Posts etiquetados ‘UE’

Cameron y Europea: ¿chantaje o suicidio?

25 enero, 2013

blackmailBastante despistados debían de andar los asesores de David Cameron cuando eligieron la fecha del 22 enero para que el primer ministro pronunciara el gran discurso sobre Europa que todos, dentro y fuera de Reino Unido, llevaban tiempo esperando. Un discurso rompedor y a la vez clarificador que marcaría un antes y un después en la política europea del Gobierno conservador. En una imaginativa y audaz pirueta política y comunicativa, sus asesores eligieron Berlín como el lugar idóneo para la presentación del discurso.

¿Cabe imaginar algo más simbólico que viajar a Berlín, el lugar donde hoy por hoy está todo el poder político y económico, para anunciar un referéndum sobre la permanencia o retirada de Reino Unido de la Unión Europea? En el pasado, Churchill y Thatcher habían elegido Zurich y Brujas, respectivamente, para sus discursos, así que había una tradición a la que retrotraerse para salir al extranjero. Pero, ¿por qué conformarse con dos ciudades menores pudiendo pensar a lo grande? Un discurso en Berlín colmaría las fantasías eurófobas del Partido Conservador y del UKIP (el Partido por la Independencia de Reino Unido): sería como clavar una daga en el corazón de ese monstruo federalista y burocrático que tanto odiaban. Solo faltaba que Cameron hiciera el viaje en una fortaleza volante de la II Guerra Mundial y que aterrizara en el aeropuerto de Tempelhof. Todo bien salvo por un pequeño detalle: contactada la Embajada británica en Berlín para organizar el discurso, esta comunicó que el 22 de enero estaba marcado en el calendario como el día de la celebración del 50º aniversario del Tratado del Elíseo entre Francia y Alemania, una ocasión solemne en la que los Gobiernos y Parlamentos de los dos países celebrarían sesiones conjuntas con gran repercusión política y mediática.

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1960 peldaños

2 noviembre, 2012


Eso son los peldaños que tiene que superar un Estado que quiera ser miembro de la Unión Europea. El cálculo lo hizo el sociólogo serbio Iván Kuzminovic para así poder mejor explicar a sus conciudadanos en qué consistía la adhesión a la UE. Esos 1.960 escalones (en realidad son más) son lo que en la jerga politológica llamamos “puntos de veto”, es decir, las instancias en las que un actor tiene el derecho de bloquear la adopción de una decisión. ¿Por qué tantos?¿De dónde sale esa cifra? La adhesión a la UE requiere la conclusión de un Tratado internacional. Como los signatarios del Tratado son Estados, cada uno de ellos tiene que prestar su consentimiento, según los procedimientos constitucionales al uso en cada país. Eso implica, normalmente, como mínimo, al Gobierno de cada país y a su Parlamento, aunque también puede incluir a las cámaras altas de los Estados con legislativos bicamerales. No hay que descartar que en algunos países pudiera celebrarse un referéndum si la adhesión de un nuevo Estado fuera controvertida. Ese ha sido el caso de Eslovenia, donde el Gobierno decidió someter a consulta el acuerdo alcanzado con Zagreb respecto a la demarcación de las fronteras de ambos países antes de proceder a ratificar el Tratado de Adhesión, lo que en la práctica se convirtió en un plebiscito sobre la adhesión de Croacia (plebiscito que, por cierto, se ganó por un muy estrecho margen, 51.%). Y es también el caso de Turquía, ya que varios partidos políticos franceses han prometido someter a consulta popular una eventual adhesión de ese país. Por tanto, incluso simplificando, la ratificación de un futuro Tratado de adhesión implicará, a partir de la adhesión de Croacia el año que viene, superar 57 puntos de veto (28 gobiernos, 28 parlamentos nacionales además del Parlamento Europeo).

