algo que de verdad nos una? ¿Cuál es el sentido último de Europa más allá del mero utilitarismo económico? Se ha dicho que una misión del FMI a Atenas certificaría el fin de Europa. No me impresiona el argumento: como vemos estos días, el fin de Europa está muy lejos, es el comienzo de una Europa capaz de gobernarse a sí misma lo que todavía no hemos visto.

EL PAIS,  15 de febrero de 2010

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