Atrapados

Debe de ser muy duro anunciar un plan de ajuste de 50.000 millones de euros y el retraso de la jubilación hasta los 67 años y no poder echarle la culpa a la Unión Europea. Si Europa no sirve para hacer reformas y endosar el coste a Bruselas, ¿para qué sirve? No es de extrañar que la clase política esté harta de ella. Europa no es lo que era.

No es que en este país no estemos acostumbrados a los despidos, reconversiones y recortes presupuestarios. Pero los predecesores de Zapatero siempre pudieron ligar la necesidad de sacrificios a algún objetivo colectivo relacionado con la UE. Durante la Transición fue la perspectiva de adhesión a la UE, decisiva a la hora de lograr la concertación social. Luego, las obligaciones derivadas de la adhesión, a las que se añadió la consecución del mercado interior. Más tarde, la necesidad de lograr cumplir los criterios de convergencia que nos permitieran entrar en la unión económica y monetaria. Y por último, las obligaciones derivadas de la pertenencia al euro.

Todas esas reformas impusieron importantes sacrificios y no fueron llevadas a cabo sin contestación interna. Sin embargo, su envoltorio era irreprochable por cuanto hacían posible una modernización política, económica y social de España con la que los españoles se identificaban plenamente. Europa era el destino manifiesto de España, el elemento central de la nueva identidad nacional de la España democrática que volvía al mundo tras el aislamiento franquista.

Como consecuencia de estar continuamente expuesta a sucesivas crisis y ajustes, España desarrolló una cultura de reformas de la que otros países carecían. Y no se trataba sólo de Portugal, Italia o Grecia, sino también de Francia o Alemania, donde a menudo se exasperaban con su rigidez y contemplaban con envidia nuestra flexibilidad a la hora de emprender reformas. Por eso, al comienzo de la crisis, muchos daban por hecho con resignación un duro plan de ajuste que, sin embargo, no llegó. Hay quienes reprochan ese proceder al optimismo antropológico de Zapatero; otros lo achacan a un miope cortoplacismo político del Gobierno y el PSOE en su conjunto; y también están los que defienden que la gravedad de esta crisis ha desbordado cualquier previsión y capacidad de anticipación. Pero la verdadera pregunta es si esa cultura de reformas está todavía ahí o, dicho de otra manera, si la conflictividad social que no hemos visto hasta ahora romperá al imponerle el corsé de un ajuste tan duro como tardío y contradictorio con todos los mensajes de optimismo anteriores.

El problema es que, ahora, en lugar de ser Europa la que nos disciplina, son los mercados internacionales los que nos amenazan. Y lo hacen a su manera: despiadada, fea, torpe y desagradable, con diagnósticos y pronósticos que más que evaluaciones económicas parecen juicios de valor sobre nuestro carácter nacional. Los mismos mercados internacionales que, dirigidos por los mismos gestores, nos han llevado al abismo sin mácula alguna de autocrítica, despliegan ahora otra vez sin pudor alguno toda la cartelería de los estereotipos para el sur de Europa.

Desde Islandia a Grecia, pasando por España, vender unas reformas tan duras sin más percha de legitimidad ni objetivo colectivo que la mera supervivencia en el mar de la globalización económica no va a ser fácil. Que toda esta devastación laboral se haya saldado sin una sola sentencia judicial ni sanción administrativa plantea un importantísimo problema para las democracias. Como el propio Obama está experimentando, la globalización, como sujeto de derecho abstracto, no ha comparecido para ser apercibida, así que todo apunta a que el ajuste de cuentas recaerá sobre la esfera política. Dicho de otra manera, jubilarse a los 67 puede tener muchas justificaciones, pero es probable que muchos ciudadanos quieran que alguien pague por ello.

No es de extrañar que los Gobiernos aprieten los dientes, atrapados como están entre el diferencial de la deuda y las próximas elecciones: hacer pagar a los mercados por la crisis restauraría la legitimidad del sistema político, pero alimentaría una cultura anti-mercados que podría tener graves consecuencias proteccionistas.

Ahí es donde Europa aparece, o mejor dicho, desaparece. Aunque sea cierto, decir con las actuales cifras de paro y déficit que Europa ha servido para que la crisis no sea mucho más grave no es de mucha ayuda. La presidencia española ha arrancado con unas propuestas de Zapatero de establecer nuevos mecanismos vinculantes (incluso sanciones) a los Estados que incumplan las nuevas orientaciones de política económica que se establezcan. Pocos fuera de España han entendido o compartido estas propuestas. Pero no es tan extraño que Zapatero esté deseando que Europa nos vuelva a amenazar con sanciones: atrapados como estamos, la princesa siria raptada por Zeus (aunque reconvertida en madrastrona con los años) es mejor que la globalización descarnada. Otra cosa es que si realmente sabemos lo que tenemos que hacer, necesitemos la tutela de Europa para salir del atolladero. 