Pero antes de llegar allí sería necesario negociar y concluir satisfactoriamente los 35 capítulos en los que se divide una negociación de adhesión. Cada uno de ellos abarca un área de la política europea, desde la libre circulación de mercancías a la unión aduanera, la política medioambiental, la política exterior y de seguridad o los derechos de las minorías. En todos ellos, los Estados miembros, con la ayuda de la Comisión Europea, verifican que los candidatos alineen su legislación a la comunitaria lo más rápido posible. La negociación de cada uno de esos capítulos funciona como una conferencia intergubernamental entre los Estados miembros y el candidato, y la apertura y cierre de cada capítulo se hace por unanimidad a propuesta de la Comisión Europea. Hablamos pues de 980 puntos de veto por dos, es decir, los 1.960 peldaños a los que se refería Kuzminovic. No todos los capítulos son igualmente problemáticos, pero la lógica de negociación es la misma: en cada uno de ellos, los Estados verifican que el candidato esté en condiciones de aplicar toda la legislación comunitaria que, recuérdese, tiene primacía y efecto directo sobre el derecho nacional. Como todos los candidatos han experimentado, el proceso no es fácil: Turquía, que, sin duda, es el caso más difícil, comenzó las negociaciones en 2005 pero solamente ha logrado abrir 13 capítulos y cerrar uno. Otros, como Croacia, han necesitado seis años de negociaciones para completar el proceso, a los que hay que sumar los dos transcurridos desde que hizo la solicitud formal de adhesión y los dos necesarios para las ratificaciones, es decir, 10 años en total. Además, todos los miembros aprovechan las negociaciones para renegociar asuntos bilaterales pendientes o flecos de sus propios Tratados de Adhesión: Grecia lo hizo a costa de España, España a costa de los nórdicos, Italia a costa de Eslovenia y Eslovenia a costa de Croacia, lo que introduce dificultades añadidas y tensiones de primer orden.

Claro que antes de llegar a las negociaciones es necesario un acuerdo político entre los Estados miembros para abrir dichas negociaciones, lo que suma otros 28 puntos de veto. Y antes de comenzar las negociaciones es necesario haber logrado la llamada “opinión favorable”, o certificación de que se cumplen todos los criterios para la adhesión, lo que requiere el dictamen conforme de la Comisión Europea, la aprobación del Parlamento Europeo por mayoría absoluta y la unanimidad de los Estados miembros, lo que suma otros tantos 30 puntos de veto. Pero para llegar ahí es necesario haber logrado antes el estatuto de candidato a la adhesión, algo así como un certificado de elegibilidad donde la UE confirma que el país en cuestión podrá solicitar la adhesión, lo que de nuevo requiere unanimidad, es decir, otros 28 puntos de veto. En total: 2.103 escalones. Como señalaba el propio Kuzminovic, comparado con la adhesión a la UE, la ascensión al templo de la sabiduría en Birmania, el Monte Popa u hogar de los espíritus, solamente requiere completar 777 escalones.

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La segunda europeización de España

2 diciembre, 2011

España se encuentra en una de las situaciones más complicadas de su reciente historia. Internamente, la tasa de paro, con ocho regiones españolas entre las 12 que más paro tienen en Europa (las otras cuatro, Reunión, Guyana, Martinica o Guadalupe ni siquiera están en Europa), nos habla de un gran fracaso colectivo. Se trata de un fracaso moral, por lo que supone para los horizontes vitales de millones de españoles y, especialmente, de toda una generación de jóvenes. Pero también se trata de un fracaso político, en cuanto esa tasa de paro amenaza el pacto social en el que se asienta nuestra democracia y podría acabar desembocando, como lo ha hecho en otros países, en desafección, populismo y, como novedad en España, en antieuropeísmo. Y es también, lógicamente, un fracaso económico de primer orden, en tanto en cuanto la inmovilización de recursos productivos que implica nos condena a ser más pobres y, por tanto, menos autónomos para decidir como sociedad qué es lo que queremos hacer en el mundo. Se trata, en definitiva, de un fracaso colectivo que condiciona y limita todo lo que el país es y podrá ser en el futuro.

