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La UE ha ganado, Rusia ha perdido

10 julio, 2014

ucraniaSuena extraño, sí. Debe ser la falta de costumbre. La Unión Europea no suele ser fuente de buenas noticias. Pero si echan la vista atrás, y sobre todo si echan la vista hacia delante, observarán que, pese al despliegue de retórica nacionalista y músculo militar con el que Putin nos ha obsequiado estos últimos meses, la cruda realidad es que Rusia ha perdido y la UE ha ganado.

A primera vista, Rusia no sólo se ha anexionado Crimea, sino que ha logrado mantener el este de Ucrania bajo control de las milicias prorrusas. Por tanto, Rusia no sólo se habría cobrado una pieza de altísimo valor estratégico (la península de Crimea y la base naval de Sebastopol), sino logrado su segundo objetivo: desestabilizar Ucrania. Pero Moscú habría logrado algo incomparablemente más valioso: lograr desafiar el orden europeo de la posguerra fría, basado en la inviolabilidad de las fronteras y en el rechazo al uso de la fuerza, sin pagar precio alguno por ello, degradando sustancialmente la capacidad de disuasión de la OTAN, convertida en una herramienta patéticamente inútil.

Pero ahora, denle la vuelta a la situación. Si el objetivo de Rusia era mantener a Ucrania en su esfera de influencia, su fracaso es que más que evidente. Las elecciones del 25 de mayo, calificadas como limpias y justas por la comunidad internacional, lejos de llevar al poder a la extrema derecha nacionalista y antisemita, como algunos predecían, han llevado al poder a un presidente, Petro Poroshenko, que goza de una gran legitimidad para estabilizar el país y orientarlo hacia la UE (eso, si no comete los errores de sus antecesores). Sin Ucrania, la Unión Euroasiática que Rusia ambiciona no tiene entidad suficiente para convertirse en un polo de poder alternativo. Y en cuanto al acercamiento energético entre Rusia y China, es evidente que los chinos son demasiado listos para confundir los intereses de Moscú con los suyos propios.

Moscú ha recibido el mensaje: sus conquistas tendrían un coste económico prohibitivo
El problema de Rusia es que ha ganado un juego obsoleto. La Unión Europea, que se ha negado a jugar el juego de la disuasión militar y las esferas de influencia, ha entendido mucho mejor cuáles son las dinámicas de poder que hoy importan. Las dos primeras rondas de sanciones adoptadas por la UE y EE UU, junto con la amenaza de una tercera ronda de profundo calado, han estado muy bien calibradas. Han hecho llegar a Moscú un mensaje crucial: que sus conquistas geopolíticas tendrían un coste económico prohibitivo. La economía rusa, necesitada de una profunda modernización, no puede vivir aislada de la Unión Europea, que sigue siendo la principal economía del mundo y líder mundial en comercio e inversiones. Como hemos experimentado estos últimos años de forma tan vívida, fuera de los mercados financieros no hay soberanía. Bienvenidos a la realidad del siglo XXI, queridos amigos rusos.

Publicado en la edición impresa del Diario ELPAIS el 13 de junio de 2014

Regreso a 1914

15 diciembre, 2013

19141914-2014. El año que termina nos dejará delante de una efeméride de importancia: el centenario de la I Guerra Mundial. No fue una guerra: fue un suicido colectivo. Político, pues los imperios (prusiano, ruso, austro-húngaro, turco, británico y francés) desaparecieron o entraron en decadencia. Económico, pues la Europa de 1914 representaba más de un tercio de la economía mundial, umbral que nunca ha vuelto ni, previsiblemente, volverá a alcanzar. Y también moral, porque los europeos arrojaron por la borda los valores de la Ilustración, primero en las trincheras y luego, en esa secuela de la Gran Guerra que fue la II Guerra Mundial, en Auschwitz. Por suerte, del centenario de la decadencia europea podemos salvar con mucha honra la segunda mitad. Dulce decadencia, pues la Europa de la posguerra que no cayó bajó el dominio soviético o quedó atrapada en el autoritarismo, inició un proceso de reconciliación e integración que garantiza que, en un par de semanas, 2014 sea solo un aniversario, no una advertencia.

Paradójicamente, donde sí nos preocupa, y mucho, el aniversario de la Gran Guerra es en Asia, no en Europa. ¿Se parece la Asia de 2014 a la Europa de 1914? Sí, en algunas dimensiones importantes. Primero, y ante todo, en la combinación de Estados fuertes, economías pujantes e identidades nacionales muy homogéneas. Segundo, en la existencia de disputas territoriales, rivalidades históricas no superadas y culturas políticas muy nacionalistas. Esa combinación se mostró letal en 1914. ¡Un momento!, dirán algunos, ¿qué pasa con el crecimiento económico y la democracia? ¿No son factores de paz? Lamentablemente, la historia demuestra que la interdependencia económica puede agudizar, no aliviar, los conflictos. Europa es un buen ejemplo: en 1914 los flujos de comercio e inversión entre los europeos eran superiores en términos relativos a los de 2000, es decir, la Europa de 1914 estaba más integrada económicamente que la de 2000 y, aun así, fue a la guerra. Y respecto a la democracia, la evidencia empírica nos ofrece una conclusión tranquilizadora y a la vez perturbadora: que las democracias raramente van a la guerra entre ellas, pero son igual de proclives a ir a la guerra contra dictaduras como las dictaduras entre ellas.

