Todo presidente lleva dentro un pequeño Churchill, alguien a quien no le importa nada perder unas elecciones, siempre que sea por una buena causa, claro está. Pero todo político también lleva dentro una pequeña Merkel, alguien que solo decide después de haber mirado el calendario electoral. Así que, justo cuando Merkel andaba regañando a los derrochadores, señalando a los incumplidores y exigiendo sacrificios a diestro y siniestro, aparece la crisis libia y, frente a una resolución de la ONU tan clara y rotunda como la 1973, la hija del pastor protestante que creció en la RDA viendo el miedo a la Stasi sobrevolar los silencios de sus familiares, amigos y colegas, balbucea unas torpes excusas y, doblegada por unas elecciones regionales, se abstiene de apoyar la intervención en Libia. Merkel ha partido a la OTAN y a la UE en dos, más allá y con consecuencias más devastadoras que la división europea en torno a la guerra de Irak. Al abstenerse junto con China, Rusia, Brasil e India, Alemania se suma al coro de las potencias emergentes que solo creen en el derecho a exportar y que renuncian a asumir responsabilidades.
Con unas elecciones autonómicas y municipales a la vista, la sucesión encima de la mesa, Portugal, Grecia e Irlanda en la cuerda floja y un crucial pacto por el Euro a la vuelta de la esquina, el repertorio ofrecido por Gaspar Llamazares en el Congreso de los Diputados ofrecía a Zapatero un menú con decenas de excusas para mantenerse al margen y no ensuciarse ni las manos ni la conciencia apoyando la resolución sobre Libia. A la hora de decidirse a no intervenir, todos los precedentes, dobles raseros e incoherencias de la comunidad internacional, que son cientos, ciertos y muy sangrantes, le hubieran facilitado el quedarse al margen. Y una vez iniciada la intervención, todos los peros, incógnitas e incertidumbres con los que vivimos desde entonces se aliarán para darles la razón a los que siempre quisieron quedarse al margen y luego poder decir “ya os lo advertí”. (más…)