Externamente, la situación de España no es mucho mejor. Durante años ha trabajado muy duramente para ganarse su sitio en el corazón de Europa, restaurando el prestigio perdido por años de aislamiento. Primero, en 1986, la adhesión. Luego, en 1993, el mercado interior. Posteriormente, en 1998, el desafío que supuso la entrada en el euro o la amenaza de desplazamiento que supuso la ampliación al Este de 2004. Con mucha voluntad y sacrificios España superó todas las pruebas que se le fueron presentando. El resultado es que los 25 años transcurridos desde la adhesión de España a la (entonces) CE han sido, sin duda, los mejores de su historia: por primera vez, la modernización económica vino de la mano de la política y de la social, además de venir acompañada de la apertura al mundo y del logro de una gran influencia y prestigio internacional.

Hoy, sin embargo, España se encuentra en la hora más difícil: debido a su mala situación económica se encuentra en una posición de extrema debilidad a la hora de influir en el diseño de la Europa del futuro. Se trata de una situación sumamente desafortunada porque esa Europa política en la que España siempre ha creído y en la que tanto ha invertido se está conformando delante de sus ojos sin que pueda participar en ella más que de forma marginal o, peor aún, con riesgo de quedar marginalizada o apartada del núcleo duro de la construcción europea.

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Elecciones a la sombra de un farol

18 noviembre, 2011

Pura coincidencia o reflejo fiel del mundo en el que vivimos, los dos vuelcos electorales más recientes habidos en España, el de 2004 y, previsiblemente, el de este domingo 20, han discurrido en paralelo a acontecimientos (los atentados de Atocha y agravamiento de la crisis del euro) que muestran de forma dramática la completa imposibilidad de separar lo nacional de lo internacional. Hoy, como en 2004, los desafíos a la seguridad que la ciudadanía enfrenta, claro está, en magnitudes diferentes (seguridad física entonces, seguridad económica hoy), están tan fuera como dentro de nuestras fronteras.

Restaurar la credibilidad internacional de España y situar al país en primera fila del liderazgo europeo pasa inevitablemente por volver a la senda de crecimiento, crear empleo de calidad y mejorar nuestra productividad, en definitiva, enmendar nuestros errores pasados. Pero lo cierto es que los sacrificios derivados de los recortes presupuestarios y las reformas estructurales pueden ser inútiles si no vienen acompañados por decisiones europeas de calado. Si las encuestas no se equivocan, España está a punto de completar el cambio de Gobierno en los cuatro países del sur de Europa que hasta ahora más dificultades de financiación han sufrido. Las trayectorias de unos y otros son bien diferentes: desde el intervenido pero relativamente estable Portugal hasta la intervenida y permanentemente inestable Grecia, pasando por una Italia en libertad condicional, bajo gobierno técnico y con obligación de pasar por el juzgado regularmente y una España que, pese a haber acometido reformas importantes, se ha encontrado con que éstas no eran suficientes o eran ignoradas por los mercados.

Los gobiernos del sur de Europa ya han enseñado o están a punto de enseñar todas sus cartas: recortes, austeridad, gobiernos técnicos, lo que sea necesario, aunque no haya mucho más en el repertorio. Además, el gélido recibimiento de los mercados a los gobiernos tecnócratas de Grecia e Italia, sumado al alza de la prima de riesgo que está viviendo España, son la mejor prueba de que las soluciones a la crisis están mucho más fuera que dentro de nuestras fronteras. Da la impresión de que los mercados han descontado las reformas en el ámbito nacional, es decir, dan por hecho que las habrá, y que serán duras, pero parecen haber llegado por adelantado a una conclusión a la que los líderes europeos todavía no han llegado: que la crisis estará viva mientras los mercados duden de si Alemania y el Banco Central Europeo están dispuestos a actuar como prestamistas de última instancia. Eso es en definitiva lo que se está dilucidando estos días.