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El día después del bombardeo a Irán

24 febrero, 2012

¿Qué dirá el comunicado que emane de Bruselas el día después del bombardeo israelí a Irán?¿”Lamentará”? ¿“Deplorará”? ¿”Notará con preocupación”? No sabemos si tal comunicado está ya redactado, seguramente no, pero tal y como van las cosas, sería absurdo no ir preparándolo. Con todo, la experiencia nos dice que la redacción no será el mayor de los problemas: la Unión Europea es especialista en encontrar el lenguaje adecuado para que todos los estados puedan firmar una declaración, da igual cual sea el tema. Mal que bien, el alambique funcionará y, como es su obligación, producirá una alambicada declaración.

La única intriga es cuánto se desviarán los ministerios de exteriores nacionales de ese comunicado de Bruselas. Haciendo honor a la diversidad de visiones que sobre Israel tienen los Estados miembros de la UE, cada capital podrá jugar con los matices: unos comunicados barrerán hacia Israel y otros se mostrarán menos comprensivos. Seguir esos matices será interesante: Reino Unido lamentará el uso de la fuerza pero rápidamente volcará toda la responsabilidad sobre Irán; Alemania hará malabarismos para compensar su acendrado pacifismo y respeto por la legalidad internacional con su incapacidad estructural para criticar Israel; Francia intentará equilibrar su visión tradicionalmente crítica con Israel con su alineamiento estratégico con Occidente. Sumados los 27 puntos de vista, es bastante fácil anticipar que unas posiciones cancelarán a las otras y que todo quede en nada o muy poco.

El bombardeo, de producirse, supondrá una clara violación de la legalidad internacional por parte israelí pero es difícil que la UE se una para sancionar a Israel, máxime si hay represalias iraníes que afecten a los europeos, económica o militarmente, obligándoles a intervenir y tomar partido en la crisis que se abrirá posteriormente. En el peor de los casos, los europeos podrían verse obligados a intervenir militarmente para preservar la seguridad de la navegación en el Estrecho de Ormuz. Pero sin ir tan lejos, las consecuencias económicas serían por sí solas bastante graves pues un repunte de los precios del petróleo y de la inseguridad económica no es precisamente lo que necesitan las maltrechas economías europeas. En cualquiera de los casos, Europa aparecerá como un actor marginal e irrelevante, un actor que, una vez más, se verá obligado a gestionar las consecuencia de las decisiones adoptadas por otros, sin haber podido influir de antemano en ellas.

La discusión sobre el día después debe servir para pensar en el día antes. El bombardeo de Irán por parte de Israel representará un fracaso de primera magnitud. Ese fracaso es un tren que todo el mundo en Europa ve venir pero sobre el que nadie sabe, puede o se atreve a hacer mucho. En la mayoría de las capitales europeas se tiene la sensación de que Israel está manipulando muy efectivamente la situación para que aceptemos el bombardeo como inevitable. Se percibe, con toda claridad, que el camino que Israel quiere emprender es completamente contradictorio con la estrategia que hemos puesto en marcha, consistente en incrementar las sanciones y la presión diplomática sobre Irán. Pero como en 2003, cuando algunos decidieron unilateralmente y de antemano que las sanciones a Irak no funcionarían, tenemos dos juegos funcionando en paralelo: por un lado, el camino incompleto, incierto y sin garantía de éxito de la sanciones, las inspecciones y la legalidad internacional; por otro, el mucho más arriesgado, ilegal e igualmente incierto recurso al uso de la fuerza. Como en 2003, estos dos lenguajes no están integrados: el uso de la fuerza (o la amenaza de su uso) no representa un eslabón más del proceso negociador. Irán sabe perfectamente que este Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con Rusia y China con derecho de veto, nunca aprobará una acción militar contra ella, incluso aunque las sanciones fallen. Por esa misma razón, los europeos, aunque hemos progresado mucho y hemos logrado unirnos para llevar a cabo una nueva ronda de sanciones, sabemos de antemano (aunque no lo decimos) que las sanciones no serán efectivas: harán daño, pero no forzarán al régimen iraní a abandonar su programa nuclear. Eso explica la percepción, casi unánime, de que el camino de la diplomacia, aunque no esté cerrado, será inútil, lo que a su vez es precisamente lo que necesita Israel para justificar su bombardeo. Y como no logramos romper ese círculo vicioso vivimos ya en el día después de haber sido arrastrados a una guerra que no pudimos evitar. Irán, nos dice Israel, está entrando en la “zona de inmunidad”. Con ese argumento, mientras tanto, Israel se sitúa en la zona de impunidad.