Debe de ser muy duro anunciar un plan de ajuste de 50.000 millones de euros y el retraso de la jubilación hasta los 67 años y no poder echarle la culpa a la Unión Europea. Si Europa no sirve para hacer reformas y endosar el coste a Bruselas, ¿para qué sirve? No es de extrañar que la clase política esté harta de ella. Europa no es lo que era.

No es que en este país no estemos acostumbrados a los despidos, reconversiones y recortes presupuestarios. Pero los predecesores de Zapatero siempre pudieron ligar la necesidad de sacrificios a algún objetivo colectivo relacionado con la UE. Durante la Transición fue la perspectiva de adhesión a la UE, decisiva a la hora de lograr la concertación social. Luego, las obligaciones derivadas de la adhesión, a las que se añadió la consecución del mercado interior. Más tarde, la necesidad de lograr cumplir los criterios de convergencia que nos permitieran entrar en la unión económica y monetaria. Y por último, las obligaciones derivadas de la pertenencia al euro.

Todas esas reformas impusieron importantes sacrificios y no fueron llevadas a cabo sin contestación interna. Sin embargo, su envoltorio era irreprochable por cuanto hacían posible una modernización política, económica y social de España con la que los españoles se identificaban plenamente. Europa era el destino manifiesto de España, el elemento central de la nueva identidad nacional de la España democrática que volvía al mundo tras el aislamiento franquista.

Como consecuencia de estar continuamente expuesta a sucesivas crisis y ajustes, España desarrolló una cultura de reformas de la que otros países carecían. Y no se trataba sólo de Portugal, Italia o Grecia, sino también de Francia o Alemania, donde a menudo se exasperaban con su rigidez y contemplaban con envidia nuestra flexibilidad a la hora de emprender reformas. Por eso, al comienzo de la crisis, muchos daban por hecho con resignación un duro plan de ajuste que, sin embargo, no llegó. Hay quienes reprochan ese proceder al optimismo antropológico de Zapatero; otros lo achacan a un miope cortoplacismo político del Gobierno y el PSOE en su conjunto; y también están los que defienden que la gravedad de esta crisis ha desbordado cualquier previsión y capacidad de anticipación. Pero la verdadera pregunta es si esa cultura de reformas está todavía ahí o, dicho de otra manera, si la conflictividad social que no hemos visto hasta ahora romperá al imponerle el corsé de un ajuste tan duro como tardío y contradictorio con todos los mensajes de optimismo anteriores.

El problema es que, ahora, en lugar de ser Europa la que nos disciplina, son los mercados internacionales los que nos amenazan. Y lo hacen a su manera: despiadada, fea, torpe y desagradable, con diagnósticos y pronósticos que más que evaluaciones económicas parecen juicios de valor sobre nuestro carácter nacional. Los mismos mercados internacionales que, dirigidos por los mismos gestores, nos han llevado al abismo sin mácula alguna de autocrítica, despliegan ahora otra vez sin pudor alguno toda la cartelería de los estereotipos para el sur de Europa.

Desde Islandia a Grecia, pasando por España, vender unas reformas tan duras sin más percha de legitimidad ni objetivo colectivo que la mera supervivencia en el mar de la globalización económica no va a ser fácil. Que toda esta devastación laboral se haya saldado sin una sola sentencia judicial ni sanción administrativa plantea un importantísimo problema para las democracias. Como el propio Obama está experimentando, la globalización, como sujeto de derecho abstracto, no ha comparecido para ser apercibida, así que todo apunta a que el ajuste de cuentas recaerá sobre la esfera política. Dicho de otra manera, jubilarse a los 67 puede tener muchas justificaciones, pero es probable que muchos ciudadanos quieran que alguien pague por ello.

No es de extrañar que los Gobiernos aprieten los dientes, atrapados como están entre el diferencial de la deuda y las próximas elecciones: hacer pagar a los mercados por la crisis restauraría la legitimidad del sistema político, pero alimentaría una cultura anti-mercados que podría tener graves consecuencias proteccionistas.

Ahí es donde Europa aparece, o mejor dicho, desaparece. Aunque sea cierto, decir con las actuales cifras de paro y déficit que Europa ha servido para que la crisis no sea mucho más grave no es de mucha ayuda. La presidencia española ha arrancado con unas propuestas de Zapatero de establecer nuevos mecanismos vinculantes (incluso sanciones) a los Estados que incumplan las nuevas orientaciones de política económica que se establezcan. Pocos fuera de España han entendido o compartido estas propuestas. Pero no es tan extraño que Zapatero esté deseando que Europa nos vuelva a amenazar con sanciones: atrapados como estamos, la princesa siria raptada por Zeus (aunque reconvertida en madrastrona con los años) es mejor que la globalización descarnada. Otra cosa es que si realmente sabemos lo que tenemos que hacer, necesitemos la tutela de Europa para salir del atolladero.

EL PAÍS  –  Internacional – 01-02-2010

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