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Divididos e irrelevantes

4 noviembre, 2011

Once a favor, 11 abstenciones y cinco en contra. Este es el resumen del impresionante trabajo diplomático hecho por los 27 Gobiernos de la UE para coordinar su posición a la hora de votar este lunes sobre la admisión de Palestina en la Unesco. Los detalles sobre cómo votaron no hacen sino empeorar las cosas. Los dos miembros de la UE con asiento permanente en el Consejo de Seguridad votaron distinto (Reino Unido se abstuvo y Francia votó a favor). Alemania (el otro eterno aspirante al Consejo de Seguridad) votó en contra. Y como Italia se sumó a Reino Unido y España a Francia, ni siquiera los cinco grandes se pusieron de acuerdo, como tampoco lo hicieron los países de la ribera mediterránea. Este es el mapa de Europa que queda: los alemanes arrastraron en su negativa a checos, holandeses, lituanos y suecos; los franceses se llevaron a austriacos, belgas, chipriotas, fineses, griegos, irlandeses, luxemburgueses, malteses, eslovenos y españoles; y los británicos a búlgaros, daneses, estonios, húngaros, italianos, lituanos, polacos, portugueses, rumanos y eslovacos. Todo ese ridículo para nada, pues la votación se resolvió abrumadoramente a favor de Palestina (107 votos a favor, 14 en contra y 52 abstenciones). Los europeos se mostraron, además de desunidos, irrelevantes.

En esa votación van, comprimidos, los 10 años de negociaciones para redactar y ratificar el Tratado de Lisboa, cuyo principal objetivo era que la UE hablara y actuara con una sola voz en la escena internacional. Ahí van también los dos años empleados en crear el Servicio de Acción Exterior Europeo, que supuestamente iba a permitirnos actuar coordinadamente e integrar la acción exterior de los Estados miembros, la Comisión Europea y el Consejo de la Unión. Y ahí va también la política europea hacia el conflicto palestino-israelí, que no parece haber avanzado gran cosa desde que reunidos en Venecia en 1980 los miembros de la (entonces) Comunidad mostraran su apoyo a una solución basada en dos Estados (siempre está, parece ser, que la solución fuera meramente teórica y no tuviera viso alguno de materializarse en condiciones distintas a las bendecidas por Israel y Estados Unidos).

Se dirá, como viene siendo el caso, que la culpa no es de lady Ashton, la invisible alta representante de la UE para la política exterior. Se dirá que ella es solo un síntoma del rechazo de los Estados de la UE a poner en común su política exterior, y que su debilidad es solo una consecuencia, no una causa. Y seguro que hay gran parte de verdad en ello. Pero resulta difícil imaginarse con qué cara se mira uno al espejo y se marcha a trabajar al día siguiente en nombre de Europa después de una votación donde se ha hecho tal ridículo internacional. Que nadie haya pedido su dimisión no debiera ser un motivo de satisfacción para la Alta Representante: o bien se está asumiendo la responsabilidad por el resultado o bien se está lanzando el mensaje de que esta forma de ridículo e irrelevancia es algo que entra dentro del rango de lo esperable.

Hay que recordar que los 27 Estados europeos mantienen abiertas más de 3.200 embajadas y consulados, emplean a más de 110.000 personas en sus servicios diplomáticos, son los mayores contribuyentes financieros a Naciones Unidas y se reúnen al menos 1.000 veces año para coordinar su posición en los organismos internacionales. Europa es, además, el primer socio comercial de Israel (y también de Estados Unidos). Todo ello para nada, porque la política exterior europea se ha convertido en una barra libre donde cada uno se sirve lo que quiere y luego se marcha a casa sin pagar la factura. Cinco por aquí que bloquean el reconocimiento de Kosovo, cinco por allí que bloquean la apertura a Cuba y otros cinco que bloquean el reconocimiento de Palestina. Por eso, cuando el Gobierno israelí decide castigar a los palestinos reanudando los asentamientos y confiscando sus derechos de aduana, y lo hace solo como represalia por ejercer un derecho como es el de solicitar su admisión en una organización internacional, y ganársela legal, legítima y democráticamente, los europeos tienen que mirar hacia otro lado como si la cosa no fuera con ellos. Eso sí, de vuelta a casa, los Estados miembros estarán indudablemente satisfechos por haber ejercido su soberanía nacional sin cortapisas ni limitaciones de ningún tipo. Al parecer, ser irrelevante puede ser origen de grandes satisfacciones.