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Las tres guerras de Obama

13 enero, 2012

Barack Obama recibió de su predecesor, George W. Bush, una herencia bélica envenenada. Aunque distinguiera entre Irak como una guerra “elegida” y Afganistán como una guerra “necesaria”, en ambos casos prometió la retirada.

La primera retirada ya ha tenido lugar, y seguramente ha sido mucho más honrosa de lo que Obama jamás pudo imaginar. La retirada de Irak no salva el desastre que fue la invasión ni convalida la pérdida consiguiente de vidas, como tampoco deja detrás una democracia estable, pero permite pasar una difícil página, reducir costes presupuestarios en época de crisis y, sobre todo, permitir a la Administración de Obama centrarse en su verdadero objetivo estratégico: Asia-Pacífico.

La segunda retirada también está en marcha: tiene una fecha militar (2014) y unos plazos políticos que, bien que mal, parecen estar cumpliéndose. Negociar con los talibanes que ampararon a Bin Laden no parece la mejor manera de cerrar el 11-S, pero visto desde Washington, todas las alternativas son peores. Por tanto, aunque plantee muchas dudas, el consentimiento otorgado por Washington a la apertura de una oficina de intereses talibán en Catar significa que Obama descuenta que su salida no será victoriosa sino, en el mejor de los casos, solo honrosa, sin victoria ni derrota (aunque, eso sí, con un legado muy incierto dada la debilidad de Karzai).

Lo quiera o no, el historial bélico de este presidente premio Nobel de la Paz no acaba aquí. Al tiempo que Obama se zafaba del legado de Bush hijo, se enredaba en tres conflictos bélicos de baja intensidad, como si para un presidente fuera imposible sustraerse del influjo magnético del inmenso poder militar que Estados Unidos pone a su disposición.

La primera guerra de Obama ha sido, sin duda, Pakistán, donde, desde el comienzo de su mandato, el presidente apostó por un incremento radical de las operaciones de bombardeo en el noroeste del país. Esta campaña contra los líderes de Al Qaeda y talibanes allí basados (que habría supuesto la muerte de unos 1.500 activistas) ha requerido, día tras día, torcer el brazo de políticos y militares paquistaníes, sumamente reacios a la presencia y actividades estadounidenses en su territorio. Después de que 26 militares paquistaníes murieran tras una reciente incursión estadounidense (y con el recuerdo fresco de la humillación sufrida como consecuencia de la operación para matar a Bin Laden), el Gobierno paquistaní ha suspendido el permiso a la CIA para utilizar la base de Shamsi para las operaciones de sus aviones no tripulados. Por eso, aunque esta guerra está vinculada a Afganistán y muy bien podría continuar una vez llevada a cabo la retirada de allí, su final es sumamente incierto.

La segunda guerra de Obama se desarrolló en los cielos de Libia. Obama dijo que se sentaba “en el asiento de atrás”, dejando a franceses y británicos la conducción de la guerra, pero lo cierto es que, una vez más, la participación de EE UU fue absolutamente determinante, hasta el punto de que los europeos no hubieran podido sostener la campaña más allá de los días iniciales. La guerra no fue secreta, aunque sí opaca, dado el deseo de Obama de no involucrar visiblemente a Estados Unidos en otra guerra contra otro país musulmán.

La tercera guerra de Obama está cuajando, al parecer, en torno a Irán. Los 8.000 pilotos y técnicos aéreos estadounidenses desplazados a Israel en los últimos días con el objeto de realizar maniobras conjuntas ofrecen una respuesta muy clara al anuncio de Irán de que va a enriquecer uranio por encima de los niveles requeridos para su uso civil. A su vez, la ristra de atentados contra científicos iraníes, aunque supuestamente se lleve a cabo mediante actores interpuestos, bien sean opositores iraníes, los servicios de inteligencia israelíes o, ¿por qué no?, Arabia Saudí u otros que también consideran el programa nuclear iraní como una amenaza de primer orden, no es algo que pueda ocurrir sin la aquiescencia, aunque sea implícita, de Estados Unidos. Sumados a la tensión generada por las sanciones al sector petrolero iraní y las amenazas de Teherán sobre el estrecho de Ormuz, todo indica que los actores involucrados han decidido elevar sus apuestas y, en consecuencia, las posibilidades de un conflicto abierto.

Hasta ahora, igual que Bush hijo, Obama no ha dudado en emplear la fuerza para defender lo que percibe que son los intereses de Estados Unidos. Pero, en contraposición a Bush, ha preferido siempre utilizar la fuerza del modo menos visible posible, no comprometer fuerzas terrestres y permitir que otros asuman el protagonismo. Hasta la fecha, las guerras de Obama han sido de baja intensidad: pero según avanza 2012, las cosas pueden cambiar.

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 13/01/2012

http://www.elpais.com/articulo/internacional/guerras/Obama/elpepiopi/20120113elpepiint_5/Tes


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