Hartos de trampas

25 septiembre, 2011

Durante décadas, Israel fue el puesto avanzado de Occidente y sus valores en una región donde la democracia no estaba ni en el mapa ni en el vocabulario. Gracias a sus innegables logros, los israelíes aseguraron su prosperidad y seguridad en un contexto regional sumamente adverso. Con aquellos a los que temían o necesitaban, como Egipto o Jordania, alcanzaron la paz. Con otros, como Siria, sustituyeron las confrontaciones directas por otros conflictos de menor nivel asumidos por actores o peones interpuestos, en los territorios ocupados o Líbano. El resultado es que Israel ha disfrutado de un periodo de paz y seguridad mucho más prolongado de lo que la retórica antiisraelí dominante en el mundo árabe y musulmán habría hecho esperar.

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Políticos en bancarrota

16 septiembre, 2011

Hubo un momento en el que el poder de los Estados era mayor que el de los mercados. Aquellos monarcas absolutos podían endeudarse prácticamente sin límites con el fin de financiar sus guerras dinásticas, proyectos ilustrados o caprichos personales. Cuando la situación se hacía insostenible, se declaraba una quiebra y se volvía a empezar. En algunos casos, como en Francia, las quitas de deuda se hacían por un método tan expeditivo como el de ejecutar a los banqueros: muerto el acreedor, se acabó la deuda. Comparando a aquellos gobernantes con los de hoy, humillados por las agencias de calificación, supervisados al milímetro por instituciones internacionales de todo tipo y pelaje y escrutados en sus decisiones por los tribunales constitucionales, estos deben sentirse unos miserables. Incluso Angela Merkel parece tan impotente y tan sometida a presiones como el resto de sus colegas europeos.

Curiosamente, esto no fue siempre así. Hasta el siglo XIX, que la hacienda pública quebrara no parecía algo de lo que avergonzarse, más bien al revés: algunos ministros de Hacienda sostenían que una bancarrota de cuando en cuando era una manera eficaz de poner las cosas en orden y volver a empezar. De hecho, las bancarrotas eran algo que solo los países ricos se podían permitir y, de alguna manera, reflejaban el poder del Estado y de su monarca. No es una casualidad que entre 1300 y 1799, España se declarara en bancarrota nada menos que seis veces y Francia, coincidiendo con la expansión de su poder en Europa, ocho. Pero al comienzo del siglo XIX, Francia estabilizó sus finanzas públicas (su última bancarrota se produjo en 1812), mientras que España siguió su senda de bancarrotas con nada menos que otras ocho quiebras entre 1809 y 1882. Llegados al siglo XX, el relevo lo tomaron Alemania, Austria y Polonia, que quebraron en dos ocasiones cada una antes de la II Guerra Mundial.

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Prepublicación del libro: “La fragmentación del poder europeo”.

3 julio, 2011

Mientras el sueño americano languidece, un nuevo sueño europeo ve la luz”. Hace solo unos pocos años, exactamente en 2004, un estadounidense como Jeremy Rifkin podía hablar sin arrobo de un “sueño europeo”, un sueño basado en altos estándares de vida, unas democracias profundamente arraigadas y respetuosas con los derechos humanos, un Estado protector y solidario, una sociedad incluyente, una cultura tan rica como variada y un orden basado en el derecho, la negociación y el diálogo entre los Gobiernos. Pero además de rendirse admirado ante el modelo europeo, Rifkin podía contraponer ese modelo al suyo propio, el americano, que valoraba de forma sumamente negativa, casi como el reverso exacto del europeo en razón de sus desigualdades sociales, su insensibilidad medioambiental o el militarismo y agresividad de su política exterior.

“Los europeos”, afirmaba Rifkin, “han puesto ante nosotros la visión y el camino hacia una nueva tierra prometida para la humanidad”. “Europa”, concluía, “se ha convertido en la nueva ciudad en la colina”. Con ello apuntaba directamente a la línea de flotación de uno de los mitos fundacionales de la república americana, aquel basado en el sermón del pastor puritano John Winthrop a los colonos que en 1630 se disponían a arribar a las costas de Massachusetts en el barco Arbella,animándoles a construir la ciudad moralmente ejemplar de la que Jesús había hablado en el sermón de la montaña. La cita en cuestión, “Sois la luz del mundo. Una ciudad en la colina no puede ser escondida” (Mateo 5:14), plagó la retórica política americana durante toda la guerra fría, siendo utilizada desde Kennedy hasta Reagan, por lo que la provocación de Rifkin era más que evidente. Y para rematar esta ejecución sumaria del sueño americano, Rifkin proponía una solución que sin duda provocaría que millones de estadounidenses saltaran de sus sofás: “Si EE UU quiere tener futuro”, concluía Rifkin, “debería imitar a la UE”.  (más…)

Europa viaja a tierra de nadie

1 julio, 2011

La divisa de la Unión Europea es “unidos en la diversidad”, muy parecida al “e pluribus unum” (“de muchos, uno”) que inspira a los estadounidenses. Sin embargo, más que unidos en la diversidad, los europeos parecen divididos en la unidad. Los intereses que comparten son tan intensos y se encuentran tan íntimamente entrelazados que los Veintisiete forman una unión indisoluble. Pero, a la vez, los Estados que forman la Unión tienen visiones tan contrapuestas sobre materias esenciales (la economía, la defensa, la inmigración) que en muchas ocasiones, en lugar de actuar solidariamente unos en apoyo de otros, sus desavenencias les llevan a la parálisis.

Lo paradójico es que, en los ámbitos en los que se dilucida su futuro, los europeos están atrapados en sus propias redes. Por voluntad propia, debido a las decisiones tomadas en los últimos 60 años, los Gobiernos carecen de la autonomía necesaria para tomar sus propias decisiones. No pueden volverse atrás, porque saben perfectamente que aunque hubieran retenido la soberanía formal en el ámbito monetario o en lo relativo a la gestión de sus fronteras (por citar algunos ejemplos relevantes), su margen de maniobra real sería extraordinariamente limitado. Sin embargo, al mismo tiempo, su renuncia todavía no se ha visto recompensada con la consolidación de una UE suficientemente capaz de tomar decisiones que sean a la vez eficaces, en tanto en cuanto tengan el impacto deseado y resuelvan los problemas que preocupan a los ciudadanos, y legítimas, en tanto en cuanto los ciudadanos consideren que son las instituciones europeas, y no las nacionales, las que deben decidir en esa u otras materias.

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Ankara se va

10 junio, 2011

Años discutiendo si Turquía era Europa o Asia, si iba hacia Occidente o si giraba hacia Oriente, y por fin hemos encontrado la respuesta. La pregunta era incorrecta. Turquía no va hacia el Este ni hacia el Oeste: va hacia arriba. En solo una década, la economía turca ha cuadruplicado su tamaño, pasando de 200.000 a 800.000 millones de dólares (550.000 millones de euros); triplicado su renta per cápita, que ha pasado de 3.000 a 10.000 dólares; reducido la deuda pública del 75% al 40% del PIB y situado su prima de riesgo muy por debajo de la mayoría de los países del sur de Europa. Mientras, la Unión Europea está estancada, y muchos dudan de si en lugar de progresar, su futuro es uno marcado por el declive y el retroceso en los estándares de vida que los europeos han venido dando por sentados.

Al tiempo que Europa debatía si aceptar o rechazar a Turquía y se permitía el lujo de ningunearla o incluso de despreciarla abiertamente, los turcos han rebatido todos los estereotipos y forjado una historia de éxito. Incluso hay quienes hablan de “calvinistas islámicos” para describir a la nueva, exitosa y orgullosa clase empresarial turca que ha surgido en las ciudades más dinámicas de Anatolia. Esa Turquía pobre y analfabeta que tantas veces nos han pintado, supuestamente llena de ignorantes campesinos anatolios deseosos de asaltar la fortaleza del bienestar que representa Europa, ya no está allí.

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